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Recibí el “llamado del Señor” a los quince años, justo después de la muerte del Papa Juan Pablo II. Tanta fue la inspiración que me causaron las ceremonias fúnebres vaticanas que, una vez sepultado el Vicario de Cristo, decidí averiguar cómo convertirme en sacerdote. Fueron días de tecleo con la luz del cuarto apagada, de curiosidades irresueltas que encenderían la alarma en unos padres cuya simpatía religiosa era precaria. Un clic, un escaneo de antivirus y de repente apareció la información anhelada:

Érase una vez un viaje | Otra mirada

Érase una vez un viaje | Otra mirada

Publiqué una novela, “Los fantasmas de Otto Müller”, que ahora mismo busca su lugar lejos de mí; los libros, una vez publicados, le pertenecen al mundo. Escribí otras que ahora mismo buscan editor: “Alea iacta est”. El viaje ha sido largo, pero ya he tocado tierra.

Los fantasmas de Otto Müller: El mal, el exilio y los secretos del pasado

Los fantasmas de Otto Müller: El mal, el exilio y los secretos del pasado

Con “Los fantasmas de Otto Müller”, Miguel Ángel Latouche logra una obra de gran calado ético y narrativo. Más allá del ritmo trepidante de su trama, la novela se despliega como una lectura rica en capas y matices que exige un lector cómplice. Respaldado por una sólida formación teórica y estética, Latouche nos entrega un estudio brillante sobre las zonas oscuras de la condición humana

Un asesino, una ciudad y una chica: la historia de la primera actriz moderna

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Louise Brooks, conocida hasta ese momento por su icónica imagen en la pantalla, escribió un artículo agudo y anticipado sobre El gran Gatsby (1925), la novela de F. Scott Fitzgerald. Sin firmar y publicado en distintas revistas culturales, el texto no solo repasaba la estructura de la novela, sino que afirmaba con contundencia que Fitzgerald y su obra alcanzarían la categoría de clásico

Indira Páez y su segundo poemario “Animal de mudanza” | Reseña de Alberto Márquez

Indira Páez y su segundo poemario “Animal de mudanza” | Reseña de Alberto Márquez

La escritora Indira Páez publica su poemario Animal de mudanza (MEL Projects Publishing), una exploración frontal del exilio y la memoria. El libro, analizado críticamente por Alberto Márquez como un testimonio de resistencia y avería doméstica, celebra su presentación en Miami con un recital solidario destinado a la reconstrucción de escuelas de Fe y Alegría en Venezuela.

Wilmer Useche: La onda y color como frecuencia | Geometría Viva

Wilmer Useche: La onda y color como frecuencia | Geometría Viva

Wilmer Useche, reafirma la vigencia del arte geométrico y cinético en el contexto contemporáneo, él demuestra que la exploración de la línea, la luz y la percepción sigue siendo un territorio fértil para la creación plástica, su obra a pesar de estar arraigada a una tradición profundamente latinoamericana

PURO TEATRO | VASELINA

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En resumen, Vaselina es un montaje con grandes logros en cuanto a coreografías y diseño escenográfico, pero con deficiencias técnicas en la iluminación y especialmente en la parte actoral. Y he aquí lo grave, como indiqué anteriormente, de encontrarse solo en la cumbre

EMMYS 2026, 78 Años premiando lo mejor de la TV

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La edición 78 de los Premios Emmy llega con Mariska Hargitay en la conducción y el debut del Legacy Award. Con The Pitt y Hacks encabezando las nominaciones, repasamos los favoritos en drama, comedia y miniseries, junto con los resultados previos de los Creative Arts Emmys y las opciones para ver la ceremonia en vivo.

“Trítono” una obra de Acuarela Martínez | Poesía

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Trítono (Editorial Lector Cómplice, 2026) de la poeta Acuarela Martínez, queda claro desde el principio lo importante que resulta su dedicatoria. Queriéndolo o no, y sin aún entrar en materia poética, nos involucra a todos desde los planos posibles del amor: a los legales, a los del medio, a los clandestinos

Pequeños fragmentos de dolor | Panegírico para Alejandra Pizarnik

Pequeños fragmentos de dolor | Panegírico para Alejandra Pizarnik

Tema recurrente en la literatura de la época, así como para inspiración de artistas que intentaron comprender la locura a través de esa inquietante imagen. No resulta casual, por tanto, que pintores como El Bosco, Van Hemesen y Brueghel se inspiran en la extraña metáfora para mirar la locura desde los pinceles, intentando comprender esa oscuridad meridiana de la mente del hombre a través de ella.

