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Soltera, cuerda y sobreviviente: Porque la soltería es una opción y no una excepción

Soltera, cuerda y sobreviviente: Porque la soltería es una opción y no una excepción

Por Aglaia Berlutti.

Durante toda mi veintena, mi familia se tomó mi soltería como una más de mis excentricidades. Aunque de vez en cuando surgía la discusión “ya deberías asentar cabeza”, nunca fue una preocupación ni tampoco un tema incómodo que tuviera que evadir. Pero al parecer, al llegar —y rebasar— los treinta años, algunas cosas comenzaron a cambiar. De pronto, hubo una preocupación general sobre mi futuro, sobre mis opciones y sobre todo, por la necesidad que tomara “decisiones adultas” que por supuesto incluían matrimonio y engendrar hijos. Al principio, todo me pareció gracioso, después inquietante y finalmente, insultante. Porque la insistencia suponía que mi forma de ver la vida se encontraba no solo totalmente equivocada sino además, contradecía a la cultura donde nací. Un enfrentamiento dialéctico que tenía mucha relación con un enfrentamiento entre generaciones y además entre pareceres y opiniones sobre lo femenino, lo que se considera normal y lo que forma parte de esa percepción marginal de la individualidad cultural.

“Me molestó el ligero matiz en la idea de “ser” soltera y “estar” soltera o casada. ¿Puede un estado civil y una decisión emocional definirte?”

—Es normal querer casarte. Ser una mujer casada te da un cierto sentido de quién eres.

Escuché el comentario con cierta alarma. Me molestó el ligero matiz en la idea de “ser” soltera y “estar” soltera o casada. ¿Puede un estado civil y una decisión emocional definirte? Me encontraba en la cocina de una de mis mejores amigas de la Universidad, con quien durante años he sostenido discusiones semejantes. Para A. la decisión de casarse fue natural: lo hizo con apenas veinticuatro años y se convirtió en madre un par de años después. No hubo ningún debate sobre sus posibilidades o interpretaciones de su vida como adulta responsable. Y es que contraer matrimonio parece brindarte una cierta salvedad ante la mirada de una sociedad que te observa, te juzga, te define y sobre todo, te analiza a través de sus parámetros y como los aceptas. Claro está, no es justo decir que A. tomó el camino fácil. No obstante su complejidad tiene cierta justificación, según la sociedad que sostiene su interpretación.

—¿Como ser escritora y fotógrafa?— comento. Ella me dedica una sonrisa un poco maliciosa.

—Lo llamas “capacidad de procrear”, pero en realidad tener un hijo es una manera de asumir el mundo a través de alguien más, justamente lo contrario a la creación artística, que es una visión egocéntrica de la creación como lenguaje.

Por años A. escribió poemas y ganó algunos premios. Todos insistían que era una joven promesa de país y de hecho, durante un par de años, dedicó toda su energía a consolidar esa visión de si misma. Pero al contraer matrimonio y sobre todo, al convertirse en madre, dirigió esa potencia, esa pasión hacia su bebé, hacia ese pequeño micromundo doméstico. De manera que sabe de lo que habla, se lo plantea en términos claros. Que yo lo entienda o no, no es importante en realidad. Como sí parece ser mi caso. Hay una necesidad urgente de cuestionar mi valoración de la feminidad o esa necesidad mía de mirarme más allá de una interpretación tradicional sobre lo que deseo, asumo como normal e incluso las decisiones personales que tomo sobre mi cuerpo.

—A lo que me refiero es que podría ser madre, pero el “ser” una mujer casada implica además que mi posible maternidad tiene mucho que ver con contraer matrimonio —le explico—. El matrimonio solo es un acuerdo entre adultos, un contrato formal que le brinda una figura legal a ciertas ideas de convivencia.

—Dile eso a una madre soltera.

Me tomo un sorbo de café para evitar responder de inmediato lo que pienso. Y es que tengo que decir mucho sobre el tema: mi madre fue madre soltera y tuvo que maniobrar en ese delicado equilibrio entre la cultura que redime a la madre y justifica el machismo y el abandono. Lucho y no por abnegación sino por propia supervivencia contra la idea de encontrar la razón de la maternidad como parte de un acuerdo legal y más allá, una figura cultural. Fue madre pero no esposa y eso supone una diferencia, al menos en una sociedad conservadora como la Venezolana. Un pensamiento paradójico, si tomamos en cuenta que un elevadísimo porcentaje de los hogares en este país dependen únicamente de la figura de la Madre.

