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Desde la perspectiva de la abajo firmante, es decir, desde mi apreciación personal como una GenX, la venezolanidad es un concepto desbordadamente interesante. Hoy he recordado a mi ciudad capital en dos rasgos que me unen a casi seis millones de almas en el exilio, emigrantes que seguro podrán sintonizarse con lo que voy a expresar.

 Este viaje por la memoria no pretende conexión con la saudade, morriña u otra voz extranjera para definir lo que siente un inmigrante fuera de su país. No. Esto es puro y alegre, guayabo patrio.

 El primer rasgo curioso es cuando se le pregunta a un venezolano qué edad tiene. Dirá que “va para los…”, o sea, no ha llegado a la cifra esperada en ese año y deja al arbitrio del interlocutor, la deducción del dato solicitado. Esta obviedad siempre sorprende a algún foráneo, donde ante la misma interrogante solo será capaz de responderla. Sin embargo, nosotros nos enrumbamos hacia nuestro natalicio en una especie de continuum existencial.

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Más interesante resulta si nos preguntan por la edad de alguien conocido, ante lo cual indicamos con una amplia sonrisa: “Miguel tiene 26 y va pa’ 27”. Allí hay no solo una precisión clara sino además sumamos una confirmación futurible. El uso del futuro importa porque el camino de la vida es una certeza que hay que ratificar, claro, porque para el venezolano cumplir años es importante, tanto que existe un rito -incomprensible para muchos- de cantar su celebración.

De la sempiterna letra y melodía del autor Luis Cruz, y en la voz inconfundible de Emilio Arvelo está la canción más suigéneris para celebrar. Puede agregársele cualquier verso extra, pueden incluirse algún himno tradicional como el del árbol, por ejemplo, o alguna canción infantil. Sin menospreciar la inclusión de versiones del Cumpleaños feliz en portugués, italiano o gallego para hacer valer nuestra influencia mestiza.

El segundo rasgo significativo es nuestra peculiar forma de dar las direcciones. En este aspecto hay toda una complejidad espacial-geográfica-toponímica. En primer lugar, tenemos esquinas en el casco caraqueño, nuestro pintoresco downtown, con nombres muy sugerentes: Ánimas, Sociedad, Abanico, Socorro… En segundo lugar, acostumbramos a ponerle nombre a las casas. Más allá del registro catastral, pueden ser simples patronímicos o rimbombantes apelativos como uno conocido de “Con el sudor de mi frente”.

 Pero lo de verdad encantador es nuestra manera de indicar la ruta para llegar a un destino en particular. Para ello nos podemos servir, por ejemplo, de nombres de árboles frutales (“después de la mata de mango”); marcas comerciales emblemáticas (“pasando la Coca Cola”); colores destacados (“al lado del edificio amarillo chillón”); características peculiares (“la casa de la reja blanca”). Esto nos hace únicos.

Cuando vivimos en otras latitudes de aburridas ubicaciones y soporíferas fiestas, recordar nuestras peculiaridades nos alegran los recuerdos.Y es casi un deber patrio mantener el legado de estas costumbres para los hijos, sobrinos o nietos que nazcan fuera del país. 

¿Tú qué otros rasgos absolutamente venezolanos puedes recordar con afecto?

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Escritora y cronista.

Columnista en The Wynwood Times:
Vicisitudes de una madre millennial / Manifiesto de una Gen X