
Se insiste en que un escritor escribe sobre lo que sabe, conoce y comprende. Incluso los que dedican la pluma a los terrenos inexplorados de la imaginación, describen mundos a la medida del tiempo que transcurre en los límites de las ideas, de los pensamientos y de las percepciones de una realidad alterna, personal e íntima. De manera que sí, cada escritor escribe sobre lo que ve. Sea real o no. Forme parte del mundo de las cosas evidentes o no.
Tal vez por ese motivo, la obra de Amélie Nothomb parezca recorrer un ambiguo camino entre el ser y el no ser. Biográfica a rabiar, pero también profundamente arraigada en la tradición de la narración elemental a partir de lo que mira, toda su obra parece crear una elocuente narración sobre su íntima perspectiva de lo que le rodea. Nothomb, recrea cada parte de lo que vive en palabras, sino que, además, lo reacomoda en una especie de reestructuración de sus espacios interiores y mentales por completo sorpresiva. Habita en lo que escribe y como si no fuera suficiente, brinda a cada palabra con que construye esa identidad alterna una vitalidad desconocida y profunda. Una connotación tan personal que lleva esfuerzos separar esa dimensión ficticia y novelada de la verdadera Nothomb, de la escritora y mucho más de la mujer. Una especie de contradicción y enfrentamiento directo contra la connotación de la realidad —el tiempo literario asumido desde dos perspectivas distintas— y esa esencia de contar lo que mira, lo que construye y elabora desde la palabra en estado puro.
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A pesar de eso, Nothomb no se definiría a sí misma como una rebelde, sino más bien como una eterna buscadora de respuestas pseudo existencialistas. Sus obras siempre parecen al límite de la protesta y la furia, de la crítica y el dolor. No obstante, esta escritora desconcertante —que antes de cumplir los doce años había viajado por casi todo el continente asiático gracias al cargo diplomático de su padre— mira el mundo de manera mucho más profunda que la simple contradicción. Porque para Nothomb, el mundo está construido a base no solo de las diferencias, sino esa miríada de ideas que crean fronteras entre quienes somos y el otro, la diferencia que nos separan. Tal vez por ese motivo, la escritora insiste que todos sus libros tratan de lo mismo: el temor a lo que no conocemos, el abismo y el temor a lo desconocido. La frontera entre las ideas.
Aun así, Nothomb se plantea la cuestión de escribir desde la periferia, sin tomar partido o mucho menos, construir una paradoja entre esa dualidad insistente en su obra. Quizás se deba a esa mezcla cosmopolita de culturas y visiones en la que creció o al mero hecho que se considera así misma marginal, solitaria. Cual sea la explicación, la escritora disfruta de esa interpretación de la realidad a medias, incompleta, como si su obsesiva necesidad por la escritura se sustentara no sobre el mero deseo de expresión, sino en algo más profundo, elemental. Se divierte, provoca —se rebela— contra esa estructura de valores y de ideas en lo que parece cimentarse el mundo actual. Aun así, sus novelas gozan de una frescura que asombra, una descarada noción de su influencia que le brinda una segunda lectura inevitable. Con su estilo directo y mordaz, Nothomb se replantea el mundo desde lo irónico y lo nihilista. Nada es lo que parece, ni mucho menos lo que aparente, de manera que lo reescribe una y otra vez. Obsesivas hasta límites desconcertantes —ella misma ha insistido que la necesidad de escribir “la sofoca”— Nothomb asume su obra literaria como una prolongación de su mente, una puerta abierta hacia esa libertad que proclama por derecho y disfruta por necesidad.
Sin rostro en un espejo

Amélie Nothomb - Foto por Guillem Rosset
Se ha dicho que la literatura moderna carece de identidad. Que es una mezcla de visiones, tensiones, temores y pequeñas compulsiones sin verdadera resolución. Reflejos de una época frágil y borrosa, los escritores del nuevo milenio cuentan las historias con esa convicción impaciente del que desea dejar muy claro que la realidad le sobrepasa, le hiere, le deja sin aliento. Nothomb parece resumir ese planteamiento en su necesidad de crear por crear. No hay una aspiración de grandeza —ella misma se llama “invisible, sin identidad clara”— pero sí una compulsión singular por la escritura como evidencia de la personalidad que se oculta entre fragmentos de vivencias.