—O sea que para ser madre, también se debe “ser” una mujer casada —pregunto.

—No hablo de fórmulas sociales, es una manera de construir tu vida de manera ordenada —me insiste—, la familia como visión de la cultura no es un capricho, es una necesidad. No censuro a nadie pero creo que hay ciertas ideas fundamentales que deben conservarse.

Pienso en eso unas horas después mientras limpio mi apartamento. Tengo treinta y tantos años, no me he casado ni pienso hacerlo pronto. Tampoco sé si después lo haré. La maternidad está descartada. La idea simplemente no forma parte de mis planteamientos personales. ¿Qué tiene de malo eso? Mi amiga A. insistiría en que me estoy condenando a mí misma a un ostracismo social innecesario. Es una cuestión práctica, vamos, asumir que es mucho más fácil recorrer la línea transitada. Pero ¿es necesario? ¿Y si el experimento socialmente razonable te contradice? Pienso en todas las veces que me he preguntado si hay algo malo en mí por no asumir de manera tan sencilla esa imagen idílica que la cultura te vende como necesaria. Peor aún: he sido testigo de las muchas veces que ese mito popular del “matrimonio feliz” se resquebraja por la realidad. ¿Qué tiene de malo oponerse? ¿Qué tiene de preocupante una decisión distinta?

En apariencia mucho. Y es que con treinta y tres años cumplidos, ya no soy joven. O esa es la frase que más he escuchado durante el último año. Tampoco soy “sencilla”, lo cual parece significar que mi mal humor mañanero, mi poca paciencia, mi debilidad por las causas perdidas, mis obsesiones tampoco juegan a mi favor en ese equilibrio de evitar la pesadilla social de la solterona. Y es que parece haber un consenso general en el hecho que estoy pisando una frontera preocupante entre la libertad que se le permite a una mujer y la que puede disfrutar. ¿Qué va a ocurrir contigo a los cuarenta? ¿Qué ocurre contigo ahora mismo? ¿Cómo te planteas los años venideros a solas? Poco importan mis encendidas proclamas de mis planes, proyectos y sueños futuros. Una cosa está bastante clara: mi visión del mundo —que se traduce en palabras e imágenes— tiene poco que ver con esa otra percepción del mundo que se define por el “ser” casado, en contraposición con el sutil pero contundente matiz de “estar” casado.

El tema me rebasa a veces. Sobre todo cuando intento quitarle importancia, el polvo de mil tradiciones y de esperanzas culturales que no son mias. Y a veces me resulta. Una de mis primas siempre me alaba por vivir “a mi manera” y uno de mis amigos más viejos me celebra mis desplantes a los preguntones como zalamarias. Pero eso es un poco en juego: sigue inquietando el “después”. Porque esa insistencia en “ordenar mi vida” comienza a abrumarme un poco. ¿Estaré haciendo mal en seguir por la vida así, a la ligera? ¿Pero es una banalidad este desafío mio sin sentido a lo que se considera habitual? Yo creo que no, me digo con insistencia. Creo que me estoy mirando con toda sencillez, que simplemente analizo mi vida desde una perspectiva que es tan personal que quizás por ese motivo resulta extraña. Y por favor, no es que me considere especialmente “singular”. No creo que tomar decisiones sobre mi vida adulta me convierta en una heroína o en un Paria. Creo solamente en esa honestidad particular de decir “esto no es para mi” o quizás “esto ahora no es para mi”. ¿Por qué la sutileza? Sonrío mientras lo escribo. Muy probablemente porque una vez que rocé estos treinta tan complicados y enrevesados, la gran lección ha sido que nada es absoluto, mucho menos evidente o superficial.

Del amor y otras pequeñas batallas: De lo romántico a lo pragmático en una sola mirada.

