
Por: Julia Alcibiades
Miguel Ángel Latouche, quien ha sido columnista de esta revista, ha escrito una saga familiar, Los fantasmas de Otto Müller (Berlín: Ilíada Ediciones, 2026) que comienza durante las postrimerías de la II guerra mundial y que se extiende hasta el siglo XXI, que puede ser el guión de una gran película de acción dramática pues en su escritura están recogidos todos los elementos necesarios de ese género: un secreto, varias líneas temporales, numerosos momentos de tensión en situaciones peligrosas, decisiones financieras y económicas, relaciones personales crematísticas y necesarias, así como un acertijo que resolver. Los personajes principales expresan condiciones de cambio social que contrastan la Europa de posguerra y la inmigración, particularmente la generada hacia y desde Venezuela, en una diáspora que permite comprender las complejidades de un mundo global que ha dejado de ser homogéneo, precisamente por la incorporación de diferentes etnias y culturas a lo interno de una determinada nación.
La memoria es la temática que parece evidente para cualquier lector de la novela; pero en una segunda lectura, y siendo el autor un Doctor en ciencias políticas, sus personajes expresan varias temáticas que han sido desarrolladas a lo largo de autores del siglo XX, como Hannah Arendt (la banalidad del mal), Amartya Sen (la problemática de la agencia), John Ralws (la justicia como principio de las instituciones públicas) y Rainer Forst (la fundamentación ética/de poder para la acción y las decisiones). Aparece también el atisbo de una interpretación existencial, psicológica y psicosocial, particularmente en un largo monólogo muy revelador (capítulo XX) que me hizo recordar al de Richard Burton debajo del árbol en “Who’s afraid of Virginia Woolf”; lo que convierte a esta novela en un estudio sobre intenciones y significados de actos de conciencia.
Dice Gabriel García Márquez en Vivir para contarla (2002) que la memoria refiere su significado al modo como comprendemos la vida. Los recuerdos cambian e interpretamos nuestro ser y la temporalidad de un modo dado. Si algún evento pone en jaque los recuerdos que creíamos ciertos, ocurre una transformación que reorganiza al propio ser y al mundo.
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La noción de fundamentación —no sólo de los juicios, sino también de las elecciones y decisiones— se constituye en el corazón de la ética de los modernos. Rainer Forst ha argumentado que esa fundamentación reúne, dialécticamente, poder y ética. En efecto, desde Maquiavelo ha quedado claro que el campo político correlaciona fuerzas y razones y requiere de acciones y relaciones políticas. El objeto de la política es cómo conquistar el poder, cómo conservarlo y potenciarlo que requiere, en general, de la centralización de las fuerzas gubernamentales esenciales: las leyes, los actores, las armas (físicas o discursivas) y el territorio que se controla. El genuino ejercicio de la política no es entronizarse en el espacio público, sino instituir los ordini, el orden institucionalizado, estando constantemente consciente de la conjura y los pactos; por ello, es esencialmente una actividad relacional y territorial. Obsérvese que si los actores políticos son movidos por una voluntad discrecional los ordini quedan debilitados, pues ellos requieren de una voluntad institucionalizadora: no es el mero realismo político lo que sugiere Maquiavelo, pues la sostenibilidad pública, que requiere de las instituciones, trasciende la mera presencia de actores interesados.
El puro interés, en ausencia de algún fundamento de moral pública, transforma a los actores políticos en individuos eminentemente racionales, con debilitamiento de la necesaria razonabilidad para la sostenibilidad del espacio público. De allí la necesidad de la ley, que insufla del espíritu de la legalidad a la acción y a las relaciones políticas. Pero las leyes necesitan de la responsabilidad para que puedan cumplirse, por tanto, la constitución de lo público requiere de algún mecanismo para instituir un acuerdo político explícito, imparcial y equitativo. Ese es el fundamento del contractualismo entendido en su vertiente contemporánea: la legitimidad institucional instaura el espacio público compartido antes de ser plasmado en la ley.
En un momento de reflexión el abuelo del protagonista se dice: “Escogí la lealtad antes que la razón, como si fuera una nueva religión” (p. 161), es decir, dejó de lado el ángulo ético de la fundamentación, lo que nos lleva al tema de la banalidad del mal en ese mismo momento del capítulo XX cuando reflexiona: “Es difícil percibir el mal cuando está cerca de ti” (p. 157), tema que verdaderamente trae al primer plano que no todo es política y ciencias humanas es buscar “el claro”, la dimensión explicativa y de justificación de la existencia. Hay otra parte, la opacidad y la borrosidad que, al ser constatadas, conducen a algún momento de toma de conciencia de un proyecto existencial que suprime el querer y el tener por la praxis y la emancipación. El abuelo del protagonista no llega a ese momento, pero sí el protagonista joven quien reconoce tanto la banalidad del mal como la barbarie que resulta de no asumirse como agente, como una persona cuyo comportamiento afecta a los demás, como alguien que, por falta de culpa y de cuestionamiento ha reproducido una barbarie: “El horror es hijo de las verdades absolutas y los absolutos nos llevan al infierno” (p. 159)
Esa toma de conciencia es, en el caso del joven, un momento de desgarro y de angustia existencial que es superada cuando aparece una visión de un futuro de redención. Esta idea existencialista es la que encontramos en El hombre en busca de sentido del psiquiatra vienés Victor Frankl, quien estuvo en Auschwitz, como la madre de Sarah, la pareja del protagonista joven.
