
Americania: el abrazo de una Caracas que no olvida
La noche del 30 de abril, la Concha Acústica de Bello Monte no era solo un recinto de conciertos; era una cápsula del tiempo. A pesar de un día marcado por el colapso en la ciudad, cientos de personas lograron sortear los obstáculos para ser testigos de un evento que parecía imposible: el regreso de Americania a los escenarios caraqueños en solitario.
Ay, seamos directos, por favor | Manifiesto GenX
Y ay, seamos directos, por favor. Sin embargo, eso no quiere decir que te sientas con la frescura de andar por cada red social como juez y crítico de índice erecto, no, a eso no me refiero. Es ser consecuente con nuestras ideas, coherente con nuestro pensamiento en acción y palabras, y franco en lo que estamos experimentando … nos comenta Florángel Quintana
La divinidad femenina a través del tiempo
En muchas sociedades antiguas, los fenómenos de la naturaleza no eran concebidos como procesos impersonales, sino como expresiones directas de fuerzas divinas vinculadas a lo femenino. El trueno, la lluvia o el viento podían interpretarse como gestos de una gran madre que actuaba sobre el mundo y lo mantenía en equilibrio
Ricardo Arispe presenta “Mirar Chernóbil: 40 años después”
A cuarenta años del desastre nuclear, el artista venezolano Ricardo Arispe presenta Mirar Chernóbil: 40 años después, una exposición que revisita uno de los acontecimientos más determinantes de la historia contemporánea desde la imagen, la memoria y la tecnología.
Sonorativa: Producción Musical Global y Tecnología AI to Real
Sonorativa evoluciona desde sus raíces underground en Venezuela hasta convertirse en un Hub creativo descentralizado entre Alemania, Suecia y Chile. Liderado por Daniel «Cayo» Soto y con figuras como Zardonic, el estudio redefine la industria musical mediante la conversión «Demo to Real» y una profunda sensibilidad humana aplicada a la tecnología.
“Diálogo entre formas”, Daniel Suárez expone en la UCV
Una selección de obras del artista venezolano Daniel Suárez, conforman la exposición Diálogo entre formas, que será inaugurada en Caracas el 17 de abril de 2026 a las 3:00 p.m., en la Sala de Exposiciones Carlos Raúl Villanueva, de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela (UCV).
Juan Carlos Láncara exhibe en Espacio Arte al Cubo
Un conjunto de piezas de cerámica de la Colección Juan Carlos Láncara, conforman la exposición Formas de un siglo inquieto, que será inaugurada en Caracas el próximo jueves 23 de abril de 2026 a las 7:00 p.m., en Espacio Arte al Cubo, bajo la curaduría de Tahía Rivero.
Jacobo Borges comparte su Diario en tiempo de pandemia
La exposición está compuesta por tres grandes núcleos: los Viajantes, conjunto escultórico acompañado por grandes telas y pinturas; las series Aguas y Paisaje del origen, pinturas realizadas en óleo, materiales varios y resina, y Diario en tiempo pandemia conformado por fotografías, textos y audiovisuales”.
Lucía Pizzani expone ‘Faunal Succession’ en el Reino Unido
La artista venezolana Lucía Pizzani presenta su primera exposición institucional en el Reino Unido bajo el título Faunal Succession, la cual fue inaugurada recientemente en la galería Focal Point (Southend-on-Sea, Essex), donde permanecerá en exhibición hasta finales de mayo de 2026.
Orquesta Sinfónica de cámara “Simón Bolívar” con obras de Elvis Joan Suarez
La semana pasada en el marco de tres funciones tituladas “Entre cuerdas y Memorias” la Orquesta Sinfónica de cámara “Simón Bolívar” del Táchira, estrenó dos obras del compositor y artista plástico: Elvis Joan Suarez, la actividad fue realizada en tres escenarios de la capital tachirense: Teatro de la Universidad UNET, Instituto universitario IUFRONT y el Teatro “Gilberto Mendoza”
DTF: St. Louise | Series Sobre 9
DTF: St. Louis. Creada, escrita y dirigida por Steven Conrad, esta miniserie de siete episodios se aleja de la narrativa lineal para sumergirnos en un laberinto de decisiones impulsivas, soledades y las consecuencias irreversibles de intentar «reinventar»
La Colección Fuentes Angarita en el Neomudéjar: la dignidad como voluntad de existir
La exhibición de la Colección Fuentes Angarita en el Museo Neomudéjar presenta 130 obras de 68 artistas que recorren treinta años de activismo. Bajo la premisa «coleccionarme fue una forma de existir», Andreína Fuentes Angarita conjuga obra propia y ajena en una narrativa de resistencia, identidad trans y memoria política.
