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No, el hombre no tiene la culpa, el sistema sí

No, el hombre no tiene la culpa, el sistema sí

Algunas consideraciones sobre la actual —e innecesaria— batalla de los sexos

Por Aglaia Berlutti.

Hará unas semanas, mi amigo Z. me comentó que en ocasiones tiene la sensación de que los hombres blancos del mundo tienen “la culpa” de todo lo que ocurre, para bien o para mal. Me lo dice —sin ánimo de burla, tampoco de acusación— luego de leer uno de mis artículos sobre la violencia patriarcal que incluye algunas reflexiones sobre la cultura de la violación. Sólo expresa en voz alta una extraña versión de la responsabilidad masculina sobre una circunstancia que le sobrepasa y en ocasiones, es algo más que una idea abstracta. Me sorprende leerle pero sobre todo, que por un momento, me pregunto cuándo el debate sobre la igualdad de género se convirtió en una acusación directa y personal. O mejor dicho, el hecho de que alguien la considere de esa manera. 

 —No es la primera vez que escucho algo así —me dice mi psiquiatra cuando le comento lo anterior— últimamente el feminismo se concibe como una forma de odio, lo cual es lamentable, porque nació para ser justo lo opuesto. Pero el enfrentamiento entre detractores y activistas, con frecuencia tiene esa consecuencia directa: que existan bandos, generalizaciones. El dedo puesto sobre la llaga. 

No sé qué responder. Me pregunto en cuántas ocasiones he dicho o hecho acusaciones sin querer o incluso, llevada por la impotencia que produce el activismo cuando la causa choca contra una pared de resistencia. Me refiero en específico a ser feminista en un continente en que el movimiento se considera innecesario porque “hay un matriarcado” (leí eso, de manera textual hace poco), en la que la violencia de género se considera “cosas de pareja” y aún peor, en la que se normaliza la versión infantil de la mujer. Ese esquema de las cosas que te etiqueta bien pronto: o eres santa, puta, madre abnegada. La mujer latinoamericana tiene pocas opciones y el trabajo del feminismo es una batalla campal contra la noción sobre la necesidad del cambio y esa percepción del privilegio masculino como inevitable. “El mundo funciona así”, me dijo mi padre en una ocasión, cuando le reclamé un comentario machista. Me miró aturdido, como si no comprendiera mi malestar: “Eso deberías saberlo”. 

El caso es que a medida que el activismo se hace una causa personal (que la llevas a todas partes, que se convierte en parte de tu vida), la posición política que asumes está en todas partes de tu vida. Y te lleva esfuerzos ignorar que está allí, a la periferia. Una especie de conocimiento invisible que cambia para siempre el modo como comprendes lo que ocurre a tu alrededor. El velo púrpura, le llamamos en feminismo, a esa noción de descubrir el machismo en todas partes y como nos afecta a todos. De pronto disfrutas una película y te preguntas por qué el personaje femenino debe mostrar el escote (y mostrarlo bien y en primer plano) mientras intenta resolver el dilema que salvará al mundo. O el motivo por el cual, algunas heroínas deben aguardar que el héroe de turno se descuelgue por la pared y le extienda su musculoso brazo para salvarse, cuando la escalera que la llevaría a espacio seguro estaba unos cuantos pasos más allá. O por qué debes temer llevar falda corta cuando caminas por la calle, si sólo es una pieza de ropa o el motivo por el cual, el maquillaje que llevas puede hacerte menos o más idónea para una plaza profesional. Las preguntas están, casi nunca tienen respuestas. Y es esa sensación de agobio —no encuentro un término más apropiado para definir la constante inquietud que te sigue a todas partes— la que hace que antes o después, comiences a buscar culpables. ¿No hay hombres que se opongan a esa cadena de jerarquización tan evidente? ¿No hay hombres que cuestionen el sistema? ¿O realmente el privilegio se encuentra tan normalizado que no notan lo que ocurre a su alrededor? Mi psiquiatra suspira con cierto cansancio. 

 —Se trata de algo más. El patriarcado beneficia a algunos mientras menosprecia a otros. Pero ese beneficio pasa factura: Un hombre debe ser un hombre, lo que equivale a decir que debe complacer esa noción sobre la masculinidad que se impone y que se justifica con la palabra viril. De modo que el privilegio tiene un precio. Sólo que a nadie le importa que tan alto es. 

Una vez leí que en Babilonia, había una retorcida celebración anual que consistía en arrojar en brazos de una enorme escultura de oro del dios Baal, a los niños recién nacidos con defectos. Los muy pequeños. Incluso, los que los Sacerdotes de la deidad consideraban “poco dotados para vivir”. Los brazos del dios eran dos palancas de metal, con pequeñas plataformas en la que los cuerpos de los niños se retorcían bajo el sol quemante horas tras horas. Al morir, los padres recibían el peso de los bebés en oro, para que “no olvidaran la bondad de Gran Baal y engendraran hijos dignos de la ciudad.” Pienso en la imagen mientras pienso en las palabras de mi psiquiatra y después me pregunto, si se trata de una metáfora muy melodramática para un hecho concreto: El patriarcado es un sistema que se sostiene sobre el poder de uno sobre otros. 

 —No es tan sencillo —insiste mi psiquiatra— nadie disfruta del verdadero poder cuando sostener el mecanismo implica parte de tu bienestar. Piensa en eso. 

No se trata de un pensamiento sencillo, la verdad. Desde hace más de quince años he dedicado mi trabajo como escritora —y buena parte del fotográfico— a ponderar sobre la mujer, su lugar en la sociedad y el esfuerzo titánico que supone la revalorización de la figura femenina. Ha sido no sólo un debate continuo, una investigación que nunca acaba sino además, de enfrentar un tipo de odio y resentimiento difícil de definir. Una feminista es por definición alguien incómodo, que no encaja demasiado bien en ningún lugar. De modo que podría decir que he pasado una década y media de mi vida en un debate continuo sobre los derechos (propios y ajenos) mientras aprendo a lidiar con la resistencia que supone esa idea. ¿Cómo analizar la perspectiva del hombre presionado, señalado y culpabilizado? 

 —Odio la consigna “No todos los hombres” —me dice una amiga cuando le hablo sobre lo anterior—. Es una excusa infantil para excusarse de la responsabilidad que supone la violencia. Si no la detienes, esa omisión es una forma de infringirla, ¿no es así? 

Mi amiga es estudiante de un doctorado en psiquiatría y decidió que el tema de su tesis sería la ceguera masculina sobre los derechos de la mujer. Tomó como base uno de los cuentos de la escritora Carmen María Machado —incluido en el libro “Su cuerpo y otras fiestas”— y comenzó a analizar el teorema del hombre como observador de la violencia femenina. “No todos los hombres violan” pero casi ninguno intervendría en la paliza de una mujer, o detendría a uno de sus amigos mientras lanza insinuaciones sexuales en plena calle. “No todos los hombres” pero pocos se enfrentarían a la reacción de manada que provoca una violación grupal. ¿Es suficiente no hacer otra cosa que observar? Ella cree que no. 

 —Lo entiendo, pero tampoco eso hace responsables a los hombres por el comportamiento de todos sus congéneres. Eso es injusto y además, no tiene sentido —insisto. 
 —Todos somos responsables unos de otros. 
 —¿Hasta que punto?
 —Supongo hasta el hecho de evitar que nos hagamos daños entre sí. 

Una idea hermosa, ideal…pero poco realista. Recuerdo de nuevo a Z., que me insistió que al leer testimonios y artículos sobre feminismo, tiene la nítida sensación que “todos los males del mundo” proceden del hombre, blanco, y además con privilegios económicos. Él es uno de ellos…y de pronto se encontró que la noción entera sobre el patriarcado parece sostenerse sobre sus hombros. Por supuesto, que en comparación, su posición es un privilegio por encima de millones de mujeres en el mundo e incluso, hombres. Pero aún así ¿Incluye el activismo de género una acusación tácita?, mi amiga suelta una carcajada un poco amarga. 

 —Los hombres no se educan solos —me dice— y eso es un hecho. Pero también lo es que a cierta edad, ya cualquier hombre sabe que el hecho de maltratar a una mujer, abusar de los límites físicos, obtener mejor salario sólo por ser un hombre, está mal. ¿Por qué hay tan pocos que toman posición al respecto? ¿Por qué hay tan pocos que asimilan la idea y luchan por lo justo? 

Lo mismo podría decirse de las mujeres, pienso, pero no se lo digo. Un considerable número de mujeres, consideran al feminismo una contradicción a “lo femenino” (me lo han dicho más de una vez) y de hecho, las críticas más feroces, mordaces y duras contra el movimiento de la defensa de los derechos de género…son mujeres. Mujeres que insisten que el feminismo “no las representa”. Que jamás aceptarán ser “masculinizadas” por un conjunto de ideas que “contradicen” a lo esencial de lo femenino. Se trata una resistencia dentro del mismo núcleo del sistema, que se sostiene sobre una concepción de la mujer muy conservadora, apoyada por la misma mujer. Mi amiga suspira, pone los ojos en blanco. 

 —La mayoría de esas mujeres no saben lo que realmente es el feminismo.
 —Los hombres tampoco. 
 —Entonces es hora que ambos se eduquen al respecto ¿No? —dice mi amiga y la noto irritada, incómoda— a lo que me refiero es ¿por qué se les perdona a los hombres la indiferencia y a las mujeres, no? Es otra dimensión de todo esto. 

No es tan sencillo. Unas semanas atrás, conversé con uno de mis amigos más queridos y le hice una pregunta simple: “¿Apoyas las reivindicaciones del feminismo?” Él miró la grabadora que puse sobre la mesa y dejó correr el tiempo, mientras la pantalla digital contaba los segundos a una velocidad asombrosa. El largo silencio se convirtió en una expresión de franca incomodidad, hasta que por fin encogió los hombros. 

 —Creo que el feminismo está incluido en las nociones de cualquier sociedad civilizada —me dijo por último— no sé si los apoyo, pero naturalmente rechazo que una mujer sea considerada un ciudadano de segunda categoría. Ahora, mi pregunta para ti es más sencilla ¿cómo se instrumenta eso? ¿Qué hago para hacer patente que para mí no tiene mucho sentido discriminar a nadie por su género o por cualquier otro motivo? 

 Ahora me toca el turno de quedarme en silencio. No hay una respuesta sencilla para eso, aunque parezca que sí. Pareciera muy fácil tomar partido por una causa política, crear un activismo directo, hacer muy visible la opinión militante. Pero no lo es. En realidad, se trata de una “toma de conciencia” —una frase que puede significar cualquier cosa, en realidad— sobre la identidad colectiva y el individuo. ¿Cómo comprendo a la cultura en que nací?, y en la misma línea de ideas ¿cómo me comprende, en reflejo? Con el feminismo no es algo distinto y mucho más, en una época, en que el movimiento se encuentra en constante escrutinio y debate. Las redes sociales distorsionan el sentido de lo que puede ser o no el feminismo. Lo convierten en una lucha de individualidades enfrentadas entre sí. En una batalla dialéctica sin el menor sentido. 

