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Recuerdo cuando la palabra “lealtad” no venía con asteriscos, condiciones, ni opción de renovarse anualmente como una membresía de gimnasio. En mi época –sí, otra vez sueno a Baby Boomer– uno se lanzaba al amor como quien se tira desde un trampolín sin saber la profundidad real. Romance era arriesgar, escribir notas en papeles impresos con parejas tomadas de la mano en un costado de la hoja. Era jurar que ibas a querer a alguien “para siempre”, aunque ni tú ni ellos tuvieran idea de cuánto duraba eso.

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En cambio los Millennials son prácticos. Dicen cosas como monogamia emocional, poliamor ético, relación abierta pero con exclusividad afectiva… y yo, que apenas logré sobrevivir al VHS sin que se me enredara la cinta, me quedo mirando con cara de GIF pixelado.

Ellos aman con apps. Nosotros lo hacíamos con cassettes TDK grabados de la radio. Ellos hacen swipe. Nosotros hablábamos por horas desde esos armatostes grises, jugando con el cable que dejábamos estirado como nuestras ganas de seguir escuchando al otro en esas ridículas despedidas de “cuelga tú, no, tú primero”.

El matrimonio, ese rito que para nosotros era una mezcla entre cuento de hadas y salto al abismo, hoy es visto como una sociedad limitada hasta que el wifi nos separe, con cláusula de salida, acuerdos prenupciales, mediación terapéutica y, si hay suerte, brunch post-divorcio. Nosotros creíamos que si algo se rompía, se pegaba con “Pega Loca”, no se descartaba como una aplicación desactualizada. Hoy las separaciones entre los treintañeros son comunes, mucho, muy.

Mientras ellos evalúan compatibilidad astrológica, nivel de inteligencia emocional y proyecto de vida compartido, nosotros solo necesitábamos una mirada, una canción de Air Supply y una bebida fría que tomábamos caliente. La fidelidad para nosotros era una gesta heroica. Para ellos es una elección que puede reconfigurarse cada trimestre como si se tratara de cambiar el plan de datos del celular. Un match temporal para ver si hay o no relationship goals.

La verdad no los culpo, pues han creado un modelo de relaciones que evita sufrimientos innecesarios (bueno, la verdad tengo dudas al respecto). Han desmitificado la idea de aguantar por aguantar. Pero ¿y el amor verdadero, la tolerancia y el compromiso? 

Lo cierto es que aunque el amor de mi generación se estrellara contra la rutina, se tragara el romanticismo en bocados de frustración y terminara en terapia de pareja en un salón oloroso a Pride, tenía deseo constante, llama ardiente, fuego con Teddy Pendergrass de fondo. Nos equivocábamos con estilo, drama y a veces con lágrimas de telenovela de las 9 de la noche. ¿Idealizábamos? Tal vez. ¿Nos dolía más? También. Pero qué sabroso era enamorarse sin miedo a que el algoritmo lo arruinara todo.

Hoy el ghosting ha reemplazado al «tenemos que hablar», y la mayoría de las parejas duran menos que una cuenta de TikTok sin contenido viral. No sé si sea el cinismo de la edad o simplemente una resaca emocional generacional, pero me aterra pensar que, en el futuro, los nietos de los Millennials verán una película como “The Notebook” y dirán: “¿Por qué no se bloquearon mutuamente y ya?”.

Mientras tanto, yo sigo aquí, aferrada a mis memorias vintage, siendo testigos de divorcios inesperados, y una fe testaruda en los amores que no se vencen con el algoritmo. Y aunque me jure moderna, de mente abierta y consciente… sigo creyendo que la lealtad no se negocia, y que amarse es tomarse un café intenso en cafeína con leche de vaca y azúcar morena: a veces te caerá mal, a veces disfrutarás mucho el sabor. 

Ahora voy a preparar una bandejita con quesitos, dos copas de vino y ver junto a Migue, mi compañero desde 1984, el siguiente episodio de la serie de Netflix “Machos Alfa”.

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Escritora y cronista.

Columnista en The Wynwood Times:
Vicisitudes de una madre millennial / Manifiesto de una Gen X