loader image

Las viejas historias suelen esconder procesos más complejos de lo que parecen. Bajo sus capas brillantes laten símbolos, técnicas culturales y obsesiones humanas que evolucionaron durante siglos, incluso cuando nadie las veía.

Una tarde profundamente criolla en Madrid

Una tarde profundamente criolla en Madrid

Cabrujas supo escribir desde el presente para la eternidad. La Venezuela que se nos venía encima estaría marcada por la censura, la crueldad y una polarización que toda realidad cubriría con la neblina de la insensatez.

Séptima Edición de “Adolescentes desde casa”

Séptima Edición de “Adolescentes desde casa”

Toda crisis deja marcas profundas, pero también activa la resiliencia y la capacidad colectiva de sanar. Partiendo de ello y con la consigna «Reconstrucción: testimonios de la solidaridad» la Dirección General de Cultura de la UCAB convocó la séptima edición del concurso de creatividad y expresión «Adolescentes desde casa»

Érase una vez un viaje | Otra mirada

Érase una vez un viaje | Otra mirada

Publiqué una novela, “Los fantasmas de Otto Müller”, que ahora mismo busca su lugar lejos de mí; los libros, una vez publicados, le pertenecen al mundo. Escribí otras que ahora mismo buscan editor: “Alea iacta est”. El viaje ha sido largo, pero ya he tocado tierra.

Entre la geometría y el paisaje | Galería Freites

Entre la geometría y el paisaje | Galería Freites

La Galería Freites nos lleva a un recorrido entre la Geometría y El Paisaje, a través de las obras de Carlos Evangelista y Pedro Ángel González
Extracto: La exposición “Las Variaciones modulares de Carlos Evangelista” en la Galería Freites refuerza nuestra voluntad para difundir los lenguajes geométricos … La exposición “Pedro Ángel González. La luz en el paisaje.” forma parte del programa de la Galería Freites, dedicado a estudiar y difundir la obra de los maestros venezolanos que abrieron paso a la modernidad a principios del siglo XX

Los fantasmas de Otto Müller: El mal, el exilio y los secretos del pasado

Los fantasmas de Otto Müller: El mal, el exilio y los secretos del pasado

Con “Los fantasmas de Otto Müller”, Miguel Ángel Latouche logra una obra de gran calado ético y narrativo. Más allá del ritmo trepidante de su trama, la novela se despliega como una lectura rica en capas y matices que exige un lector cómplice. Respaldado por una sólida formación teórica y estética, Latouche nos entrega un estudio brillante sobre las zonas oscuras de la condición humana

Finjamos demencia | Manifiesto GenX

Finjamos demencia | Manifiesto GenX

Hagamos de cuenta que todo funciona en nuestras cápsulas.
Actuemos como si no hubiera guerra del otro lado del mundo ni enfrentamientos entre conciudadanos por la permanencia de bacterias contaminantes. Estemos aquietados ante la estridencia de otras ideas que insisten en hacerse escuchar. Permanezcamos en posición de loto a pesar de la condición gastada del cojín…. nos comenta Florángel Quintana

Un asesino, una ciudad y una chica: la historia de la primera actriz moderna

Un asesino, una ciudad y una chica: la historia de la primera actriz moderna

Louise Brooks, conocida hasta ese momento por su icónica imagen en la pantalla, escribió un artículo agudo y anticipado sobre El gran Gatsby (1925), la novela de F. Scott Fitzgerald. Sin firmar y publicado en distintas revistas culturales, el texto no solo repasaba la estructura de la novela, sino que afirmaba con contundencia que Fitzgerald y su obra alcanzarían la categoría de clásico

Indira Páez y su segundo poemario “Animal de mudanza” | Reseña de Alberto Márquez

Indira Páez y su segundo poemario “Animal de mudanza” | Reseña de Alberto Márquez

La escritora Indira Páez publica su poemario Animal de mudanza (MEL Projects Publishing), una exploración frontal del exilio y la memoria. El libro, analizado críticamente por Alberto Márquez como un testimonio de resistencia y avería doméstica, celebra su presentación en Miami con un recital solidario destinado a la reconstrucción de escuelas de Fe y Alegría en Venezuela.