“Me gusta el miedo, y lo he experimentado a fondo a lo largo de mi vida”, comenta cuando se le cuestiona de los temas inauditos que suele tocar en sus novelas. Relatos que redacta con letra desordenada sobre el papel —“el papel es mi mejor testigo”, insiste— que antes de ver la luz en palabras, ya existían en su cerebro. O así afirma, cuando explica, con gestos apresurados y nerviosos, que siempre está escribiendo. Y es que ese siempre parece abarcar las horas de vigilia y las de sueño, sus mejores momentos, los más tediosos, los bulliciosos y los silencios. La dualidad, de nuevo, parece abrir un espacio neutro, sin rostro, en mitad de todas las ideas que asimila, que elabora a partir de reflexiones cada vez más bruscas, inquietantes. De París y Bruselas, ciudades en las que reparte su tiempo, aprendió que no pertenece realmente a ningún lugar “En una busco tranquilidad; en la otra, guerra”, comenta Amélie en la penumbra de su despacho en la sede de la editorial Albin Michel, al lado del cementerio parisiense de Montparnasse, en un documental televisivo que intenta captar esa extraña esencia suya, sin lograrlo.
Sentada en un sillón de cuero, con las manos apretadas sobre las rodillas, nunca mira a la cámara. Hay una ligera expresión de sorpresa, como si la presencia de la cámara le desconcertara. El despacho es muy estrecho, repleto de cajas, cartas y cuadernos. “Me lo envían mis lectores” comenta con una sonrisa pequeñita, casi inocente. Pero no hay nada inocente en la expresión con que toma una bocanada de aire, con que endereza los hombros. “Pero no los necesito, siempre estoy escribiendo”. De nuevo siempre, con los dedos enroscados sobre las rodillas, como una niña tensa. Y, sin embargo, en Nothomb —como en ninguna de sus novelas— hay algo realmente inocente, simple. Lo retorcido, lo profundo y por supuesto, lo ambiguo, se mueven al fondo de lo que desea expresar, de lo que muestra y también de lo que oculta.
“Acabo de terminar mi libro número 65”, asegura, abriendo mucho los ojos. Sacude otra vez la melena morena, que lleva largo y que parece completar esa imagen de adolescente rebelde que cuida con esmero. La escritora está consciente, quizás más que lo admite, que es parte de su obra. Que el misterio de Nothomb, la mujer, se desliza lentamente en medio de las hojas a medio escribir, de las historias dolorosas y extrañas que nacen de su obsesión por la escritura.
El mito de Nothomb se cimienta en lo desconocido y la novela La Nostalgia Feliz (de nuevo semi autobiográfica, a mitad de camino entre el dolor, la angustia, el cuestionamiento y la belleza originaria) medita sobre las pequeñas grietas de su personalidad que de vez en cuando aparecen y desaparecen en la imagen oficial que capta la cámara, el libro, la imagen, la cama. En una entrevista, cuenta que empezó a escribir a los 17 años, sofocaba y abrumada por el dolor inevitable del crecimiento. En La Nostalgia feliz esa compulsión parece cimentarse y recrearse como una idea básica que se entrecruza con algo más duro y extravagante. Pero no se trata de la historia tópica y formal de la escritora que descubre quién es o a donde va a través de las palabras. Hay algo más complejo, difícil de comprender.
Nothomb no concibe la escritura como un tránsito de historias a medio componer, sino algo más primitivo. “En Europa me sentía muy mal. Y no escribía sobre mí”, cuenta. “Recuerdo mi primer relato. En el futuro, el mundo se había convertido en un huevo gigante. En la yema estaban los poderosos, y los pobres, en la clara. Se produjo una revolución. Los pobres tomaron la yema y el huevo explotó convirtiéndose en una enorme tortilla que se perdió durante años por el espacio”. Una manera exuberante de narrar un ritual de paso tan personal como doloroso: la madurez necesaria o más bien, inevitable.
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Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
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