Where the Wild Ladies Are de Aoko Matsuda

Las historias de fantasmas son quizás las más complicadas del ámbito del género literario del terror. No solamente se trata de narrar eventos sobrenaturales, sino también de elaborar una compleja simbología alrededor de lo que ocurre o el motivo por el cual, la incertidumbre de la muerte y el miedo que puede reflejar lo inquietante, es parte de la historia central. Desde la cuidada concepción psicológica de Henry James en Una vuelta de tuerca, hasta la escalofriante Dama de negro de Susan Hill, lo espectral convertido en metafórico, es una manera poderosa de narrar conflictos existenciales, temores y percepciones sobre la realidad desde una dimensión siniestra y a la vez, emocional.
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La recopilación de relatos de terror Where the Wild Ladies Are de Aoko Matsuda, lleva la fórmula de lo fantasmagórico a un nivel mucho más inquietante pero en especial, la emparenta con un recorrido a través de dolores emocionales e intelectuales, que rara vez se relacionan con lo sobrenatural. Aun así, esta colección de leyendas folklóricas japonesas, relatos orales del país y pequeñas percepciones sobre el miedo colectivo e individual, tiene el insólito ritmo de una crítica solapada sobre la identidad contemporánea, la búsqueda de objetivos individuales e incluso, el menosprecio a la diferencia. Todo en medio de una extraña capacidad para seducir a través de imágenes de asombrosa y terrorífica belleza.
Desde llamadas a domicilio convertidas en anuncios de muerte inminente, mujeres atormentadas por la culpa de ausencias enigmáticas que terminan en condenas temibles, la maternidad transmutada en un terror siniestro, vendedores de las tradicionales linternas de papel que toman el rostro de demonios implacables, los fantasmas y monstruos de Matsuda tienen un propósito más complejo que sólo provocar terror y quizás por eso, resulta asombrosa la ingeniosa mezcla entre inteligencia narrativa y el trasfondo simbólico que el libro logra en conjunto. La escritora parece estar especialmente interesada en mirar el terror como vehículo que se transforma en algo más elaborado para dialogar con los dolores contemporáneos desde el ámbito del secreto. La mayoría de sus personajes atraviesan el terreno de lo sobrenatural desde el sufrimiento pero también, a través de la percepción del miedo como una depuración de una serie de emociones más complejas. Una y otra vez, Matsuda elabora una versión de la realidad inminente que expone el bien y el mal como espacios no demasiados claros. Las figuras espectrales de la escritora deambulan por un inframundo temible que se emparenta con ese rasgo tan reconocible de la cultura japonesa, como es el silencio emocional. “Nadie llora demasiado ni tampoco muestra el dolor, lo harán los fantasmas, por cada uno de nosotros” dice uno de los personajes, que llora con desconsuelo sobre una cuna vacía.

Lo más interesante en el libro de Matsuda es que cada una de sus historias, son narradas por personajes para quienes lo sobrenatural es parte de su vida, aunque no la central, ni mucho menos, la más importante. Pero de alguna forma, cada uno de ellos dialoga con el misterio, el secreto y lo inquietante. Por supuesto, Matsuda no se conforma sólo con crear una espléndida atmósfera terrorífica, sino que además, toma la extraña decisión de dotar a sus relatos de un tono levemente humorístico, que resulta desconcertante por la facilidad en que elabora ideas profundas sobre la existencia, el sufrimiento en una sociedad que presiona para callar sentimientos cada vez más poderosos. Matsuda usa a los fantasmas y apariciones como una transgresión a la frialdad y distancia de la cultura japonesa, de modo que los gritos, llantos y sobresaltos, en realidad no ocurren por los sucesos inexplicables, sino por todo lo que disimulan y ocultan los narradores. El riesgo que corrió la escritora fue considerable: varios relatos llegan a un límite muy incómodo entre la risa y el miedo, pero el ritmo engañoso y la prosa fluida de Matsuda permite que las historias sean lo suficientemente sólidas como para sostenerse en un equilibrio brillante entre ambos géneros.