La solución genuina es abrirse a la fundamentación justa, a la adopción de algún principio de justicia. “He aprendido que no basta con cumplir la ley para ser justos” (p. 159), la idea central del institucionalismo rawlsiano. Cuando en 1971 John Rawls publicó A theory of justice revitalizó el pensamiento contractual contemporáneo. En ese texto él asumió como ineludible el fundamento político-ético de la convivencia y cambió el objeto de estudio de la Política. En efecto, su objeto propio ha sido pensado de varias maneras, todas ellas coexistiendo en nuestros tiempos: régimen político, poder, Estado, sistema político, políticas públicas, política comparada, cultura política, decisiones políticas, etc. A partir de Rawls, pareciera evidente que el tema central de la Política es la concepción y preservación del marco institucional.
El protagonista joven, como inmigrante venezolano en Canadá, está consciente de que la significación de los actos de conciencia está articulada a la naturaleza de los sesgos. Esta es una idea clave de la economía conductual cuyos estudios han demostrado que no hay una racionalidad “pura”, pues tomamos decisiones a partir de sesgos intuitivos y cognitivos. Los sesgos constituyen el fundamento de nuestras conductas y las heurísticas (la perspectiva integradora) permiten sintetizar nuestra visión sesgada del mundo. Es necesario someter a interrogación nuestras respuestas intuitivas, nuestra manera de reflexionar, las teorías que adoptamos y el modo cómo comprendemos a los demás y al mundo que nos circunda, fundamento adoptado por el protagonista joven.

La afición por la ebanistería del protagonista mayor se expresaba en piezas y muebles del estilo Roentgen. Su nieto ha entendido los principios que rigen ese estilo y, en un momento de lucidez, comprende que la solución al acertijo que dejó su abuelo tiene que ver con cajones ocultos cuya apertura lo lleva a conectar la historia de la música y la sensibilidad estética. La apertura del secreto del abuelo revela, al menos, dos modos de comprender la temporalidad en los dos protagonistas principales: un caballero venezolano de 31 años, emigrado a Canadá, de herencia germánica y española, y su abuelo teutón, quien cumplió para él el rol de padre y le dejó la impronta del estoicismo. El abuelo asume la concepción secuencial del tiempo, mientras que el protagonista joven cambia la estructura de su concepción personal y familiar en un hito, la muerte del abuelo y el descubrimiento de su secreto.
Los griegos hacían referencia a varios dioses y entidades divinas (como las Horas) para comprender la temporalidad. Esos arquetipos fueron latinizados por los romanos, a saber: el tiempo secuencial, cuya marcha es inexorable, regido por Cronos (Saturno) que apunta a objetivos a ser logrados. Aión (Eón) es el dios de la temporalidad humana, no de la cósmica; i.e., no propone objetivos, sino el sentido del tiempo eterno que se repite en los ciclos de la vida que permiten orientar la experiencia. La tercera divinidad de la temporalidad es Kairós, hijo de Zeus y de Tyché (la suerte, o fortuna en Roma) quien no es un dios, sino un daimón, un duende. Es representado como un joven muy bello con pies alados, un adolescente con la cabeza calva con excepción de un largo mechón. Es el dios de la oportunidad que viene súbitamente y hay que saber aprovechar. Dado que es de naturaleza caprichosa, Kairós representa los momentos coyunturales, los hitos que hay que saber aprovechar. Requiere saber evaluar la situación en la cual estamos, identificar la estructura de la situación para saber qué-hacer. Esta es la temporalidad que expresa el protagonista joven cuya formación como politólogo, sus estudios de postgrado en Canadá, su gusto estético y su sensibilidad hacia la complejidad lo convierten en un hijo de su tiempo, como su abuelo lo fue el del mundo de los años cuarenta del siglo XX.
Con 'Los fantasmas de Otto Müller', Miguel Ángel Latouche logra una obra de gran calado ético y narrativo. Más allá del ritmo trepidante de su trama, la novela se despliega como una lectura rica en capas y matices que exige un lector cómplice. Respaldado por una sólida formación teórica y estética, Latouche nos entrega un estudio brillante sobre las zonas oscuras de la condición humana, consolidando una voz imprescindible para pensar la memoria, la culpa y el exilio en la literatura contemporánea.
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