
Los escritores rusos tienen la particularidad de asumir el mundo desde el drama, pero a la vez de crear una visión del sufrimiento exaltada de una rara belleza. Por supuesto, la combinación crea una percepción sobre el mundo a mitad de camino entre la melancolía, el fatalismo y la dulzura que otorga una breve consistencia al acto de sufrir como anécdota y a la emoción como identidad que se manifiesta a través de lo cotidiano. Tal vez por ese motivo Pushkin parece ser parte de cierto paisaje sobre lo nostálgico en cualquier lugar del mundo, de la misma manera que Mijaíl Lérmontov recuerda la ternura allá en donde sea que la poesía dolorosa y trágica sobre el sufrimiento del duelo. La literatura rusa se convierte entonces en emblema de cierta emotividad tumultuosa, extraordinaria, rica en matices.
Festival +LATINA transforma CUPRA City Garage a través del videoarte de Johana Luna y Ricardo Arispe
Cabrujas supo escribir desde el presente para la eternidad. La Venezuela que se nos venía encima estaría marcada por la censura, la crueldad y una polarización que toda realidad cubriría con la neblina de la insensatez.
Una tarde profundamente criolla en Madrid
Cabrujas supo escribir desde el presente para la eternidad. La Venezuela que se nos venía encima estaría marcada por la censura, la crueldad y una polarización que toda realidad cubriría con la neblina de la insensatez.
Séptima Edición de “Adolescentes desde casa”
Toda crisis deja marcas profundas, pero también activa la resiliencia y la capacidad colectiva de sanar. Partiendo de ello y con la consigna «Reconstrucción: testimonios de la solidaridad» la Dirección General de Cultura de la UCAB convocó la séptima edición del concurso de creatividad y expresión «Adolescentes desde casa»
Érase una vez un viaje | Otra mirada
Publiqué una novela, “Los fantasmas de Otto Müller”, que ahora mismo busca su lugar lejos de mí; los libros, una vez publicados, le pertenecen al mundo. Escribí otras que ahora mismo buscan editor: “Alea iacta est”. El viaje ha sido largo, pero ya he tocado tierra.
Entre la geometría y el paisaje | Galería Freites
La Galería Freites nos lleva a un recorrido entre la Geometría y El Paisaje, a través de las obras de Carlos Evangelista y Pedro Ángel González
Extracto: La exposición “Las Variaciones modulares de Carlos Evangelista” en la Galería Freites refuerza nuestra voluntad para difundir los lenguajes geométricos … La exposición “Pedro Ángel González. La luz en el paisaje.” forma parte del programa de la Galería Freites, dedicado a estudiar y difundir la obra de los maestros venezolanos que abrieron paso a la modernidad a principios del siglo XX
Los fantasmas de Otto Müller: El mal, el exilio y los secretos del pasado
Con “Los fantasmas de Otto Müller”, Miguel Ángel Latouche logra una obra de gran calado ético y narrativo. Más allá del ritmo trepidante de su trama, la novela se despliega como una lectura rica en capas y matices que exige un lector cómplice. Respaldado por una sólida formación teórica y estética, Latouche nos entrega un estudio brillante sobre las zonas oscuras de la condición humana
Finjamos demencia | Manifiesto GenX
Hagamos de cuenta que todo funciona en nuestras cápsulas.
