
En la narrativa literaria, pocas figuras despiertan tanta inquietud como el narrador que distorsiona los hechos, ya sea por intención o por incapacidad. Esta figura, a menudo, desarma la linealidad del relato, fragmenta la verdad y empuja al lector a buscar significado en los intersticios de la mentira. Fue Wayne C. Booth quien, en 1961, articuló esta idea con precisión quirúrgica en La retórica de la ficción, donde propuso que la voz narrativa no es solo un vehículo para la historia, sino un ente con sus propias agendas, capaz de moldear o quebrar la confianza del lector. En ese espacio movedizo entre lo dicho y lo oculto, la novela se transforma en un espejo roto. Cada fragmento muestra una versión posible, pero ninguna es completa. La sospecha se convierte entonces en el verdadero protagonista del relato, un susurro persistente que obliga a desconfiar de todo, incluso del propio juicio.
Festival +LATINA transforma CUPRA City Garage a través del videoarte de Johana Luna y Ricardo Arispe
Cabrujas supo escribir desde el presente para la eternidad. La Venezuela que se nos venía encima estaría marcada por la censura, la crueldad y una polarización que toda realidad cubriría con la neblina de la insensatez.
Una tarde profundamente criolla en Madrid
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Séptima Edición de “Adolescentes desde casa”
Toda crisis deja marcas profundas, pero también activa la resiliencia y la capacidad colectiva de sanar. Partiendo de ello y con la consigna «Reconstrucción: testimonios de la solidaridad» la Dirección General de Cultura de la UCAB convocó la séptima edición del concurso de creatividad y expresión «Adolescentes desde casa»
Érase una vez un viaje | Otra mirada
Publiqué una novela, “Los fantasmas de Otto Müller”, que ahora mismo busca su lugar lejos de mí; los libros, una vez publicados, le pertenecen al mundo. Escribí otras que ahora mismo buscan editor: “Alea iacta est”. El viaje ha sido largo, pero ya he tocado tierra.
Entre la geometría y el paisaje | Galería Freites
La Galería Freites nos lleva a un recorrido entre la Geometría y El Paisaje, a través de las obras de Carlos Evangelista y Pedro Ángel González
Extracto: La exposición “Las Variaciones modulares de Carlos Evangelista” en la Galería Freites refuerza nuestra voluntad para difundir los lenguajes geométricos … La exposición “Pedro Ángel González. La luz en el paisaje.” forma parte del programa de la Galería Freites, dedicado a estudiar y difundir la obra de los maestros venezolanos que abrieron paso a la modernidad a principios del siglo XX
Los fantasmas de Otto Müller: El mal, el exilio y los secretos del pasado
Con “Los fantasmas de Otto Müller”, Miguel Ángel Latouche logra una obra de gran calado ético y narrativo. Más allá del ritmo trepidante de su trama, la novela se despliega como una lectura rica en capas y matices que exige un lector cómplice. Respaldado por una sólida formación teórica y estética, Latouche nos entrega un estudio brillante sobre las zonas oscuras de la condición humana
Finjamos demencia | Manifiesto GenX
Hagamos de cuenta que todo funciona en nuestras cápsulas.
Actuemos como si no hubiera guerra del otro lado del mundo ni enfrentamientos entre conciudadanos por la permanencia de bacterias contaminantes. Estemos aquietados ante la estridencia de otras ideas que insisten en hacerse escuchar. Permanezcamos en posición de loto a pesar de la condición gastada del cojín…. nos comenta Florángel Quintana
Un asesino, una ciudad y una chica: la historia de la primera actriz moderna
Louise Brooks, conocida hasta ese momento por su icónica imagen en la pantalla, escribió un artículo agudo y anticipado sobre El gran Gatsby (1925), la novela de F. Scott Fitzgerald. Sin firmar y publicado en distintas revistas culturales, el texto no solo repasaba la estructura de la novela, sino que afirmaba con contundencia que Fitzgerald y su obra alcanzarían la categoría de clásico
Cuarta Edición del Festival Internacional “ENTRELIBROS”
Organizado por IMAGO POR LAS ARTES, el encuentro propone acercar a niños y familias a la literatura en nuestro idioma y crear un espacio de intercambio entre lectores, profesionales y quienes hacen los libros
El amor, el horror, el dolor y la feminidad: unas consideraciones sobre la labor literaria de las mujeres

