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La secuela de ‘Sex and the City’ intentó actualizar un clásico con nuevas voces y personajes diversos, pero nunca logró recuperar la chispa del original. Entre tramas forzadas, actuaciones apagadas y un guión desconectado, ‘And Just Like That…’ dejó claro que, quizás, el legado de Carrie y compañía pertenece a otra era. Y que esto también, lo hace valioso.

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Cuando se habla de Sex and the City, lo primero que aparece en la memoria colectiva es Carrie (Sarah Jessica Parker). El problema es que, más allá del ícono televisivo que representa, el personaje está lleno de contradicciones difíciles de defender. Carrie no es precisamente un ejemplo de madurez: tiende a pensar primero en sí misma, se muestra irresponsable en cuestiones emocionales y financieras, y suele fallar a sus amistades cuando ellas más la necesitan. Esa contradicción entre lo entrañable y lo insoportable define gran parte de la serie.

Por supuesto, Carrie sigue funcionando como un espejo incómodo para la audiencia, incluso décadas después de su primera aparición. El personaje encarna contradicciones que resultan irresistibles para la televisión: ingenua y lúcida, insegura y desmesuradamente confiada al mismo tiempo. La duda persistente sobre si sus reflexiones eran genuinas o simplemente un ejercicio de vanidad le daba una ambigüedad atractiva, una especie de performance constante que la hacía más real. Su incapacidad para manejar el dinero, su estilo de confesión casi primitiva y su manera de habitar la ciudad como si caminara en un desfile eran parte de una identidad construida para el espectáculo.

Carrie era un desastre emocional, pero siempre encontraba cómo volver a brillar. Lo absurdo también formaba parte del mito: detalles como dormir con sujetador contribuían a ese aire de artificio. La ficción nos recordaba que era consciente de estar actuando, y justamente ahí radicaba su poder. No se trataba de ser perfecta, sino de mostrarse frágil y espectacular a la vez. La televisión pocas veces había ofrecido un personaje femenino tan contradictorio y, por lo mismo, tan cercano a lo que significa estar vivo.

Una serie que no supo dialogar con su audiencia

El regreso de Sex and the City en And Just Like That expuso las tensiones culturales de nuestro tiempo. La producción trató de ponerse al día con las discusiones actuales sobre representación y diversidad, y lo hizo de manera torpe, incorporando personajes que parecían escritos para cumplir cuotas más que para habitar el mundo narrativo. Para quienes nunca habían seguido la serie original, el revival resultaba superficial, un escaparate de lujos con una obsesión enfermiza por lo material.

Esa fijación no era nueva: ya en la segunda película había momentos que rayaban en la autoparodia, como cuando Charlotte aparecía sosteniendo unas patatas en pleno viaje exótico, una postal involuntariamente cómica de consumismo desbordado.

La muerte de Big en el reinicio dejó a Carrie en una situación curiosa: liberada de toda obligación laboral, flotaba en una especie de limbo acomodado. La crítica no tardó en ver la desconexión con una realidad en la que la precariedad económica define gran parte de la experiencia urbana. La serie, que alguna vez representó el vértigo de la vida moderna, parecía ahora un escaparate de vidas blindadas contra cualquier dificultad.

Una mujer compleja para la televisión

No obstante, sería un error olvidar que Sex and the City sacudió las costumbres televisivas cuando apareció por primera vez. De pronto, mujeres hablando sin pudor de sexualidad o insatisfacción dejaron de ser un tabú en la pantalla. El programa subrayó que las amistades podían ser tan centrales como las relaciones románticas, y que el matrimonio o la maternidad no eran caminos inevitables. Solo uno de los personajes optaba por formar una familia, y lo hacía en circunstancias complejas, lo que rompía con la narrativa tradicional.

La auténtica pareja de Carrie siempre fue Nueva York, una ciudad que funcionaba como amante y refugio a la vez. Su manera de enamorarse, fracasar y volver a empezar funcionaba como una marea: repetitiva, caótica y, sin embargo, vital. Bajo la máscara de glamour se escondía un personaje que elegía estar sola antes que conformarse con una vida convencional. Eso, que parecía revolucionario en los noventa, resulta incómodo para audiencias actuales más acostumbradas a discursos sobre límites y salud emocional. El legado de la serie es ambivalente, pero innegable.

Las nuevas generaciones suelen mirar a Carrie Bradshaw con desdén. Su comportamiento, tan egocéntrico y poco dispuesto a la autocrítica, les parece incompatible con la cultura contemporánea, donde la empatía se ha convertido en una exigencia constante. En YouTube abundan análisis que diseccionan sus contradicciones, calificándola de narcisista o hipócrita. 

Lo cierto es que la serie, escrita por creadores de la generación X, no se movía dentro del marco terapéutico actual: allí no había diagnósticos ni discursos sobre autocuidado, solo personajes lidiando con fracasos de una forma casi cómica, responsabilizando a los demás y no a sí mismos.