En el verano de 1816, un grupo de jóvenes escritores decidió competir para ver quién inventaba la historia más aterradora. Entre ellos estaba Mary Shelley, una muchacha de apenas dieciocho años, hija de dos intelectuales radicales. Esa noche, en una villa suiza cercada por tormentas eléctricas, nació Frankenstein. De hecho, lo que comenzó como un juego terminó convirtiéndose en una de las narraciones más influyentes del siglo XIX. La idea de un hombre que roba el poder divino — un moderno Prometeo y de ahí, el subtítulo de la novela — y da vida a un ser hecho de restos humanos fue más que un capricho literario: era una advertencia. Detrás del horror había una reflexión profunda sobre la ciencia, la culpa y el abandono.
Shelley no escribía desde la comodidad del privilegio, sino desde la pérdida. A esa altura ya había enterrado a una hija y sufrido el rechazo de su padre, el filósofo William Godwin. La novela, entonces, puede leerse como un espejo de su biografía: un relato donde la criatura olvidada por su creador encarna el dolor de una hija desatendida. La autora, sin pretenderlo, construyó el mito moderno del “científico loco”, pero también un retrato íntimo del desamparo.
El siglo XIX, con su fe ciega en el progreso y la electricidad, era el escenario perfecto para que un experimento escapara de control. Shelley transformó esa fascinación colectiva por la ciencia en una tragedia moral: el deseo de conocerlo todo podía terminar destruyéndolo todo.
Una vida marcada por fantasmas
Mary Shelley nació en Londres en 1797, hija de dos pensadores adelantados a su tiempo. Su madre, Mary Wollstonecraft, fue pionera del feminismo con Vindicación de los derechos de la mujer. Murió días después del parto, dejando a su hija como símbolo trágico de su causa. Su padre, racionalista y ateo, la educó entre libros y debates políticos, pero su afecto fue más teórico que real. Cuando ella se fugó con el poeta Percy Shelley, casado y con mala reputación, Godwin cortó toda relación. La joven escritora heredó así la soledad de su madre y el desapego de su padre, ingredientes que más tarde moldearían el universo emocional de Frankenstein.
Su vida fue una cadena de duelos: perdió varios hijos, a su esposo y a su hermana. En ese contexto de dolor y exilio, la literatura se convirtió en su forma de sobrevivir. Frankenstein no fue simplemente una historia de miedo, sino una meditación sobre la creación y el rechazo. El monstruo representa no solo al ser humano abandonado por su creador, sino también a la autora que se sintió rechazada por su propio linaje intelectual.
Al mismo tiempo, Shelley exploró las fronteras del conocimiento científico de su época. De modo que en un momento en que la electricidad y la anatomía abrían nuevos horizontes, utilizó la forma de manera alegórica para imaginar la noción sobre un secreto de la naturaleza capaz de desafiar los límites humanos. Esa técnica, inspirada en los experimentos de Luigi Galvani, refleja cómo la ciencia y el mito podían entrelazarse en una misma chispa.
La ciencia sin alma
Víctor Frankenstein, estudiante obsesionado con los secretos de la naturaleza, representa el arquetipo del científico moderno que rompe los límites morales en nombre del saber. Su proyecto es ambicioso: reanimar la materia muerta. Reúne fragmentos humanos robados de morgues y cementerios, los ensambla y, mediante descargas eléctricas, logra lo impensable. Pero el éxito se transforma en horror. Cuando su creación abre los ojos, el miedo sustituye al orgullo, y el creador huye. Ese gesto — el abandono — es el núcleo ético de toda la historia.
La criatura no nace malvada; aprende la violencia de la indiferencia. Rechazada por todos, incluso por su creador, se convierte en un espejo de la miseria humana. En su desesperación, busca venganza, y su dolor se vuelve contagioso: destruye a Víctor del mismo modo que el dolor destruyó a Mary. En ambos casos, la vida surge de la muerte, pero sin amor ni guía se convierte en condena. Shelley anticipó, con lúcida ironía, los dilemas de la ciencia moderna: el poder de crear sin saber cuidar. En el fondo, Frankenstein no habla de monstruos, sino de responsabilidad.
Las coincidencias entre la vida de Shelley y su ficción son demasiado precisas para ignorarlas. Su madre muere al traerla al mundo; su padre la repudia por amar a quien no debía. Cuando escribe Frankenstein, ella misma acaba de perder un hijo y vive en el exilio emocional. No es extraño que imagine un creador que, horrorizado por su obra, la abandona.
En la novela, la Criatura exige a Víctor una compañera. Desea alguien que lo entienda, que lo salve de la soledad. Pero Víctor destruye a la posible compañera antes de terminarla. El mensaje es cruel: incluso el consuelo le es negado al que fue rechazado. Mary proyecta en ese episodio su propio miedo a la maternidad fallida y al amor imposible.
