
Comprendí hace muchos años que un libro,
una novela, es un sueño que pide ser escrito igual
que uno se enamora: el sueño se vuelve irresistible,
es imposible hacer nada al respecto, al final
te rindes y sucumbes… B.E.E.
“Trítono” una obra de Acuarela Martínez | Poesía
Trítono (Editorial Lector Cómplice, 2026) de la poeta Acuarela Martínez, queda claro desde el principio lo importante que resulta su dedicatoria. Queriéndolo o no, y sin aún entrar en materia poética, nos involucra a todos desde los planos posibles del amor: a los legales, a los del medio, a los clandestinos
MORIA (1era. temporada) | Series Sobre 9
Moria no solo aborda la vida de Ana María Casanova hasta su consolidación como el fenómeno cultural de Moria Casán, sino que transita por una variedad de tópicos como la desmitificación de la “mujer objeto” en el espectáculo, reivindicación de la estética pop y la cultura de masas, crítica a la hipocresía moral de ciertas clases sociales, visibilización de la diversidad y el apoyo a la comunidad LGBT.
TIP TOE (De puntillas) | Series Sobre 9
De todo esto y más, va la nueva serie británica Tip Toe, creada por Russell T Davies (reconocido por Queer as Folk, It’s a Sin o Years and Years) quien ahora nos presenta una obra tan corrosiva como indispensable sobre la polarización en la sociedad actual y a la que valoraremos en esta nueva entrega de SS9.
Pequeños fragmentos de dolor | Panegírico para Alejandra Pizarnik
Tema recurrente en la literatura de la época, así como para inspiración de artistas que intentaron comprender la locura a través de esa inquietante imagen. No resulta casual, por tanto, que pintores como El Bosco, Van Hemesen y Brueghel se inspiran en la extraña metáfora para mirar la locura desde los pinceles, intentando comprender esa oscuridad meridiana de la mente del hombre a través de ella.
Art4Venezuela convierte el arte en ayuda para Venezuela
Con ese propósito nace Art4Venezuela, una iniciativa que reúne a artistas que han decidido poner su creatividad al servicio de la ayuda humanitaria y donar sus obras para que puedan convertirse en impresiones solidarias. Los fondos generados por las ventas serán destinados a Meals4Hope, organización con una trayectoria de más de diez años de trabajo humanitario directamente en Venezuela
Linda Montilla-Celis finalista del JCI TOYP 2026
La ingeniera venezolana representa a Venezuela y Latinoamérica en la etapa mundial de este prestigioso reconocimiento de Junior Chamber International. La votación pública, que forma parte del proceso de selección del Top 10, estará abierta hasta este miércoles 26 de agosto.
El futuro del Arte Latinoamericano: Una conversación con la Dra. Lourdes Ramos sobre la Expansión Capital del MOLAA
El Museo de Arte Latinoamericano (MOLAA) en California emprende un ambicioso proyecto capital de expansión. Su directora ejecutiva y presidenta, la Dra. Lourdes Ramos, explica cómo la nueva arquitectura de Enrique Norten y el respaldo del Comité Internacional —con figuras como Andreína Fuentes Angarita y Fernando Botero— transforman la institución en un laboratorio global de innovación e integración cultural.
Beatriz Blavia: Op-art Crepuscular | Geometría Viva
Beatriz Blavia se hará primeramente Comunicadora Social y sobre todo Galerista, trabajando al lado de grandes Maestros del arte geométrico como: Esteban Castillo y Luis Marrufo. Viene haciendo plástica a través de la necesidad de expresarse con su obra, inspirada primeramente en luz crepuscular Larense.
A Bret Easton Ellis se odia o se quiere. Y me refiero a leer sus libros. Estoy dentro de estos últimos porque cada vez que vuelvo a él, me queda claro el porqué es un gran escritor. Pocos autores como este saben desmenuzar todo cuanto describe, bien sea lo banal (que abunda en la novela) o lo atroz cuando detalla con morbosidad narrativa a las víctimas del “Arrastrero”, el terrible asesino que anda suelto en el valle de San Fernando (Los Ángeles) empezando los 80’. El Bret que escribe desde sus cincuenta y seis años (digamos el real), es el Bret protagonista (el de la ficción) con apenas diecisiete años que, junto a sus amigos contemporáneos del Instituto Buckley, protagonizan Los destrozos. Y el título calza a la perfección por todo lo que sucede en esta obra de casi setecientas páginas.
