Escribir es un ejercicio contra el caos, la oscuridad y el miedo o, al menos, en eso han coincidido la mayoría de los grandes escritores de la historia. Algo de esa idea debió obsesionar a una jovencísima Anaís Nin cuando comenzó a escribir a un metódico y, cada vez más, elaborado diario, en el que contaba —para sí misma y después para el mundo— una visión sobre lo sexual que asombraría a su época y a sus contemporáneos. Anaís estaba obsesionada por lo prohibido. Lo estuvo desde niña y continuó estándolo hasta convertirse en una escritora reconocida, símbolo de la nueva feminidad. Más que obsesionada, Nin parecía determinada no solo a romper cada regla moral y ética sino, además, de hacerlo bajo la necesidad de crear una reacción inmediata. Porque Anaís era contestataria y contradictoria, una rebelde originaria que, en algún momento de su vida, asumió el poder de enfrentarse a lo obvio como una forma de placer, como una recreación de sus caprichos más privados. Pero más aún, Anaís sabía que debía rebelarse por derecho a la independencia espiritual, por existir más allá del estereotipo que la cultura insistía para la mujer de su época. Para demostrarse a sí misma la capacidad de construir ideas y, sobre todo, el valor de persistir en los principios personales. Una vuelta de tuerca a esa interpretación del escritor que escribe para comprender el mundo: Anaís escribía para crear el mundo, para hacerlo real, para hacerlo posible. Para disfrutar de él.
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Tal vez por ese motivo, su vida fue un continuo escándalo, desde su producción literaria —criticada y admirada a la vez— hasta su vida privada —relaciones prohibidas, arrebatos pasionales incomprensibles para la sociedad que le tocó vivir—, Anaís Nin pareció predestinada al exceso. Una y otra vez, Anaís repitió la fórmula, la de vivir a plenitud a pesar de las convenciones, enfrentándose a ella siempre que podía y de todas las maneras que era capaz. Y una y otra vez, reinventó el mito: el de sí misma, el de su obra, el de su vida incomprensible. Armó con piezas cada vez más filosas el mapa movedizo de su visión del mundo.
También, se dice que Anaís Nin se convirtió en escritora a través de ese escándalo perpetuo, de ese escenario siempre en transformación que era su vida. Una afirmación un poco injusta, para una mujer que escribía por pasión, por vocación e, incluso, por la excusa pragmática del dinero. No obstante, esa noción de la escritora que surge por accidente —que se mira a sí misma a través de las palabras y a quien las palabras sirven de reflejos— parece provenir de su infancia marcada, herida. Su padre, pianista y compositor, la abandonó a ella y su madre cuando la futura escritora contaba con once años y el escritorio la marcó para siempre. Tanto, que su primer acercamiento a la palabra fue una carta durísima y profundamente adulta a la figura del ausente, al dolor de la ausencia y, aun más desconcertante, a esa búsqueda del dolor por el dolor —la satisfacción y el placer— que sostuvo su obra durante toda su vida. Anaís no encontró mejor manera de exorcizar el dolor que escribiendo, haciendo el sufrimiento real, batallando con la palabra a través de la palabra, con la Anaís de la hoja que parecía, en ocasiones, ser más fuerte y poderosa que la que habitaba fuera de ella. Fue durante ese proceso de lucha y de reconstrucción, de elementos perdidos y encontrados en la escritura, que nace lo que se considera la obra esencial de la escritora: sus detalladísimos diarios. El mundo que Anaís creó a su medida.
Diarios, de Anaís Nin, recoge la vida de Anaís, pero también de esa perpetua transformación del personaje que fue a través de la reinvención de la palabra. Porque la Anaís de las palabras, podría o no existir, podría o no ser real, podría o no ser tan libre como los Diarios pregonan pero sí al menos, tener el poder de cautivar la imaginación. Con una intrepidez deslumbrante, Anaís recorre los parajes de su vida desde la periferia, los elabora, los mira a la distancia y se permite no solo analizarnos desde una reflexión profundamente dura —para Anaís no hay términos medios ni mucho menos matices— sobre la identidad, el sexo y la independencia. Porque Anaís no es simple ni pretende serlo: la complejidad del personaje que creó para sí misma desborda la simplicidad del paisaje de su imaginación, se entrecruza con una serie de ideas más o menos elementales que se enhebran en algo más profundo. Y es Anaís todas las veces, la muchacha que añora al padre, la que lo ama con inocencia y después con devorador deseo, la que teme, la que se atreve. La tímida, la furiosa. La que siempre tuvo la necesidad ingobernable de gritar y reír a todo pulmón, de asumir el riesgo de vivir a su medida.
Se ha dicho que Diarios es una obra pomposa y edulcorada. No obstante, la escritora, que comenzó la obra como un monólogo interminable y lo terminó como una serie de miradas abrumadoras sobre lo que el sexo puede ser —y es— y la aspiración de la pasión, logra a través de esa poesía velada, algo totalmente nuevo. Anaís, que no sabía que era escritora pero lo era, que narraba por necesidad y por compulsión, encontró en medio del caos existencialista algo tan profundo como perenne, tan furioso como único. La voz de la escritora muta, se transforma, se hace dolorosa y, después, tan amplia que parece abarcarlo todo, la hembra fundacional y esencial. El deseo primitivo. Porque para Anaís, el sexo era el límite entre la cordura y el deseo, entre la belleza y el dolor. Entre el mundo conocido y el que se extiende más allá del temor.
