
EMMYS 2026, 78 Años premiando lo mejor de la TV
La edición 78 de los Premios Emmy llega con Mariska Hargitay en la conducción y el debut del Legacy Award. Con The Pitt y Hacks encabezando las nominaciones, repasamos los favoritos en drama, comedia y miniseries, junto con los resultados previos de los Creative Arts Emmys y las opciones para ver la ceremonia en vivo.
Indira Páez y su segundo poemario “Animal de mudanza”
Indira Páez presenta su segundo poemario “Animal de mudanza”: una anatomía poética sobre el desarraigo, la memoria y la pérdida. El segundo poemario de la aclamada escritora y dramaturga venezolana, publicado por MEL Projects Publishing & Entertainment, destina sus regalías a labores de ayuda humanitaria.
“Trítono” una obra de Acuarela Martínez | Poesía
Trítono (Editorial Lector Cómplice, 2026) de la poeta Acuarela Martínez, queda claro desde el principio lo importante que resulta su dedicatoria. Queriéndolo o no, y sin aún entrar en materia poética, nos involucra a todos desde los planos posibles del amor: a los legales, a los del medio, a los clandestinos
MORIA (1era. temporada) | Series Sobre 9
Moria no solo aborda la vida de Ana María Casanova hasta su consolidación como el fenómeno cultural de Moria Casán, sino que transita por una variedad de tópicos como la desmitificación de la “mujer objeto” en el espectáculo, reivindicación de la estética pop y la cultura de masas, crítica a la hipocresía moral de ciertas clases sociales, visibilización de la diversidad y el apoyo a la comunidad LGBT.
TIP TOE (De puntillas) | Series Sobre 9
De todo esto y más, va la nueva serie británica Tip Toe, creada por Russell T Davies (reconocido por Queer as Folk, It’s a Sin o Years and Years) quien ahora nos presenta una obra tan corrosiva como indispensable sobre la polarización en la sociedad actual y a la que valoraremos en esta nueva entrega de SS9.
Pequeños fragmentos de dolor | Panegírico para Alejandra Pizarnik
Tema recurrente en la literatura de la época, así como para inspiración de artistas que intentaron comprender la locura a través de esa inquietante imagen. No resulta casual, por tanto, que pintores como El Bosco, Van Hemesen y Brueghel se inspiran en la extraña metáfora para mirar la locura desde los pinceles, intentando comprender esa oscuridad meridiana de la mente del hombre a través de ella.
Art4Venezuela convierte el arte en ayuda para Venezuela
Con ese propósito nace Art4Venezuela, una iniciativa que reúne a artistas que han decidido poner su creatividad al servicio de la ayuda humanitaria y donar sus obras para que puedan convertirse en impresiones solidarias. Los fondos generados por las ventas serán destinados a Meals4Hope, organización con una trayectoria de más de diez años de trabajo humanitario directamente en Venezuela
Linda Montilla-Celis finalista del JCI TOYP 2026
La ingeniera venezolana representa a Venezuela y Latinoamérica en la etapa mundial de este prestigioso reconocimiento de Junior Chamber International. La votación pública, que forma parte del proceso de selección del Top 10, estará abierta hasta este miércoles 26 de agosto.
El futuro del Arte Latinoamericano: Una conversación con la Dra. Lourdes Ramos sobre la Expansión Capital del MOLAA
El Museo de Arte Latinoamericano (MOLAA) en California emprende un ambicioso proyecto capital de expansión. Su directora ejecutiva y presidenta, la Dra. Lourdes Ramos, explica cómo la nueva arquitectura de Enrique Norten y el respaldo del Comité Internacional —con figuras como Andreína Fuentes Angarita y Fernando Botero— transforman la institución en un laboratorio global de innovación e integración cultural.
Beatriz Blavia: Op-art Crepuscular | Geometría Viva
Beatriz Blavia se hará primeramente Comunicadora Social y sobre todo Galerista, trabajando al lado de grandes Maestros del arte geométrico como: Esteban Castillo y Luis Marrufo. Viene haciendo plástica a través de la necesidad de expresarse con su obra, inspirada primeramente en luz crepuscular Larense.