Además, la percepción sobre la incredulidad, la ambigüedad sutil que sugiere que las criaturas demoníacas sin nombre y rostro podrían sólo no existir, en favor de la percepción sobre la realidad construida a partir de una idea ambivalente sobre el miedo y la esperanza, es un logro considerable en medio de un puñado de narraciones que van de un lado a otro con una considerable facilidad en medio de la concepción de lo humano y lo irreal. “Veo un fantasma cruzar el pasillo. Una figura alta que al cabo, soy yo misma frente al espejo. ¿Así es mi dolor, tan flagrante como simple?” se pregunta una mujer, que lleva más de dos meses sin conciliar el sueño en una casa embrujada. O eso dice, sin que sepamos si es cierto o se trata de una argucia de la escritora para expresar la irrealidad. “Le sigo, camino por la casa, los pies ruidosos en el silencio de la noche. Cuando miro las plantas, encuentro que no existen. Que floto ¿soy el fantasmas?” los juegos de palabras y dimensiones de lo plausible se hacen cada vez más enrevesados e ingeniosos, como si la intención de Matsuda fuera desconcertar en lugar de mostrar. ¿Lo es quizás?
La escritora no da respuestas claras y quizás la efectividad de todos sus relatos, se basa en el hecho que la espiritualidad es simple, llana y comprensible. “El más allá es una puerta. Tan fina como infranqueable. Pero supongo que aunque es difícil abrirla, no es complicado escuchar a través de ella” dice un hombre desanimado por años de soportar las conversaciones en voz alta de comensales invisibles en una enorme mesa de familia vacía. Matsuda no explica el origen de la soledad de su personaje, tampoco la angustia existencial que le hace llorar, temer y al final agradecer la presencia invisible de los que ríen y hablan. “Los fantasmas son briznas de papel, un mensaje llegado desde otro tiempo” dice el hombre, mientras se clava la punta de un cuchillo en la muñeca. Hay cientos de heridas distintas en la piel, en los dedos. Una por cada noche en vigilia, una por cada vez que trató de convencerse sobre lo que vivía era real. ¿O no lo era? La escritora no se prodiga en explicaciones y el relato avanza en la cena fantasmal, cada vez más escalofriante. La risa de una mujer se escucha en la periferia, en el pequeño jardín y de pronto, el hombre solitario no sólo se abre la piel para recordar, sino también para morir. “Estamos todos muertos desde el día en que nacemos” dice antes de derrumbarse desangrado.

Sin embargo, la escritora no parece en especial seducida por el elemento paranormal de sus historias: hay una definitiva inclinación a confundir y de hecho, a medida que sus narraciones se hacen más complejas, dolorosas y temibles, es evidente que lo que ocurre — sea o no verídico o no — podría también estar relacionado con el ámbito de la locura. De hecho, en más de una oportunidad Matsuda deja claro que la pérdida de contacto con la realidad puede ser “tan peligrosa como exuberante”. La frase se repetirá una y otra vez, enlazada y construida sobre el hecho del miedo o lo que se esconde en sus límites, puede mostrar sobre los horrores de los secretos privados, el sufrimiento jamás expresado, los temores sin forma. Cada personaje de la escritora desea llorar, gemir, batallar contra los fantasmas, pero no para ahuyentarles, sino para utilizar sus rostros sin facciones — “esa blanca quietud sin norte” — como una pizarra en blanco sobre la cual escribir su historia. “En una ocasión soñé que la vida era simple, líquida, rota, sin pausa” relata una mujer que acaba de perder a su marido y cree escucharle dormir a su lado. “Y puede serlo. La sangre es un vínculo necesario, pero el amor palpita vivo en sus espacios. De modo que la sangre y el amor, son la misma cosa. Es lo que sostiene la historia, lo que acaba y lo que empieza. La oscuridad que viene después” dice antes de dar la vuelta para tenderse de costado y encontrarse con el rostro de su marido muerto, manchado de sangre. Un cuchillo sobresale de su torso y una enorme herida, se abre en su pecho. “Te amo y te maté por amor, lo cual siempre es una buena razón”.