Actuemos como si no hubiera guerra del otro lado del mundo ni enfrentamientos entre conciudadanos por la permanencia de bacterias contaminantes. Estemos aquietados ante la estridencia de otras ideas que insisten en hacerse escuchar. Permanezcamos en posición de loto a pesar de la condición gastada del cojín…. nos comenta Florángel Quintana
Un asesino, una ciudad y una chica: la historia de la primera actriz moderna
Louise Brooks, conocida hasta ese momento por su icónica imagen en la pantalla, escribió un artículo agudo y anticipado sobre El gran Gatsby (1925), la novela de F. Scott Fitzgerald. Sin firmar y publicado en distintas revistas culturales, el texto no solo repasaba la estructura de la novela, sino que afirmaba con contundencia que Fitzgerald y su obra alcanzarían la categoría de clásico
La escritora Tatyana Tolstaya lleva el peso de lo ruso de una manera particularmente notoria: no solo es rusa de nacimiento, sino que además es la nieta del novelista de la era soviética Aleksei Tolstoy, quien a su vez es un pariente en tercer grado de ese monstruo de la literatura como lo es León Tolstói. Entre una cosa y otra, Tatyana Tolstaya parecía destinada desde su primera juventud a escribir, pero en realidad nada es tan sencillo, a pesar de la estirpe a cuestas y sobre todo la posibilidad de esa percepción literaria tan asimilada que lleva a todas partes en una especie de selección cultural obvia sobre el bien y el mal. Porque Tatyana Tolstaya escribe y lo hace bien, pero además toma el maniqueísmo ruso y lo lleva a un nivel contemporáneo que resulta refrescante y por momentos confuso. Imaginativa, extravagante y extraña, Tolstaya creció convencida de que se tropezaría con las letras antes o después, aunque lo suyo fue más una historia tragicómica más cercana a las pequeñas epopeyas rusas tan conocidas en la historia del país que a otra cosa. Por eso, el primer cuento de su colección 20/20 cuenta en tono casi humorístico (aunque en realidad no lo es) cómo la imaginación heredada de la línea directa familiar echó por la borda su deseo de dedicarse a la ingeniería. Pero para la escritora el tema va mucho más allá. El poder de escribir — o como lo define en uno de sus cuentos «la segunda mirada a un nuevo mundo» — es un recorrido de inusual consistencia a través de una dimensión de particular intensidad de la realidad.
Luego de una cirugía ocular, Tatyana Tolstaya descubrió que había un poder particular en la oscuridad de la ceguera momentánea. De pronto, su mente se llenó de una inusual concepción sobre la historia — las historias — a su alrededor y comprendió que había un propósito eminente en la ansiedad por narrar la percepción del absurdo que de pronto lo llenaba todo: «Mientras tanto, descubrí que el segundo mundo, habiéndome aparecido primero en la oscuridad, había llegado para quedarse; resultó ser una parte inferior multifacética de la llamada realidad, una mazmorra llena de tesoros, un mundo etéreo a través del espejo, una misteriosa caja con las coordenadas exactas de quienes nunca existieron».

Para la escritora se trató de toda una celebración: a sus raíces, a su herencia genética («escribo por el mero hecho que no podía hacer otra cosa» llega a decir, casi con inocencia) o al hecho de que la literatura formaba parte de su vida incluso antes de saberlo. Tatyana Tolstaya es una escritora prolífica que escribe con enorme satisfacción y que paladea las palabras con un notorio placer que transforman sus relatos en algo asombrosamente vivo. Desde su novela de culto The Slynx — esa apoteósica distopía en la que Rusia se transforma en un monstruo regurgitador de voluntad e incluso de la vida de sus habitantes — hasta sus cuentos, mucho más meditados y elegantes, Tatyana Tolstaya está convencida que la prosa es un reducto, más que un refugio. Que es una frontera, más que una búsqueda. La mezcla de todo lo anterior elabora una idea fecunda en su más reciente recopilación de relatos: Aetherial Worlds Stories, que llega a las estanterías con el peso formal y estético de una mirada al olvido, a la incertidumbre, al presente y al pasado. Aetherial Worlds Stories no es solo una colección de cuentos sino también una evolución dentro de una narrativa profundamente elocuente, concisa y poderosa. Tolstaya es una magnífica narradora y una observadora sagaz que desmenuza la realidad en pequeños fragmentos de miedo creados, elaborados y sostenidos por el poder de reconstruir el mundo en pequeños fragmentos de recuerdos y sucesos íntimos.

Las historias en Aetherial Worlds Stories son de índole muy privada, pero por extraño que parezca, no exclusivamente autobiográfica. Su escritura parece construirse a través de un binomio formal que impide definir sus relatos de manera sencilla, de modo que el lector se ve en medio de la disyuntiva de comprender lo que lee como una narración casi poética entremezclada con un franqueza periodística que resulta por momentos desconcertantes.