Se habla del amor. Se habla de la pasión. Se habla del sexo. Son tres miradas distintas de las relaciones interpersonales que cualquier adulto ha cruzado, rebasado, probado y con toda seguridad superado. Buenas razones para decidir compartir tu vida con alguien y no siempre mezcladas entre si. ¿Suena poco romántico? No intento parecer pragmática pero he llegado a comprobar que hay una necesidad coherente que te lleva a asumir el riesgo de cruzar firmas y compromiso para enaltecer lo que compartes en una relación de pareja. ¿Es miedo entonces lo que me hace retroceder y no cruzar la línea? No lo creo. ¿Algo más cerca del desconcierto y la confusión? Podría ser y no dudo que haya un ingrediente determinante de inmadurez en mi decisión de seguir sola a pesar de las dudas, los momentos de doloroso cuestionamiento —lo hay, claro— y la simple presión social. Pero también hay la convicción de que no comprendo ciertas ideas, de que no puedo asumirlas como personales y eso impide que pueda incluirlas en mi vida, ya sea como una forma de expresión íntima o algo tan formal como una relación.

Mis relaciones amorosas siempre han sido erráticas, cortas y largas, apasionadas y dolorosas, como supongo lo son para todos los adultos de mi generación y de mi edad actualmente. Por ese motivo me resulta un poco extraño cuando alguien me insiste en que cambiaré de opinión, súbita y radicalmente con respecto al matrimonio cuando me enamore. ¿Qué ha ocurrido antes entonces? ¿Es una cuestión de amor o su interpretación?

—Ya me enamoré varias veces —explico. Mi interlocutor suele sonreír.

—No importa, ya te llegará el que te hará querer casarte.

Casi siempre recuerdo el amor pasional e intenso que he sentido por mis parejas. Los buenos ratos y los momentos crudos, esa extraña afinidad de creer y confiar en que una relación sentimental construye una manera nueva de ver la vida. ¿No es suficiente entonces la manera como he comprendido mis relaciones? Aparentemente no. O sí, y mi percepción es distinta, quizás. Casi siempre que hago ese comentario, mi hipotético interlocutor suspira, con aires de superioridad.

—No es lo mismo, habrá alguien que será distinto.

—¿Cómo?

—No lo sé. Distinto.

—¿Cada relación no es distinta?

Un tema espinoso. Porque hay un análisis de fondo, una idea que sugiere que simplemente, hay algo en tu visión del mundo que no está maduro y consistente como para responsabilizarte por tus emociones. La gran pregunta, por supuesto, que suelo hacerme es ¿Basado en qué se realiza ese análisis? ¿No es igual de válido que decida asumir la responsabilidad sobre mis sentimientos sin acuerdo legal de por medio? ¿Sería menos madre si decido concebir sin la ayuda de un compañero? Hay una infinita variedad, una graduación interminable de la idea que se mezcla no solo con los conceptos culturales de mujer, familia y lo correcto sino además, que se transforma en algo más, que se mira así mismo como inevitable e imprescindible. Pero ¿Qué pasa con la mujer o el hombre, si al caso vamos, que no desea contraer matrimonio por ninguna razón válida? ¿Qué ocurre con la mujer que no solo no posterga la maternidad sino que no forma parte de nada de lo que considera personal? De nuevo, surge la pesadilla cultura, el hombre y la mujer solos, sin propósito, el que transita al margen de esa gran visión de la cultura tradicional que de vez en cuando presiona tanto que sofoca. ¿Qué sentido tiene insistir en invisibilizar la excepción? ¿Quienes somos más allá de las etiquetas sociales?

