En varias regiones de Europa oriental, aún se conservan prácticas religiosas que remiten a tradiciones anteriores al cristianismo. Un ejemplo claro se encuentra en los pueblos bálticos, cuya cultura comparte raíces con grupos eslavos y nórdicos. En estas comunidades, el paganismo no se presenta como un recuerdo difuso, sino como un marco vivo que mantiene vínculos con el presente. Lejos de ser una curiosidad arqueológica, las creencias en divinidades femeninas y fuerzas de la naturaleza siguen ocupando un lugar relevante dentro de las experiencias sociales y espirituales.
Claro está, este fenómeno demuestra que los procesos de conversión religiosa nunca fueron absolutos, sino negociaciones constantes donde lo nuevo se injertó sobre lo antiguo sin lograr suprimirlo. La persistencia de estos sistemas simbólicos se explica tanto por su función identitaria como por su capacidad de adaptarse a contextos cambiantes.
El resurgimiento de Romuva en Lituania muestra cómo antiguas prácticas paganas, ligadas a diosas, ciclos de la naturaleza y rituales de fuego, han sobrevivido a siglos de persecución. Desde las festividades agrícolas hasta los litigios contemporáneos por reconocimiento estatal, esta tradición encarna la resistencia cultural de los pueblos bálticos y su capacidad de mantener vivas memorias ancestrales en el presente.
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En el caso báltico, se configuró un entramado de prácticas que combinan memoria colectiva, celebración de la naturaleza y búsqueda de sentido comunitario. La transmisión intergeneracional de estas creencias es una estrategia de resistencia cultural que ha permitido que se mantengan vigentes incluso tras siglos de presión política y religiosa. Lo que observamos aquí no es sólo religión, sino también una forma de sostener la continuidad cultural frente a intentos repetidos de asimilación.
Fe y poder femenino
En el siglo XX, dentro de este panorama de continuidad cultural, surgió un movimiento organizado que buscó dar coherencia a la antigua fe: Romuva. Esta corriente apareció formalmente en 1920 y tomó su nombre de un santuario prusiano situado en la región de Kaliningrado, un punto considerado estratégico tanto por su posición geográfica como por su carga simbólica.
El término, de acuerdo con las raíces lingüísticas más antiguas del ruso, se interpreta como templo o refugio sagrado, aunque también puede entenderse como espacio interior, lo que da cuenta de una visión espiritual vinculada tanto a lo colectivo como a lo personal. Sus adeptos, conocidos como romuviai, también recibieron el apelativo de “viejos creyentes”, un término que revela la intención de vincular el presente con un pasado considerado auténtico. Por supuesto, y siguiendo la línea de cómo la creencia en una divinidad femenina a través de Europa, puede decirse que la formación de Romuva es un intento de sistematizar lo disperso, de recoger la multiplicidad de creencias populares y darles un marco formal.
Al mismo tiempo, se trató de un esfuerzo por legitimar socialmente una tradición que había sobrevivido de manera fragmentaria en la vida cotidiana. Lo interesante de este proceso es cómo las comunidades reinterpretaron símbolos antiguos, resignificándolos para responder a necesidades espirituales actuales, mientras conservaban un aire de continuidad con los ancestros. Romuva no surgió como una invención moderna desconectada, sino como una reelaboración consciente de un archivo cultural transmitido a lo largo de generaciones.
La diosa en todas partes
Dentro de esta tradición, las divinidades femeninas ocupan un papel fundamental. En la cosmovisión lituana destacan Laima y Temyna, consideradas guardianas de la vida. La primera se asocia con la fortuna y la protección de los seres humanos, mientras que la segunda se vincula directamente con la tierra y el ciclo vital de animales y plantas. Estas figuras revelan un imaginario en el que lo femenino está conectado con la creación, la fertilidad y también con la muerte, entendida no como final absoluto sino como parte de la continuidad de la existencia.
