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Con un recital poético

Indira Páez presenta su segundo poemario Animal de mudanza,

un libro acerca del desarraigo que lleva a Venezuela como equipaje.

    Las regalías serán destinadas a Fe y Alegría.

La destacada dramaturga y guionista venezolana Indira Páez presentará en un recital poético su segundo poemario Animal de mudanza, una mirada profunda y conmovedora sobre el exilio, la identidad fragmentada y el costo emocional de reconstruirse lejos de la propia tierra.

 

La obra reúne diecinueve textos distribuidos en cuatro secciones que funcionan como un inventario del desarraigo: aquello que se pierde, lo que se embala y lo que insiste en permanecer vivo tras la partida. Entre sus páginas destaca la versión definitiva de «Las que no se guardan», poema seleccionado para la antología internacional Tinta de mujer (Diversidad Literaria, 2026).

 

Páez sintetiza la aspereza de la distancia a través de versos contundentes: «Emigrar no es irse. / Irse sería limpio.».

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Una trayectoria consagrada en las letras y las artes

Animal de mudanza sucede al aclamado debut poético de la autora, Poemaria, obra con la que Páez se convirtió en la primera venezolana en ganar el prestigioso Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria (XXV edición), tras ser elegida por unanimidad entre más de 600 manuscritos. 


Licenciada en Artes por la Universidad Central de Venezuela y residenciada en Miami desde 2007, Páez cuenta con un relevante recorrido en la dramaturgia y la televisión: ha sido galardonada con el Premio Emmy por la serie
Gabriel, amor inmortal y con el Premio Municipal de Teatro de Caracas por Crónicas desquiciadas. 


La nueva edición cuenta con el prólogo de la escritora Adriana Bertorelli, quien señala que
"La poesía de Indira no salva: enciende", y el epílogo del periodista y autor Julio Túpac Cabello. 

Presentación y lectura en Miami

En el recital, acompañan a la autoral figuras como Leonardo Padrón, Laura Termini, Indira Leal, Sergio Jablón, Willy Martín, Mirna Carroza, Alfonso Rey, Andreina Páez, Sodely Páez, Amaris Páez, Beatriz Urgüelles e Ilse Bigott.

El encuentro literario trasciende la presentación de un libro para convertirse en una causa noble. Todo lo recaudado por la venta de los ejemplares en la presentación será destinado a la reconstrucción de las escuelas de Fe y Alegría afectadas por los recientes terremotos en Venezuela.

 

Fecha: Domingo 18 de octubre

Hora: 5:30 p.m.

Lugar: Blackship Gallery | 853 NE 79th St, Miami, FL 33138

 

Animal de mudanza está disponible en Amazon.

 

Sigue a la autora en @Indirapaezd

Embalado vivo

 

Sobre Animal de mudanza, de Indira Páez

Por Alberto Márquez

                                                                                                          

Tengo un viejo vicio que ya ni puedo ni quiero quitarme: el de leer varios libros al mismo tiempo. En mi mesa de noche o en el escritorio rara vez hay uno solo; se acumulan ensayos, libros de historia, poesía y narrativa en un desorden deliberado. A veces esa convivencia parece disparatada, pero otras —con la gracia que tiene la suerte en la lectura— se produce una coincidencia luminosa entre páginas aparentemente distantes.

Eso fue exactamente lo que me ocurrió las últimas semanas. Quería releer, por un lado, El arte de resistir, de Andrea Marcolongo, un ensayo refinado, hondamente erudito y al mismo tiempo espiritual sobre la Eneida y la épica de la supervivencia en el mundo clásico. Y, por el otro, leía Animal de mudanza, de Indira Páez, publicado por Mel Projects, el sello que dirige María Elena Lavaud. Páez es más conocida como dramaturga, guionista de televisión y ejecutiva; como poeta, este es su segundo volumen, después de Poemaria, reconocido con el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. A primera vista, la distancia entre la épica de Virgilio y el tono seco, duro e inmediato de estos poemas parecía insalvable. Sin embargo, a medida que avanzaba en ambos, los dos libros empezaron a buscarse y a iluminarse mutuamente.

 

Marcolongo recuerda que Eneas no es el héroe invulnerable al estilo de Aquiles, sino el hombre que huye de Troya en llamas cargando a su padre anciano a cuestas, a su hijo de la mano y los penates —los dioses del hogar, las reliquias de lo que fue— en un atado improvisado. Su virtud no es la victoria, sino la capacidad de resistir y avanzar cuando todo se ha perdido.

 

Al volver los ojos al libro de Páez, entendí que su «mudanza» es exactamente el mismo incendio. No se trata de un simple cambio de casa ni de un trámite doméstico, sino del exilio, de la migración y del desplazamiento existencial. Ese «animal» que nombra el título no es una alegoría abstracta, sino la carne misma expuesta a la intemperie: el cuerpo que muda de piel, se retuerce y carga con las cajas de cartón donde van apretados los ídolos familiares, la patria doblada en una gaveta, el jabón azul, las arepas y la memoria de la madre.