En una nutrida reunión familiar, me siento a solas a observar a mis parientes conversar y reir en voz alta. Hay unos cuantos bebés de pocos años de edad correteando de un lado a otro y varias de mis primas bailan con sus jóvenes esposos. Y allí estoy yo, con mi cámara en mano, mirándolos a todos. Los observo y me pregunto por qué para mí las cosas no son tan fáciles. No es que me considere distinta: no es algo tan simple como una cuestión de rebeldía, tan fácil como una renuncia a ciertos valores para mirarme de manera más clara. Es que simplemente no logro comprenderme bajo el patrón que esquematiza las ideas: ¿Qué pasa con la soledad? ¿Con esta sensación de encontrarme fuera de cierta idea responsable sobre mí misma? No sabría bien cómo colocar la pieza faltante, pienso mientras me inclino y fotografío a una de mis primas pequeñas: es un bebé rollizo y feliz que me extiende los brazos y se abraza a mis rodillas. Le acaricio la cabecita redonda, sonrío con afecto. Y aún así, no me imagino a mí misma mirando a mi propia hija, riendo con ella, sosteniéndola en brazos. Ya va siendo hora que lo imagine ¿no es así?, me pregunto casi con crueldad. ¿Debería comenzar a considerar las opciones entonces? Ser madre sin “ser” esposa. ¿O ser mujer sin “ser” algo más que una identidad? No lo sé, me digo. El click de la cámara me parece ensordecedor, la sensación de asombro por lo que no soy también. Y continuo deambulando de un lado a otro, no solo en medio del feliz grupo que celebra, sino entre mis ideas. ¿Quién soy? ¿Qué deseo para el futuro? ¿Quién seré a partir de mis decisiones y quién soy por las que he tomado?

No lo sé, pero muy probablemente encontrar respuestas sea una forma de reafirmación. Una manera honesta de mirarme y de afrontar mis temores, mis disyuntivas y mi propia desazón.

Los hombres sí lloran: La nueva masculinidad y el poder de la madurez viril

Los hombres sí lloran: La nueva masculinidad y el poder de la madurez viril

“La masculinidad es un fenómeno en constante debate, mucho más en un continente en que la virilidad parece ser tan frágil”

Por Aglaia Berlutti.

Cuando estaba en la Universidad, un grupo de mis compañeros de clase solía insistir en que “ser macho” era una ocupación a tiempo completo. Lo decían, en medio de cierto alborozo adolescente, pero también con cierta ansiedad que yo no comprendía demasiado bien. Eran los mismos muchachos que intentaban no dejar duda de su virilidad con su habilidad deportiva, su manera de conducir o su éxito entre las mujeres. Pero nada parecía demasiado claro sobre el tema sobre lo que en Venezuela —o en Latinoamérica— se espera sobre ser hombre. Al menos, no lo suficiente. Sí, por supuesto, sabía que para todos ellos la masculinidad es un fenómeno en constante debate, mucho más en un continente en que la virilidad parece ser tan frágil como para no soportar un poco de sofisticación. O al menos, esa parecía ser mi inmediata conclusión, en medio de las singulares conversaciones en las que se intentaba definir lo que podía ser “viril” y lo definitivamente “macho”. La controvertida gama de graduaciones sobre el hombre y cómo debe o puede comportarse. Uno de mis amigos solía insistir que ser hombre en Venezuela “era como ser soldado en un ejército torpes”, una definición que me hacía reír a pesar de la evidente carga de amargo cinismo. O quizás justo debido a eso. 

 —Es imposible ser el hombre que la cultura venezolana espera, haga lo que hagas —me dijo en una ocasión con cierto cansancio— todo parece una larga carrera de obstáculos, una rara pelea constante contra lo que se espera que hagas con respecto a lo que haces. Nunca eres demasiado fuerte o capaz. Nunca tratas a las mujeres de la manera que se supone que debes. Siempre estás “cagándola” de alguna forma. Muy cerca de ser un “maricón”. 

Me lo contó, después de sostener una incómoda discusión con su padre, quien le exigió que con veintitantos años “ya tenía que sentar cabeza”, lo cual implicaba además de culminar la Universidad y dedicarse al negocio familiar como administrador, también un buen matrimonio y quizás, hijos antes de los treinta. Me lo contó con una sonrisa triste, tan agotado de su vida futura como si la mera idea le resultara abrumadora. 

 —Siempre te quejas que a las mujeres les exigen mucho —dijo entonces— pero con los hombres ocurre algo semejante. Es como si se supone que ya la sociedad decidió por ti, mucho antes incluso de que supieras que esa decisión podía existir.

Un pensamiento duro que, por aquellos años libres y despreocupados del campus, me atormentaba de vez en cuando y que por supuesto, me sorprendió mucho escuchar de un hombre. Cuando le pregunté si sentía que la presión cultural podía resultar insoportable, se echó a reír con amargura, como si la mera pregunta le pareciera desconcertante e incluso, un poco humillante. 