MONSTER: La Historia de Lizzie Borden | Series Sobre 9 

MONSTER: La Historia de Lizzie Borden | Series Sobre 9 

Se trata de Lizzie Borden, una joven de familia adinerada quien se volvió la principal sospechosa en el doble asesinato de su padre Andrew Borden y de su madrastra Abby Borden, hecho ocurrido en su propia casa el 4 de agosto de 1892. Sin embargo, posterior al sonado juicio que se llevó a cabo, Lizzie quedó absuelta.

Proyecto ArchivoAbierto de Mercedes Pardo | Galería ABRA

Proyecto ArchivoAbierto de Mercedes Pardo | Galería ABRA

El proyecto ArchivoAbierto forma parte del programa anual de ABRA desde su apertura en 2016, y procura –a través de exhibiciones de archivos, fuentes documentales, acervos personales o institucionales, y textos informativos–impulsar el resguardo, la valoración y el estudio del arte contemporáneo de Venezuela.

Wilmer Useche: La onda y color como frecuencia | Geometría Viva

Wilmer Useche: La onda y color como frecuencia | Geometría Viva

Wilmer Useche, reafirma la vigencia del arte geométrico y cinético en el contexto contemporáneo, él demuestra que la exploración de la línea, la luz y la percepción sigue siendo un territorio fértil para la creación plástica, su obra a pesar de estar arraigada a una tradición profundamente latinoamericana

Cuando se analiza el tradicional cuento de La Bella y la Bestia con mirada histórica, el relato se abre como una pieza de estudio que nunca dejó de mutar. Su lectura más evidente habla de metamorfosis, pero si uno rastrea las tradiciones europeas anteriores a la imprenta, descubre que esta narrativa ya contenía ecos de un procedimiento que los alquimistas medievales dividían en tres fases. No hace falta atribuirle intenciones ocultas a sus autores originales: la circulación oral de leyendas, sobre todo en los siglos XVII y XVIII, tendía a mezclar símbolos, colores y estructuras que hoy asociamos a manuales herméticos.

La primera de esas fases, documentada ya en tratados del siglo XIV, era la Nigredo, un momento de disolución absoluta. Según explica la escritora Lyndy Abraham en su maravilloso libro A Dictionary of Alchemical Imagery (1998), esta etapa equivalía a destruir lo viejo para dejar expuesta la materia inicial, un concepto que los alquimistas consideraban indispensable antes de cualquier transformación. De modo que todos los análisis simbólicos sobre cuentos de hadas siempre conducen a un abismo de transformación total. Un ritual iniciático, que se desploma sobre la vida corriente.

Algo más que evidente en todas las reinvenciones de La bella y la bestia — en especial las de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, la versión de Robin McKinley y la adaptación cinematográfica de 1991 — , en la que esta ruptura aparece, casi ritual, en forma de pérdida familiar y caída económica. Las casas que se destruyen, las fortunas arrasadas, las mudanzas forzadas al campo: todos estos elementos replican la idea de dejar atrás aquello que sobra. Es un punto de partida duro, sí, pero tiene un propósito narrativo claro: obliga a los personajes a renunciar al lujo para encontrarse con su versión más simple. Una especie de reinicio que, sin explicitar cómo alquimia, funciona igual que los manuales del Renacimiento italiano, donde el caos era el primer paso para cualquier renacimiento espiritual.

Esa insistencia en el derrumbe no es accidental. Los textos de Villeneuve (1740) y de Beaumont (1756) se publicaron en una Europa en la que la noción de “probar” el carácter mediante la adversidad era parte de la educación moral. Por eso, cuando Bella y su familia pierden las comodidades urbanas y deben adaptarse a una vida rural severa, el relato pareciera señalar que todo lo accesorio se evapora para que quede sólo la esencia. Incluso McKinley, escribiendo en 1978, mantiene este gesto de despojo, aunque lo trate con una sensibilidad más moderna. Lo interesante es notar que, aunque cada versión decide cómo aplicar la desgracia, todas coinciden en un escenario inicial oscuro, cargado de simbolismo. El color negro — tan central en la tradición alquímica del Nigredo — aparece en cenizas, noches cerradas o caminos difíciles. Es casi un recordatorio: antes de la reconstrucción toca atravesar la sombra.