Desde el punto de vista antropológico, la persistencia de estas diosas demuestra cómo los pueblos bálticos mantuvieron un sistema de valores en el que la naturaleza no era ajena, sino una entidad viva con la que se establecía un vínculo recíproco. Junto a ellas, otros dioses conformaban un panteón variado. Dievas, asociado al cielo y a la protección de la agricultura, Perkunas, ligado al clima y a la justicia, y Velnias, figura compleja vinculada tanto a la muerte como al desorden, fueron reinterpretados a lo largo del tiempo, incluso por el cristianismo, que reutilizó sus nombres para imponer nuevas narrativas.
Este proceso de apropiación religiosa muestra la tensión entre las viejas y nuevas creencias, pero también el modo en que los sistemas simbólicos se transforman sin desaparecer del todo.
La fe antigua y contemporánea en un mismo escenario
Las celebraciones ligadas al calendario ritual lituano constituyen otro aspecto esencial de esta tradición. Se trata de un conjunto de festividades que marcan momentos clave de la vida individual y colectiva, así como los ciclos de la naturaleza. Desde los bautizos rituales de recién nacidos hasta los funerales, pasando por matrimonios y festivales estacionales, cada ceremonia cumple una función social y simbólica.
El solsticio de invierno, las celebraciones de primavera, el inicio de la cosecha y las conmemoraciones de los difuntos son ejemplos de cómo la vida agrícola y comunitaria se entrelaza con lo sagrado. Para un antropólogo, estas prácticas reflejan la manera en que las comunidades construyen cohesión social y reafirman su identidad a través de rituales compartidos. Lo notable es que, a pesar de siglos de persecución, las fiestas se mantuvieron adaptándose a circunstancias históricas adversas.
En algunos casos, adoptaron formas cristianizadas, pero conservaron su esencia no cristiana, como se observa en las similitudes con festividades paganas europeas como Yule o Samhain. De esta manera, las celebraciones bálticas muestran la continuidad de un universo simbólico que no fue erradicado, sino que encontró maneras de sobrevivir enmascarado bajo otros nombres.
Una creencia que lucha contra el tiempo
El fuego ocupa un lugar central dentro de la práctica ritual báltica y se convierte en el elemento que articula la relación entre los humanos y lo divino. El altar conocido como Aukuras se erige como punto de encuentro en templos y espacios abiertos, donde se encienden llamas sagradas para marcar acontecimientos significativos. La ceremonia inicia con un acto de purificación: los participantes lavan sus manos y rostros, gesto que simboliza preparación y respeto. Posteriormente, los asistentes se reúnen alrededor del fuego mientras entonan las Dainas, cantos tradicionales que transmiten memorias ancestrales y valores comunitarios. Durante el ritual, se realizan ofrendas de alimentos, flores y bebidas, que son entregadas a las llamas con la convicción de que el humo transporta las plegarias hacia los dioses.
Este acto colectivo refuerza la sensación de pertenencia, pues cada persona puede añadir sus propias palabras o silencios como contribución. El uso del fuego no solo responde a una función espiritual, sino que también refleja un patrón universal presente en múltiples culturas: la llama como mediadora entre lo humano y lo trascendente. Incluso dentro de los hogares, se mantienen prácticas similares en torno al fuego doméstico, lo que muestra que la espiritualidad báltica se integraba en la vida cotidiana y no se limitaba a los grandes rituales.
Romuva en la actualidad
La historia reciente de Romuva muestra cómo estas tradiciones sobrevivieron a múltiples intentos de represión. Durante la época soviética, las ceremonias públicas eran perseguidas porque se consideraban expresiones de identidad nacional contrarias al proyecto político de la URSS. Figuras como Jonas Trinkūnas desempeñaron un papel crucial en el renacimiento del movimiento.
Este investigador y profesor, que dedicó años a recopilar cantos y relatos del folclore lituano, organizó en la década de 1960 ceremonias en las que se retomaban prácticas antiguas, a pesar de la vigilancia del régimen. Aunque fue castigado y expulsado de su universidad, su labor permitió rescatar un vasto archivo cultural que sirvió como base para la reconstrucción de rituales contemporáneos. La represión no logró sofocar el resurgimiento, y tras la independencia de Lituania, Romuva pudo registrarse oficialmente como religión. La lucha por el reconocimiento estatal, sin embargo, no terminó allí: en 2019, el parlamento lituano negó su oficialización, lo que provocó una apelación ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
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Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
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