¿Eso disculpa al hombre o a la mujer de no conocer los alcances de un movimiento? No lo sé, a veces resulta arduo —en realidad, agotador— que toda discusión y conversación deba atravesar el necesario filtro del género y la reflexión filosófica. En ocasiones, necesitas que una película sólo sea una película y a pesar del filtro púrpura, quieres disfrutarla sin que te frustre o te preocupe el hecho de la igualdad, la paridad o cualquier objetivo análogo. También, una conversación puede ser sólo una conversación y no tener ribetes de discusión política. Y es allí, esa línea en como se analiza el movimiento, sus implicaciones y alcances. ¿Cómo incluir a todos los que deberían estar interesados y no lo están? ¿Como eximir o adjudicar responsabilidad cuando se trata de una propuesta que tiene un alcance amplio, que supone un tipo de implicación que no puedes exigir de inmediato? Sí, el feminismo es necesario. Pero no, no es una obligación apoyarlo. Y me llevó años comprender algo tan simple. 

 —Pero jamás te llamarías feminista —le digo a mi amigo. Esta vez suelta una carcajada. 
 —¿Eso existe?
 —Claro que sí. 
 —No, jamás me llamaría de esa forma. Deseo lo mejor para todo el mundo, pero no quiero estar involucrado en ningún movimiento. No me motiva la idea. 

Mi amigo Z. también es blanco y con un buen estatus económico. Es el hijo de un empresario regional que tuvo una educación costosa y que en la actualidad ocupa un importante cargo gerencial. ¿Está en su mano hacer las cosas más fáciles para el feminismo? Sin duda. ¿Es su obligación? Ese es un cuestionamiento duro, es una idea compleja. Porque aunque sin duda la respuesta ideal podría ser sí —un acierto moral— nadie le obliga. Nada hace imprescindible que deba asumir un papel activo sobre determinadas ideas. Y eso no le hace culpable. Aún así, él es un buen padre que educa a sus hijas “con ideas de mujer fuerte” —así las define— y que sin duda, se asegura de que su esposa de diez años se sienta en igualdad de derechos. ¿Es eso suficiente? 

 —La pregunta es ¿cómo implicar al hombre si le culpas? —me dice—, entiendo que el proceso para lograr la igualdad tropieza con todo tipo de obstáculos. Y sí, necesita ayuda para movilizarse, para ser efectivo. Pero al mismo tiempo tienes a grupos de feministas insultando hombres, dando por hecho que todos los males de la mujer son “culpa” del hombre. ¿Cómo se maneja eso?

He escuchado ese argumento en diferentes partes y lugares. Algunas veces cargado de mala intención, otra por completo sincero, como el que me escribió Z. desde la preocupación y la incomodidad. Sí, hay un debate dialéctico que incluye insultos —inevitable, supongo— y una evidente tensión que facilita el acceso inmediato a la gran conversación en redes sociales. ¿Eso juzga a todo un movimiento? Por lo visto, puede convertirse en la cara visible, pienso con cierto desaliento. Puede además, ser el elemento que convierta al feminismo en ese concepto incómodo que debes repasar y repensar para analizar en otra escala. Pero la gran pregunta tiene relación con algo más concreto: ¿Que obliga a cualquiera a brindar su apoyo a una idea política? 

 —Dicho así, nadie está obligado —dice mi amigo— pero entiendo que hay una cierta responsabilidad correlativa. Yo velo por ti y tú por mí. Pero ese juicio inmediato “el hombre tiene la culpa”, no es tan sencillo de sobrellevar e ignorar. 

Me pregunto cómo explicarle que tan dificil es para una mujer la vida cotidiana, sin parecer una víctima —que no es la intención— y tampoco, menospreciar los escollos diarios que debe enfrentar. Hablo de cosas sencillas, como evitar las calles solitarias o grupos de hombres, porque tienes miedo —a veces sin motivo, otras por todos los motivos—, cuidar cómo vistes porque puede interpretarse como una invitación a la violencia. Vivir en una cultura en la que una mujer recibe insultos y menosprecio constante por lo que hace o por cómo vive, si decide tener hijos o no, si decide permanecer soltera o no. Luchar por abrir camino en espacios que se consideran naturalmente masculinos. Y está esa otra dimensión de las cosas: esa mirada que minimiza a la mujer por el sólo hecho de serlo. 

 —Te refieres a lo que te pasó —dice mi amigo.
 —Es el mejor ejemplo. 

Se refiere a la complicada experiencia que sufrí cuando alguien que conocí por años, me acosó por redes sociales. Al tratar de cruzar el extraño páramo legal de mi país —destruido y socavado a todo nivel— me tropecé con todo tipo de preguntas y cuestionamientos. “Algo le hizo a ese tipo, para que reaccionara así”, me dijo uno de los fiscales que me atendió. Cuando pedí a una mujer para mi caso, me miró con sorna. “Ustedes son cómplices”, dijo con una sonrisa cínica. Cuando finalmente obtuve ayuda legal —que aún tramito— tuve que enfrentarme a una anquilosada maquinaria que protege al agresor. Pero aún así, soy uno de los pocos casos que realmente recibió respuesta efectiva: eso, gracias a mi insistencia y al hecho que tengo conocimientos legales, algunos contactos y sí, dinero. Pero no ocurre lo mismo con todas las mujeres en mi país. De hecho, pasa con muy pocas. Escuché testimonios escalofriantes de mujeres acosadas que deben soportar insultos, maltratos y abuso por años, antes que la ley les considere como víctimas. O que incluso, sea factible incluirlas en la percepción de la necesidad de recibir ayuda legal. ¿Cómo explicar eso a un hombre? Lo más probable es que jamás tendrá que sufrir algo semejante. Más allá: de sufrirlo, tendrá herramientas legales, apoyo y sin duda, la credibilidad de su parte. Privilegios que para la mujer forman parte de la batalla por lograr reconocimiento y visibilidad. 

 —El problema radica es que culpar al hombre no soluciona el problema —insiste mi amigo—, ¿qué podemos hacer? 
 —Ah sí, este es el mundo que heredaron —le digo. Sonríe con tristeza. 
 —Lamentablemente, es así. 

Tenía doce años cuando una de las monjas del colegio en el que estudié, se enfureció cuando le pregunté por qué aceptaba “servir” a Cristo. Le expliqué que no entendí el concepto de servidumbre y que me parecía que una mujer inteligente y divertida como ella merecía mucho más que ser “sumisa”. Recuerdo la mirada entre furiosa y confusa que me dedicó. 

 —Así son las cosas, el mundo funciona así —me respondió.
 —¿Pero usted está contenta con eso? 

No me respondió —recibí un castigo a cambio— pero la duda continuó allí. Y sigue allí por años, incluso ahora. Continúa en la idea sobre cómo funciona el mundo y qué podemos hacer para cambiarlo, que es creo, la gran intención de cualquier activista. ¿Cómo incluir a los hombres en un cambio semejante? Pienso en todas las leyes que benefician al sexo masculino, redactadas por hombres y votadas por sus pares con poder legal. Pero también en el hecho que todo sistema es de hecho, un legado cultural que inevitablemente recibes sin que tengas una idea clara de lo que tienes entre manos. De nuevo en el sillón del psiquiatra, suspiro mientras miro al techo del consultorio. 

 —La idea sobre el hombre que apoya el feminismo requiere que se comprenda algo básico, todos estamos bajo el puño de un sistema que te dice qué hacer y cómo comprenderlo —digo en voz baja, como si me limitara a reflexionar en voz alta sobre mis ideas—, ahora bien, la gran cuestión es ¿quién le interesa cambiar el mundo si funciona a su medida?
 —Pero eso no lo hace culpable del mundo como es —responde mi psiquiatra.
 —No, por supuesto. 
 —El género no se define por lo que concibes sobre él, sino sobre lo que te dicen debe ser —añade— de modo que un hombre no tiene la culpa de lo que le enseñan, pero sí la responsabilidad de qué hacer con ese conocimiento. 

Como Z. y también como mi querido amigo. Al final, me digo más tarde, mientras tomo un café a solas para meditar las ideas de la sesión, el tema es mucho más profundo que una guerra entre hombres y mujeres. Se trata de una versión de la realidad, una incompleta que juntas, pueden crear algo más profundo y duro de asimilar. Miro a mi alrededor, hombres y mujeres que ríen en conversaciones bulliciosas. Somos esta extraña mirada sobre la identidad, combinada con un tema de conciencia del mundo que deseamos reconstruir. ¿Eso es suficiente?, me pregunto mientras disfruto de un sorbo de café. Seguramente no. 

El gato estrábico y el cuerpo como campo de batalla

El gato estrábico y el cuerpo como campo de batalla

Por Aglaia Berlutti.

Tengo una camiseta con el estampado de un gato que abarca todo mi pecho. Tiene una “¿expresión?” furiosa y un tanto harta, además de llevar anteojos. “He hecho algunos cálculos y no podemos mantener al perro”, se lee más abajo. Hará un par de semanas, la llevaba cuando un conocido me miró y se echó a reír.

—El gato bizco—dijo.
—¿Qué dices?
—Bueno…que la camiseta…se estira y…no…

Parecía incómodo aunque yo seguía sin entender la broma o el motivo de su incomodidad. Por último, en un súbito momento de lucidez comprendí a qué se refería. Como me suele ocurrir con frecuencia, me apresuré a cruzar los brazos sobre el pecho, azorada y un poco molesta. Mi interlocutor con vena humorística ahora estaba evidentemente avergonzado y un poco molesto.

—No es para tanto.
—Claro que lo es.
—Pero ¡Era un chiste!

No le respondí. Más tarde, me miré en el espejo furiosa, frustrada y como no, cansada de esa sensación inevitable que mi cuerpo es inadecuado, que llevo a cuestas desde hace no sé hace cuánto tiempo. El estampado de la camiseta parece estirado y un poco deformado por…sí, el tamaño de mi escote. Tanto como para que los ojos del minino de la tela tengan un aspecto estrábico. Realmente es gracioso, me digo con un suspiro. Es un chiste original. Si por supuesto, no me hiciera sentir tan observada, desconcertada y abrumada en mi propia piel.

Tengo pechos grandes. Dicho así, la frase tiene algo de vulgar, pero en realidad, se trata de la descripción más objetiva que puedo hacer de mi cuerpo. Lo más curioso del asunto, es que en realidad no soy voluptuosa pero el tamaño de mi escote supera con creces al resto de las curvas de mi cuerpo. El resultado es incómodo y un poco absurdo: como si mi imagen corporal tuviera poca o ninguna relación con lo que imagino sobre mí misma, o que al menos analizo como parte de mi identidad.

Hace unos días, leí que a un sentimiento semejante se le llama “dismorfia”, que según la literatura médica que consulté se trata de un “Trastorno mental caracterizado por la preocupación obsesiva por un defecto percibido en las características físicas”. No coincide demasiado con la incomodidad que me hace sentir el tamaño de mi busto —que no considero en realidad un defecto— pero sí, con la preocupación obsesiva por el asunto. Vamos, no se trata en realidad de “una obsesión”. Es algo más parecido a una sempiterna sensación de encontrarme expuesta, muy visible. Que mis pechos no son sólo partes de mi cuerpo, sino una de las maneras en que se me define.