Por eso la primera parte del ciclo siempre se siente pesada, casi pegajosa. La familia de Bella se enfrenta a presiones económicas imposibles; el padre comete errores o simplemente sufre la mala fortuna de un mundo mercantil desigual; y la protagonista aprende a vivir sin ornamentos. Desde el punto de vista histórico, esta insistencia encaja con las moralizaciones de la Francia ilustrada, donde los cuentos para jóvenes lectores proponían ejercicios de humildad como entrenamiento del carácter. Así, aunque no haya pruebas de que Villeneuve o Beaumont buscaran codificar una estructura alquímica, su material narrativo funciona como si lo hubieran hecho: el relato se hunde para luego resurgir. Un plomo que todavía no sabe que aspira a oro.

Purificar, aclarar, reconocer

La segunda fase alquímica, la Albedo, solía representarse con imágenes de agua, luna, nieve o brillos plateados. Y aquí el cuento se vuelve casi obsesivo: todas las versiones construyen una ruta blanca hacia el castillo. El padre que avanza entre ventiscas profundas en 1756, el hombre que busca refugio en la versión de 1978, o el anciano perseguido por lobos pálidos en la película animada: la escena siempre utiliza la blancura como un filtro que limpia, congela y redefine la atmósfera. En la tradición europea desde el siglo XV, la nieve se asociaba a la suspensión del tiempo, como si el mundo quedara momentáneamente en pausa para permitir el cambio interior. No sorprende entonces que el primer contacto con el espacio de la Bestia ocurra en medio de un clima blancuzco que borra huellas y deja al visitante a merced de lo inesperado.

La adaptación de Disney (1991) lleva esta idea más lejos: el castillo es casi una estación climática paralela, inmune a la tormenta. Allí siempre hay un equilibrio lumínico artificial, como si la vida diaria sucediera en una burbuja controlada. Pero cuando por fin llueve, el agua actúa como catalizador. Es ese día gris cuando Bella y la Bestia dejan de ser simples habitantes simultáneos del mismo edificio y empiezan a convivir.

La biblioteca — un espacio iluminado, ordenado y lleno de saber — funciona como el equivalente arquitectónico de la purificación: un lugar donde convergen intereses, donde se suavizan tensiones y donde la confianza florece con una tranquilidad casi ritual. McKinley lo expresa mediante la lectura compartida; Disney, mediante escenas de interior cálidas que contrastan con la tormenta exterior. En ambos casos, el agua y la blancura no son decorativas: son el mecanismo que limpia el vínculo.

Ese proceso de aclaramiento emocional es clave para entender por qué estas narraciones funcionan más allá de su trama. Los relatos europeos entre los siglos XVIII y XX solían utilizar climas extremos para representar estados internos, y este cuento no es la excepción. Las jornadas nevadas y la limpieza de la lluvia parecen elaborar un mensaje simple: para conectar con alguien, a veces hay que quedarse quieto, escuchar y esperar que el hielo se derrita. La amistad inicial entre Bella y la Bestia, en sus distintas versiones, no nace de grandes gestos heroicos, sino de rutinas compartidas. Conversaciones pequeñas. Libros intercambiados. Una tarde en la que no hay otra cosa que hacer más que estar juntos. Lo cotidiano, depurado, reemplaza a la extravagancia. Y así, casi sin ruido, se completa la Albedo.

Cuando los colores se cruzan

Antes de llegar a la última fase del proceso alquímico, los textos herméticos mencionaban un momento intermedio donde las polaridades se encuentran. Los historiadores de la alquimia lo llamaban coniunctio, otros preferían “boda química”. Sea cual sea el nombre, la idea era simple: unir lo que parece contradictorio. En La Bella y la Bestia, esta tensión está en el ADN del título. A lo largo de las versiones, el cuento utiliza símbolos típicamente femeninos (la luna, la plata, lo húmedo, lo reflexivo) frente a emblemas tradicionalmente masculinos (el sol, el oro, el calor, lo impulsivo). Y aunque las imágenes cambian según la época, la lógica persiste: lo distinto se encuentra a mitad del camino.

La película de 1991 lo ilustra con gusto por el detalle cromático. El director artístico Brian McEntee explicó en entrevistas que el vestuario estaba diseñado para que los colores de ambos personajes se invirtieran gradualmente. Bella empieza fría, Bestia empieza oscura; pero cuando llegan al famoso baile, ella viste oro cálido y él azul suave. Es un gesto visual que replica el encuentro alquímico entre lo lunar y lo solar. El intercambio de modales también subraya esta aproximación: Bestia intenta comer “como humano”, falla, se siente torpe; Bella baja la guardia y come “como animal”, y la escena funciona como negociación simbólica. Cada uno cede un poco. Ninguno exige al otro abandonar su naturaleza. Es un acto de diplomacia afectiva más fino de lo que aparenta.