“WHAT PATTERNS PERMIT”: Peter Polyak expone en el MIFA
Miami International Fine Arts (MIFA) presenta LO QUE LOS PATRONES PERMITEN (WHAT PATTERNS PERMIT), una exposición individual del artista interdisciplinario húngaro Peter Polyak, curada por Marco Caridad. Reuniendo obras seleccionadas de las series KeyHole y LaceLand de Polyak.
El arte como resistencia y refugio: tres décadas en el universo de Andreina Fuentes Angarita
Con casi tres décadas de trayectoria entre Caracas y Miami, Andreina Fuentes Angarita concibe el arte como un espacio de resistencia, testimonio y salvaguarda. Como líder de Arts Connection Foundation y creadora multidisciplinaria, su labor transforma el coleccionismo en un archivo vivo que acompaña al artista y resguarda la memoria cultural latinoamericana.
En el verano de 1816, un grupo de jóvenes escritores decidió competir para ver quién inventaba la historia más aterradora. Entre ellos estaba Mary Shelley, una muchacha de apenas dieciocho años, hija de dos intelectuales radicales. Esa noche, en una villa suiza cercada por tormentas eléctricas, nació Frankenstein. De hecho, lo que comenzó como un juego terminó convirtiéndose en una de las narraciones más influyentes del siglo XIX. La idea de un hombre que roba el poder divino — un moderno Prometeo y de ahí, el subtítulo de la novela — y da vida a un ser hecho de restos humanos fue más que un capricho literario: era una advertencia. Detrás del horror había una reflexión profunda sobre la ciencia, la culpa y el abandono.
Shelley no escribía desde la comodidad del privilegio, sino desde la pérdida. A esa altura ya había enterrado a una hija y sufrido el rechazo de su padre, el filósofo William Godwin. La novela, entonces, puede leerse como un espejo de su biografía: un relato donde la criatura olvidada por su creador encarna el dolor de una hija desatendida. La autora, sin pretenderlo, construyó el mito moderno del “científico loco”, pero también un retrato íntimo del desamparo.
El siglo XIX, con su fe ciega en el progreso y la electricidad, era el escenario perfecto para que un experimento escapara de control. Shelley transformó esa fascinación colectiva por la ciencia en una tragedia moral: el deseo de conocerlo todo podía terminar destruyéndolo todo.
Una vida marcada por fantasmas
Mary Shelley nació en Londres en 1797, hija de dos pensadores adelantados a su tiempo. Su madre, Mary Wollstonecraft, fue pionera del feminismo con Vindicación de los derechos de la mujer. Murió días después del parto, dejando a su hija como símbolo trágico de su causa. Su padre, racionalista y ateo, la educó entre libros y debates políticos, pero su afecto fue más teórico que real. Cuando ella se fugó con el poeta Percy Shelley, casado y con mala reputación, Godwin cortó toda relación. La joven escritora heredó así la soledad de su madre y el desapego de su padre, ingredientes que más tarde moldearían el universo emocional de Frankenstein.
Su vida fue una cadena de duelos: perdió varios hijos, a su esposo y a su hermana. En ese contexto de dolor y exilio, la literatura se convirtió en su forma de sobrevivir. Frankenstein no fue simplemente una historia de miedo, sino una meditación sobre la creación y el rechazo. El monstruo representa no solo al ser humano abandonado por su creador, sino también a la autora que se sintió rechazada por su propio linaje intelectual.
Al mismo tiempo, Shelley exploró las fronteras del conocimiento científico de su época. De modo que en un momento en que la electricidad y la anatomía abrían nuevos horizontes, utilizó la forma de manera alegórica para imaginar la noción sobre un secreto de la naturaleza capaz de desafiar los límites humanos. Esa técnica, inspirada en los experimentos de Luigi Galvani, refleja cómo la ciencia y el mito podían entrelazarse en una misma chispa.