Es una idea angustiosa, sobre todo si vives en un país tan machista como el mío y que además, se encuentra completamente obsesionado con la figura femenina. Tener pechos grandes y aún lo suficientemente firmes como para que nos les afecte la gravedad, implica que todo lo que haces, la manera en que luces, incluso la forma en que te comportas, se sexualiza casi de inmediato. De pronto, todo parece relacionarse con el volumen de tu cuerpo, con esa apariencia pseudo erótica que tu cultura presiona y elabora a partir de un imaginario limitadisimo, basado en un sustrato inclemente sobre el aspecto de la mujer. De modo que tener pechos grandes, no sólo es un accidente biológico. Es también una especie de confrontación frecuente con el ideal erótico de un país que disfruta definirse como “ardiente y tropical”.

En Venezuela se le llama “pechonalidad” al atributo de un busto de considerable tamaño y aunque el mío continúa siendo discreto en comparación a las maravillas estéticas logradas por el bisturí de un cirujano, durante buena parte de mi vida he debido de enfrentarme a hombres que le hablan directamente a mi pecho, con mujeres que menosprecian mi inteligencia debido a ese único rasgo físico, con el hecho que incluso mi trabajo fotográfico parece impregnado de un inevitable sentido erótico por el mero hecho de mi talla de sostén. Puede parecer risible —a veces incluso a mí me lo parece— pero en la mayoría de las ocasiones, tengo la sensación de que mis pechos son una parte incontrolable de mi individualidad. Una pieza suelta de la definición que tengo sobre quién soy, que no calza en ninguna parte y no lo hará jamás.

—Hay gente que paga por tenerlos así ¿Y tu te quejas? —me dijo una de mis amigas en una oportunidad— Chica, ponte un buen sostén y disfruta de la vida.

“Disfrutar de la vida”. Bien, supongo que podría hacerlo. Romper el convenio que hice con mi propia mente de asumir mi sexualidad como algo privado y no una bandera simbólica y usar mi “pechonalidad” para deslumbrar y llamar la atención. Muy a lo latino. Celebrar que soy una mujer que nací con la bendición de un par de pechos sanos, de considerable tamaño y sexualmente apetecibles y…¿qué?, me pregunto mirándome al espejo, desnuda y cohibida. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Es natural que sea tan torpe?, ¿que me mire y no me reconozca del todo? Sí, lo sé. Debo agradecer que mis atributos sexuales sean hermosos y atractivos. Pero ¿qué ocurre si no deseo tenerlos? En ocasiones, he fantaseado con pedirle a un cirujano estético que haga el mismo milagro que lleva a cabo a diario, pero a la inversa. Transformar la gloria voluptuosa en algo mucho más discreto, acorde con la forma en que me miro, me comprendo, desearía ser.

—¿Estás loca? ¿Una cirugía? —se escandalizó una de mis tías— Muchacha por Dios ¡Cómprate un buen sostén y deja de sufrir por una necedad semejante!

Sí, desde luego que es una necedad. En un país con una gravísima crisis económica, social y cultura, hablar sobre el tamaño de los pechos es una osadía. Pero la necedad me acompaña a todas partes. La necedad hace que desconocidos se pasen la lengua por los labios mientras me contemplan el pecho sin ningún tipo de disimulo. La necedad hace que lleve capa sobre capa de ropa, en un intento absurdo de disimular aquel atributo sexual que no pedí y que me define, a pesar de no desearlo. Lo pienso mientras me ajusto el brassier de lycra para deportistas que uso a diario. Nada sexy, nada encantador, nada delicioso. Un sostén que me ofrece una cierta tranquilidad que no puedo explicar demasiado bien.

—No me digas que tienes problemas con tu identidad sexual —se burla uno de mis amigos más queridos—, sería el colmo.

  1. es gay y desde que nos conocemos suele insistir que soy la mujer cis más “neutra” que conoce. En otras palabras: mi cualidad femenina no es exagerada, a flor de piel, evidente. Soy una mujer que disfruta de maquillarse, de la ropa elegante, que lleva el cabello largo y bien cuidado. Pero también llevo ropa bastante unisex, en ocasiones me veo como un muchachito joven de ojos muy grandes. O en eso existe M., que se ríe a carcajadas cuando el enésimo desconocido me dedica una mirada larga y exhaustiva que va a detenerse justo en mi busto. El día en particular, llevo pantalones grises de punto, una blusa blanca de manga corta, zapatos negros, un discreto collar de plata. El cabello trenzado alrededor de la cabeza. Pero mis pechos, rebeldes y violentamente directos, son muy visibles entre tanta sobriedad. Una redondez maciza, blanda y supongo que atractiva. Un espacio de mi anatomía que parece responder a otra voz y a otra intención más allá de la mía.

—Ignora el tema, ya estás volviéndote loca por algo sin importancia —dice M. más tarde— ya tienes edad para superarlo. Hazlo.

Lo he intentado, claro. A los dieciseis era verdaderamente delgada, muy frágil y pequeña…con un busto bien desarrollado que era imposible de ocultar. Decidí volverme un poco marimacha en respuesta y hasta los veinte, mi aspecto era una especie de mezcla de entre una mujer a medio construir y algo más amargo. Después, tomé la resolución de aceptar mis pechos tal y como eran: los fotografié, los miré con cariño, incluso llegué a lucirlos con cierto orgullo. La consecuencia inmediata fue una oleada de atención incontrolable y violenta que me afectó en más de una hora manera. Mis fotografías se volvieron experimentos eróticos —alguien me llamó “La Dama boudoir”— y en una ocasión, alguien rechazó mi curriculum como escritora por mi “superficialidad”. Cuando pedí explicaciones, me habló que una editorial como la suya no podía contratar a una “exhibicionista”.

También por supuesto, están los hombres de mi vida. Los amantes, los novios, los fuck body que han insistido que mis pechos son extraordinarios, tentadores. Cada uno de los hombres que he llevado a mi cama, ha tenido una opinión distinta y cuando finalmente, el conflicto con mi cuerpo me hizo entrar en una guerra ciega y casi violenta con mi identidad corporal, los pechos grandes representaron una época absurda sobre cómo me comprendía. Todavía lo hacen. De forma que sí, luché por superarlo. Luché por…¿qué?, ¿encontrar un sentido a esta combinación imposible entre lo que miro en el espejo y lo que imagino en mi mente sobre quién soy? No lo sé.

—Existe una teoría que nuestros conflictos corporales tienen relación con nuestras relaciones familiares —dice mi psiquiatra— ¿has pensado que pueda ser eso?

¿Que mi incomodidad por el tamaño de mis pechos refleja mi terrible relación con mi madre? No sé que decir a eso. Me quedo muy quieta en la butaca. Hoy llevo una blusa cerrada al cuello, un suéter ligero y me inclino levemente hacia adelante. A veces tengo la sensación que he pasado buena parte de mi vida encorvada, ocultando con los brazos esa plenitud mía que no sé muy bien de dónde proviene.

—No creo que sea tan sencillo.
—Plantéatelo —me dice mi psiquiatra con amabilidad.

Lo hago. De nuevo, me miro desnuda frente al espejo. Mis caderas son inexistentes. Mis piernas son un poco rollizas esencialmente por mis malos hábitos alimenticios, mi trasero no abulta demasiado. Pero allí están, gloriosos y radiantes, mis pechos. Enhiestos y puntiagudos, diría Anais Nin. O. “Amplios y que parecen abarcar el mundo”, diría Henry Miller.

¡Pechos!

Mientras en mi mente, soy una mujer neutra —¿asexual, quizás?— que por ahora atraviesa una etapa de anomia, de cierta tristeza corporal, de una búsqueda de significado que no parece llegar nunca a un buen puerto. Suspiro. Me pongo de nuevo el sostén de lycra, me siento en la cama. Me miro sin reconocerme. ¿Es tan complicado este simple detalle? ¿Es tan…?

—Es tu cuerpo, el reflejo de lo que eres o sientes. Así de importante es todo esto.

Me lo dice la más vieja de mis tías. Con casi ochenta años, vive en su casona descuidada del Este de la ciudad. Me gusta visitarla, sentarme en silencio en su salón polvoriento y tomar su mal café. Camina con un bastón y según los chismes familiares, fue una célebre belleza de la ciudad. Ahora es una anciana de cabello blanco y grueso, que usa zapatos ortopédicos y tiene las manos hinchadas por artritis. Se deja caer a mi lado y me mira detrás de los cristales de sus anteojos. Sus ojos verdes se ven enormes y cansados.

—Me siento ridícula preocupándome por algo así.
—Todas las preocupaciones son ridículas, pero son nuestras.

Me sirve té de frambuesa. Me mira cruzar los brazos sobre el pecho mientras espero que la taza deje de humear.

—Algún día dejará de doler que te miren primero el pecho y después a los ojos.

¿Así de romántica y prosaica es la cosa? Pero ¿en realidad es prosaica? No lo sé. Añado dos cucharadas de azúcar a la taza. La revuelvo con lentitud. Tía me mira, con su taza entre las manos deformes.

—Mi profesor de fotografía favorito me dijo una vez que de no conocerme bien, me trataría como “las niñas pezón” que abundan en el país —le cuento—. Es como una gran máscara, los pechos. Un espejo en el que te miras y te devuelve un reflejo doloroso.

Mi tía no dice nada. Ya no es tan lúcida como solía serlo y creo que ya olvidó la mayor parte de la conversación que sostuvimos. Pero lo poco que duró, fue hermosa y sentida. Me tomo el resto de té mientras ella me habla de sus perros, del recuerdo de su marido muerto y al final se queda callada.

De nuevo, tendida desnuda en la cama. Pienso en mi cuerpo como una isla, como una mirada más allá de mi misma. Como una especie de conexión con el Universo de las cosas que no siempre tiene que se razonable. Y quizás, allí está el meollo de todo el asunto, me digo envolviéndome en las sábanas y a punto de quedarme dormida. Quizás el tema es algo más duro, elaborado, inquieto. Una mirada a un sistema planetario lejano y doloroso. A una idea rota sobre la mujer que soy.

Cosas absolutamente idiotas que con frecuencia le preguntan a una feminista

Cosas absolutamente idiotas que con frecuencia le preguntan a una feminista

Por Aglaia Berlutti.

(¿Y quién es este viejo gordo con una cámara que corona la entrada? Prometo explicarlo al final. Les va a gustar la historia)

 

Parte I:

Oye ¿Por qué llevas sostén si eres feminista?

Respuesta educada:

La lucha por la igualdad que incluía protesta en aparentes símbolos de dominación masculina se superó hace treinta años. Las mujeres tomamos control sobre nuestra vestimenta.

Respuesta de loca:

Ponte un par de melones colgados del pecho y dime cuanto aguantas sin llevar sostén.

