
Por Richard Rey
Textos y Guiones
La lengua castellana sufre de una incurable nostalgia. Nos ha educado bajo la premisa de que los caminos de la vida son circulares y que el éxito de un viaje se mide por la capacidad de retornar.
Nos lo repiten las despedidas aeroportuarias, los reencuentros literarios y hasta los tangos y las rancheras: “vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”, “yo sé perder, yo sé perder, quiero volver, volver, volver”.
Pareciera que siempre hay que volver a lo que nos da seguridad, llámese amor, dinero, patria o la aparente suma de las anteriores: “normalidad”. Sin embargo, pocas palabras albergan una trampa tan sutil y punzante como esta de volver. Solemos asociarla con el refugio, con el reencuentro de lo que alguna vez fuimos o tuvimos, olvidando que la etimología es implacable.
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Volver proviene del latín “volvĕre”, que significa dar vueltas, rodar, dar giros sobre un mismo eje. Y ahí radica su ironía más amarga. Cuando alguien se propone "volver" a un viejo amor, a un antiguo trabajo o a una época pasada que la memoria ha decidido embellecer, rara vez busca un nuevo horizonte; lo que busca, inconscientemente, es la tranquilidad de lo conocido. Entonces volver, en su sentido más literal, es aceptar la condena de la repetición y esa insistencia en volver a lo mismo suele ser el síntoma de un miedo paralizante al vacío de lo inédito. Preferimos el dolor conocido de la vieja estructura al vértigo que provoca una página en blanco. Queremos volver porque el pasado, por terrible que haya sido, ya está grabado en nuestra mente; no requiere esfuerzo de imaginación.
Pero, ¿Por qué este empeño en habitar las ruinas?
Quizás porque el ser humano le teme más a la intemperie de lo inédito que al dolor domesticado. En lugar de arriesgar en un movimiento de ciento ochenta grados que nos plante ante una realidad por desarrollar, preferimos volver a lo mismo en un giro perfecto de trescientos sesenta grados donde el paisaje nunca cambia y el alma termina por desgastarse de tanto rozar contra las mismas piedras.
Y esta resistencia a romper el bucle no siempre es una conducta individual, una herida íntima, en estos momentos es también el reflejo de un país entero.
Hoy, Venezuela camina sobre una geografía fracturada por los recientes terremotos. La tierra tembló para recordarnos, con la violencia de un eco subterráneo, que nada de lo que creíamos sólido era inmune al colapso. Ante las fachadas caídas, los ascensores clausurados y las calles agrietadas, el primer instinto del miedo es el de reconstruir el pasado tal y como era: levantar exactamente los mismos muros, habitar las mismas esquinas, volver a la “normalidad” previa al sismo.

Pero ahí se asoma, con crudeza, la ironía del retorno. Volver a levantar el país sobre los mismos cimientos defectuosos, ignorando las fallas geológicas y, peor aún, las fallas políticas y sociales que nos trajeron hasta aquí, sería condenarnos a la misma réplica.
El terremoto, en su terrible contundencia, vino a quebrar el círculo. Nos dejó a la intemperie, sí, pero también nos obligó a mirar el subsuelo. No se puede sanar una tierra herida pretendiendo que el suelo no ha cambiado. La reconstrucción no puede ser un acto de nostalgia arquitectónica, sino un renacimiento, pero desde la consciencia de no repetir los mismos errores, de no confundir esperanza con una normalidad que ya no existe más.
Propongo, entonces, una subversión poética e irónica de este verbo. Que la palabra volver no sea una invitación al retroceso, sino un decreto de transformación. Hay una enorme dignidad en negarse a habitar las ruinas de lo que ya caducó. Si hemos de usar la fuerza giratoria del volver, que sea para darle la vuelta a la página, para volcar el tablero, para modificar el espacio que ocupamos. Ya basta de revolución cuando lo que se necesita es evolución. No más caudillos que se burlen del pueblo y sí, un pueblo que sepa exigirle a sus representantes.
Y para los que están fuera pensando en regresar: Bienvenidos, nativos y extranjeros; pero que ese regreso sea uno que consuele no que marchite. Si has de volver, que no sea a los mapas viejos ni a los puertos extintos. Que sea un retorno hacia adentro, un repliegue sobre tus propios pasos para hallar el impulso que te arroje a lo desconocido, a un lienzo en blanco donde puedas crear, planificar, construir futuro. Que la vida no sea un círculo cerrado, sino una espiral ascendente: una arquitectura que de lejos parezca repetir la misma vuelta, pero que a cada giro nos descubra un cielo suspendido a una altura diferente.
Porque, el destino de una nación que ha visto crujir sus estructuras no puede ser el regreso ciego a la casilla de salida. Si Venezuela ha de “volver”, que no sea a la normalidad del letargo o a las viejas dinámicas que el mismo sismo terminó de sepultar.

Que el regreso sea un acto de audacia: volver a la raíz para sembrar una madera distinta; volver a mirarnos a la cara entre las ruinas para diseñar un horizonte inédito.
Que la reconstrucción sea un giro que nos arranque del suelo agrietado y nos eleve, peldaño a peldaño, hacia una ingeniería más justa, más humana y, sobre todo, más fuerte que el próximo temblor. Al final, la única forma hermosa de levantar un país herido es asegurándose de que las nuevas ventanas se abran hacia un paisaje donde el miedo ya no tenga cabida y nuestros muertos se sientan realmente honrados.
Porque, en lo personal, yo no quiero volver a lo mismo, no quiero regresar a una normalidad parasitaria, a un “como vaya viniendo vamos viendo”.
Ya fue suficiente de estar imitando a la noria del parque que gira y gira sin propósito, debemos tener la determinación de hallar esa belleza sagrada que existe en el acto de negarse a ser el eco de otro eco. Yo quiero volver a una certeza en construcción, a una forma legítima y definitiva donde nos aseguremos un lugar en el que nunca hayamos estado antes.
Porque jamás se trató de volver sino de empezar.
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Actor y cronista teatral
Columnista en The Wynwood Times:
Textos y guiones