 —No es sólo “presión cultural” —hizo un breve gesto de comillas— hablamos sobre el hecho que para el hombre, la vida suele tener relación con la manera en cómo entendemos el hecho de ser “macho”. No lo masculino, que viene siendo otra cosa, sino ese “macho histórico” que todavía te inculcan desde casa y que te castra, te sofoca en muchas formas distintas. 

Tenía una expresión dura al decirme aquello. Después recordé que más de una vez, me había insistido que deseaba “hacer cualquier cosa menos encerrarse en una oficina” luego de obtener el título universitario y que disfrutaría “vivir la vida de cualquier modo”. Recuerdo que cuando le escuché, me pareció un plan sincero, una forma de asumir la incertidumbre más allá de la Universidad con cierto pulso saludable. Ahora, mirando el contraste —esa decisión limitada y restringida— lamenté su tristeza, desesperanza, pero, sobre todo, sus pocas opciones. 

 —¿Sientes que careces de las posibilidades? —pregunté. Era una pregunta sin malicia, pero que la parecía hasta cierto punto. Mi amigo enarcó la ceja, se encogió de hombros. De pronto pareció muy joven y desalentado.

 —A veces creo que nunca las tuve.

Por supuesto, es bastante complejo concebir que un hombre joven, con recursos económicos, una impecable educación y sin duda, privilegiado por en una sociedad machista, pudiera sentir que su vida era una especie de ordenada y crítica sucesión de eventos. Pero lo era. Una idea que abarcaba esa concepción de lo que lo que consideramos masculino y viril como una clara relación con cierta simplificación sobre el hombre. Algo que siempre me ha parecido preocupante y sobre todo, en un país —continente— como el nuestro en el que el machismo somete al sexo masculino a todo tipo de presiones, dolores y estereotipos. La mayoría de las veces, la cuestión es tan sutil que pasa desapercibida bajo capas de humor malicioso y críticas levemente punzantes sobre lo que el hombre puede —o debe— ser. Pero en un país como Venezuela, en el que lo viril es una prueba de resistencia contra la violencia y, sobre todo, una percepción sobre el miedo convertido en una crítica constante, la cosa no es tan sencilla como podría ser el mero concepto.

—Del hombre se espera una idea única: que llene las expectativas —me comenta mi amigo P., psiquiatra—, y esas expectativas abarcan desde cómo debe comportarse hasta el hecho de su aspecto físico. Ser hombre en un país machista equivale a cumplir un estereotipo tan férreo que resulta por momentos directamente insoportables. Ese macho calcáreo tan duro de comprender como de asimilar.

“Hay una percepción evidente sobre lo que el hombre puede ser como símbolo y la forma en que lo percibe la cultura”

No sé qué responder a eso. Crecí con hombres machistas, como cualquier mujer de mi país. Mi padre estaba convencido de que las mujeres debían «no solo ser decentes sino, además, parecerlo» y uno de mis tíos insistió hasta el último día de su vida, que ser «ser fotógrafa era denigrar mi feminidad», un término que utilizaba para definir cierta actitud sumisa en la que por supuesto, jamás encajé. Pero por supuesto, hay muchísimas más ideas sobre el tema: los hombres que sienten que deben demostrar su virilidad a través de la violencia y la agresión. Más allá de eso, hay una percepción evidente sobre lo que el hombre puede ser como símbolo y la forma en que lo percibe la cultura. Entre ambas cosas, la brecha es enorme, dolorosa e incómoda, cuando no directamente incomprensible.

—Ser un hombre latinoamericano es un trabajo a tiempo completo —prosigue—, es una idea que te acompaña a todas partes y desde la niñez. Mientras la mujer lucha por que no la aplaste el menosprecio, el hombre batalla contra una imagen rígida sobre lo que debe ser o cómo debe comportarse.

