Las historias de detectives, tal y como las conocemos en la actualidad, fueron inventadas por Edgar Allan Poe, aunque el escritor solo escribió cuatro antes de volver a narrar terror. Pero incluso con la escasa producción, Poe estableció varias de las reglas doradas del género, que otros escritores, afianzaron, depuraron e hicieron método infalible para levantar la intriga criminal literaria. Para la época de Agatha Christie, habían tres requisitos indispensables al momento de escribir sobre el género: la excentricidad del detective, la fría y necesaria lógica y la completa falta de emoción de los detectives.
Agatha tomó la fórmula y la reestructuró a un nivel por completo. No sólo porque brindó a sus personajes todo tipo de paisajes exóticos, sino además, una persistencia sobre ideas peregrinas que al final, resultaban siendo del todo lógicas. No obstante, estos cuidadosos mecanismos de fría deducción, también eran instantáneas de su época, de su versión del mundo y en especial, de la forma en que Christie comprendía y analizaba la realidad. Lo que incluye una mirada superficial y en ocasiones burlona a la desigualdad social, el racismo, la xenofobia y otros tantos males sociales, que la escritora ignoró para crear un matiz perfecto y depurado. Los mundos de Christie están por complejo alejados de cualquier dolor y rigor del mundo. Y de hecho, de cualquier emoción humana, cercana o realista.
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Quizás, se trataba de una forma de protegerse. En 1926, su esposo Archie Christie le abandonó luego de enamorarse de otra mujer, y aunque Agatha se consoló con su resonante fama como escritora, se habló que la depresión que el trauma le causó, la hizo hacerse “más cruel”. De hecho, sus libros se hicieron más precisos, elaborados. Los asesinatos detallados con una mano minuciosa que asombraba a su legión de fanáticos. El universo creado por Christie se hizo cada vez más severo y rígido. Complejo a niveles sorprendentes. La escritora redobló sus esfuerzos, escribió por más tiempo, todos los días. Los casos se volvieron obsesiones y de pronto, escribir se convirtió el centro de su mundo.
Entonces, su madre murió y el mayor de todos los misterios de Agatha, tomó cuerpo y sentido. Su propia desaparición.
La caja de todos los enigmas
En el año 1926, ocurrieron varias cosas en paralelo en la vida de Agatha Christie. Su esposo la abandonó y a continuación, obtuvo el que sería el éxito más resonante hasta el momento de su vertiginosa carrera editorial. El asesinato de Roger Ackroyd fue publicada con un tirada inicial de 5000 que se vendieron casi de inmediato, y que además, provocaron el hecho inaudito que la crítica de Londres comenzara a tomar en serio las novelas de Christie. Se discutió sobre su forma de cambiar las reglas de las historias de detectives (se incluyó un personaje femenino), pero sobre todo, la manera en que la escritora creó una brillante versión de los grandes clásicos de Sir Arthur Conan Doyle. Por primera vez, público y el rígido círculo literario del país consideraron que Agatha Christie era un suceso literario a todo nivel.
Entonces su madre, el apoyo emocional más estrecho y el único que sostenía a la escritora, murió de manera repentina. La escritora recibió la noticia del fallecimiento de Clara Miller el 5 de abril, mientras Archie daba las primeras muestras de desamor y empezó a pasar más tiempo en el club de Golf. Poco a poco, la sensación que el mundo a su alrededor se desmoronaba hizo mella en Agatha, que comenzó a llevar un diario puntilloso “de la oscuridad”. Para la escritora, que ansiaba la cristalina lógica y el sostén del orden en cada aspecto de su vida, la muerte de su madre y la perspectiva del divorcio, fue desoladora. Tanto, como para arrasar por completo sus últimas reservas de fortaleza. “Soy poderosa, pero no especialmente firme” se burlaría de sí misma en sus diarios. Pero en 1926 y mientras el año se hacia el más extraño, caótico e inexplicable de su vida, Agatha terminó por derrumbarse en una crisis existencial cada vez más pesada y dolorosa.
Solo que nadie lo sabía. Agatha siguió escribiendo sin parar, firmó dos contratos editoriales y se mudó a la casa de su madre para ocuparse de su venta. En realidad, intentaba mantenerse a distancia de Archie, a media que este dejaba más claro y de manera directa, que estaba a punto de tomar una decisión. Agatha huyó lo mejor que supo, siguió escribiendo y se negó a recibirle, aduciendo todo tipo de excusas. Archie la visitaba de vez en cuando, se sentaba a la mesa en cenas cada vez más silenciosas hasta que finalmente, en noviembre de 1926, le pidió el divorcio. Hubo una gran discusión, Agatha se negó a aceptar lo que ocurría y Archie se mudó con Nancy Neele, a quien había conocido en el club de Golf meses atrás.
El 3 de diciembre, Archie volvió a intentar que Agatha le diera el divorcio. Hubo una nueva discusión y salió de la casa. Más tarde, regresó para tratar de encontrar una “solución civilizada” a lo que sucedía. No encontró a Agatha ni tampoco el coche. Todas las luces estaban encendidas, la ropa y la cama intacta. Temiendo una tragedia, Archie llamó a la policía y por diez días, toda Inglaterra mantuvo la atención centrada en el hecho que sin duda, algo siniestro había ocurrido con la escritora favorita de asesinatos y crímenes. Había una simetría siniestra, macabra y temible. Una percepción sobre el absurdo que desconcertó no sólo a la policía sino también, a todos los lectores de la escritora. Todas las novelas de detectives tienen por objetivo la restitución el orden, de modo que el mero hecho que la mujer suceso, la gran escritora que había asombrado y desconcertado al público inglés hubiese desaparecido, cautivó la imaginación del país entero y les obligó a intentar comprender qué había ocurrido.
