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Conocí a la UCV muy pequeño, me pareció un mundo mágico lleno de jardines y obras de arte. Para mí siempre fue un símbolo de la Venezuela posible, un sitio para reflexionar. La UCV siempre me pareció una metáfora maravillosa, la institución más vieja del país y sobre todo un espacio en el cual se podían discutir ideas. Escribo esto el 31 de mayo, Día del Egresado Ucevista, escribo como dice el tango desde la nostalgia de haber sido y el dolor de ya no ser.

Me he considerado ucevista desde siempre, desde antes de compartir sus aulas como estudiante, primero, como docente muchos años después. Creo que siempre seré miembro de esa comunidad aún cuando ya no me unen lados contractuales con la institución. Supongo que el afecto transciende siempre la formalidad que establecen los contratos. Hay vínculos que son más fuertes que el odio. Acá estoy sentado en mi nueva oficina en una universidad lejana, en una ciudad que se sitúa a las orillas del Báltico y que es cruzada por un rio que no es el Guaire. Yo no soy más que un profesor buscando un espacio académico en una tierra extraña y masticando un idioma que a pesar del tiempo, aún me luce complicado y me causa múltiples dolores de cabeza. Uno puede llegar a “domar” la lengua ajena, pero se trata de un trabajo arduo que requiere paciencia y esfuerzo, ese es uno de los retos de estar lejos.

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Me duele la UCV, me afecta el estado de deterioro por el cual transita y que no es más que un reflejo de la destrucción generalizada que enfrenta el país. Estos últimos años nos han llenado de carencias y desencuentros, sin duda hay una profunda ruptura de nuestra construcción moral. Creo que llegados a este punto, a los venezolanos nos toca hacer los mea culpas correspondientes y preguntarnos en qué punto se nos perdió aquel país con el que soñábamos. Paso la película de mi vida en la UCV y me parece interminable, son demasiados momentos que parecen mostrarse uno tras otros encadenados. Son esos momentos y las experiencias que les corresponden las que me han traído hasta acá, en un viaje que como el de aquella Itaca de Cavafis espero dure muchos años más. La mayoría de los que estamos afuera nos enfrentamos a la soledad y al desarraigo, pero creo que todo este drama nacional se ha convertido en una transición inevitable para una sociedad que en medio de aquella opulencia de los petrodólares decidió que no maduraría nunca, decidió dejarse seducir, primero, por los partidos mediocres del puntofijismo y luego por el “ultimo hombre a caballo”, el mismo que inició este tránsito destructivo en el cual nos encontramos.

La UCV está próxima a conmemorar 300 años. Uso el término con cuidado, no me atrevo a decir que vamos a celebrar el tricentenario porque con sinceridad absoluta creo que no hay nada que celebrar. La UCV es una ciudad sitiada a punto de ser tomada que a mí me recuerda la toma de aquella Constantinopla degradada e incapaz de defenderse del avance turco en el Siglo XV. Me parece que a pesar de sus 300 años, la universidad ha perdido su identidad colectiva, se trata de una institución que ha estado sometida durante los últimos años a un proceso de estrangulamiento sistemático que la ha hecho perder, entre otras muchas cosas, a su generación de relevo. Las autoridades lucen cansadas, envejecidas, incapaces de liderar un proceso de reconstrucción institucional que nos mueva hacia el futuro. La comunidad docente se mueve hacia la pobreza, con unos sueldos realmente miserables que en nada reflejan la responsabilidad que se asume cuando se decide asumirse como parte de quienes forman a las generaciones del futuro. Creo que uno debe preguntarse en este punto dónde fallamos como sociedad, sin duda, debemos preguntarnos que nos pasó, dónde quedó el espíritu crítico que siempre pensamos que nos salvaría del autoritarismo, que evitaría el regreso de Doña Barbara y sus prácticas. Hoy más que nunca el país está en el miedo.

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A lo largo de estos 300 años la universidad ha formado profesionales extraordinarios. Mucho de los cuales han hecho importantes aportes a la formación y transmisión de conocimientos; pero no hemos formado ciudadanos, al menos no lo hemos hecho de manera sistemática, como parte de un gran proyecto nacional. Al ataque externo a la universidad hay que sumarle sus propias perversiones. No es suficiente con esconderse detrás de los logros pasados. 300 años de pasado no bastan para una institución que está llamada a contribuir de manera activa con la construcción del futuro. De nada sirve tener 300 años si no podemos renovar los pénsum de estudios porque la agenda política, la estupidez o la necedad no nos lo permiten, de nada sirven los 300 años si seguimos jugando a construir tribus cuyos miembros se aferran a los despojos, de nada sirve tener 300 años si no somos capaces de reconocer a los mejores, si seguimos pensándonos intocables, si no nos revisamos. Creo que la realidad que vivimos ha dejado claro que lo que se hace no es suficiente para sobrevivir, que la renovación de la estructura universitaria para hacerla más dinámica, democrática e inclusiva es imprescindible.

En sus 300 años no deberíamos tener que sufrir a esta universidad que se nos muestra como una anciana en estado de senectud. Son múltiples los artículos y noticias que uno lee sobre el deterioro permanente de la ciudad universitaria, uno no puede menos que sentir vergüenza. Esta conmemoración, se me ocurre, debería más bien servir para plantearse cambios profundos dentro de la universidad, sus procesos de toma de decisiones y su construcción académica. La UCV es demasiado importante para el país como para dejarla perderse entre las sombras terribles que la acechan desde afuera y desde dentro de sí misma. De alguna manera en la universidad se juega el futuro del país civil. La universidad necesita mostrarse con toda su capacidad simbólica como un espacio civilizatorio. No para hacerla parte de la cotidiana confrontación política que está destruyendo al país, sino para colocarse por encima de esa confrontación y señalar el camino hacia el futuro. La universidad vive ahora quizás una de sus horas más oscuras, pero su simbología como un espacio cívico podría ser muy poderosa y moralizante para un país que, en medio de esta confrontación, ha perdido sus referentes morales.

Corresponde a los hombres y mujeres de la universidad posible, no de la que tenemos sino de la que podemos construir, señalar la ruta para la construcción de un país en el que verdaderamente quepamos todos, una vez que los culpables hayan pagado sus culpas. Durante 18 años de mi vida fui profesor de la UCV, soy parte minúscula de esa historia y ella es una imagen profunda en mi vida. La miro desde lejos y desde lejos la sigo acompañando en tanto que la entiendo como un símbolo imprescindible, como una construcción conceptual que está por encima de su actual deterioro, como un faro que alumbra aún en las noches más oscuras. En medio del naufragio me aferro a la universidad que creo posible, la sueño, la espero.

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Miguel Angel Latouche
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Doctor en Ciencias Políticas y escritor.

Columnista en The Wynwood Times:
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