
«Se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir?»
E.M. Cioran - Silogismos de la amargura
Por Rubén Machaen
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En las primeras páginas del diario, escribió que su diagnóstico había llegado, al menos, dos años tarde. Y no parecía importarle. Tres hojas después, mencionó su padecimiento, mas no desde la reflexión paranoica o la siempre esperada autocondescendencia, sino preguntándose por qué solíamos usar la palabra dramedy, si en castellano teníamos la palabra tragicomedia. Entonces se cuestionó por qué había pensado aquello y concluyó que el asunto era que es mejor reír que llorar. Y por ahí se fue la pluma, preguntándose por qué lo suyo era PTSD en lugar de TEPT (escribió pitiesdí y te-e-pe-té).
—Ya ve, señora jueza, que en la clínica todo lo filmamos, y este episodio del que le hablo, incluso el momento en que lo escribió, está en nuestro canal privado de YouTube como estudio de caso. Aquí está —Mírelo —insistió la doctora enviada por la fiscalía, retrocediendo la grabación, apuntándole firmemente a la pantalla del televisor, mal puesto sobre un podio en medio de la sala—. Esto fue pocas horas después de su ingreso.
El saco rasgado y la camisa ensangrentada vestían al tipo, que, aunque de malo parecía no tener nada, todos los golpes que ahí le ven, se los dio él solito. Antes de ingresar a la clínica, ya había sido diagnosticado como potencial esquizoide y según el primer psiquiatra que lo atendió después de su arresto, este habría sido su primer episodio psicótico. Y vaya episodio: matar a su mujer y a sus dos hijas, y propinarse una paliza que lo dejó en terapia intensiva.
—Culpó a sus pesadillas y le pedimos describirlas. Así, logramos saber que todas transcurrían en Venezuela.
Su lenguaje evidenciaba que tenía un problema serio con la autoridad. No le gustaban nada los uniformes.
—¿Fue el señor Martín perseguido político en su país? —preguntó la jueza.
—Caracas, doctora, dice que nada. Que está aquí por voluntad propia —contestó la abogada de la fiscalía.

—¿Y por qué usted me mira así cuando dice eso, como si yo estuviese esperando algo diferente? —replicó la psiquiatra venezolana, una güera recién graduada con marcado acento caraqueño—. Si estoy aquí es porque ustedes me trajeron, y creen que por ser paisana me puedo conectar mejor con él. ¿Para esto quedó mi gobierno? ¿Para traficarnos así? ¿Qué puedo tener en común con ese señor, más que la nacionalidad? —replicó muy rápido, sin tomar aire—. En fin... —soltó después de un largo suspiro—. Me imagino que lo que quieren saber es qué lectura hice de las pesadillas. Todas son en Venezuela, sí, pero no son episodios violentos. Al menos no hasta el final.
La doctora Padilla pareció ceder al interrogatorio y tomó un sorbo de agua.
—El señor Martín recorre las calles de Caracas, desesperadamente, porque no encuentra a nadie en ellas. El hombre escribió que, por más que quisiese, no sabía cómo despertar, más que lanzándose de la azotea de un edificio muy alto, con la única certeza de que el golpe lo despertaría. Pero eso no es lo que me inquieta. Es cuando habla de esto, lo que más me sorprende. Lo hace con adrenalina. Eufórico. Reviviendo cada instante de la fantasía en la que es el salto lo que las libera tanto a ellas como a él.

La doctora enviada por la fiscalía interrumpió para agregar que los padres del señor Martín habían confirmado que llevaba varios días sin dormir. Que pasaba las noches en bata leyendo en la sala, vigilándoles el sueño a sus dos hijas. Luego se lamió las yemas del índice y el pulgar y pasó la página.
—La aerolínea en la que trabajaba habló maravillas de él como jefe administrativo del departamento de marketing, aunque esa semana, también, afirmaron haberlo visto cansado y nervioso. ¿No ven una posible relación entre el hecho de trabajar en una aerolínea y que haya lanzado a su esposa e hijas desde la azotea? —preguntó la abogada, como si aquello fuese el giro necesario para cerrar el trato.
Todos los presentes en la sala se miraron incómodos. La jueza se aclaró la garganta y le hizo un gesto a la abogada de que ya estuvo con la especulación.
—No me gusta hacer esto, doctora... —aclaró la psiquiatra de la fiscalía mirando a la doctora Padilla—, nada en contra del paciente, al contrario. Es que creo que le va a interesar lo que queremos proponerle —insistió, mirando ahora a la jueza y al resto de los espectadores—. Es que aquí el tema de los feminicidios ya es un asunto de Seguridad Nacional, y el señor Martín no solo mató a su mujer y a sus hijas, sino que es venezolano. Nuestros gobiernos conversaron... —prosiguió sonriéndole con parsimonia a un puñado de conjurados en la esquina superior de la sala— y la eligieron a usted, para que trabaje con nosotras. Una doctora de cada país atendiendo, juntas, el primer caso de rehabilitación del proyecto que nuestros presidentes bautizaron como Nuevo Hombre Nuevo —soltó la psiquiatra chilanga muy segura de sí misma—. Sabemos que le pedimos un diagnóstico apresurado y sin condiciones claras. La prontitud responde, únicamente, a la plena voluntad de rehabilitar al señor Martín.
—Ustedes, doctoras... —interrumpió la jueza mirándolas a ambas—, no se preocupen, que esta sería apenas la primera fase. El canal del Estado lo documentará todo. Comenzando por su contrato y el tratamiento de su diagnóstico. Ayudémonos, ándele. Esta reunión se supone que iba a ser más una formalidad que cualquier cosa. Firme aquí, doctora Padilla, de favor.
La versión del año 2019 del cuento "2024" de Rubén Machaen obtuvo mención especial en el concurso "Latidos del exilio" organizado por la Fundación Arts Connection
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Artículos propios de The Wynwood Times