Hará un par de días, una tal “Rosa” me llamó feminista entre comillas en Twitter, por algún motivo que desconozco. Todo esto ocurrió después de que diera una opinión personal sobre Trump (que no me agrada), el país que preside (que adoro) y por supuesto, todo lo que está ocurriendo en Venezuela a partir de esa premisa. En resumen: toqué el viejo punto de “toda feminista es izquierdista porque así lo ha dispuesto el mundo”, algo que por supuesto, no puede ser más inexacto y falta de profundidad. Lo más molesto, es que la sutil agresión provenía de una mujer: la leí con la sempiterna sensación que me provoca la idea de que nuestro género ha sido educado para rivalizar durante tantos siglos y de tantas formas, que subsiste como un pequeño olor fétido en escaramuzas inesperadas. Al final “Rosa” me dejó claro que “no hacía falta tratar de entender qué le decía” (le sugerí analizar las posibilidades infinitas del pensamiento estratificado) y cerró la conversación con un escueto “bye”. ¿Para qué me molesto? pensé entre deprimida y un poco exhausta.

Bueno, en esencia lo hago porque creo imprescindible hablar de todos los temas posibles sobre el feminismo, me digo mientras continúo opinando sobre libre mercado, Trump con su piel color naranja y el inesperado coletazo de la historia que puso a Venezuela de pie frente a una extrañísima coyuntura geopolítica. Porque el feminismo es uno de esos temas incómodos, dolorosos, increíblemente grimosos que ponen a prueba la escasa paciencia para el debate con que fui dotada, pero también me obligan a analizar la necesidad de comprender mi activismo como algo más que una frase.

Sí, soy feminista, académica, de hueso rojo, velo púrpura. Soy feminista que en privado aplica el Test de Bechdel a todas las películas que ve y saca conclusiones al respecto. Soy de las feministas que no estará jamás de acuerdo con el lenguaje inclusivo —juro que no es contradictorio, amigues— y que se ríe hasta el cansancio del estereotipo que se ha creado alrededor de mi trabajo. Porque hay que reír, me digo mientras empiezan a llegar mensajes directos a mi box de Twitter. Porque si uno no llega a reír…

“Feminista y comunista ¿no quieres la libertad de tu país?”, me espeta alguien. Al minuto, llegan dos mensajes en la misma tónica, cuatro, cinco. En diez minutos serán media docena. En media hora, cincuenta. A la hora, dejé de contar. Madre mía ¿no debí hablar de Trump?, me digo y suelto la carcajada. Ah claro, me digo. El “Comunismo” de la feminista, ese feo revés histórico que te hace llevar a cuestas un peso que no te pertenece.

¿Los respondo o no los respondo? ¿A las groserías, insultos, insinuaciones? Oye, incluso creo que alguien me llama “loca amante de Michelle Obama” (ese título si me gusta)

¿Cómo me pasan estas cosas?

Pasan porque soy feminista, sin más.

¿Simplista?

Se los voy a explicar.

Parte II:

Oye ¿Por qué crees en libertades económicas sí eres feminista?

Respuesta educada:

El empoderamiento femenino tiene en la libertad económica un gran aliado. La intención es que cada mujer del mundo pueda ser independiente de manera financiera.

Respuesta de loca:

Porque gano más que tú idiota, y quiero gastar mi dinero.

Hace unas cuentas semanas, alguien hizo siguiente comentario en mi TimeLine de Twitter “Las feministas tienen un reconcomio directo contra los hombres, que creo evidencia falta de alguna actividad sexual”. Poco después, el mismo user insistía “Todas las feministas son comunistas —lo sepan o no— y también odiadoras de hombres”. Para rematar, el invisible interlocutor dejó muy claro que “Estaba muy harto del complejo de inferioridad de las mujeres”, con lo cual parecía resumir lo inútil que le parecía cualquier tipo de debate sobre la inclusión y la igualdad de género.

Como es de suponer, leí todo aquello con una sensación de asombro e irritación. Me pregunté dónde encajaba yo allí: para empezar casi todos mis amigos son hombres y no creo que mi feminismo o mi noción sobre él, tenga relación alguna con mis sentimientos hacia el género masculino. Desde la infancia, he tenido profundas amistades emocionales e intelectuales con hombres y no sólo con los que han sido mis parejas. Y es que, para empezar, la mayoría de las veces, es una visión simplista creer que la identidad masculina y cómo se manifiesta, es el motivo por el cual el feminismo existe. Al menos, para buena parte de las mujeres que conozco, la idea es evidente y sobre todo coherente: el feminismo no es una guerra emocional e intelectual contra los hombres. Es una lucha por aspirar a la inclusión legal y cultural que merecemos como ciudadanos y no por el hecho específico de mi género. Aspiro a los mismos derechos que cualquiera porque los merezco.

Y por supuesto, no me considero “comunista”, que tampoco sería malo o bueno, sino simplemente una elección política como cualquier otra. Soy todo lo liberal que puede ser un ciudadano en la treintena y que escoge con deliberada consciencia de por qué lo hace su parecer político. Me defino como liberal, me opongo a cualquier control del Estado, apoyo el libre mercado y confío plenamente en el Capitalismo, por terriblemente desconsiderado que eso suene. De manera que luego de leer la parrafada del desconocido, me cuestioné hasta qué punto soy parte de esa noción general sobre lo que una feminista debe ser.

Claro está, no me sorprende esa percepción y es hasta cierto punto lógica. El Feminismo teórico no sólo propugna toda una serie de ideas de izquierda clásica, sino que las admite como parte de su propuesta. Pero no es todo lo que es el feminismo, ni tampoco una parte sustancial de todo lo que el feminismo puede ser como propuesta. También, conozco las campañas de “odio hacia lo masculino” propugnada por varias ramas extremistas del movimiento, que acusan con el dedo extendido a todos los hombres por lo que llaman “subyugación moral”. Pero eso tampoco es el feminismo. No al menos, como yo lo comprendo y debo decir que luego de casi dos décadas de convencido activismo, sé muy bien cuáles son mis aspiraciones políticas e ideológicas. Lo he analizado con tanta profundidad como para que formen parte de mi vida y también, como para sacar algunas conclusiones al respecto.

Para empezar, soy feminista en un país lo suficientemente machista como para que resulte incómodo. Durante buena parte de mi vida académica y profesional, me he enfrentado a miradas de reojo, risitas bajo cuerda y cejas levantadas cuando pronuncio en voz alta la temida palabra “feminista”. Y lo hago con muchísima frecuencia, he de decir. Justo por el hecho que de pronto —y exactamente no supe cuando— la palabra se convirtió en una grosería, en una ofensa hiriente e incluso, en un teorema burlón. Algo como que ¿Eres feminista? ah vaya, que profunda tu causa con axilas velludas y senos feos al aire. ¿Por qué no hay feministas feas? ¿Por qué todas son gordas? ¿Por qué no hay feministas que admitan les gusta el sexo? ¡Vamos caramba, admítanlo!

—Bueno, lo dices tú, no yo: pero es obvio que en lo que respeta al feminismo hay una ruptura base y elemental que resulta preocupante a la distancia —dice mi amigo Juan, sociólogo, con quien suelo conversar de esas cosas. Juan se llama así mismo “observador de los debates de género” y disfruta de lo lindo cada vez que alguien me despierta “la señora maligna interior”, término que define a mi otro yo discutidor y muy mal humorado. De hecho, nuestras conversaciones siempre suelen comenzar por ideas más o menos elementales como: ¿Por qué en Venezuela se crían machos y no caballeros? y matices por el estilo. —Lo que ocurre es que ser feminista es enfrentarte al hecho no sólo de la defensa de lo que crees son tus derechos, sino además a algo más intangible. —Claro. Hablamos de una idea social tan antigua como esencial. El binomio de hombre y mujer.

La primera vez que supe era feminista ni siquiera sabía que había una palabra para definir la ira que sentí cuando una maestra de la escuela me llamó “machorra” al preguntarle el motivo por lo que había cosas para “niñas” y para “niños”. Luego de una infructuosa tanda de preguntas, la mujer pareció impacientarse y siguió con la insistencia que una “niña de bien” no discute esas cosas. Las acepta.

—Entonces yo no soy una de esas niñas —recuerdo que le grité— yo quiero saber por qué las cosas pasan así. Y no me gustan que pasen así.

A la maestra no le gustó nada ni el grito ni la actitud y terminé castigada por semanas sin recreo. Pero con todo, recuerdo con enorme claridad que me sentí especialmente bien —a pesar del castigo y las burlas de mis compañeras— por haber dejado claro lo que pensaba. Me gustó la sensación de poder que me hizo sentir. Y pensé que era algo muy bueno decir las cosas en voz alta.

Así que después, cuando un desconocido me llamó puta por mi afición a las faldas cortas o cuando alguien me dijo que no podía aspirar a determinado puesto en el consejo estudiantil porque era una muchacha, supe qué debía hacer. Supe qué responder y cómo enfrentarme. Supe que podía no sólo defenderme, sino que, además, debía hacerlo. Y que eso era una forma de manifestar mis ideas. Una manera de construir mi forma de ver el mundo.

Supe que era una feminista.

Una de las fastidiosas, además.

Parte III:

Oye, si eres feminista ¿Por qué te maquillas los labios de rojo?

Respuesta educada:

Porque lo estético es una forma de desconstrucción que te permite tomar decisiones sobre tu apariencia.

Respuesta de loca:

¿Maquillaje?, esa es la sangre de mis víctimas 😀

Como conté más arriba, a los diez años, hice mi primera proclama feminista. O al menos, así podría interpretarse. Juan suelta una carcajada cuando se lo cuento. Una muy maliciosa.

—Lo que ocurre es que el Feminismo no es una idea simpática. Se enfrenta a tantas cosas a la vez, que es obvio y notorio que tropezará con alguna que se considere sagrada y sobre todo, de esas que la sociedad considera inamovible —me explica—, una mujer que asume desea reclamar derechos y responsabilidades, se va a encontrar con que se enfrentará a la educación que le dieron en casa, con la cultura que le rodea e incluso con la religión que profesa la mayoría, no es sencillo.

No lo es. Recuerdo que la primera vez que comenté en voz alta que me atraían las ideas del feminismo, varios de mis amigos me miraron con la ya clásica expresión de “¿Y ahora qué hacemos?”. Me encontraba en la Universidad, era una muchacha pálida y desgreñada que acababa de descubrir que la inquietud que había tenido durante años tenía nombre y no tenía el menor empacho en mostrarla. Uno de mis amigos se aterrorizó un poco con eso.

—¿O sea serás un machista con falda? —me dijo. Lo miré extrañada—. Yo sólo aspiro a que nadie me tenga que juzgar por el hecho simple que soy mujer. Quiero ser un ciudadano a pleno derecho, nada más. — Ya lo eres — me recordó otro. — ¿Hablamos del código Civil?

Eso era un chiste viejo que hizo reír a todos. Después de todo, como estudiantes de Derecho, sabíamos que las leyes venezolanas eran tan machistas como lo habían permitido la conservadora sociedad que había redactado las leyes vigentes. De manera que sí, todos asintieron, admitieron que tenía algo de razón —no toda— y me pidieron que al menos si empezaba a odiarlos, que les advirtiera para tomar precauciones.

—Lo haré, lo haré —les dije muy convencida. Y también reí. ¿Por qué no hacerlo?