La ciencia sin alma
Víctor Frankenstein, estudiante obsesionado con los secretos de la naturaleza, representa el arquetipo del científico moderno que rompe los límites morales en nombre del saber. Su proyecto es ambicioso: reanimar la materia muerta. Reúne fragmentos humanos robados de morgues y cementerios, los ensambla y, mediante descargas eléctricas, logra lo impensable. Pero el éxito se transforma en horror. Cuando su creación abre los ojos, el miedo sustituye al orgullo, y el creador huye. Ese gesto — el abandono — es el núcleo ético de toda la historia.
La criatura no nace malvada; aprende la violencia de la indiferencia. Rechazada por todos, incluso por su creador, se convierte en un espejo de la miseria humana. En su desesperación, busca venganza, y su dolor se vuelve contagioso: destruye a Víctor del mismo modo que el dolor destruyó a Mary. En ambos casos, la vida surge de la muerte, pero sin amor ni guía se convierte en condena. Shelley anticipó, con lúcida ironía, los dilemas de la ciencia moderna: el poder de crear sin saber cuidar. En el fondo, Frankenstein no habla de monstruos, sino de responsabilidad.
Las coincidencias entre la vida de Shelley y su ficción son demasiado precisas para ignorarlas. Su madre muere al traerla al mundo; su padre la repudia por amar a quien no debía. Cuando escribe Frankenstein, ella misma acaba de perder un hijo y vive en el exilio emocional. No es extraño que imagine un creador que, horrorizado por su obra, la abandona.
En la novela, la Criatura exige a Víctor una compañera. Desea alguien que lo entienda, que lo salve de la soledad. Pero Víctor destruye a la posible compañera antes de terminarla. El mensaje es cruel: incluso el consuelo le es negado al que fue rechazado. Mary proyecta en ese episodio su propio miedo a la maternidad fallida y al amor imposible.
Así, el monstruo se convierte en símbolo de una generación sin guías, hijos de un siglo que creía haber matado a Dios. El abandono divino y el rechazo paterno se funden en una misma metáfora: un universo donde nadie asume la responsabilidad de lo que crea.
Filosofía y pecado eléctrico
De modo que, desde la perspectiva filosófica, Frankenstein sigue la tradición de las advertencias contra la soberbia, muy parecidas a las reflexiones sobre el tema de John Milton, en ‘Paraíso Perdido’, una de sus inspiraciones obvias. Jugar a ser Dios tiene consecuencias. Pero Shelley no demoniza el conocimiento; lo que critica es la falta de empatía. Víctor no peca por investigar, sino por desentenderse del resultado de su experimento.

De forma sorprendente, la novela se adelanta a los debates contemporáneos sobre inteligencia artificial o manipulación genética. Cada avance tecnológico repite el dilema de Víctor: ¿hasta dónde llega nuestra responsabilidad moral? Shelley, con apenas dieciocho años, planteó preguntas que todavía nos incomodan.
También hay una crítica implícita a la religión. En el mundo de Shelley, Dios está ausente o ha decidido mirar hacia otro lado. La Criatura, al buscar a su creador, encarna la angustia del ser humano moderno: la necesidad de respuestas en un universo indiferente.
Un tema, claro, que tiene mucha relación con el entorno de la escritora para el momento de su momento creativo más complicado. Mary estaba plagado de tragedias que confirmaban ese vacío espiritual. Su hermana Fanny y la esposa de Percy Shelley se suicidaron. Ella misma, pese a su intelecto, vivía acosada por la pobreza y la culpa. En un mundo sin consuelo divino, Frankenstein se convierte en una elegía por la pérdida de la fe.
El monstruo y su creador terminan destruyéndose mutuamente, como si fueran dos caras del mismo pecado. La culpa consume a Víctor, y el remordimiento condena a la Criatura. Ambos son víctimas de la misma arrogancia: creer que pueden controlar el destino. Shelley logra que la historia se lea como tragedia clásica y fábula científica al mismo tiempo.
