
Leer a Javier Cercas me ha generado un absoluto placer. He leído algunos de sus libros, no todos, estos: Soldados de Salamina; Anatomía de un instante; El impostor; El punto ciego; El monarca de las sombras y, ahora, El loco de Dios en el fin del mundo. Para los que le hemos seguido la pista al autor sabemos que es un acérrimo ateo. Es público y notorio y ha insistido en ello (abre el libro con un pequeño párrafo de nueve líneas para regodearse en su postura). Así que, cómo se explica que reciba una enigmática llamada telefónica (aquí obra un primer milagro) desde el vaticano para que él, justo él, una “repugnante sabandija comecuras” (así lo increpa el mismísimo Dios) sea llamado para que acompañe a un grupo de intelectuales a conmemorar una importante efeméride en el santo recinto, y una vez allí un par de semanas después, invitado a volar junto al papa y toda su comitiva rumbo a Mongolia, para que se inspire en ello y además escriba un libro. Palabras más palabras menos, insistió en que es un tipo peligroso, y el emisario que le llevó la propuesta le respondió: “Créame, nos hemos informado sobre usted”.
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Comienza así el periplo de Cercas a través de un mundo absolutamente desconocido para él, no tanto desde lo religioso porque viene de una familia católica de pura cepa, sino porque Mongolia es un lugar enigmático, de inmensos contrastes con respecto al mundo occidental: otra cultura, otro idioma, otras distancias, otras temperaturas (de las más extremas del planeta). Y aparte de ello, muy pocos católicos viven allí. Entonces, ¿por qué el papa Francisco escogió ese remoto lugar para llevar la palabra del Señor? Precisamente por ello y por otra razón que no mencionaré.

La contratapa del libro lo dice, es “una novela sin ficción”, que es lo que ha hecho el autor con buena parte de los libros que ha escrito (los que yo he leído) y esto le suma, junto a su sabia narrativa, un elemento del cual el lector no puede desprenderse: sabemos que asistimos a hechos reales, pero nos dejamos llevar por su prosa y por una historia que pareciera producto de su invención. Y en parte lo es, porque lo valioso de lo que nos cuenta, no es tanto el qué sino el cómo lo transmite, al punto que en El loco de Dios en el fin del mundo, Cercas que es el “loco sin Dios”, nos lleva de la mano por lugares y espacios dentro del vaticano por donde no cualquiera tiene acceso; nos hace partícipe de estupendas conversaciones de toda índole, con la maestría que el autor domina. Aunque parezca insólito, también es un texto tipo thriller religioso cuyo misterio se revela justo al final.
Una vez ya instalados en Mongolia, el libro se abre a un mundo fascinante de personas únicas e irrepetibles (todos los somos, sí), pero que se entregan a causas muy nobles que no todo humano es capaz de hacer.
Monjas, sacerdotes y, sobre todo, misioneros que abandonaron la comodidad de sus países para, no tanto a evangelizar (si se puede, bien), sino para ayudar a los más necesitados sin importar su credo o religión, desconociendo el idioma y a menos cuarenta grados centígrados en donde hasta los pensamientos se congelan. Son verdaderos ángeles y a medida que Cercas transcribe las conversaciones con estos héroes anónimos, en su fuero interno titubea, duda sobre su ateísmo y reflexiona sobre la fe. Es a este país, cuya capital es la más fría del mundo (Ulán Bator), a donde el papa Francisco decidió llevar la palabra de Dios. ¿Por qué allí en donde la religión principal es el budismo, seguido del chamanismo y el islam? ¿Qué pinta el cristianismo allí? Lea el libro.
Si bien es cierto que la respuesta que le dará el papá a Javier Cercas sobre la gran pregunta trascendental para la humanidad la podemos intuir (es el papa, por Dios), y es allí la magia de esta narrativa cerquiana, nos sorprende por igual. El autor tuvo su experiencia mística con Dios gracias a la intermediación de Juan Sebastian Bach, y el azar musical austeriano que le disparó su móvil mientras viajaba en un abarrotado metro de Barcelona en pleno verano. Pero es “bajo los frescos estupefacientes de Miguel Ángel” (en otra parte los llama “frescos insensatos”) es que se decide y dice que sí, que escribirá un libro sobre el papa Francisco, aunque sea un “batiburrillo de géneros en cuyo corazón centellean, como pedazos ardientes de lava en un carácter activo, la resurrección de la carne y la vida eterna.”

Merecen mención aparte otros locos de Dios que aparecen en el libro: un campesino chileno que se llamaba Domingo Zárate Vega, mejor conocido como el Cristo de Elqui; Matteo Ricci, primer misionero jesuita en China; la hermana Ana de Kenia y la hermana Francesca, la más joven de las misioneras, entre otras personas que hacen vida dentro del vaticano y otras que no, pero que llevan en el alma una generosidad y misericordia a prueba de balas. Ahora, del lado menos complaciente, no queda fuera del libro aquella lamentable reacción del papa frente a una cristiana de origen asíatico que lo tomó de la mano tirando de él y la mala reacción del santo padre que le dio la vuelta al mundo en un periquete; tampoco quedó al margen el desatinado comentario que dio sobre el ataque de los dos musulmanes a la revista Charlie Hebdo, ni la falla crítica sobre algunos casos de abuso sexual que recayó en varios sacerdotes chilenos.

En este libro asistiremos a una variedad de temas que, por antagónicos que pudieran resultar la relación entre algunos, están allí haciendo efervescencia en un caldo de cultivo que llama a la reflexión y al pensamiento: cardiognosis, sinodalidad, celibato, pornocardenales, devoción, constantinismo, teología, discernimiento (principal aporte del papa a la Iglesia según el padre Spadaro); poesía, a través del cardenal Tolentino, que siendo religioso y poeta dijo: “Amo mucho la literatura y la vida, pero odio la vida literaria”; política, economía, religión, ostracismo, destierros, entre otros tantos temas. Lo mejor que usted puede hacer es leer el libro para que se entere cómo termina el misterio escandaloso sobre la resurrección de la carne y la vida eterna. El autor tuvo muy claro que escribir El loco de Dios en el fin del mundo fue su peregrinaje. Cuánto le pesaron sus “malditas limitaciones de intelectual racionalista” (Cercas dixit), pero aun así logró un texto formidable, único e irrepetible, donde incluso hasta el epílogo te sorprenderá (aquí obró el segundo milagro, amén).
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Licenciado en Letras y escritor.
Columnista en The Wynwood Times:
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