 

En ambos libros la memoria pesa físicamente. Para Marcolongo, el pasado exige una fuerza muscular y espiritual para no desplomarse; en Páez, el dolor se mide en los pasillos de hospital, las facturas por pagar y la cinta adhesiva que sostiene lo que se rompe. La resistencia aquí no se disfraza de épica grandilocuente: es la dignidad seca de quien continúa a pesar de la fractura. Se sintetiza de manera impecable en cuatro versos:

 

Adentro está el animal.
No muerto.
No salvo.
Embalado vivo.

 

El animal no ha salido ileso del desastre, pero se niega a morir. Conviene decir, además, que no se habla solo de exilio en este libro. Sus temas giran también alrededor de la muerte, la separación, la distancia, el dolor. Y siempre: de la mujer, de su condición, de la manera como enfrenta las estaciones de su vida.

 

Los buenos libros de poesía no son tan frecuentes. Cuando llegan a nuestras manos y leemos unos primeros versos que piden atención, nos empezamos a entregar con el mismo placer de quien encuentra un amigo, una posible pareja, alguien con el que proyectamos cercanía y buenos momentos. Aunque sea rudo. Cuando se ha leído mucho se tiende a ser un poco escéptico frente a las virtudes de un libro; pero, paradójicamente, en todo momento estamos buscando eso que tanto nos hace falta. Lo que hallamos de entrada en Animal de mudanza es una voz: ronca, desconfiada, a veces irónica, dolorosa; con el humor siempre cercano para no sucumbir a los embates de la realidad, a los de nuestro tiempo, a los personales y familiares, a los —muchos— que nos ha tocado vivir como venezolanos.

 

En esta geografía del desencanto, la autora observa la madurez femenina sin concesiones ni romanticismos. La soledad no se plantea como un estado contemplativo, sino como una herramienta práctica para sobrevivir; la maternidad, el deseo, la pérdida y el deterioro del cuerpo se asumen con la dignidad de quien no pide permiso ni busca la compasión del lector. Uno de sus poemas, titulado «Me gustas desahuciada», dialoga con el célebre poema «15» de Pablo Neruda, que contempla a la mujer romántica: «Me gustas cuando callas porque estás como ausente / y me oyes desde lejos y mi voz no te toca». El «me gustas» de Neruda recae sobre una escena, un silencio; el «me gustas» de Páez, en cambio, sobre una persona, y esa persona no calla: grita, se desgasta, responde.

 

Me gustas desahuciada
Me gustas sin barniz.
No por bella.
Por cierta.
Por mal lavada de futuro.
Me gustas cuando gritas y la garganta te sale
sin pedir permiso.
Me gusta tu indecencia cuando le roba el mantel a la gente correcta.
Me gusta tu manera de esconder el miedo debajo de una espada.
Difícil.
Irreverente.
Muda.
Feliz a contramano. Peligrosa con horóscopos y entrañas roñosas.
[…]
Ahí me quedo. En esa mujer
que no sabe venderse.
En esa hembra
que todavía se toca la herida
para confirmar
que sigue siendo suya.

 

En el plano formal, ahí están esos versos recién citados: aparentemente sencillos, pero cuando uno trata de manipularlos descubre que están tallados con cincel y que ninguno queda librado al azar. La anáfora del «me gustas» sostiene la primera mitad del poema y luego se disuelve en una sucesión de sustantivos sin verbo —«Quinceañera vencida. / Mujer por armar. / Bruja con recibos»— que funciona como un inventario de identidades fallidas. El punto, en Páez, no cierra la frase: la corta. De ahí esa respiración entrecortada que recorre el libro entero. La autora trabaja la palabra como una roca sólida, despojada de cualquier adorno inútil; sus versos son cerreros, de percusión corta.

 

Animal de mudanza se inserta con solidez en la tradición de la poesía venezolana de la aspereza y la desarticulación, esa estirpe donde hay grandes voces como Ana Enriqueta Terán, Miyó Vestrini, Yolanda Pantin, María Auxiliadora Álvarez o Jacqueline Goldberg, entre otras. Es una obra que no busca la pulcritud del mármol, sino la verdad de la avería doméstica.

 

Al final, esta lectura en paralelo me dejó una certeza: no importa si se escribe desde la Troya de Virgilio o desde los escombros de nuestro presente; la verdadera poesía es la que no pretende salvar a nadie, pero tiene la virtud indispensable de encender algo y enseñarnos a no perder la voz mientras transportamos los restos de nuestra vida a otra parte.

 

 

Alberto Márquez

Asesor de lenguaje, corrector y editor

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