Como era menor de edad, tuve que convencer a mi mamá de que me acompañase a la iglesia del anuncio; esto, calándome por el camino el impetuoso sermón latinoamericano del muchacho que lo que necesita es experimentar con putas, no altares. El recelo hacia las instituciones eclesiásticas se pone al descubierto cuando la idea del hijo castizo amenaza las viejas peroratas familiares de querer descendencia. No obstante, todo el recelo quedó disipado cuando el secretario de la pastoral nos abrió la puerta. Llevaba chores, chancletas petroleras y un crucifijo de metal en el cuello; una vestimenta de jardinero casual que de inmediato desarmó el bien implantado arquetipo de cura decrépito que convivía en la cabeza de mi mamá. “¿Usted es el padre Jaime?”, preguntó ella, a lo que el sujeto respondió con un apretón de manos y un abrazo.

A partir de allí, la conversación se transformaría en un rosario de promesas realmente fantásticas: mi “juventud e inteligencia evidentes” –cito textual– me proporcionarían las condiciones necesarias para triunfar en las sacristías venezolanas. El prelado cubriría con los gastos de mi educación para así resaltar sobre la competencia, es decir, mis compañeros de curso. Jaime me prometió conferencias en Roma y reuniones privadas con el Cardenal, ya que yo era un adolescente con buen “sentido de la fe”. Irónico pensar, catorce años después, en el paraíso ficticio que logró construirse sobre una charla de escasa media hora y entre tres desconocidos. Pero la retahíla de escenarios imaginados echó sus frutos. Hasta mi mamá, que al principio lucía un tanto paranoica, sucumbió ante la tentadora oferta. Era septiembre del 2007. Salimos de la abadía sin intercambiar palabras. El jardinero había plantado sus semillas.

Para aquella época, el plan de estudios de la Arquidiócesis de Caracas era el siguiente: los aspirantes al seminario debían asistir a un curso sabatino durante un año para aprender lo básico de la comunión con Cristo. Dependiendo de nuestro desempeño, el rector del Seminario San José de El Hatillo nos concedería la admisión. Vendrían así materias de filosofía y teología, al igual que prácticas de trabajo comunitario. “Pero no te preocupes, agüao’, tú estás de primerito en la lista”, aseguró Jaime, una vez que lo invitamos a la casa a almorzar. Jaime escaló, pasados los meses, de guía a consejero de hogar. Él y mi mamá entablaron una estrecha relación por mensajes de texto, sobre todo en situaciones de conflicto marital entre mis padres. En uso de los estatutos bíblicos que predican sobre la constancia, mi tutor vocacional nos fue amasando a mi mamá y a mí como alfarero que manipula la arcilla húmeda. Comidas, paseos a la playa, llamadas a medianoche; iniciativas que contribuirían a la cocción no de jarrones de barro –como diría el profeta Isaías–, sino de una máscara de falsedades.

El haber sido considerado como candidato favorito generó en mí gran excitación. Y puesto que yo era "talentoso por naturaleza", entonces merecía licencias, privilegios y prerrogativas especiales. Es a través de la camaradería precipitada que el abuso del poder empieza a ejercitarse. La divergencia entre “lo que realmente es” y lo que según él “debería ser”, cultivó en mí un profundo sentido de especialidad; jamás vislumbré las intenciones sádicas y retorcidas que este traería consigo.

Yo y el Cardenal

El centro vocacional del 2008 estaba conformado por aproximadamente treinta jóvenes: monaguillos, catequistas, sacristanes; la mayoría, oriundos de la capital. Los únicos que proveníamos de parroquias no circunscritas a la Arquidiócesis de Caracas éramos un chico que aquí llamaremos Luís, y yo. Luís, quien vivía en Guarenas, no tenía los recursos para trasladarse hasta la abadía todos los sábados. Por ende, Jaime le propuso mudarse con él mientras durase el curso. Se haría costumbre el toparse con Luís tanto en las horas de estudio como en las actividades extracurriculares. Él iría en el asiento del copiloto, en la parte delantera de cada misa y evento. La cuestión fue adquiriendo cualidades algo ambivalentes, hasta que ciertas acusaciones se apoderaron de los pasillos. La dificultad principal radicaba en aceptar los alegatos planteados por Luís, quien una noche nos sorprendió a mis compañeros y a mí con noticias de toqueteos no solicitados.