Supongo que es muy fácil resumir la idea del feminismo en un enfrentamiento directo con lo masculino, aunque no tiene por qué serlo, y de hecho la mayoría de las veces no lo es. Pero hablar sobre un movimiento social estructurado de mujeres para mujeres, no siempre es sencillo, sobre todo para una cultura que todavía se pregunta por qué diablos las mujeres decidieron reclamar si todo estaba tan bien.

—Se trata de una idea costumbrista: si todo funciona ¿Para qué cambiarla? —me dice Juan— la mayoría de las veces, las feministas se tropiezan con esa percepción de “las cosas marchan como deben de marchar”, que invalida de origen el reclamo. Es algo complicado de analizar, sobre todo cuando no estás en una posición de poder.

En una ocasión, reclamé en el rectorado de la Universidad donde estudiaba que un profesor me había quitado un par de puntos en un examen por analizar “desde la perspectiva de la mujer” algunas ideas “objetivas”. Cuando le expliqué que el hecho que varios personajes de la Literatura fueran simplemente esquemas repetitivos y sin mayor peso era un hecho verificable, el funcionario que me atendió puso ojos en blanco. Casi le escuché pensar “Y tener que soportar a esta mujer”.

—No se vaya a sentir ofendida por eso —me dijo casi con fastidio. Me encogí de hombros.

—No me molesta. Lo que sí me irrita es que mi análisis se considerara femenino porque lo hago notar.

—No se me ponga feminazi —me reclamó, mitad en chiste, mitad en broma. No supe qué responder a eso, esencialmente porque no conocía el término.

Bienvenida al mundo real: al mundo donde si reclamas mucho, bordeas el incómodo trecho entre ser un incordio y el tradicional dolor en el trasero. O lo que es lo mismo, en el ámbito de las ideas de género, una feminazi. ¿Y que describe tan poco generoso término?, a una mujer irritante, al parecer. La palabra fue creada en 1990 por el locutor conservador Rush Limbaugh que mezcló los términos “feminismo” y “nazismo” para describir a las mujeres que por entonces exigían en EEUU el derecho al aborto. Poco después se popularizó y actualmente, es la definición habitual para desvirtuar al feminismo. Pero ¿a quién le interesa? Pienso desalentada. La idea es desvirtuar y atacar a un movimiento incómodo.  La manera más sencilla de infravalorar una lucha política es resumiendo a lo básico. ¿Reclamas, te vuelves insoportable? ¿Insistes en decir tus ideas como las concibes? Pues tienes tu nombre: Feminazi.

—Cualquier movimiento político y social siempre será concebido desde la periferia y a través de sus carencias —me dice Juan— es mucho más fácil reducir al feminismo en un sentido burlón de mujer-quema-sostenes-machorra-odiadora de hombres que lanzar un argumento, que implica sostener un debate.

Una idea que he enfrentado toda mi vida, claro. Soy respondona y malcriada por naturaleza y eso, combinado con una idea política, puede resultar realmente irritante y fastidioso. Y admito que lo soy. Me gusta debatir los planteamientos, desmenuzarlos en palabras y reflexiones. Pero a casi nadie le gusta seguirme el paso. La mayoría me pregunta si me afeité los brazos ese día o si el “hembrismo” me dejó vivir otra semana. Casi siempre termino quedándome callada de puro aburrimiento. ¿Quién no lo haría?

Y ahora que tocamos el tema, hablemos del “hembrismo”, hermano bastardo del “machismo al revés” y que suele usarse para definirse un tipo de supuesto feminismo reaccionario. A veces bromeo con la palabra, la uso para definir esa fantasía masculina sobre lo que la lucha por los derechos puede ser. Más de una vez, la he empleado como idea que parece elaborar una percepción muy amplia sobre la fantasía de la reivindicación extrema y sobre todo, esa capacidad insistente de limitar la lucha social como simple enfrentamiento entre géneros. Juan sacude la cabeza, con cierto cansancio.

—El “hembrismo” es tan útil para el machismo como un doble espía. No sólo encarna lo que es su suposición sobre el feminismo sino que existe para demostrar que el feminismo “es una idea sobre el odio a lo masculino”. Puestos así, es super sencillo comprender por qué aparece la palabra de vez en cuando.

Hace poco, leía en el interesante blog de Nacho Moreno en Palomitas en los Ojos, que resulta interesante que sólo en artículos y argumentos relacionadas con críticas directas al feminismo, el “hembrismo” sea un concepto que se analice a profundidad, por lo cual concluye que se trata de “una pura invención que sólo podemos encontrar en los micrófonos, revistas y foros más casposos del internet. El machismo al revés no existe porque para que se produjera un fenómeno parecido tendríamos que revivir miles de años de cultura patriarcal pero ‘al revés’ cosa a todas luces imposible a no ser que nos pongamos inmediatamente a hacerlo”. Una idea para reflexionar.

Lo del “hembrismo” parece resumir ciertas inquietudes que me preocuparon por mucho tiempo. Cuando era más jovencita, me atormentaba la idea que el feminismo, como movimiento social pudiera ser sólo una propuesta destinada a convertirse en una especie de eco de ideas extremas. No quería repetir ideas de otros, quería reformular los planteamientos a mi medida. Y lo hice cada vez que pude. Adecué las ideas a lo que suponía correcto —coincidieran o no con la mayoría— y sobre todo, insistí en mirar las cosas desde mi perspectiva.

—Lo cual te hace “tibia” — se burla Juan, quien por años ha sido testigo de mis discusiones y peleas con otras feministas convencida que mi manera de ver las cosas es por completo equivocada. Me encojo de hombros, inconforme o inconforme por tibia.

Nos reímos juntos. No obstante, tiene razón: el planteamiento de adecuar el feminismo a mi particular punto de vista no es sencillo. Como todo movimiento social y cultural que se precie, ha pasado por transformaciones muy específicas y concretas. Lo cual es lógico, siendo que la llamada “Primera Ola feminista” nace en el siglo XVIII y llega a principios del XX en EEUU; una diatriba sobre la educación formal y aspectos específicos sobre la mujer, como la importancia sobre el acceso a la universidad, el acceso al voto y sobre todo, redefinir la identidad de la mujer. La Segunda Ola —y esta es la que suele ser llamada radical— tiene lugar en los años 60 y 70 y está relacionada con los movimientos de derechos civiles y contraculturales. De allí nace la idea del “Feminismo Izquierdista” y sobre todo esa noción del feminismo afianzado en ideas de reivindicación de clases y luchas de capitales. La segunda Ola llegó además para destruir la imagen tradicional de la mujer, poniendo en el tapete temas hasta entonces tabú como los derechos reproductivos, la libertad sexual y el acceso pleno al trabajo.

Supongo entonces que la Tercera Ola es esta toma del conciencia que el Feminismo puede ser muchas cosas y también, un solo planteamiento. La idea de integrar toda una serie de ideas sobre los derechos generales — más allá de la mujer y lo femenino — y asumir su valor. Una vez leí que la tercera Ola del feminismo es una idea en constante transformación, que admite cientos de excepciones. Y una de ellas, claro está, es la de comprenderlo de una manera privada. Esa noción del feminismo como elemento esencial de lo que se considera una construcción social para la mujer pero no exclusivamente sólo en lo que respeta al género.

Claro está, no son conceptos sencillos. Ni lo serán. Tampoco son simples de asumir desde la perspectiva del “feminismo es esto y lo otro”. Pero están, para ser analizados, para ser concebidos como percepciones ideales sobre lo que la sociedad puede ser. Después de todo, parafraseando a mi amada Simone De Beauvoir, uno no nace feminista. Se hace feminista,.

Una vez leí en un informe de la Comisión Europea sobre la mujer que el género lo componen “las diferencias sociales (por oposición a las biológicas) entre hombres y mujeres que han sido aprendidas, cambian con el tiempo y presentan grandes variaciones tanto entre diversas culturas como dentro de una misma cultura”, lo cual equivale a decir que lo que somos —como nos concebimos— evoluciona con el tiempo. Lo cual también es válido por supuesto, para lo que reclamamos como justo y más allá, lo que aspiramos a obtener. Porque el mundo, puede ser una esperanza y también una construcción de ideas. Pero sobre todo un proyecto a largo plazo en plena creación.

—¿Estás consciente que son tiempos temibles para el feminismo? —me dice Juan. Caminamos juntos por la calle y de pronto, el mundo parece enorme y yo muy pequeña, con mis batallas e ideas. Pero posible de construir, una aspiración incompleta— ¿Que no se trata solamente de la burla sino también del absoluto desprecio que despierta la idea?

Por supuesto que lo sé, me digo, a varios meses de distancia de esa conversación, mientras el interlocutor invisible en mi TimeLine continúa despotricando contra el feminismo y quizás contra la idea que representa. Pero después pienso que justo por ese desprecio, por esa furia, por esa noción de las cosas, es que vale la pena seguir luchando, insistiendo, enfrentándose. Al menos, yo sé que lo haré.

Ahora que has leído todo esto y me conoces un poco mejor, te pido: ¡sonríe para la foto! La imagen que acompaña la entrada es del fotógrafo Weegee especialista en retratar escenas criminales, cadáveres y morgues. ¿Quién mejor para retratar esta discusión a dentelladas con la historia? Pues yo no lo sé.

Así que Weegee. Así que feminista. Poco más tengo que decir sobre mí.

El comercial de Gillette, Game of Thrones, el amor romántico y todo lo que debes responder cuando eres feminista

El comercial de Gillette, Game of Thrones, el amor romántico y todo lo que debes responder cuando eres feminista

Por Aglaia Berlutti.

Esto ocurrió más o menos así: en algún punto de la madrugada, desperté al escuchar una notificación de mi teléfono celular. Aturdida y sobresaltada, extendí la mano y me apresuré a revisar la pantalla. “¿Estás?” Me lo preguntaba un amigo con quien no conversaba desde hacía más de un año y que, de hecho, reside en España. “¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Tu familia?” respondí mientras imaginaba cien tipos de desgracias distintas. Sí, lo admito, soy ese tipo de personas que los mensajes a altas horas de la madrugada le despiertan algún primito instinto catastrófico. “Estoy bien, solo quería preguntarte qué opinas sobre el comercial de Gillette” me respondió.

Lo anterior podría haber terminado mal —no terminó bien, en todo caso— de no ser porque durante mucho tiempo, he recibido mensajes semejantes —no todos a esa hora— sobre temas parecidos. Es lo que ocurre cuando te identificas como feminista —militante, visible y con deseos de dialogar— y dejas el agua correr. En realidad, hace algún tiempo asumí que la mayoría de la gente que conozco asume que el feminismo es una especie de rareza —peligrosa y radical— que debe tratarse con cuidado, a ser posible a la distancia y sin sacudirse demasiado. Como si de una bomba de relojería mal armada se tratara. Y que yo, vecina distraída, muchacha en redes sociales con chistes malos, articulista dedicada sobre el tema, soy una especie de puente entre esa noción del movimiento y una opinión más o menos comprensible sobre el tema. O es lo que he deducido, luego de años de escuchar comentarios, quejas, cuestionamientos, señalamientos sobre el feminismo.