De niña, mis primos, con quién jugaba a diario, estaban siempre muy preocupados por no parecer «débiles», de manera que se tragaban las lágrimas de frustración y miedo, la incomodidad de raspones e incluso una que otra fractura y, sobre todo, el miedo. Recuerdo que, en una ocasión, mi primo mayor y yo nos quedamos atrapados en el diminuto ascensor del edificio en el que vivía. Pálido y aterrorizado, se dejó caer al suelo, temblando por un sentimiento de horror tan vívido que me conmovió como pocas cosas lo habían hecho hasta entonces y lo harían después. Me incliné a su lado, le pasé un brazo por la espalda y nos quedamos allí, apretados el uno contra el otro en la oscuridad, intentando que el miedo no nos dejara sin respiración. Finalmente, cuando los bomberos lograron restablecer el servicio, me miró avergonzado e incluso disgustado. «Jamás le cuentes a nadie que me asusté», me exigió con la voz rota y los ojos muy abiertos, como si la mera posibilidad que me mofara de él le resultara insoportable «Jamás le digas a nadie cómo me sentí».

No lo hice, claro, pero la reacción me dejó algunas lecciones que recordé por mucho tiempo. Cuando le recuerdo todo lo anterior en un almuerzo familiar, me mira conmovido y sorprendido.

—Recuerdas todo eso.

—Claro, eras la persona más valiente del mundo y tenías miedo. Eso me preocupó mucho.

Se toma un sorbo del café negro y sin azúcar que suele beber. Se encoge de hombros. De pronto, a pesar de sus casi cuarenta años cumplidos, me parece de nuevo el muchacho pecoso, cansado y triste de su juventud. Incluso el niño delgaducho y nervioso que fue durante nuestra infancia.

—Tenía tanto miedo que todos se burlaran de mí —me dice con un suspiro, una tristeza real y tan firme que me desconcierta— pasé buena parte de los meses que siguieron convencido de que tendría que soportar las burlas de mis hermanos, que todos se enteraran que yo era un «mierdita cobarde».

Reconozco el término: era el que utilizaba mi primo mayor para referirse a cualquiera que mostrara algún símbolo de debilidad, miedo o vacilación. Más de una vez me lo dedicó, pero jamás le hice demasiado caso: solía golpearle a patadas y arrojarle todo lo que tenía en la mano cuando lo hacía. Pero supuse era distinto para mí. Era una niña, no era parte del «grupo». Y por supuesto, no tenía que demostrar nada a él o al resto de adolescentes que le rodeaban a todas partes como un grupo de terribles jueces del criterio y el comportamiento ajeno. Un pensamiento inquietante con el que mi primo debió lidiar por años.

—Ser un hombre es un poco aceptar que todos te juzgarán de alguna manera —dice mi primo con un encogimiento de hombros—, intento no criar a mi hijo de esa manera… pero supongo que lo tendrá que afrontar, antes o después. Todos los días. El mundo es así.

Mira hacia el patio en el que su hijo de nueve años corre de un lado a otro, riendo a carcajadas y jugando a darse empujones con un niño desconocido. ¿Cómo es la masculinidad en la actualidad? ¿Cómo se define un hombre en nuestra época? ¿Como es la nueva generación que crece a la sombra de estereotipos y dolores? El pensamiento me preocupa, me duele, me sacude de un lado otro.

Recuerdo todo lo anterior mientras disfruto de la película “Phantom Thread” de Paul Thomas Anderson. En la película “Phantom Thread”, el director regresa la figura patriarcal —ese peso cultural que deforma y reconstruye la imagen del hombre a semejanza de una idea tradicional sobre lo viril— en busca de redención, pero además, le agrega un inusitado elemento de pura delicadeza intelectual. Una redención de sorprendente belleza argumental que resulta por momentos inquietante por el hecho de convertir la misma ambición y avaricia que Anderson analizó en sus anteriores obras en algo más extraño y fascinante. A través del personaje de Reynolds Woodcock, Anderson reflexiona de nuevo sobre los límites del dominio, el control y el sentido de una masculinidad tóxica, que el director convierte en algo mucho más elaborado, elemental y profundamente sentido. Para el director, parece de enorme importancia que la historia de “Phantom Thread” —aderezada y sostenida sobre cierta idea ambivalente sobre la bondad y la maldad, la necesidad del poder pero también, el rasgo más conmovedor de la belleza— sea un reflejo de una evolución consistente sobre el personaje masculino que hasta ahora, Anderson ha desarrollado de película en película. Su Reynolds Woodcock —de una suave y elegante fiereza— demuestra no sólo la forma como el director analiza la fuerza masculina sino además, cómo percibe el poder, lo que convierte a “The Phantom Thread” en una obra de arte de la insinuación y la elegancia visual.