En este terreno resbaladizo se mueve Lolita, de Vladimir Nabokov, obra cumbre del engaño narrativo. Humbert, su protagonista, narra desde un punto de vista tan sofisticado como moralmente perturbador. En lugar de confesar, seduce. En lugar de explicar, encubre. Su discurso está dirigido, aparentemente, a un jurado invisible, a un otro que nunca responde. Quizás ese otro sea el lector. O quizás sea él mismo. Nabokov construye así un artefacto literario que juega con nuestra percepción: lo que creemos ver es solo una posibilidad. La belleza de la prosa contrasta con el horror que describe, y esa tensión genera una incomodidad que nunca se resuelve del todo.
¿Podemos confiar en Humbert? ¿O es su versión de los hechos una máscara elegante para esconder lo monstruoso? La empatía, ese recurso común de la literatura, aquí se convierte en un campo minado. No hay certezas. Sólo ecos distorsionados.
En un tono menos opulento pero igualmente desestabilizador, Divorcing de Susan Taubes —reedición de su novela de 1969— utiliza la voz de su protagonista para instaurar un relato que comienza en el momento de la muerte. Sophie Blind no narra su vida, sino lo que ocurre después de haber sido atropellada en una avenida parisina. El dato, entregado con crudeza y sin preludio, establece las reglas del juego: la muerte no es un final, sino un punto de partida. A partir de allí, lo que sigue no es una secuencia de hechos sino una constelación de pensamientos, recuerdos y percepciones que emergen desde un estado liminar. Taubes evita el lugar común del más allá, y no hay ángeles ni juicios. Sólo la conciencia de Sophie, que flota entre lo que fue y lo que ya no puede ser. ¿Está viva? ¿Está realmente muerta? Las preguntas se acumulan sin respuestas claras. Pero en ese espacio incierto, el lenguaje se vuelve vehículo de una exploración radical sobre la identidad.
La frialdad con que Sophie relata su propia desaparición física contrasta con la intensidad emocional de sus reflexiones. Nada parece más definitivo que su afirmación de haber muerto, y sin embargo, la historia que construye no busca confirmarlo. Más bien, se despliega como una especie de rompecabezas sin imagen guía. Cada capítulo, cada recuerdo, cada silencio, contribuye a delinear un retrato roto de una mujer que intenta dar sentido a su vida post mortem. La muerte, aquí, no es trágica ni espectacular. Es un hecho burocrático, casi casual. Y eso la hace aún más perturbadora. Taubes no se interesa por lo sobrenatural. En su lugar, ofrece una disección minuciosa del vacío: la ausencia, la pérdida, el silencio. El lector se convierte en arqueólogo de una conciencia fracturada, intentando unir piezas que quizás nunca encajen del todo. Sophie es testigo de sí misma, pero también narradora de un relato que se deshace mientras avanza.
Y en ese deshacerse, la novela cobra una extraña fuerza, como un eco que no deja de sonar.
La figura de la muerte funciona como eje articulador de la estructura narrativa. No como una conclusión, sino como una grieta por donde se filtran todos los demás elementos: el pasado, la memoria, el dolor. Sophie —que afirma haber fallecido— transita por su historia con una serenidad escalofriante, como si su propia extinción fuera sólo otro dato más. Pero es esa actitud la que convierte su testimonio en algo inquietante. ¿Habla desde el más allá? ¿Desde un limbo metafísico? ¿O todo es una metáfora del colapso emocional? La ambigüedad es parte del diseño, y cada página refuerza la sensación de que estamos ante un relato deliberadamente incompleto. Taubes no busca certezas. Prefiere sumergirnos en el desconcierto, en la textura de una conciencia que ya no pertenece a este mundo pero que insiste en explicarse. La muerte, entonces, no es un acto final sino una forma nueva de narrar. Un estado de suspensión donde todo puede ser dicho, pero nada debe ser creído.

Cuando Divorcing fue publicada por primera vez, su recepción fue tibia, casi hostil. La incomodidad que causó en editores y críticos no fue accidental. La novela se atreve a sugerir que el dolor, la soledad y la muerte pueden ser contados sin adornos. Incluso sin piedad. Susan Taubes desarma los mecanismos narrativos convencionales y ofrece en su lugar un mosaico inquietante, fragmentado, inestable. La muerte, el divorcio, el desamor, se funden en una sola experiencia. Sophie intenta entender su vida a través del espejo roto del fracaso matrimonial. Y es en ese intento que la novela adquiere su verdadero peso. ¿Importa si está viva o muerta? Quizás no. Lo que importa es la forma en que reconstruye —o destruye— su historia.
A través de su voz, Taubes articula una crítica feroz al amor romántico, al rol de la mujer, al matrimonio como prisión emocional. Todo ello, bajo la apariencia de una elegía íntima y sin consuelo.
La historia de Sophie podría ser la de cualquier mujer atrapada en una estructura afectiva que la consume.
Pero es también un ejercicio radical sobre el lenguaje y la memoria. En los momentos más crudos, la narradora se describe a sí misma como un cadáver consciente, encerrado en su ataúd, recordando con lucidez dolorosa todo lo que perdió. La metáfora se convierte en imagen literal. Y lo literal se deshace en pura percepción. En ese cruce entre lo simbólico y lo real, Divorcing encuentra su voz. Sophie no busca la redención. Ni siquiera parece buscar comprensión. Lo que quiere es entender por qué el amor, la vida, incluso la escritura, la llevaron a ese punto sin retorno. Taubes, con una inteligencia feroz, construye un testimonio a medias. Una historia que duele porque no se puede completar. Y al final, queda esa frase que lo resume todo: “Estaba viva y quería morir. Ahora estoy

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Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
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