Diarios de Anaís Nin es una obra que se extiende durante décadas de la vida de la escritora y narra, con su estilo peculiar —entre la dulzura y la honestidad ramplona— las escenas más perturbadoras y sugerentes de una vida irreverente. Desde su romance con Henry Miller, su interludio incestuoso con Joaquín, su padre, y también su apasionado romance con June, la esposa de Henry, los relatos de Anaís parecen recorrer tierra prohibida y movediza, asumir la osadía de su propio deseo y lujuria como pequeños fragmentos de ideas desordenadas. Pero para Anaís, lo erótico no se trata solo de una manera de concebir lo sexual, sino una interpretación completa del mundo. Párrafo a párrafo, la escritora cuenta el mundo desde, lo redimensiona para abrir una brecha entre esa comprensión de lo sexual y lo primitivo. Una idea que le acompañaría durante toda su dilatada carrera como escritora y definiría su obra.
Anaís Nin comenzó a escribir sus célebres diarios a los once años, en una especie de conversación invisible con su padre ausente. Sin embargo, bien pronto, el hábito se convirtió en supervivencia y durante casi toda su vida, Anais contó su vida —su apasionante, furiosa y erótica capacidad de creación— a través de esta interminable conversación consigo misma, con el mundo y, sobre todo, con esa invisible audiencia a la que parecía dirigirse, ese coro de espectadores profanos, que como ella, intentan descifrar el misterio de su propia visión del mundo a través del hecho físico más natural de todos: el sexo.
En ocasiones me he preguntado, como otros tantos lectores y críticos literarios ¿Sabía Anaís que ese infinito análisis de sí misma a través de la palabra se convertiría en su obra más recordada? ¿Escribió Anaís para contar o vivió para narrar? La pregunta, fascinante y singular, define la obra de la escritora más que ninguna otra cosa.
De hecho, no hay un solo fragmento de su obra que no sea parte, esencial e íntima de su historia personal. Hay una provocación explícita, más allá del exhibicionismo de su estilo literario: la historia es el diario de Anaís, desde octubre de 1931 a octubre de 1932, periodo en el que mantuvo una intensa relación sexual y emocional con el escritor Henry Miller y con su esposa June Mansfield.
Anaís, quién ya por entonces era una mujer considerada poco menos que «incomprensible» por los círculos más conservadores del mundo literario, estaba casada con el banquero Hugh Guiler, y lo amaba, pero necesitaba tener relaciones con otros hombres y mujeres.
La historia podría parecer tópica de no poseer un carácter propio: El matrimonio Miller llegó a París a principios de los años 30 con la intención de dar un nuevo empuje a la carrera de Henry, que soñaba, como todo escritor de su época, con vivir y trabajar en la «capital del arte». No era una situación especialmente sencilla: Henry aún era un desconocido en el mundo de las letras y de hecho, su paso por París estuvo marcado por una difícil situación económica. Envueltos en las mismas luchas literarias y existencialistas, Anaís les conoció y les ayudó económicamente. La relación que surgió poco después, tal vez es uno de los triángulos sexuales más conocidos de la literatura contemporánea, Anaís comenzó una tórrida relación con June, que poco después incluyó a Henry, en una especie de secreto a voces, que asombró incluso a la liberal sociedad parisina.
El libro, siendo como es, parte de la interminable conversación de Anaís con su propia visión del mundo, es profundamente analítico y reflexivo. No obstante, a diferencia del resto de sus obras, Henry y June desborda una profunda sensualidad, una prosa dura y directa que dota a la narración de una tensión única, poderosa. Para Anaís Nin es vital, y así lo demuestra a lo largo de su narración: las escenas minuciosamente descritas, su necesidad de desmenuzar hasta la más sutil sensación física y emocional a través de las palabras. Asombra, la necesidad de la escritora de encontrar en el sexo una justificación personal, una manera de expresar la visión que tiene del mundo que le tocó vivir.
Y es que, Anaís nunca calla su descontento, su desafío, el poder de seducción que ejerce sobre ella la necesidad de encontrar en el sexo y por el sexo, una respuesta a su constante inquietud acerca del mundo, del tiempo que le tocó vivir y, sobre todo, de sí misma.
«Vino Henry. Me senté en el sofá y, en voz baja, le hice mis reproches, una larga acusación […] Y me tendió en el sofá y me tomó sencillamente, con una mezcla de hambre y ternura, deteniéndose para decir: “Dios mío, Anaís, ¿no sabes cómo te amo?”», cuenta Anaís sobre su romance con Henry Miller. Lo idealiza, lo hace exquisito, casi delicado. En el pequeño recuadro de su vida, no parece existir un lugar para la realidad común. Las alegorías, la simplicidad, el autodescubrimiento parecen devenir, erosionar lo bello y lo feo para conservar solo lo absurdo, lo impensable. La raíz misma del dolor y de la pasión.
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Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
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