A medida que nos sumergimos en la lectura nace la inevitable pregunta: ¿Pero esto es cierto, sucedió en realidad? El juego especular es inevitable desde que entendemos que el autor está narrando su vida, o buena parte de esta. Estamos en presencia de una autoficción, como dicen los entendidos. Todo comienza en el presente del autor, camuflado ahora como protagonista, cuando un buen día conduciendo por la ciudad queda sorprendido al ver a una mujer cincuentona, como él, parada en West Hollywood: “el simple atisbo de aquella mujer en persona trajo de vuelta el miedo y el miedo se lo tragó todo”. Si la mujer fue el detonante para que Bret Easton Ellis escribiera por fin su novela, Robert Mallory fue quien desencadenó la historia cuando entró en la vida de todos esos, “críos superficialmente sofisticados”.
Todos están por graduarse, todos tienen mucho dinero, los mejores autos, las mejores casas, lo mejor de lo mejor siempre. Dicho de otro modo, son tan pobres que solo tienen dinero. Y es gracias a ese dinero que tiene acceso a todo: a los locales de moda, a vestimenta y accesorios de lujo, a cualquier tipo de droga dentro de un amplísimo abanico de opciones. Las inseguridades de cada uno de ellos están a flor de piel y por lo general para eso están las pastillas, los porros, e incluso el sexo puro y duro en donde la capacidad descriptiva de Easton Ellis te pude dejar boquiabierto. Nada de amorcito y cariñitos que van y vienen, no; sino la radiografía exacta de lo que pudiera ser un guión para una película porno de alto calibre.
Como es de esperarse, Bret experimenta y lleva la batuta en el departamento sexual, bien porque se acueste con su novia Debbie Schaffer, o, utilicemos el término de la traducción, porque se folle a sus amigos más guapos. Pero, oh sorpresa cuando de la corporeidad sexual salta a los sentimientos de legítimo amor por Matt Kellner, “aunque no acabé de comprenderlo entonces, en 1981”. Mientras aclara sus emociones, ya pasan las primeras cien páginas del libro y la inquietud sembrada desde casi el principio sigue latente: ¿Quién es Robert Mallory? Y desentrañar el misterio de lo que sucedió en aquel otoño. El autor toma de nuevo distancia y aclara: “Ahora, cuarenta años después de los sucesos de 1981, escribiendo sobre este primer encuentro con Robert Mallory, rememoro aquel almuerzo mientras voy rellenando los huecos, las evasivas de algún modo reveladoras, por qué sé lo que pasó al final: conozco el relato secreto”. En ocasiones parece que asistiéramos a escenas de aquella popular serie televisiva de los noventa, Beverly Hills 90210, pero sin duda, más cruda, más dark. Salvando la distancia temporal entre la serie y el tiempo ficticio de Los destrozos que ocurre en 1981, las miserias de los personajes son las mismas, pero exacerbadas al máximo tal como sabe hacer Easton Ellis y, obviamente, porque el libro lo aguanta todo.
Ambos Bret, el real y el ficticio, tenían claro desde muy temprana edad que querían ser escritores. Todo apuntaba a ello por empeño y vocación innata. Así que el mundo conspiró, al menos en la novela, para que le surgiera una hipotética buena oportunidad.
La misma vino de manos de Terry Schaffer, el papá de su novia, quien lo consideró para desarrollar un guión televisivo. El antes, el durante y el después de lo que sucede con Terry es impactante y para sobrellevar los hechos, Bret parece disociarse de la realidad a punta de pastillas, cocaína o lo que sea, porque “el sexo, las novelas, la música y las películas eran las cosas que hacían soportable la vida, y no los amigos, las familias, el colegio, la escena social, las interacciones…” Vale la pena mencionar que Los destrozos es una rocola perfecta de la música anglo que se escuchaba en los ochenta; una pinacoteca con lo que se veía en la tv y en el cine, sin dejar de lado lo que aquel joven Bret leía con devoción: a su admirada Joan Didion, entre otras lecturas obligatorias del instituto.