Un día después, se encontró su coche en Surrey, por lo que se supuso, que Agatha Christie se había topado “con la desgracia”, en los alrededores de la zona. Los periódicos se llenaron de hipótesis siniestras y por supuesto, la conducta de Archie Christie salió a relucir. Y mientras una serie de rumores siniestros rodeaban al ex héroe de Guera y le obligaban a huir de Londres, se exigió encontrar a Agatha Christie. La mera sospecha, provocó que la policía de la localidad contratara a quinientos hombres, para peinar las colinas, arrasar con los estanques y adentrarse en los bosques. No había rastro de la escritora y las sospechas sobre un destino funesto aumentaron hasta provocar un clima de real histeria en la localidad.
Los periódicos dedicaban páginas enteras a la descripción de cada etapa de la investigación. Cientos de vendedores ambulantes se instalaron a la orilla de la carretera, se repartieron carteles y se revisaron casas. Incluso, se comenzó a revisar la tierra, abismos y riscos. Archie fue interrogado por enésima vez, lo mismo que Nancy Neele. A una semana de la desaparición, parecía evidente que la escritora había sido asesinada de una manera tan cruenta, violenta y al parecer ingeniosa como cualquiera de sus libros. Finalmente, se ofreció una recompensa de cien libras. Archie escribió un artículo para varios periódicos declarando su absoluta inocencia. Una mujer le arrojó una piedra al rostro. Hubo un escándalo mayúsculo en varios de los lugares que frecuentaban. Se corrió el rumor que un juez estaba a punto de emitir una orden de captura.
Entonces, un baterista y un saxofonista del Hydropathic Hotel, en Harrogate, una ciudad balneario de Yorkshire, reconoció a una de la huéspedes como la mujer de los carteles. De inmediato, llamaron a la policía y por la noche, cuando la extraña y silenciosa huésped bajo para cenar, se encontró con Archie al pie de la escalera. De inmediato la reconoció, aunque ella al principio negó llamarse Agatha e insistió que su nombre era Theresa Neele. Después perdió el sentido y fue llevada de emergencia a un puesto médico. Cuando despertó, ya respondía a su nombre, aunque no podía recordar como había llegado allí.
Poco se sabe en realidad lo que ocurrió durante la desaparición de la escritora, en principio porque hasta su muerte, Agatha Christie negó recordar detalle alguno del suceso. Según la policía pudo comprobar después, al parecer la escritora abandonó su automóvil cerca de un pequeño pueblo de Surrey, para después tomar un tren hasta la estación de Waterloo, en Londres. Todo sin que nadie le reconociera, sospechara de su conducta o hiciera algo desconcertante que llamara la atención de quienes le rodearan. De hecho, a no ser por la denuncia de los trabajadores del hotel — al que llegó después de viajar con toda tranquilidad a Harrogate — nadie habría sospechado de la mujer que pasaba el tiempo en paseos a pie y leyendo junto a la piscina. Los médicos de todo el país se interesaron en el caso. Hubo un revuelo alrededor de su regreso a la ciudad e incluso, se le acusó de urdir una trama “para vender más novelas”. Agatha se escondió en casa de su madre, no respondió ninguna acusación y siguió escribiendo.
Por último, llegó un diagnóstico: un médico de Chicago insistió que se trataba de una forma de amnesia que puede provocar la ansiedad y el miedo. Esta última fue la explicación que decidieron Christie y su familia. Para Agatha fue suficiente y de hecho, no menciona el tema en su autobiografía y jamás habló de eso en público. Lo que sea que haya sucedido, terminó con un fin de año en la casa de su madre, recibiendo una noticia agridulce: sus novelas se habían vuelto las más populares. Las antiguas se reimprimieron y la publicada ese año, se volvió un éxito clamoroso en una tercera reimpresión. Se dice que Agatha no abandonó la casa de su madre en veinte días y cuando lo hizo, fue para comprar una tina de baño. Un agente de la editorial le acompañó y le tomó una fotografía mientras se tendía dentro la pieza de porcelana. “¿Por qué lo hace?” le preguntó el hombre asombrado. “Nunca hay que hacer nada sin saber si tendrá sentido después” contestó.
Un viaje a la trascendencia
Agatha Christie publicó sesenta y seis novelas policíacas entre 1920 y 1976. La mayoría se han traducido a cuarenta y cinco idiomas, que se traduce en casi dos mil millones de copias vendidas. Al momento de morir, casada por segunda vez con un hombre que le amó hasta el último de sus días, se había convertido en la escritora más leída del mundo. Dos de sus biografías, se convirtieron en éxitos recientes de venta Duquesa de la muerte: La biografía no autorizada de Agatha Christie de Richard Hack y Cuadernos secretos de Agatha Christie: Cincuenta años de misterios de John Curran.
Al otro extremo de la cultura pop, el director Kenneth Branagh tiene el proyecto de llevar el universo de los libros de la escritora a una franquicia cinematográfica, que comenzó en el 2017 con la película Muerte en el Oriente Express que también protagoniza como Hércules Poirot. La siguiente, Muerte en el Nilo llegó a los cines en el 2022. A casi cincuenta años de su muerte, Agatha Christie sigue sorprendiendo e intrigando a buena parte del público. Un misterio dentro de un misterio, que aun cautiva por su cualidad extravagante, exquisita e ingeniosa. Una travesura siniestra de la que la escritora habría estado orgullosa.
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Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
Crónicas de una feminista defectuosa