Así, el monstruo se convierte en símbolo de una generación sin guías, hijos de un siglo que creía haber matado a Dios. El abandono divino y el rechazo paterno se funden en una misma metáfora: un universo donde nadie asume la responsabilidad de lo que crea.
Filosofía y pecado eléctrico
De modo que, desde la perspectiva filosófica, Frankenstein sigue la tradición de las advertencias contra la soberbia, muy parecidas a las reflexiones sobre el tema de John Milton, en ‘Paraíso Perdido’, una de sus inspiraciones obvias. Jugar a ser Dios tiene consecuencias. Pero Shelley no demoniza el conocimiento; lo que critica es la falta de empatía. Víctor no peca por investigar, sino por desentenderse del resultado de su experimento.

De forma sorprendente, la novela se adelanta a los debates contemporáneos sobre inteligencia artificial o manipulación genética. Cada avance tecnológico repite el dilema de Víctor: ¿hasta dónde llega nuestra responsabilidad moral? Shelley, con apenas dieciocho años, planteó preguntas que todavía nos incomodan.
También hay una crítica implícita a la religión. En el mundo de Shelley, Dios está ausente o ha decidido mirar hacia otro lado. La Criatura, al buscar a su creador, encarna la angustia del ser humano moderno: la necesidad de respuestas en un universo indiferente.
Un tema, claro, que tiene mucha relación con el entorno de la escritora para el momento de su momento creativo más complicado. Mary estaba plagado de tragedias que confirmaban ese vacío espiritual. Su hermana Fanny y la esposa de Percy Shelley se suicidaron. Ella misma, pese a su intelecto, vivía acosada por la pobreza y la culpa. En un mundo sin consuelo divino, Frankenstein se convierte en una elegía por la pérdida de la fe.
El monstruo y su creador terminan destruyéndose mutuamente, como si fueran dos caras del mismo pecado. La culpa consume a Víctor, y el remordimiento condena a la Criatura. Ambos son víctimas de la misma arrogancia: creer que pueden controlar el destino. Shelley logra que la historia se lea como tragedia clásica y fábula científica al mismo tiempo.
El resultado es una obra que, bajo su apariencia gótica, es profundamente existencial. El verdadero terror no son los cuerpos remendados, sino la certeza de que nuestros errores vivirán más que nosotros.
Un legado atemporal
El reciente estreno de Frankenstein de Guillermo del Toro, que se tomó libertades evidentes pero mantuvo el sentido esencial de la historia, reavivó la gran pregunta acerca de la permanencia de la obra de Mary Shelley y su legado para la posteridad. El mito creado por la autora no se quedó en el papel. Con el tiempo, Frankenstein se transformó en un símbolo cultural. Desde las primeras adaptaciones teatrales del siglo XIX hasta el cine expresionista y la era dorada de Universal, la figura del monstruo fue reinterpretada como víctima trágica. Boris Karloff, con sus tornillos y mirada triste, fijó su imagen definitiva.
El legado inmortal de una escritora todavía tiene un peso de enorme importancia como visión acerca del mal contemporáneo, la capacidad creativa femenina y hasta la visión sobre el dolor a través de las épocas. A pesar de ser una mujer en una sociedad que prefería a las autoras calladas, Shelley logró escribir una obra inmortal. Publicó Frankenstein en 1818 sin firmar su nombre, pues se temía que nadie tomara en serio a una joven. Años después, el texto fue reconocido como una revolución literaria. No solo fundó el género de la ciencia ficción, sino que expandió los límites del terror gótico.
Su estilo mezcla emoción y racionalidad, ciencia y misticismo, tragedia personal y comentario social. Es, al mismo tiempo, confesión y advertencia. La escritora no sólo imaginó un monstruo: se inventó a sí misma como autora moderna, capaz de usar la fantasía para hablar del dolor real. Shelley, nunca dejó de escribir, aunque ninguna de sus obras posteriores alcanzó la sombra titánica de su criatura. Paradójicamente, el monstruo fue su legado y su condena, como Víctor con su creación.
Más de dos siglos después, Frankenstein sigue siendo un espejo incómodo. Nos recuerda que el conocimiento sin empatía es peligroso, que la creación implica responsabilidad y que el abandono deja cicatrices que ni la ciencia puede curar. Mary Shelley transformó su tragedia en una fábula moral que todavía respira, como su criatura, alimentada por la electricidad del miedo y la culpa.
En última instancia, Frankenstein es una historia sobre nosotros: creadores, destructores, huérfanos del sentido. Y aunque el rayo ya no ilumine los laboratorios de Ginebra, su fulgor sigue vivo cada vez que alguien se pregunta si puede — y si debe — despertar algo que no está destinado a vivir.
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Bruja, fotógrafa y escritora.
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