De alguna forma, cuando te llamas feminista en voz alta y pública, abres una puerta imaginaria hacia un debate constante, que en ocasiones no deseas llevar a cabo pero que siempre, terminarás por asumir como parte de tus ¿cómo llamarlas? ¿responsabilidades? No hay un término fácil para el fenómeno y de hecho, termina ocurriendo tantas veces y de tanta formas distintas, que terminas convencida —para mal o para bien— que el feminismo necesita explicarse. Con marionetas de deditos. Con paciencia. Con la inagotable energía de saber que merece la pena.

—Oye, ¿Crees que Game of Thrones es una serie machista?

Eso me lo preguntó mi primo de dieciseis años de edad, que está justo en la coyuntura en la que quiere agradar a su novia, pero también a sus amigos. De modo que necesita saber qué contestar a uno y a otro, cuando tocan un tema de capital importancia, como por ejemplo si la serie suceso de la década, que además terminará en menos de cien días, es una imagen troglodita sobre el patriarcado convertido en mensaje social. Suspiro, mientras mastico un trozo de la hamburguesa que como en su compañía.

—No, no lo es. La serie asume la noción de la violencia como un mal inevitable, cualquiera sea el género del personaje —explico y tomo un sorbo de refresco—, no sexualiza la violencia ni coloca a la mujer como víctima propiciatoria.

Ahora le toca a mi primo masticar con lentitud la hamburguesa y supongo lo que le acabo de decir. Es un adolescente monumental, saludable y muy buenmozo, que le gustaría seguir en Venezuela aunque los planes de sus padres incluyen emigrar en seis meses. Cual sea el caso, está muy interesado en todo lo que ocurre a su alrededor. Y sobre todo, en agradar a la muchacha inteligente, sensible y curvilínea figura a la que considera “el amor de su vida”.

—O sea, todos se joden por igual —dice con la proverbial sabiduría de su edad. Tomo un sorbo de refresco.
—En resumidas cuentas, sí.
—¿Cómo sería machista?
—Si la violencia estuviera dirigida sólo a las mujeres y de una forma sexual, convirtiéndolas en objeto, en imagen erótica o…

¿De verdad estoy hablando esto con mi primo adolescente?, pues sí y me escucha con bastante atención. Se trata de un muchacho en pleno crecimiento en una sociedad machista que le insiste que la masculinidad se prueba con violencia y fanfarronería. Me lo ha dicho: me cuenta que en el equipo de fútbol, tienes “puntos de respeto” si logras derribar a otro jugador y “causarle dolor de verdad” o besar a varias mujeres el mismo mes (imagino que no quiso entrar en detalles sobre qué otras cosas podía hacer con esas mujeres). Pero cual sea el caso, mi primo se toma las cosas con calma y siempre hace las preguntas correctas, algo sorprendente a su edad. A cualquier edad.

—Entonces la puedo ver con mi novia sin que se ofenda —me dice. Sonrío.
—Puede se escandalice, pero no creo que se ofenda.

Parece satisfecho con mi respuesta. Y yo me siento un poco preocupada porque soy ¿qué cosa? ¿El punto de referencia? ¿La voz de las respuestas a las preguntas difíciles? Todavía no me ha preguntado de sexo ni sobre anticonceptivos, cosa que agradezco (imagino que lo hará, pregunto con cierto sobresalto). Pero bien, esto es lo que hay ¿no? me digo con una rara sensación de agria satisfacción. Nadie habla de estas cosas. O evitan hacerlo, al menos.

—¿No te parece que la ola de acusaciones sobre violaciones es oportunista y es una búsqueda de publicidad?

La pregunta me la hace ahora uno de mis mejores amigos de toda la vida. Estamos en fila para entrar al cine, rodeados de gente que habla en voz alta y escucha música a través de su teléfono celular (¿qué desgraciada costumbre es esa?) y me pregunto, si realmente es necesario hacerla en semejante situación. Pero mi amigo parece muy interesado, me mira con el semblante serio. Está interesado en la respuesta.

—No, ocurre porque otras víctimas siguen el ejemplo de las primeras. Se sienten apoyadas y protegidas. O descubren de pronto, que lo que les ocurrió fue algo realmente peligroso, doloroso y sin duda, duro de sobrellevar.
—¿Por qué esperar tanto tiempo?

Mi amigo es arquitecto y hace años me contó que en la oficina donde trabaja, una de sus compañeras acusó a su jefe directo de haberle tocado y de hacerle insinuaciones sexuales muy directas. El escándalo corrió por la pequeña empresa de inmediato: hubo habladurías, se tachó a la víctima de “puta” y “mentirosa”. Al final, la chica renunció y el jefe prohibió tocar el tema. Mi amigo tildó el asunto como “sórdido”. “Es una mujer decente, le creo”. Me pregunto por qué ahora, la noción sobre la víctima ha cambiado.

—Porque en ocasiones, una víctima necesita tiempo para asimilar que le ocurrió y enfrentar las consecuencias de la denuncia. ¿Recuerdas a la chica de tu oficina?
—Es distinto —dice con un suspiro.
—¿Por qué lo es?
—Era una mujer decente.

“Decente”. Vaya, es eso, me digo sin saber exactamente hacia dónde me dirige el pensamiento. ¿Qué es lo que un hombre latino considera decente? ¿Lo conservador al momento de vestir? ¿La conducta sexual tradicional? Le miro un poco inquieta.

—¿Sólo se puede ser víctima si encajas en la noción de la “decencia”?
—No es eso.
—¿Qué es entonces?
—Oye, admítelo aunque sea entre nosotros: si una tipa se va a la habitación de un hombre que no conoce, no está esperando sólo una conversación.

Se refiere al caso Weinstein, imagino. Bueno, a los cientos de casos que lo forman, en todo caso. Pero también a todas las mujeres que acusan a hombres de maltrato y que no encajan en la imagen de la víctima que se estandariza. La mujer que sufre, el rostro cubierto de moretones, que solloza de pena y miedo. ¿Qué pasa cuando la víctima lleva escote y minifalda? ¿O bebió? ¿O besó al hombre que la agredió? ¿Es menos dura la violenta que sufre por el mero hecho que transgredir el canon de la mujer tradicional?

—Ir a la habitación de un hombre no te hace elegible para ser violada —le digo.
—Pero te pones en riesgo.
—¿Los hombres son una manada de violadores esperando la menor oportunidad?
—No dije eso.
—¿Qué me dices entonces?

Que incómoda conversación en mitad del alegre bullicio a nuestro alrededor, los olores de la caramelería, los posters de las venideras películas a estrenarse. Pero aquí estamos, conversando sobre violencia de género en voz baja y entre murmullos, uno inclinado hacia el otro. Mi amigo es un hombre fantástico, adorable e inteligente. Uno de los más sensibles que conozco. ¿A cuantas personas se atreverá a confesarle semejantes dudas? ¿Cuantas personas le escucharán sin juzgar? Sacude la cabeza, abre un paquete de plástico con algunos caramelos de colores. Me ofrece uno rojo, mi favorito.

—Lo que digo es que no podemos protegerlas a todas. Se podrían evitar muchas tragedias con sentido común.
—Se podrían evitar muchas tragedias con hombres educados para saber que la violencia sexual no es viril ni que acosar a una mujer, te hace más macho. Eso para empezar.
—Oye, pero ese es el camino más largo.
—Es el único efectivo. ¿No me acabas de decir que no pueden “protegernos” a todas? Al cabo, nadie quiere que lo protejan. Quieren vivir tranquilos.

Avanzamos en la fila, que no debería de existir porque los puestos están numerados pero vamos, es Venezuela y es latinoamérica y así de festivos somos. Mi amigo suspira, me extiende otro caramelo.

—Es difícil esto —dice por último.

Que bonita palabra esa. “Difícil”. Se me ocurre que podría contarle todas las veces que debo escuchar a personas hablar de las víctimas de violación como putas, de las ocasiones en que alguien me pregunta por mi orientación sexual, vida privada e incluso, se burla de mi aspecto físico sólo por sostener este tipo de conversaciones. De todas las ocasiones, en que debo escuchar que un puñado de células sin forma, son más valiosas e importantes que la vida entera de la mujer que gesta. De cada momento en que debo defender que las mujeres tenemos el derecho de hacer lo que nos plazca, siempre que nos plazca. Sí, es difícil.

—¿Por qué las feministas se oponen al amor?

Ajá, esta pregunta es frecuente. Me la hace una amiga con quien converso por Skype desde Inglaterra y que me cuenta su último desengaño amoroso. Son las dos y media de la madrugada, tengo hambre y frío, no tengo fuerzas para prepararme un poco de café. Y ella me cuenta sobre todo lo que ocurrió entre el que por tres meses llamó “el hombre de su vida”. Un hombre con quien tenía sexo extraordinario, largas conversaciones, emocionantes viajes a Italia…y que también estaba casado.

—¿Por qué crees que me opongo al amor?
—Te cuento todo lo que pasó y lo único que me respondes es “estaba casado y esto iba a ocurrir. No estabas poniendo límites”.
—Porque eso es lo que iba a ocurrir. Y ocurrió.
—Es malsano que seas tan militante.

Ahora llora en la diminuta pantalla de Skype. Finalmente, tengo las fuerzas para arrastrarme a la cocina, preparar una taza de café en la cafetera greca y regresar frente a la portátil. Ella sigue allí, el rostro tenso, los ojos inflamados por el llanto.

—¡Yo amo así, Agla! ¡No puedo querer con reglas!

No respondo. Me pregunto hasta qué punto el amor romántico —la manera en que se idealiza, traspone límites personales y privados, se asume como justificación de cierta pérdida de control— resulta peligroso. ¿Cuántos hombres y mujeres no toman riesgos que jamás asumirán en otras condiciones porque están convencidos que el amor lo justifica? Sobre todo, a las mujeres se les educa con la convicción que el amor disculpa, sostiene y justifica cualquier esfuerzo, donación y sacrificio. Hace unos meses, la activista feminista Paloma Tosar López, comentaba en su magnífico artículo “La trampa del amor” publicado en la edición web del periódico “El País” de España, que la primera vez que trabajó con mujeres víctimas de violencia de género, le sorprendió que la gran mayoría insistía “estar enamorada” de su agresor. Tosar López cuenta en su artículo que la insistencia en nociones sobre el amor que rayan en lo peligroso, tiene una inmediata relación con la construcción social del amor romántico, esa idea tan general que asegura que todos debemos emparejarnos para ser felices y que amar, implica abandonar límites personales y la mayoría de las veces, el sentido común. Recuerdo el artículo de Tosar López, mientras mi amiga me cuenta por enésima vez que “por amor”, admitió ser menospreciada incluso maltratada emocionalmente, por el “hombre de su vida”. Que por “amor” soportó humillaciones sin cuento y al final, una ruptura durísima y descarnada, que no sólo puso en riesgo su estadía en el país al que emigró —el hombre del que se había enamorado era el abogado que le ayudaba en el proceso— sino incluso, su mera salud mental.