Esa actitud, vista desde 2025, parece brutal, pero era parte de la frescura del relato. La crítica hacia Carrie, en el fondo, revela más de nuestra época que de la suya: seguimos siendo egoístas, pero ahora pretendemos disfrazar ese rasgo con buenas intenciones. Carrie molesta porque muestra sin filtros lo que la mayoría intenta ocultar. En ese sentido, el rechazo que genera hoy es también un reconocimiento involuntario: es demasiado fácil vernos reflejados en ella.

Las columnas de Candace Bushnell, origen de todo el fenómeno, eran mucho más sombrías de lo que la televisión dejó ver. Escritas con un tono mordaz y casi nihilista, describían un ecosistema urbano dominado por relaciones tóxicas, misoginia y una visión desencantada del amor. Los guionistas suavizaron esa crudeza, entregando una versión más luminosa en la que Carrie se aferraba a la ciudad como si esta fuera la gran historia de amor de su vida.

El contraste es significativo: Bushnell retrataba un mundo sin salidas claras, mientras la serie ofrecía esperanza. Paradójicamente, quienes critican a Carrie hoy lo hacen desde un panorama sentimental aún más desesperado, marcado por las aplicaciones de citas y la sensación de que el amor se ha convertido en un algoritmo fallido. And Just Like That evitó mostrarla en redes sociales, un gesto coherente con su espíritu: Carrie pertenece a una época donde una columna podía sostener un universo de opiniones, cosa impensable en un presente de multiplicidad de voces. La distancia entre entonces y ahora revela cómo cambió no sólo la ficción televisiva, sino también la forma en que entendemos la intimidad y el feminismo.

‘Sex and the City’, una criatura de su época

Sin embargo, las fallas del personaje no son lo más problemático al revisitar la producción desde un marco actual. La ausencia de diversidad es un tema central. En la serie original, estrenada a fines de los noventa, todas las protagonistas eran mujeres blancas, con alto poder adquisitivo y cisgénero. Sus aventuras giraban en torno a relaciones heterosexuales, dejando fuera realidades más complejas. Lo poco que se ofreció como representación distinta cayó en estereotipos dañinos. Un ejemplo es el episodio en el que Samantha (Kim Cattrall) sale con Chivon (Asio Highsmith), un ejecutivo negro de la industria musical.

Lo que podría haber sido un acercamiento interesante termina siendo un desfile de clichés: chistes sobre su pene, referencias a la cultura negra bajo la ambigua etiqueta “urbana” y una hermana, Adeena (Sundra Oakley), reducida al tropo de la mujer negra colérica. Todo además, se volvía más caótico cuando una aparente grieta entre clases sociales, desplazaba a Samantha por el terreno incómodo del racismo. La escena envejeció pésimamente. Algo similar pasa en otro capítulo en el que Carrie, con un tono burlón, parece comparar a mujeres trans con gallinas de corral. Eso. en medio de interminables metáforas y chistes sin gracia sobre salchichas y huevos revueltos. Finalmente, hasta imita un acento que evoca el AAVE, lenguaje afroamericano. El guión revela lo obvio: en la sala de escritores no había voces diversas para mostrar un escenario distinto.

El intento de corregir esas deficiencias llegó décadas después, cuando HBO lanzó And Just Like That en 2021. El cocreador Michael Patrick King reconoció las críticas y convocó a un equipo de guionistas más diverso. Entre ellos estaban Samantha Irby, Keli Goff y Rachna Fruchbom, quienes aportaron perspectivas que en los noventa habrían cambiado mucho el rumbo de la historia. Con esa base, se incorporaron personajes como Seema Patel (Sarita Choudhury), Lisa Todd Wexley (Nicole Ari Parker), Che Diaz (Sara Ramírez) y la doctora Nya Wallace (Karen Pittman). Todos representaban un intento por reflejar una ciudad más plural y contemporánea, además de suplir el hueco de Samantha, cuya ausencia seguía siendo un punto débil en la dinámica del grupo.

También se introdujeron subtramas ligadas a cuestiones de identidad, como el recorrido de Rock (Alexa Swinton), el hijo de Charlotte (Kristin Davis), que se reconoce como no binario. Miranda (Cynthia Nixon), por su parte, explora una identidad queer y deja atrás su matrimonio con Steve (David Eigenberg). En teoría, los cambios sonaban como una corrección de rumbo. En la práctica, el resultado se sintió torpe y poco natural. El esfuerzo era visible, pero el producto final no lograba transmitir frescura ni autenticidad. Muchos espectadores coincidieron en que, aunque el guión buscaba modernizar la narrativa, la ejecución terminó siendo forzada, sin la chispa de la serie original.

El cierre definitivo de And Just Like That en su tercera temporada confirmó lo desconectada que estaba la secuela respecto a su legado. El episodio final transcurre en Acción de Gracias, pero la idea de familia elegida, que en Sex and the City era esencial, está ausente. Carrie acompaña a Miranda en una cena organizada por Brady, el hijo de esta última, ahora adulto y próximo a ser padre. El evento carece de la energía de antaño: Charlotte, Seema y Lisa brillan por su ausencia, dejando a Carrie en un escenario solitario.

