Un misterio dentro de un misterio: ‘Cumbres borrascosas’ y el motivo del escándalo alrededor de la adaptación de Emerald Fennell
Publicada en 1847 bajo un seudónimo, ‘Cumbres Borrascosas’ desconcertó a sus primeros lectores, incapaces de aceptar su crudeza emocional y sus personajes indomables. Hoy se la reconoce como una de las novelas más radicales del siglo XIX, testimonio de la visión intransigente de Emily Brontë, cuya vida breve y misteriosa solo intensificó el aura mítica de su obra.
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Desde que la directora británica Emerald Fennell anunció que su próximo proyecto sería una adaptación de Cumbres borrascosas de Emily Brontë, hubo cierta polémica al respecto. En especial, porque la realizadora, conocida por su estilo audaz y provocador, dejó claro que no se trataría de una revisión fiel al original. O mejor dicho, lo dejó claro por su selección para los inmortales amantes torturados, centros del argumento. Para el papel de Heathcliff, el elegido fue Jacob Elordi, conocido por su actuación icónica y singular en Saltburn (2023), también de la cineasta. Por otro lado, Margot Robbie, encarnará a Catherine, la apasionada y abrumada por la locura mujer que se convierte en la obsesión de cada hombre en su vida.
Por supuesto, ambos actores son garantía de interés para la cinta, pero contradicen de manera total y directa a la historia original. Jacob Elordi, un actor joven, blanco y atractivo, es la antítesis total de Heathcliff, descrito por la propia Emily Brontë como una fuerza de la naturaleza, de piel oscura y aspecto de gitano. Y aunque se pasara por alto lo tocante a lo físico — después de todo, no sería la primera vez — queda en el tintero el subtexto complejo que rodea a uno de los grandes antihéroes de la literatura. El personaje es un marginado, sumido en la desgracia y la pobreza de su origen confuso y su temperamento brutal. De hecho, la escritora convirtió al Heathcliff en epítome de lo violento y lo cruel.
Un hombre construido por la debacle, el horror y el dolor. Y que llega a convertirse en ejecutor de una venganza que atraviesa generaciones, sin piedad y de forma cada vez más irracional.
Al otro extremo, escoger a Margot Robbie como Catherine, la mujer capaz de conmover el corazón de un hombre como Heathcliff, no solo contradice a la forma en que la escritora imaginó a su personaje. Pálida, una adolescente raquítica, furiosa y envilecida por el descuido, cuya belleza resulta un arma de tormento, es una de las heroínas trágicas más complejas de la literatura. Mucho más, cuando su amor por Heathcliff la convierte en una turbia mezcla de necesidad, secretos y al final, amor. Pero no amor romántico, sino uno consumido por la desgracia, el martirio y la angustia existencial.
Juntos, son una pareja irredimible, destinada al fracaso y a un sufrimiento, que incluso supera a la muerte. Algo que Emily Brontë logró además, reconstruir, a través de una idea enloquecida y sin lugar para la esperanza sobre los lazos emocionales que consumen la cordura, bondad y al final la vida de sus personajes. Por lo que termina por ser, hijos del paraje hostil y lunar que les vio nacer, las cumbres rocosas y terroríficas en que ambos crecieron y que les verá morir en medio de una agónica necesidad de perseguir el recuerdo enajenado que conservan el uno del otro.
Una mirada que simplifica una relación compleja
Mucho más duro de entender resulta el primer avance de la película, que muestra a la pareja como apenas dos amantes seducidos por un deseo retorcido. En un evidente juego de referencias, Emerald Fennell, parece haber despojado a la historia original de toda su turbulencia emocional, para concentrarse en el sucedáneo deseo erótico. De hecho, las cortas secuencias parecen explorar en la obsesión de Heathcliff y Catherine, en apenas el límite de lo carnal. También deja claro que los personajes en pantalla, están obsesionados por la necesidad de poseer al otro, sin el añadido perturbador del amor obsesivo y tenebroso que llevó a ambos a la locura.
Por supuesto, Fennell puede solo estar tratando de disimular su verdadero objetivo: el primer póster de la película, muestra a sus actores abrazados en una pose apasionada, pero también, que el título de la cinta se encuentra en comillas. Por lo que cabe suponer que la novela sea una metaconciencia que flota sobre dos amantes como una tentación prohibida. Una posibilidad más cercana al estilo transgresor de la cineasta y que podría explorar en el complicado escándalo que rodeó a la novela desde su publicación.