Incluso en la versión de Villeneuve, más rígida y formal que la de Disney, la unión aparece mediante un juego de tensiones repetitivas: cada noche, Bestia pide matrimonio; cada noche, Bella responde que no. La negativa insistente no funciona como rechazo cruel sino como un pulso entre expectativas, temores y maduración. Es la forma narrativa del siglo XVIII de mostrar que un vínculo no se impone: se construye, incluso cuando la estructura social presiona en dirección contraria. Esta insistencia revela algo que los tratados alquímicos repetían desde el siglo XIII: los opuestos no se fusionan de golpe. Hay fricción, dudas y tiempos distintos. Pero justo ahí reside la posibilidad de la tercera fase.

Un cuento más viejo que el miedo

El análisis histórico de este mito implica desmontar lecturas contemporáneas que lo reducen a chistes sobre “furries” o diagnósticos psicológicos improvisados. El cuento es anterior al lenguaje moderno del trauma y a los debates actuales sobre dinámicas de poder. Su función dentro de la cultura del siglo XVIII era otra: enseñar modales, preparar a niñas para matrimonios arreglados y reflexionar sobre el carácter más allá de la apariencia. Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, al publicar su versión en 1756, lo adaptó específicamente para educación infantil. Eliminó elementos escabrosos del texto de Villeneuve, simplificó la estructura y convirtió a Bella en un modelo de virtud según los estándares de la época. Su intención no era analizar la psicología de una joven secuestrada, sino formar futuros ciudadanos disciplinados. Leyéndolo desde hoy puede parecer chocante, pero su público original no veía contradicción alguna.

La profesora María Tatar, especialista en folclore europeo, insiste en que este mito no nació inspirado por un caso individual como el de Petrus Gonsalvus, el célebre “hombre salvaje” del siglo XVI retratado en múltiples cortes europeas. Gonsalvus se convirtió en celebridad, sí, pero el concepto de unir a una joven con un ser monstruoso ya circulaba siglos antes. 

Tatar lo describe como parte de un repertorio oral donde las historias servían como entretenimiento adulto en un mundo sin televisión, radio ni imprenta accesible. Algunas eran violentas, otras eróticas, otras moralizantes. La Bella y la Bestia se inserta en esta tradición que bebe del mito griego del Minotauro, de los relatos medievales de animales parlantes y de la fascinación humana por la frontera borrosa entre lo humano y lo animal.

Este contexto desmonta la idea de que la historia trate de justificar relaciones dañinas. Más bien, refleja la incertidumbre que vivían las niñas obligadas a casarse con hombres desconocidos. Para una adolescente del siglo XVIII, un esposo veinte años mayor podía sentirse tan extraño como un monstruo. El cuento funcionaba como consuelo: “quizá no sea tan terrible; quizá, con suerte, puedas conocer su carácter y encontrar compañía”. No era emancipador, pero sí didáctico en sus propios términos. Y aunque su mensaje hoy suene chirriante, ayuda a situarlo en su época, no en la nuestra.

Monstruos que inventamos para sobrevivir

La historia también lidia con la idea de la monstruosidad como proyección humana. Tatar explica que el monstruo del cuento no representa un peligro externo sino un reflejo de los temores colectivos. La Bestia encarna los miedos sociales hacia lo desconocido, hacia quienes viven fuera de la norma o hacia aquellos que desafían la apariencia idealizada. Otros relatos de la cultura occidental repiten esta estrategia: El Jorobado de Notre Dame reproduce el rechazo al cuerpo distinto; los X-Men reinterpretan el miedo hacia minorías marginadas; las historias de sirenas, hombres lobo y criaturas salvajes funcionan como espejos distorsionados donde la sociedad observa aquello que intenta negar.