Lo más llamativo en los personajes de Matsuda es que la crueldad, la bondad, la sutileza y lo grotesco, conviven en un extrañísimo caleidoscopio emocional, que la escritora describe con detalle, aunque sin verdadera precisión, un matiz singular que resulta por momentos confuso. La narración puede ofrecer pistas claras sobre lo que esconde cada hombre y mujer que lleva un fantasma a cuestas, pero nunca es tan claro como para que podamos entender sus motivaciones reales, las emotivas, las poderosas, las sustanciales. Cada uno puede ser amable, terco, cuidadoso o violento, sin que eso haga que pueda definirse la vida — o lo que viven — a través de la idea general de lo que son. Desde la “nada en absoluto” — un concepto japonés sobre la cualidad de no existir — hasta la belleza de la abundancia — que pocas veces tiene relación con la riqueza — los relatos van de un lado a otro desde diferentes puntos de vista sobre temas extraordinarios, inquietantes, potentes, sentidos. Todo mientras la escritora muestra con delicadeza la cultura en que nació, sus pequeñas angustias y dolores, su radiante concepción de la bondad.
La brillante fusión que logra Matsuda de lo cotidiano con el mundo de lo sobrenatural, crea la sensación que su libro es una combinación de varios estratos de la realidad, lo cual permite a la escritora tomar decisiones extravagantes pero atinadas sobre cómo elaborar pequeñas hipótesis sobre la vida, el tiempo, el amor, las heridas emocionales abiertas, los temores escondidos en lo individual y lo colectivo. Por ejemplo, en Smartening Up, la primera historia del libro, la narradora está obsesionada con algo tan trivial como su vello corporal. Tanto como para llorar y lamentarse, tendida sobre la cama, aturdida y pesarosa. Unos párrafos después, descubriremos que la mujer sin nombre está convencida que su novio de casi una década, la abandonó debido a su aspecto. “Ocurrió porque mis brazos, mis piernas y otras partes de mi cuerpo no estaban completamente sin pelo, porque yo era una persona descuidada que vivía como si no hubiera nada de malo en ser velluda”.
El cuento avanza con rapidez y la chica, decide realizarse una depilación completa. Le lleva dolor, una considerable inversión de dinero, pero al final, su cuerpo pálido flota en la oscuridad y se siente desnuda, mucho más de lo que nunca lo ha estado. Entonces, escucha un susurro. Una forma abandona la oscuridad de las esquinas de la habitación y su tía, muerta hace doce años, aparece en medio de lo que parece ser un sacudón de palabras y voces. “No eres nadie sino una ausencia” dice, enfurecida. “Nadie te amará por ser menos tú misma, sino por encontrar, como el vello, la belleza en lo improbable”. La frase tópica era la preferida de la difunta, pero con la entonación del fantasma, se hace una sentencia. La narradora despierta entonces, con el cuerpo cubierto de mucho más vello, el cabello que cae por la cama. Y siente paz, una extraña sensación de alivio y consideración, como si la pretendida fealdad que temía, fuera en realidad una línea que le une con su pasado.
Todas las historias de Matsuda, toman un giro extraño e imprevisible. La audacia de la escritora es considerable: varios de los cuentos tienen puntos bajos que podrían ser irremediables, a no ser por la forma en que asume el poder de sus historias para sostener doble lecturas y un subtexto y doloroso. Más allá de los demonios y monstruos, de los gritos invisibles y los espectros que surgen de la oscuridad, hay sufrimiento, humanidad y belleza. Una combinación que añade interés no sólo al hecho sobrenatural, sino a lo que se oculta debajo de la insinuación de lo terrorífico.

“En algún lugar de su interior, estas personas están silenciosamente en llamas” dice uno de los personajes del libro y es quizás la frase, que podría resumir la asombrosa poder de este libro inclasificable.
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Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
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