—Nadie dice que hagas nada con reglas, sino que priorices tu salud mental y física —le digo en voz baja. Con paciencia, Agla, me recuerdo. Está pasando el peor momento— necesitas cuidar de ti para que todo ese amor no te haga daño.

Ella me mira ceñuda, supongo que ofendida y furiosa. Recuerdo que cuando estábamos en la Universidad, se enamoró de uno de nuestros compañeros, que además de ser un patán de librito era también un sujeto peligroso que pasaba buena parte del tiempo consumiendo drogas de diseño en diferentes Rave de la ciudad. Era promiscuo, violento y en una ocasión llegó a levantarle la mano. Pero cuando la confronté, preocupada, ella le justificó —como no— con amor. “Nadie le entiende, nadie le conoce bien. Yo sí” me dijo en esa oportunidad. Y preferí no inmiscuirme ni tampoco insistir. A la vuelta de tres meses, el “amor de su vida” se había largado con otra a una de las paradisíacas playas de nuestro país, mientras ella sufría una ruptura violenta que le dejó incluso algunos moretones que mostrar de los que nunca quiso hablar.

—Hablas como si estuvieras muerta por dentro —me reclama. Se seca la nariz con un trozo de papel —es horrible que hables del amor así.
—No hablo del amor, hablo de ti. Hablo que debes revalorizar tu vida, tu forma de comprender como la vives —insisto— se trata de cuidar de ti lo suficiente como para que el amor sea algo hermoso en tu vida, no esto.

Silencio. Hace unos años, en una de mis primeras experiencias como activista feminista, conversé con una mujer cuyo esposo le golpeaba regularmente desde el mismo primer día del matrimonio. Era un hombre sin duda violento, con problemas de conducta y del que al final, había tenido que escapar. Pero ella recordaba las flores, los momentos extraordinarios, la dulzura de los contados momentos de amor “de verdad”. Este silencio me recuerda a esa conversación. La angustia que me hizo sentir, la idea abrumadora que la trampa de amar sin restricciones puede ser más peligrosa de lo que nadie supone.

—No es tan fácil —dice entonces ella.
—Nadie dice que lo sea.

En una ocasión, una de mis tías me llamó “la feminista de guardia”, luego que me escuchara debatir hasta el cansancio con su marido sobre “viajar sola” y no en compañía de un hombre, concepto peregrino y preocupante donde los haya. Mi tío insistía que ninguna mujer debe atreverse a “ir sola por allí” y que de hacerlo “debe atenerse a las consecuencias”. Por supuesto, no dejé de recordarle que la independencia física y emocional no es una invitación a la violencia. Al final, la conversación devino en una discusión malsonante que terminó con un portazo. Mi tia sacudió la cabeza, mirando la puerta del estudio de mi tío sin mucho interés.

—Déjalo, lo frustra no hacerse entender.
—Yo lo entiendo de maravilla —dije aún muy disgustada— su concepto es que las mujeres debemos permanecer en la casa y quedarnos allí, por “nuestro bien”.
—De ser así, nos habríamos divorciado antes del nacimiento de cualquiera de tus primos — contestó con sorna.

Mi tía era, de hecho, una mujer muy activa e independiente —microbióloga, a más señas— que pasó buena parte de sus primeros años viajando por el país para fotografiar todo tipo de muestras, además de ecosistemas en proceso. Algunas veces en grupo, casi siempre sola. La miré con interés.

—¿Cómo sobrellevaron eso?
—Haciéndole comprender que el problema no eres tú, es lo que ocurre más allá de ti.

Ah, como si fuera tan sencillo, pensé en esa oportunidad. La verdad, a veces siento que he pasado la mitad de mi vida adulta peleándome con hombres —y mujeres ¿a qué negarlo?— que se encontraban perfectamente convencidos de que la violencia es cosa confusa, social y por supuesto, algo con que las mujeres deben lidiar durante buena parte de su vida. Mujeres que deben evitar ser golpeadas, maltratadas, insultadas, acosadas, violadas. Mujeres que deben evitar caminar por calles oscuras, desconocidas, a cualquier hora del día o la noche. Mujeres que deben evitar hablar con desconocidos, conocidos o cualquiera, porque el peligro está allí pero nadie parece entenderlo bien. Más de una vez, el razonamiento de “deben cuidarse” pareció englobar la idea el mundo masculino es un lugar inaccesible para la mujer, peligroso y hasta letal. La idea me provoca un angustioso sobresalto.

—Lo intento y mira como reacciona —le dije a mi tía en esa oportunidad—, soy “loca e imprudente” por insistir que una mujer no debe aprender a protegerse, sino los hombres a no violar.
—Es una idea que le resulta desconocida.
—Es una idea realista.
—Por eso eres nuestra “feminista de guardia” —dijo entonces mi tía con una carcajada— para explicar esas cosas desde la experiencia.

Ah, esa es una idea no muy agradable, recuerdo haber pensado. Recordé todas las preguntas, discusiones, debates en lo que me había visto arrastrada por el solo hecho de admitir que sí, que asumo como un deber y responsabilidad personal la defensa de los derechos de la mujer. Que dediqué parte de mi vida adulta a exponer ideas que me preocupan, me inquietan y deseo debatir en público. ¿Eso en qué me convierte?, ¿en una voz autorizada?, de ninguna manera. Más bien, alguien que desea racionalizar su punto de vista sobre el mundo. Analizar el bien y el mal. Comprender lo que ocurre en el mundo y nuestra época como parte de su vida.

No es sencillo y supongo que para nadie lo es. Además, ¿qué puedo quejarme yo?, me digo luego de responder con una nota de voz malsonante lo que pienso sobre el comercial de Gillette a mi amigo tan interesado, al otro lado del mundo. Sólo soy una mujer que escribe, investiga y cree firmemente que el feminismo es necesario, una forma de asumir la dimensión histórica de la figura de la mujer, una forma de crear y construir una idea perenne sobre quiénes somos y quiénes podemos ser. ¿Eso me hace idealista o al contrario pragmática? Al final, trabajo tanto para mi bienestar como el de todas las mujeres que conozco. Eso tendría que ser suficiente ¿No es así?

“Oye y ahora que me respondiste ¿Crees que Captain Marvel es oportunista?”, me responde mi amigo. A la pregunta le acompaña el emoji de una carita que sonríe. Yo también lo hago. El trabajo no acaba nunca, me digo. Siempre habrá algo que debatir, aprender y demostrar sobre la igualdad y la necesidad de su existencia. Y eso es bueno, sin duda. O a mí me lo parece así.

“Lavalantula” contra la menstruación

“Lavalantula” contra la menstruación

Por Aglaia Berlutti.

Hace unos días, veía en el canal por cable SyFy, la extravagante película Lavalantula, en la que una horda de arañas con propiedades incandescentes fruto de la lava ardiente —de allí el nombre del film—, atacaban a una ciudad desprevenida. La absurda trama, muestra a un grupo de sobrevivientes que intentan escapar de improbable asedio, en medio de pésimos efectos especiales y actuaciones vergonzosamente mediocres. Una especie de fresco completamente surrealista y de bajo presupuesto, de algunos clichés sin sentido sobre la Ciencia Ficción.

En un momento de la película, uno de los personajes corre a esconderse de un enorme arácnido que atraviesa la calle dejando un rastro brillante de fuego líquido. El muchacho se queda paralizado en un callejón y mira a la criatura fabulosa correr de un lado a otro, presumiblemente buscándolo. Entonces ríe, con una mueca forzada, con los ojos abiertos en una mueca de fingida sorpresa.

“A veces la realidad es una fantasía retorcida”, dice y lo hace como si se tratara de una proclama de pura sensatez en medio de la locura sin nombre que le rodea, como si la frase pudiera resumir no sólo la historia en que se desenvuelve —en un rapto de autoconciencia— sino también esa perenne sensación que de vez en cuando todos tenemos que la realidad es simplemente un conjunto de ideas sin el más mínimo sentido, fragmentos de absurdo que no parecen encajar en ninguna parte.

Por algún motivo, pienso en esa escena de Lavalantula mientras me retuerzo con un espantoso dolor menstrual que ningún calmante, relajante muscular, té bien intencionado, ha podido calmar. Por casi tres horas, he estado acurrucada en mi cama extenuada, irritada e incluso, emocionalmente confusa, mientras espero que el malestar acabe. Aunque sé que no lo hará pronto. No obstante de estar consciente que en algún momento tendré que arrastrarme fuera del nido de sábanas y almohadas que me he construido para soportar los síntomas y salir a la calle. Porque padecer un calambre menstrual, no es ni mucho menos un padecimiento que se comprenda bien o incluso, pueda aceptarse como un sufrimiento físico lo suficientemente fuerte como para ser considerado algo más que “un malestar femenino”. Que no puedo llamar a la oficina donde me esperan y explicar que sufro de un dolor menstrual insoportable para explicar mi tardanza. Que algo semejante sólo se considerará una excusa barata, algo sin la mayor importancia. Tendida de lado, apretándome el vientre con los brazos, el pensamiento me causa una inmediata irritación, luego algo parecido a la frustración y por último sólo tristeza.

Y de pronto, como por accidente, recuerdo la escena de Lavalantula que describí más arriba. Esa absurda visión apocalíptica de arañas incandescentes paseándose por una ciudad de cartón piedra. Y pienso que mientras la mitad de la humanidad sufre de todo tipo de malestares, dolores e incomodidades cada mes exacto, la otra mitad lo ignora, lo invisibiliza, le resta importancia. Como si se tratara de una excusa barata, una fantasía sin mucho sentido, un padecimiento menor. Una araña de cuerpo incandescente que todos saben que no es real, a pesar de todo lo peligrosa que pueda parecer. Una exageración. Vamos, que si hasta mujeres me han comentado que la menstruación no es para tanto y una escritora que conozco me dejó muy claro que jamás leería nada sobre el proceso menstrual ajeno. “Si alguien quiere hablar sobre cómo duele o qué trastornos le produce la menstruación, eso es algo que no leeré”, dijo. Aún recuerdo su expresión de leve repugnancia al decirlo, la forma como me dejó muy claro que la menstruación era un secreto que debía mantenerse así. Marginal, sin que nadie lo mire demasiado o mejor dicho, le importe lo suficiente para como para analizarlo más allá de ese tabú ancestral sobre el tema.

Porque aún en la segunda década del siglo XXI, hablar sobre la menstruación está mal visto. No sólo por el prejuicio ancestral —esas “cosas de mujeres” que a nadie importa— sino, además, por esa noción que se trata de un proceso biológico que más vale mantener en secreto, impropio de ser debatido en voz alta, de admitirse como algo concreto. Una tarántula de patas de fuego, que todos miran de reojo porque en realidad sólo se trata de una exageración de algo corriente. Así que para buena parte de la cultura occidental —y no digamos la oriental— menstruar es un acto confidencial, que debe ser convertido en un secreto vergonzoso con el que hay que cargar una vez al mes. Después de todo, se trata de algo aparentemente repugnante sobre lo que la mayoría no quiere saber nada en absoluto.