Pero lo mejor de Tolstaya es cuando crea un híbrido entre ambas vertientes y avanza con firmeza para narrar con cierta premura lo que le atañe a una mirada inquieta sobre lo doloroso y lo bello, como su asombrosa descripción del escritor soviético Andrei Platonov: «Tal vez así es como escribiría una bestia mítica si asumiera la forma humana: alguna criatura nocturna que escucha con sus piernas, ve con los ojos cerrados, y puede oler a una criatura del sexo opuesto a una docena de millas de distancia». De pronto, Platonov se hace mítico, se hace monstruoso, una criatura fabulada que Tolstaya lleva a una estatura colosal.
Para la escritora nada parece suficiente y en sus relatos avanza para contar todo tipo de situaciones: desde puestas de sol de asombrosa belleza hasta consideraciones del artista suprematista Kazimir Malevich y el excéntrico pensador religioso sueco Emanuel Swedenborg. Todo envuelto en la elegante circunstancia de una búsqueda de significado, una percepción sobre el mundo enorme y brillante y al final, un temor elocuente sobre la pérdida, desdibujada por la esperanza de arte por el arte como tenor de la esperanza. Hay tantos elementos distintos en los relatos de Tolstaya que tal pareciera que la escritora está contando un universo paralelo en clave de elaborada percepción del absurdo y el peso de la vida y de la muerte. Como si eso no fuera suficiente, la escritora también incluye su herencia familiar como un contexto y telón de fondo poderoso que sostiene alguno de sus mejores relatos. En su cuento «Horror de Arzamas», Tolstaya narra una crisis existencial de Lev Tolstoy que el gran autor contó en sus diarios y llevó a la categoría de acto mítico.
Hay algo casi religioso en la genuina angustia del personaje histórico, reconvertido en literario, que Tolstaya lleva a otro nivel en una narración casi fortuita sobre grandes y violentos dolores espirituales: «Dejó que su vida se fuera de él antes de su muerte física, asombrando al mundo no con el arte de sus obras posteriores, sino con la magnitud de su genuina angustia, su protesta individual y la autoflagelación pública en una escala hasta ahora sin precedentes». Para la escritora, lo histórico evade explicación, la imaginación crea una nueva búsqueda de identidad. La mezcla de ambas cosas construye una percepción idónea sobre el tiempo y los dolores persistentes que Tolstaya medita con enorme buen pulso y complejidad.

Magistrales, variopintas y duras, las historias de Tolstaya rechazan cualquier definición: tanto así que la lectura de sus relatos termina en medio de una leve y magnífica confusión. Una experiencia profunda, sorprendente y siempre desconcertante, la prosa de Tolstaya crea una tensión tal que cada cuento es el génesis mismo de una novela que parece enlazarse entre sí hasta crear un motor de belleza analítica. Nada parece ser ajeno para Tolstaya, quien mira la realidad, el mundo y sus subterfugios a través de elementos primarios y volubles que analizan el borde de lo marginal de la historia, para crear algo parecido a una meta dimensión de lo racional. Tolstaya construye una realidad a su medida (y con cuánto gusto y elegancia), pero también toma importantes decisiones sobre su prosa como elemento único: los ensayos que se mezclan con narraciones en estado puro convierten a los primeros relatos y textos en una búsqueda de identidad.

Luego, su evidente corazón ruso elabora percepciones sobre el dolor y la tragedia llena de delicadeza, como en el relato «La doncella invisible» (sobre los recuerdos de una dacha) o la exquisita historia que narra con ojo crítico en «Una joven dama en flor», que recuerda una temporada entregando telegramas como estudiante. Fantasía y hechos que se transmutan en una idea espléndida sobre el tiempo, la versión de la realidad que Tolstaya crea a su medida y sobre todo esa lírica visión sobre la melancolía, el agotamiento privado y la dulzura espiritual que Tolstaya transforma en una joya literaria inolvidable. Una mirada al olvido de enorme valor argumental.
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Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
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