Quizás, lo más llamativo de póster y tráiler es que reavivan la percepción de territorio prohibido que ha sido siempre parte del debate de la novela de Emily Brontë desde que vio la luz y fue considerada aterradora, cuando no directamente impúdica. Una carga de significado compleja que convierte a la futura adaptación en una incógnita pero también, en una puerta abierta para el estudio del impacto de la obra original. Un giro peculiar que permite comprender a Cumbres borrascosas por su capacidad para el escándalo, causar asombro y conmover, todo a la vez.
Una larga historia tenebrosa
Cuando apareció en 1847, la primera y única novela de Emily Brontë no parecía destinada a convertirse en uno de los pilares más extraños y fascinantes de la literatura inglesa. La recepción inicial fue, en términos generales, un rechazo disfrazado de reconocimiento parcial: se admitía que había intensidad y originalidad, pero esas virtudes se percibían más como amenazas que como logros. Lo que más inquietaba no era la trama en sí, sino la manera en que Brontë presentaba personajes marcados por la hostilidad, la obstinación y la violencia emocional.
Heathcliff, un protagonista moldeado con rasgos de héroe byroniano, se interpretó como un exceso de brutalidad, un personaje que negaba el ideal de masculinidad civilizada que la era victoriana promovía. Catherine, por su parte, con su negativa a someterse a las convenciones femeninas de su tiempo, fue vista como un desafío intolerable. El efecto fue doble: por un lado, los críticos rechazaban lo que consideraban un relato excesivamente sombrío; por otro, detectaban una honestidad psicológica que perturbaba precisamente porque resultaba demasiado clara y directa. Ese primer escándalo crítico ya anticipaba lo que vendría después: una obra que incomoda porque no concede espacio a ilusiones morales fáciles ni a sentimentalismos edulcorados.
El lenguaje que la escritora usa en la novela es otro de los aspectos que descolocó a sus primeros lectores. Los diálogos rebosan de insultos, de expresiones que funcionan como ataques deliberados, casi como si las palabras se convirtieran en proyectiles lanzados para herir. La estructura narrativa no suaviza en absoluto estas tensiones; al contrario, las intensifica. La dinámica entre los personajes se asemeja a un interminable juego estratégico en el que la venganza y la humillación se repiten sin descanso. No sorprende que algunos críticos de la época resumieran su impresión acusando al libro de ser un catálogo de pasiones desatadas, de una ferocidad sin contención.
Lo que hoy puede reconocerse como una representación radical de los afectos humanos, en su momento se interpretó como una especie de literatura peligrosa, capaz de corromper o de alterar el orden de las emociones aceptables. Brontë no se propuso hacer un relato amable: su visión era más cercana a un laboratorio de pasiones que ponen en jaque la moral convencional. Esa incomodidad sigue siendo clave para entender por qué la novela no ha perdido fuerza con los años. Por supuesto que más allá del escándalo, lo asombroso de Cumbres borrascosas radica en su audacia. La capacidad de la novela para plantear el miedo y el deseo en un territorio cruel y poco común.
El dolor, miedo, agonía
La filósofa Martha Nussbaum ha señalado que enfrentarse a Cumbres Borrascosas exige aceptar, sin defensas, lo que en ella resulta más perturbador. Solo desde esa disposición se abre la posibilidad de comprender la propuesta de Brontë.
El lector, en lugar de buscar protegerse, debe asumir el vértigo de un mundo invertido, donde la crueldad no se oculta tras disfraces románticos ni se atenúa con finales moralizadores. Este planteamiento la vincula con una tradición literaria que hunde sus raíces en Milton y su Paraíso perdido, una obra que también confronta al lector con fuerzas hostiles y con un lenguaje de intensidad desbordante.
Brontë, al igual que Milton, no ofrece alivios fáciles: la grandeza de su estilo está en que deja al lector frente a un universo gobernado por la dureza, sin pactos de conciliación. No sorprende que la novela se haya interpretado a menudo como una especie de acertijo que nunca se resuelve del todo. Lo hobbesiano de su visión — un mundo dominado por el conflicto, por la lucha continua — hace que cada relectura se convierta en una experiencia nueva, cargada de ambigüedades y sin posibilidad de un sentido definitivo.
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Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
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