O al menos, eso suele decir mi amigo M., para quién la palabra “menstruación” parece simbolizar una especie de recorrido incómodo e indeseable por ideas femeninas sobre las que no quiere saber nada. Eso, a pesar de llamarse así mismo “amante de las mujeres” y dejar muy claro que es un “casanova y buen amante” a toda prueba. “Como los de antes” puntualiza. Pero claro está, no quiere saber nada sobre la menstruación.

—Oye no es que tenga nada contra el cuerpo de las mujeres, ¡lo amo! —me intenta explicar incómodo cuando insisto en el tema— pero… ese particular resulta… entre melodramático y asqueante. ¡No es nada personal de verdad! —levanta las manos con gesto inocente—. Es que no es algo de lo que se deba hablar en voz alta.

Miro la taza de café que tengo entre las manos mientras le escucho, en un intento de no estallar en mal humor o saltar con alguna frase hiriente. Realmente intento ponerme en su lugar por un minuto: tercer hijo de una familia de sólo chicos, donde la madre es tan tradicional que raya en el tópico. ¿De dónde podría obtener M. el conocimiento para comprender la naturaleza femenina? En la televisión, el cine e incluso los libros, nunca se habla de la mujer que menstrua. El tema parece vedado, disimulado en unas cuantas líneas de comedias que se presumen de mal gusto y alguna que otra trama con argumento pretendidamente feminista.

Para ambos extremos, la menstruación es una idea excesiva, poco popular y no digamos digerible. De manera que se disimula. ¿Quién ha visto a alguna de las actrices de moda de la meca del cine menstruando? ¿Se las imaginan siquiera? ¿Qué ocurre con los personajes femeninos del cine y la televisión que parecen no sólo no sufrir de un malestar tan común sino estar libre de cualquiera tipo de incomodidad parecida? Hermosas, de buen humor, nada parecido a la imagen cotidiana de la mujer que sufre por dolores misteriosos que el espectador promedio no comprende y de los que no quiere saber, tampoco.

Así que no debería sorprenderme que M., en su proverbial buena intención, no sepa absolutamente nada sobre la menstruación. Porque incluso las mujeres más allá de la pantalla chica o grande, ¡tampoco hablan de ella! No existe, es de mal gusto, es un malestar misterioso que hay que ocultar. Incomoda, fastidia, despierta suspicacia. No importan los dolores, el malestar, el hecho simple que se trata de un proceso biológico como cualquier otro, pero que por maravillas de la naturaleza, solo atañe a la mujer. ¿Dónde encontraría la información de tener la intención de hacerlo? ¿Qué hallaría si en un momento inspirado de buena voluntad comenzara a intentar comprender que ocurre en el cuerpo de su compañera de cuarto, cama, vida una vez cada veintiocho días?

—Mira, de verdad, no es que quiera ser falta de respeto —insiste; ahora parece avergonzado, con las mejillas sonrojadas y los ojos muy brillantes—, pero la menstruación no es un tema que nadie quiera tocar. Mientras más oculto esté mejor.

Me pregunto qué hará M. cuando una mujer en su vida menstrúa o qué espera que ella haga, en todo caso. Si necesita para la sana convivencia entre ambos, que ella se ocupe de mantener su período como un secreto vergonzoso, esforzándose por no demostrar cólicos, dolores, malestar, irritaciones e hinchazones varias. Que deba procurar que ni una furtiva mancha de sangre se escape para dejar muy claro que la mujer que le acompaña no es el ideal que espera ni el objeto de lujuria inmáculo que aspira. Que es una mujer, como cualquier otra, que atraviesa un proceso natural que cada mes hace que su cuerpo reaccione, se transforme, sufra una serie de pequeños malestares. Trato de imaginar a M., lidiando con toda la idea y no puedo hacerlo. En mi mente, le veo paralizado, incómodo y ofuscado por el simple hecho de pensar que la mujer que le acompaña pueda sufrir algo tan vulgar como la menstruación.

La imagen mental me hace recordar el caso de la poetisa Rupi Kaur, que hace unos meses publicó en su cuenta de Instagram un par de fotografías donde se le veía dormida llevando un par de pantalones de franela manchados por unas gotitas de sangre. La escena se repetía en una imagen de su cama, también manchada por lo que presumiblemente era menstruación. No hay desnudos directos o sugeridos, tampoco algún tipo de material que pueda ser considerado ofensivo, grosero o algo semejante. Sólo unas manchas de sangre tanto en la ropa como en las sábanas de la artista. La propia autora hizo hincapié en su visión casi íntima de la imagen y sobre todo, su cualidad de documento de ensayo y denuncia. “Esta fotografía es parte de una serie publicada en mi web que tiene el objetivo de desmitificar la menstruación”, explicó en su perfil de Facebook. Una obra de arte que intenta mostrar lo que casi nunca se muestra sobre el universo femenino.

Pero Instagram no pareció muy satisfecha con el mensaje sino mucho menos, con el intento de la poetisa por construir una idea sobre el período menstrual más cercano de la realidad que a la idea general vergüenza e incomodidad que suele producir el tema. Sin entender el mensaje tácito de la imagen, la red social la eliminó y dejó claro que de alguna manera misteriosa, la imagen infringía sus políticas sobre lo que puede o no publicarse a través de su herramienta. “La hemos borrado porque no cumple las normas de la comunidad”. Sin más detalles, Instagram dejaba muy claro que la menstruación —o mejor dicho, un par de gotas de sangre sobre la tela de un pantalón— resultaban tan ofensivo como un desnudo frontal, imágenes de extrema violencia o incluso, documentos visuales que incitaran al odio. Sólo por ser ese pequeño secreto incómodo que atañe a la mitad de la población mundial.

Rupi Kaur no se quedó callada y trasladó su protesta a Facebook, donde dejó un manifiesto muy claro sobre lo ocurrido: “Gracias Instagram por darme la respuesta que motivó mi trabajo. Habéis borrado dos veces mi foto alegando que va contra las normas de la comunidad. No me disculparé para no alimentar el ego y el orgullo de una sociedad misógina que prefiere ver mi cuerpo desnudo pero no acepta una pequeña mancha. Sobre todo porque vuestras páginas están llenas de imágenes de mujeres, muchas de ellas menores, cosificadas, sexualizadas con intenciones pornográficas y tratadas como algo menos que seres humanos. Gracias”.

Pienso en esas ideas —la vergüenza sugerida, la necesidad de ocultar el tema, la censura sin motivo— mientras M. intenta continuar explicándome por qué una mujer debe esforzarse por ocultar que menstrua. Lo hace, intentando hacerme comprender que se trata de algo de naturaleza incómoda, que no es “bien visto” que una mujer muestre algo “tan suyo” de esa manera. Lo escucho, terminando a sorbos el café que comienza a enfriarse en la taza y tratando de no disgustarme. O al menos no tanto como para no pensar en lo que responderé a continuación.

—Es algo sobre la intimidad de la mujer —concluye con expresión triunfante— no es misoginia ni nada por el estilo.

—¿Te gustan los desnudos? —pregunto con mi sonrisa más inocente; él parpadea— ¿La pornografía? ¿Te gustan las imágenes de pechos y traseros desnudos? ¿Te gusta los gif pornográficos que llenaban Tumblr?— no responde de inmediato. Se queda muy quieto, escuchándome como si no pudiera unir ambas piezas de la conversación y de pronto, entiendo qué está pasando en su mente. Lo veo tan claro como si pudiera leerla. No sólo se trata que para él las imágenes sexuales y sexualizadas de los cuerpos femeninos son tan comunes como el aire que respira, sino que no encuentra la manera de conciliarlas con dolores, vientres hinchados y gotas de sangre sobre la ropa. Para mi amigo, e imagino que para buena parte de la población masculina mundial, la menstruación no es algo femenino, no al menos la feminidad a la que están acostumbrados, a la que la cultura hace oda y celebra. Sino algo más turbio, extraño y directamente desagradable de lo que quieren tener noticia.

—No es lo mismo —balbucea al final. Termino mi café con un suspiro.

—¿Por qué no?

—Porque el porno y el arte erótico muestran una parte de la mujer que… —traga saliva— no es lo mismo, simplemente.

Hace unos meses, vi el documental La luna en ti de la eslovaca Diana Fabiánová. El metraje lleva un sugerente subtítulo: Un secreto demasiado bien guardado, y es que, de hecho, la pieza, analiza desde varias perspectivas ese misterio incómodo que suele ser la menstruación. Una mirada profunda a ese condicionamiento sobre el cuerpo de niñas y mujeres que no sólo parece crear límites y restricciones en la manera cómo se comprenden así mismas, sino cómo el mundo las comprende a ellas. La directora del documental profundiza en temas que casi nunca se tocan, como la insistencia de madres alrededor del mundo de insistir en que la menstruación debe esconderse como algo vergonzoso —“ningún hombre debe saber nunca cuándo estás menstruando” llega a decir una de las entrevistadas a su hija menor de edad— sino también esa sensibilidad mundial que obliga a esconder lo obvio. El documental, además, se enfrenta a esa idea dicotómica del cuerpo de la mujer: por un lado, objeto sexual y por el otro, una visión durísima y cruda que lo castra emocional y físicamente para conservar esa noción de lo bello y lo ideal. “Una mujer deseable no menstrua” comenta un entrevistado a la cámara de Fabiánová. “O si lo hace, no nos importa”

Y es que es inevitable preguntarse cómo un proceso biológico que en la antigüedad fue celebrado como mágico y poderoso, sea considerado actualmente como una especie de transgresión a la normal. ¿No resulta desconcertante que la menstruación sea un tabú tan fuerte que son contadas las películas, series e incluso libro la mencionen? ¿Qué sea el motivo por el cual el cuerpo de una mujer cambia y se transforma, pero nadie parezca muy interesado en analizarlo? ¿Por qué se considera pecaminoso, hórrido, grosero un estado natural tan corriente como cualquier otro?

Por supuesto, hablamos de una sociedad patriarcal, una cultura que por tradición disminuye e infravalora a la mujer. Una visión moral y casi religiosa que tacha a la mujer de pecadora, tentadora, débil y frágil. Nada personal, como diría mi amigo M., con su sonrisa inocente de muchacho. Nada que sea otra cosa que una tradición que se perpetúa y que en ocasiones resulta tan desconcertante como dolorosa. Una visión sobre el cuerpo de la mujer que resulta cuando menos humillante y más allá de eso, abrumadora.

La conversación entre mi amigo y yo termina en un incómodo silencio. Parece aliviado que sea así y mientras cambia el tema de discusión con enorme torpeza —la política, el cambio climático, el último chisme de la farándula— vuelvo a pensar en esa mala película de un canal de cable. En esa aproximación de la realidad caricaturizada, exagerada con el propósito de divertir. Como el de la mujer que es objeto sexual pero nunca debe mostrarse natural. O el de la imagen de la mujer que se pierden en ese híbrido de mil ideas en que la convierte la fantasía masculina.

No hay conclusiones para una idea semejante. Tal vez, una visión surreal y pendenciera sobre el universo femenino. Otra de tantas me digo, mientras camino por la calle, pensando en arañas mutantes incandescentes y dolores ocultos de los que nadie quiere saber. Una breve visión desigual sobre la realidad.

C’est la vie.