La novela se intensifica cuando el Arrastrero comienza a hacer de las suyas. El pánico se apodera de la ciudad y solo de Bret, porque los demás amigos, Susan Reynolds, Thom Wright, Robert Mallory, Debbie Schaffer, Ryan Vaughn, no le dan la mayor importancia (“Nadie menciona a las chicas muertas”, reflexiona), están muy ocupados en planificar la fiesta de grado, seguir de piscina en piscina y drogarse hasta que el cuerpo aguante. También importa saber a cuál universidad apuntarse, sin mayor preocupación porque pagando todo se puede. Pero el acomplejado Bret es capaz de hilar los hechos para hallar respuesta a los terribles asesinatos cometidos: “Como escritor, siempre estás viendo cosas que no están ahí”, lo que no le impide sentirse paranoico y perseguido por el temible asesino: “Tal vez en el sur de California estábamos ya muy quemados de tanto asesino en serie como andaba en el panorama de los setenta y de principio de los ochenta… una época anterior a las cámaras de vigilancia, los teléfonos móviles y la identificación por ADN”.
La temprana emancipación de los jóvenes estadounidenses está expuesta como algo normal, pero no es menos importante destacar que los grandes ausentes de la novela son los padres de estos jovencitos que aún no llegan a la mayoría de edad. Salvo los padres de Debbie, Terry y Liz, que tampoco ayudan mucho y están por su cuenta en sus mundos de adultos, los otros están de viaje por el mundo, eso sí, manteniendo económicamente a la distancia a sus retoños y pagando muy bien a las mujeres de servicio que los atienden: “Mis padres, por ejemplo, se pasaron fuera más de dos meses en un crucero por Europa durante el otoño de 1981, cuando yo tenía diecisiete años, sin que ninguna de las dos partes mostrara la menor inquietud.” Y mientras estos viajaban, un asesino hizo de las suyas.
Para los que han leído otros libros de Bret Easton Ellis, American Psycho, Lunar Park, Menos que cero, por mencionar los que más me gustan, saben que el exceso descriptivo no sobra. Quizás omitiendo el prolongado detallismo Los destrozos tendría la mitad de las páginas, pero eso sería desvirtuar la obra y la impronta reconocida -y admirable- del autor. Lo que tal vez sobra es la cantidad de náuseas y arcadas que padece Bret cada vez que se ve comprometido, interrogado, inseguro, asustado. Reacciona de esta manera, no cuando se droga, sino cuando debe enfrentar a la cruda realidad, ese pase inesperado a la adultez como un salto al vacío. Así que, como tabla de salvación, se desdobla y crea al “participante tangible”, el otro Bret que es el que sonríe a todos, el que no quiere problemas y el que se hace notar feliz y jovial ante sus amigos.
Pero más allá de todo esto, quién es aquella mujer a la que ve en las primeras páginas del libro, hecho fundamental y que de manera magistral solo se revela casi al final. Los destrozos, puede resultar incómodo para personas sensibles. Es un libro que quizás les haga abandonar la aventura lectora al ver que el protagonista se excita al ver las fotos de uno de los occisos y que además lleva un diario de sus “pajas” (traducción dixit) con varios detalles de rigor. Además de esto, el autor coquetea y engaña con la categoría de non-fiction, pues como dice, “Fue hasta 2020 cuando sentí que podía comenzar con Los destrozos, o cuando Los destrozos decidió que Bret estaba listo, porque el libro se me anunció… y no al revés.

“En todo caso, lo más importante de la historia es descubrir quién es el asesino, seguirle la pista cada vez que deja un poster, desordena la habitación de su próxima víctima y desolla a la mascota de turno. ¿Nada es lo que parece o todo es tan evidente que no nos damos cuenta? Hay que leer.
Fun Fact:
Para los más curiosos visita en Youtube Music la lista de reproducción “Los destrozos”, con todas o casi todas las canciones que suenan a lo largo del libro. Un viaje musical a los ochenta.
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Licenciado en Letras y escritor.
Columnista en The Wynwood Times:
El ojo del vientre











