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Lucha del cuerpo

Sobrellevado, volado en su delirio, el cuerpo se prepara para escribir. Está parado frente a la mesa de trabajo, sin creer en la visión. Sabe de primera mano, conoce la entrega del futuro que se acerca, toma la posición y la silla, la arrima hacia atrás para el espacio, se sienta, entonces se deslava, como si se desarmara en la emoción y en el miedo del porvenir que conoce, del reloj posicionado para sentarse todos los días, sin falta, para crear algo que nadie jamás en la historia de lo humano ha pensado como él.

Es el cuerpo. Compendio de órganos vitales. Choque de emociones como golpeteos químicos. El único. El imparable conocedor de todas las cosas. De nariz, de oxígeno, de boca que ha soñado, de ojos que han visto sueños, de laberintos acústicos, tacto inmarcesible. Cuerpo, gracias, de dos brazos y dos piernas; una cabeza encima, a veces, cuando ha dejado de llover y el sol sale en su total aparición. Cuerpo sentado, en posición de lucha, con los antebrazos paralelos y la mirada frente al blanco, cuerpo que tiene adentro el trueno de los dedos y que los truena para prepararse, y vienen los relámpagos e ideas que le asedian, que le devuelven a un estado de embriaguez, de perfecta lujuria.

Érase una vez un viaje | Otra mirada

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Publiqué una novela, “Los fantasmas de Otto Müller”, que ahora mismo busca su lugar lejos de mí; los libros, una vez publicados, le pertenecen al mundo. Escribí otras que ahora mismo buscan editor: “Alea iacta est”. El viaje ha sido largo, pero ya he tocado tierra.

Los fantasmas de Otto Müller: El mal, el exilio y los secretos del pasado

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Con “Los fantasmas de Otto Müller”, Miguel Ángel Latouche logra una obra de gran calado ético y narrativo. Más allá del ritmo trepidante de su trama, la novela se despliega como una lectura rica en capas y matices que exige un lector cómplice. Respaldado por una sólida formación teórica y estética, Latouche nos entrega un estudio brillante sobre las zonas oscuras de la condición humana

Un asesino, una ciudad y una chica: la historia de la primera actriz moderna

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Louise Brooks, conocida hasta ese momento por su icónica imagen en la pantalla, escribió un artículo agudo y anticipado sobre El gran Gatsby (1925), la novela de F. Scott Fitzgerald. Sin firmar y publicado en distintas revistas culturales, el texto no solo repasaba la estructura de la novela, sino que afirmaba con contundencia que Fitzgerald y su obra alcanzarían la categoría de clásico

Indira Páez y su segundo poemario “Animal de mudanza” | Reseña de Alberto Márquez

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La escritora Indira Páez publica su poemario Animal de mudanza (MEL Projects Publishing), una exploración frontal del exilio y la memoria. El libro, analizado críticamente por Alberto Márquez como un testimonio de resistencia y avería doméstica, celebra su presentación en Miami con un recital solidario destinado a la reconstrucción de escuelas de Fe y Alegría en Venezuela.

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Wilmer Useche, reafirma la vigencia del arte geométrico y cinético en el contexto contemporáneo, él demuestra que la exploración de la línea, la luz y la percepción sigue siendo un territorio fértil para la creación plástica, su obra a pesar de estar arraigada a una tradición profundamente latinoamericana

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Tema recurrente en la literatura de la época, así como para inspiración de artistas que intentaron comprender la locura a través de esa inquietante imagen. No resulta casual, por tanto, que pintores como El Bosco, Van Hemesen y Brueghel se inspiran en la extraña metáfora para mirar la locura desde los pinceles, intentando comprender esa oscuridad meridiana de la mente del hombre a través de ella.

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Beatriz Blavia se hará primeramente Comunicadora Social y sobre todo Galerista, trabajando al lado de grandes Maestros del arte geométrico como: Esteban Castillo y Luis Marrufo. Viene haciendo plástica a través de la necesidad de expresarse con su obra, inspirada primeramente en luz crepuscular Larense.

Para el cuerpo la escritura es una guerra voluntaria, una lucha eterna. Sin los apéndices, sin la respiración, no sería posible el acto escritural. Por eso el cuerpo resplandece cuando crea porque no hay mayor placer que tomar por un segundo la ilusión del creador. Ahora se anima, se rasca la frente con las uñas largas, descuidadas. Piensa. Deja de pensar. Y suspira. Y no sabe qué decir ni por qué, a la misma hora, se sienta, todos los días, sin falta. Piensa. Y se dice el cuerpo a sí mismo, en un idioma vedado para la mente humana: es tan difícil, es todo tan difícil.

Es difícil, no hay duda, el reto que el cuerpo se ha colocado sobre los hombros. Pesa el tamaño, pesa la forma. Pesa porque puede ser una sola frase (en extremo difícil de lograr) o un libro (inclinación a la locura); la obra es un ardor imposible. Por eso duda si seguir, si colocar la primera letra (que simboliza el infinito), duda si hay redención posible en este trago largo, o en esta coincidencia que le ha regalado o condenado la eternidad profunda que significa una palabra tras otra.

Desiste el cuerpo. Se levanta. Recorre laberintos, callejones de ciudades portuarias donde los amores son turbonadas y catástrofes, busca qué palabra debe ser la primera, cuál de todas las posibles, y sin parar el recorrido, se embarca en un ballenero blanco que sale de Nantucket para encontrar alguna respuesta, pero halla la tentación de poseer la verdad y la nada. Al llegar a la orilla se entrega a la fiera noche de la selva antes que deba jugar su corazón al azar. Y en esos recorridos, en esos caminos sin somnolencia, el cuerpo, activo resumen de los órganos, ha vivido, ha conocido, ha amado, sintió la gran tristeza y rezó y encontró que nadie puede salvar su nombre, así como su responsabilidad con el texto es solo suya y no hay manera de transferirla a otro ser menos delirante.

Con cicatrices armadas vuelve el cuerpo a la mesa de trabajo. Respira hondo y suficiente. Los pulmones se aquietan, la sangre fluye calmada, de río con definiciones de orillas, allá donde no hay sino un hogar y sustento, tranquilidad y felicidad que arde en los últimos troncos encendidos de un sueño que no sabe ni entiende las razones del cuerpo.

Pueden ser las tres de la mañana. El viaje ha sido largo. También pueden ser las dos de la tarde. La comida ayuda a la distensión de las ideas. El cuerpo tiene los antebrazos paralelos sobre las tantas, tantas letras. Hay una historia que resuena. Un transeúnte toca a la puerta de su casa. El cuerpo se queda, se apoya del respaldar de la silla. Ignora la realidad, lo real. Nadie me quitará lo que puedo amar hoy, se dice el cuerpo, en un lenguaje inentendible para los hombres. Nadie. Pasa una hora, dos, comienza el amanecer, anochece. El cuerpo sigue ahí, buscando la primera palabra. Se levanta, da una vuelta por la habitación y suspira. Desconoce las leyes del lenguaje, sus turbulencias. Y sin escribir una sola palabra ya ha sido consumido por su poder hasta que solo queda el silencio.

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an Queretz | The Wynwood Times
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Escritor y poeta venezolano.

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