El resultado es una obra que, bajo su apariencia gótica, es profundamente existencial. El verdadero terror no son los cuerpos remendados, sino la certeza de que nuestros errores vivirán más que nosotros.
Un legado atemporal
El reciente estreno de Frankenstein de Guillermo del Toro, que se tomó libertades evidentes pero mantuvo el sentido esencial de la historia, reavivó la gran pregunta acerca de la permanencia de la obra de Mary Shelley y su legado para la posteridad. El mito creado por la autora no se quedó en el papel. Con el tiempo, Frankenstein se transformó en un símbolo cultural. Desde las primeras adaptaciones teatrales del siglo XIX hasta el cine expresionista y la era dorada de Universal, la figura del monstruo fue reinterpretada como víctima trágica. Boris Karloff, con sus tornillos y mirada triste, fijó su imagen definitiva.
El legado inmortal de una escritora todavía tiene un peso de enorme importancia como visión acerca del mal contemporáneo, la capacidad creativa femenina y hasta la visión sobre el dolor a través de las épocas. A pesar de ser una mujer en una sociedad que prefería a las autoras calladas, Shelley logró escribir una obra inmortal. Publicó Frankenstein en 1818 sin firmar su nombre, pues se temía que nadie tomara en serio a una joven. Años después, el texto fue reconocido como una revolución literaria. No solo fundó el género de la ciencia ficción, sino que expandió los límites del terror gótico.
Su estilo mezcla emoción y racionalidad, ciencia y misticismo, tragedia personal y comentario social. Es, al mismo tiempo, confesión y advertencia. La escritora no sólo imaginó un monstruo: se inventó a sí misma como autora moderna, capaz de usar la fantasía para hablar del dolor real. Shelley, nunca dejó de escribir, aunque ninguna de sus obras posteriores alcanzó la sombra titánica de su criatura. Paradójicamente, el monstruo fue su legado y su condena, como Víctor con su creación.
Más de dos siglos después, Frankenstein sigue siendo un espejo incómodo. Nos recuerda que el conocimiento sin empatía es peligroso, que la creación implica responsabilidad y que el abandono deja cicatrices que ni la ciencia puede curar. Mary Shelley transformó su tragedia en una fábula moral que todavía respira, como su criatura, alimentada por la electricidad del miedo y la culpa.
En última instancia, Frankenstein es una historia sobre nosotros: creadores, destructores, huérfanos del sentido. Y aunque el rayo ya no ilumine los laboratorios de Ginebra, su fulgor sigue vivo cada vez que alguien se pregunta si puede — y si debe — despertar algo que no está destinado a vivir.
Tal vez te interese ver:
Sylvia Plath: Unas reflexiones sobre el dolor y la búsqueda de la identidad
Sylvia era incapaz de estar sola, de permanecer en silencio y ella misma lo admite “Me aturde la posibilidad de no decir una sola cosa por demasiado tiempo. El mundo deja de existir sino no lo describo, desmenuzo, elaboro a través de todo lo que las palabras pueden brindarme” le insistió a su madre dos días después.
La oscuridad interior | Todo lo que no sabías de Lewis Carroll
Palabras que también seguramente repitió más de una vez Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido como Lewis Carroll a lo largo de su azarosa y extraña vida. Para el escritor el mundo era una superestructura construida a partir de ciertas ideas atípicas que podían expresarse desde la noción matemática- sus libros sobre el tema aún son consultados por estudiantes de todo el mundo
Cine, reinas y realismo histórico
El cine histórico no solo cuenta el pasado, sino que lo profundiza. Entre telas, acentos y detalles minúsculos, construye una sensación convincente que muchos confunden con verdad documentada. Durante los últimos días, la venidera adaptación de La Odisea (2026) a cargo de Christopher Nolan ha despertado el habitual debate sobre el realismo histórico en producciones de época
Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
Crónicas de una feminista defectuosa