El caso del compositor y letrista Howard Ashman, quien trabajó en la película de 1991 mientras lidiaba con una enfermedad estigmatizada — el SIDA — , es un ejemplo contemporáneo de cómo esta identificación sigue viva. Ashman, debilitado y consciente de su propio final, veía en la Bestia un personaje marcado por una “maldición” injusta y temido por quienes no comprendían su condición. Mientras la epidemia avanzaba y las políticas públicas respondían con negligencia, la figura del monstruo malinterpretado cobraba un sentido inesperadamente político. Esto no significa que la película sea una alegoría del SIDA, sino que las historias clásicas permiten alojar nuevos significados según las urgencias de cada época. La Bestia se convirtió, para Ashman y para muchos espectadores, en símbolo de vulnerabilidad, dolor y deseo de reconocimiento.

Ese juego de significados es justamente lo que vuelve tan persistente este relato. Las imágenes de un monstruo incomprendido y de una joven que aprende a mirarlo sin miedo siguen siendo fértiles para hablar de prejuicios, duelos, marginación o simples inseguridades. En versiones modernas, Bella y la Bestia aparecen como outsiders: ambos distintos, ambos incapaces de encajar del todo en sus comunidades. Desde esta perspectiva, la historia deja de ser un cuento moral rígido y se convierte en una reflexión sobre cómo tratamos aquello que no entendemos. No es una fábula sobre obedecer, sino sobre ver más allá de la forma.

Mirar con otros ojos el mito

Para comprender la permanencia del relato, conviene recordar que su primera publicación corresponde a 1740, una época en que los cuentos no se escribían para “niños” en el sentido moderno. Las versiones orales anteriores habían circulado entre adultos durante generaciones. La literatura impresa apenas estaba desarrollando categorías de lectura, y muchos relatos funcionaban al mismo tiempo como advertencias, entretenimiento y reflexión. De ahí que La Bella y la Bestia pueda parecer contradictoria a ojos actuales: mezcla pedagogía, romance, miedo, humor y moralización sin separar claramente los géneros. Es un producto de una Europa que aún no había inventado las fronteras literarias que damos por obvias.

Beaumont transformó ese material complejo en un texto más breve, orientado a la educación de niñas. El énfasis en la cortesía, en la humildad y en la obediencia no es un accidente: responde al programa pedagógico francés de mediados del siglo XVIII. Al mismo tiempo, deja espacios interpretativos que las adaptaciones modernas han ampliado hacia la agencia femenina, la curiosidad intelectual o la independencia emocional, rasgos que no estaban en la agenda de 1756. Esta distancia temporal explica por qué tanta gente se sorprende al estudiar la versión original. No es una historia romántica en el sentido contemporáneo. Es un manual social envuelto en fantasía.

La lectura moderna, sin embargo, no está equivocada: simplemente opera sobre un texto que cambió de propósito con el tiempo. Al igual que sucede con los mitos griegos o los romances medievales, cada generación reorganiza los símbolos según sus preocupaciones. De ahí que Disney suavice elementos, que McKinley profundice en la intimidad emocional y que estudios académicos del siglo XXI exploren las capas alquímicas, psicológicas o culturales. La materia prima sigue siendo la misma, pero el pulido cambia. Tal como en los viejos tratados herméticos: cada lector es un artesano que reactiva el proceso.

Tal vez te interese ver:

Pequeños fragmentos de dolor | Panegírico para Alejandra Pizarnik

Pequeños fragmentos de dolor | Panegírico para Alejandra Pizarnik

Tema recurrente en la literatura de la época, así como para inspiración de artistas que intentaron comprender la locura a través de esa inquietante imagen. No resulta casual, por tanto, que pintores como El Bosco, Van Hemesen y Brueghel se inspiran en la extraña metáfora para mirar la locura desde los pinceles, intentando comprender esa oscuridad meridiana de la mente del hombre a través de ella.

leer más...
La oscuridad interior | Todo lo que no sabías de Lewis Carroll

La oscuridad interior | Todo lo que no sabías de Lewis Carroll

Palabras que también seguramente repitió más de una vez Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido como Lewis Carroll a lo largo de su azarosa y extraña vida. Para el escritor el mundo era una superestructura construida a partir de ciertas ideas atípicas que podían expresarse desde la noción matemática- sus libros sobre el tema aún son consultados por estudiantes de todo el mundo

leer más...

Artículos recientes

Bruja, fotógrafa y escritora.

Columnista en The Wynwood Times:
Crónicas de una feminista defectuosa