Pero la apertura de la caja de Pandora coincidió con los exámenes finales del centro vocacional, que incluían diversos análisis conductuales. Se nos invitó a todos los aspirantes a participar en sesiones individuales con una religiosa experta en psicología; la misma que autorizaría la expulsión de Luís por su evidente condición homosexual.

«Nunca se me hubiera ocurrido hacer algo así –me juró Jaime, en una reunión que tuvimos en su oficina–. Al parecer, el muchacho este dibujó unas cortinas y unos jarrones en las ilustraciones que le pidió la madre. ¿Qué te parece? Delicadito, demasiado delicadito. No sé. Yo te he demostrado mi amor, mi cariño. De pasar la cosa a instancias del clero, ¿crees que tu mamá y tú podrían testificar a mi favor?»

Luís, ahora Judas Iscariote, desapareció de la abadía y poco se le volvió a ver. Me enteraría después que el propio padre se encargó de telefonear a todas las parroquias de Caracas para alertarlos del presunto calumniador. ¿Y quién se atrevería a cuestionar el sistema? ¿Cómo poner en duda la integridad de un sujeto cuyo repertorio de habilidades tenía la capacidad de captar la atención de los demás y generar sentimientos positivos? De hecho, es allí donde reside la problemática real de las denuncias por abuso: las víctimas son sometidas a una especie de coliseo romano donde son los espectadores los que deciden la veracidad de sus aseveraciones. Predomina, entre nosotros, una predisposición y severidad que no encajan a la hora de solidarizarnos con el padecimiento del otro, sobre todo cuando nos referimos a casos de tal arbitrariedad.

Yo en la Misa de graduación

El anuncio de los preliminares para el seminario opacó por completo “la chismería de sacristía”. Sin embargo, para sorpresa de mi mentor, mi mamá había decidido no concederme el permiso legal para mudarme a El Hatillo. “Me lo agradecerás más adelante”, dijo. Jaime, al enterarse, manejó hasta mi casa para discutirlo; enfurecido, contradijo a mis padres en un tono que rebelaría su verdadera personalidad, ya no tan servicial y amable como de costumbre. Sin éxito, se montó en su carro y arrancó.

Tiempo después, ingresé a la Escuela de Historia de la UCV.

 

Los semestres en la universidad fueron avanzando, y con ellos mi pubertad dio paso a una fisonomía de hombre. A mitad de la carrera, un día que sacaba copias en el Pasillo de Ingeniería, me lo tropecé de espaldas. “Agüao’, ¡cuánto has crecido, hijo de Dios!”, dijo, abalanzándoseme encima. Intercambiamos pines de BlackBerry y así reestablecimos contacto. Los mensajes de “buenos días, Dios te bendiga” pronto evolucionarían a “deberías visitarme”. No tardaría demasiado, al descubrir mi orientación sexual, para confesar lo que desde hacía años llevaba por dentro:

«Estás guapo, chico. Siempre te vi, ¿cómo decir?, con ojos tiernos. Pero eras muy pequeño para ese momento. Muy cercano a tu mamá, además. Que tan bella ella, por cierto. Te escribiré de otro número que tengo. ¿Cómo decir? Necesito ser discreto. Ven y pasa la noche conmigo.»

Dejé de contestar. Supongo que la ausencia de mis textos le exigía un esfuerzo que no traería demasiados frutos. Y entonces se esfumó.

 ***

He leído con asombro la campaña de inmolación que han emprendido varios conocidos escritores tras el suicidio de Willy Mckey, a quien se le arrebató la máscara en redes sociales. Hasta Martín Caparrós se expresó con astuta defensa, valiéndose de su credibilidad literaria internacional para alegar que la oscuridad no debería empañar la brillantez de Mckey en otras áreas de su vida. Pero yo pienso en Pía y en Luís y en el silencio cómplice que los afecta, que les trunca su futuro.

Noto respuestas en exceso emocionales ante aspectos de los cuales nunca fueron conscientes. En muchos casos, los planteamientos de estos colegas acerca de lo que está bien o mal giran en torno a la experiencia personal y no ajena. Pero claro. El peso de consciencia social es menor cuando elegimos quedarnos con la figura del poeta inteligente y del cura piadoso.

A nadie le gusta saberse engañado.

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Gianni Mastrangioli Salazar
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Historiador, escritor y colaborador de The Wynwood Times