Tras la muerte de Big (Chris Noth) y varios fracasos amorosos, la protagonista acepta su soltería, pero no como un triunfo personal sino como un destino melancólico. En contraste, el final original de la serie madre mostraba a Big viajando a París para recuperarla, un gesto romántico que dio a los fans el desenlace soñado. Aquí, la conclusión parece más audaz en teoría, pero decepcionante en la práctica: historias cerradas a la prisa y personajes abandonados sin desarrollo. La sensación fue la de un epílogo innecesario, incapaz de transmitir emoción real. El cambio en la narrativa televisiva desde los noventa hasta hoy hizo que el intento de revivir la magia luciera condenado desde el inicio.

Un adiós mediocre para un fenómeno

A pesar de los tropiezos de la secuela, el fenómeno cultural que fue Sex and the City es innegable. Ninguna de sus extensiones — ni las películas, ni la precuela The Carrie Diaries, ni And Just Like That — logró replicar el impacto del original. En su momento, la serie fue un parteaguas en la televisión estadounidense, marcando cómo se podía hablar de sexualidad femenina, moda y amistad con desparpajo.

Su atractivo residía en una fantasía de lujo neoyorquino: departamentos imposibles, compras sin límite y una vida centrada en cócteles y conversaciones íntimas. 

La cultura pop abrazó ese sueño, pero el tiempo lo hizo envejecer. Con la Gran Recesión y los cambios sociales posteriores, esa visión aspiracional dejó de tener el mismo brillo. La televisión que vino después buscó mayor autenticidad. Girls (2012) mostró a Hannah (Lena Dunham) abrumada, caótica y fuera de toda esperanza. Broad City (2014) apostó por la precariedad y el humor surreal. Insecure (2016) exploró la amistad atravesada por diferencias de clase y realidades laborales frustrantes. Mientras tanto, Sex and the City quedó como un producto de otra era: uno que funcionó perfecto en su contexto pero difícil de replicar en otro.

Intentar seguir el mismo camino de glamour resultó contraproducente para quienes copiaron la fórmula. Series como The Bold Type (2017) o Emily in Paris (2020), esta última también creada por Darren Star, se presentaron como herederas del brillo de SATC. Pero ambas fueron objeto de burlas: la primera por retratar la industria editorial de manera ingenua, la segunda por vender una París caricaturesca y llena de clichés digitales. En un mundo donde es posible calcular alquileres, salarios y precios con una búsqueda en Google, la fantasía de lujo ya no engaña a nadie.

La crítica social hacia la “pornografía de riqueza” se intensificó en un contexto de desigualdad económica creciente. Ver a personajes que viven entre marcas de lujo y cenas interminables generaba más rechazo que aspiración. Lo que alguna vez fue un sueño ahora parecía desconectado de la realidad. Y And Just Like That… quedó atrapada en esa contradicción: buscaba ser inclusiva y moderna, pero no podía soltar del todo la opulencia irreal que definió a su antecesora.

Ser o no ser a destiempo

Más allá de las comparaciones históricas, el mayor problema de And Just Like That fue su ejecución narrativa. El guión evitó el conflicto, el humor y la ironía que caracterizaban a la serie original. En su lugar, ofreció tramas estáticas y personajes apagados. Carrie, interpretada por Sarah Jessica Parker, parecía desprovista de energía: pasaba el tiempo hablando con su gato, caminando por su apartamento de lujo o leyendo fragmentos de su novela histórica a un vecino excéntrico. Resultaba desconcertante que una actriz capaz de brillar en teatro, como lo hizo recientemente en Plaza Suite, ofreciera una interpretación tan apática.

Charlotte tampoco corrió con mejor suerte. Sus subtramas, desde un perro “cancelado” hasta problemas absurdos de vértigo, carecieron de gracia. Incluso momentos con potencial dramático, como la enfermedad de Harry (Evan Handler), quedaron reducidos a ruido de fondo. Los personajes, alguna vez vibrantes, se transformaron en caricaturas. Era difícil reconocer a la serie que marcó una era en este producto frío y sin rumbo.

El público, finalmente, quedó con la impresión de que And Just Like That no sabía a quién hablaba. Los adolescentes y veinteañeros eran retratados como caricaturas insoportables, mientras que los personajes adultos parecían ridiculizados o vacíos. La sátira social, que antes era punzante, se convirtió en ataques al azar contra distintas clases sociales, desde votantes de clase trabajadora hasta subordinados que no seguían el guión de los protagonistas.

Todo esto reforzaba la sensación de que la serie despreciaba tanto a los jóvenes como a los mayores, sin tener un grupo claro al que dirigirse. En contraste, Sex and the City había sabido crear una audiencia intergeneracional y generar debate cultural, incluso entre quienes la criticaban. La secuela careció de esa chispa y terminó siendo una producción costosa, mal escrita y mal ejecutada, incapaz de justificar su existencia. En el fondo, lo que queda claro es que el legado de Carrie, Charlotte, Miranda y Samantha pertenece a otra época. El intento de revivirlo solo demostró que, para bien o para mal, algunos fenómenos culturales son irrepetibles.

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