La película, con su enorme carga simbólica, deja claro que Anderson de nuevo medita sobre la figura masculina, pero también añade una insólita dimensión, al expresar el arte y lo estético como una forma de poder directamente vinculada con la identidad y la individualidad. Toda una combinación que se sustenta sobre la visión de Anderson sobre la virilidad, la voluntad creativa, pero sobre todo, la percepción sobre lo que nuestra cultura asume como poderoso. Anderson concibe al rígido modisto de la década de los cincuenta, como un artesano de enorme talento, pero también incapaz de asumir la belleza como otra cosa que un lenguaje privado. “Phantom Thread” analiza —casi de manera involuntaria— las líneas y pequeñas conexiones entre lo que consideramos poderoso, pero también de la cualidad de la belleza para reflejarlo. ¿Puede ser la belleza un símbolo de fuerza? ¿Puede traducirse las cualidades tradicionalmente relacionadas con lo femenino como la elegancia, la sutileza y la ternura del mundo de la moda en algo más contundente y agresivo?

La reflexión de Anderson tiene mucho de paradójica y sobre todo, de esa necesidad del director de analizar la proyección de la figura masculina —idealizada y tradicional— a través de una visión que busca empalmar y analizar las raíces conjuntivas de lo viril con algo más complejo. En “Magnolia”, Tom Cruise interpretaba a un orador machista que lanzaba incendiarias diatribas sobre el poder y lo masculino, al tiempo que parecía sostenerse sobre una endeble y frágil vida familiar. Lo mismo ocurre en “Phantom Thread”, donde el director logra crear en un contexto de extraordinaria belleza, una pretensión ideal sobre lo viril que roza una evidente dureza. Pero también, Anderson parece profundamente sorprendido por la capacidad de su personaje para reflexionar sobre sí mismo como parte de un contexto hostil y violento que se construye a través de ideas subyacentes, proclives al análisis sobre lo que consideramos masculino y femenino en medio de un debate perenne sobre el tema.

 “Hay más misterio en las lágrimas masculinas que en las femeninas”

Claro está, la dimensión de las emociones masculinas suele analizarse de manera muy superficial en el mundo del arte. La visión de Anderson parece supeditada a la ideal del hombre como elemento de lo conservador y también, como estereotipo ineludible. Nuestra cultura parece incapaz de concebir una visión sobre el hombre más allá de cierta contención y frialdad emocional, lo que hace que con frecuencia, el estereotipo del macho duro e inaccesible sea inevitable en la mayoría de las visiones sobre lo masculino en cualquier género artístico. Una percepción recurrente con la que el director Pedro Almodóvar suele sentirse incómodo y a la que se enfrenta en cada oportunidad posible. Para el director manchego “hay más misterio en las lágrimas masculinas que en las femeninas”. Una percepción que no sólo permite que Almodóvar sea mucho más consciente del peso y el valor de sus personajes masculinos, sino que además, de la dimensión de lo emocional en sus películas. Una combinación que la mayoría de las veces crea extraordinarias percepciones sobre la ternura, el dolor existencial y el sufrimiento.

La película “Hable con ella” es quizás el mejor ejemplo de la obsesión de Almodóvar por las emociones masculinas pero sobre todo, por la complejidad de los sufrimientos intelectuales y morales de nuestra época. Es una historia sobre la absoluta soledad, en la que cada uno de los personajes no sólo está emocionalmente aislado sino que perdió su capacidad para comunicarse con los demás. Esa noción sobre la distancia, el miedo a los territorios inexplorados de la mente y la angustia del desarraigo la que sostiene una narración que analiza al hombre desde la sensibilidad. Toda una rareza en medio de las expectativas sobre lo masculino y lo ideal que forman parte del imaginario colectivo.

Por supuesto, hay una rara ambigüedad en una película en la que los personajes femeninos son símbolos de ruptura y dolor —muñecas rotas incapaces de cuidarse por sí mismas— y en el que los masculinos se debaten sobre la fragilidad a través de cierta violencia insinuada que jamás se muestra. Hombres con emociones, que se debaten dentro de una percepción de la masculinidad que deslumbra por su sutileza. Lo que sorprende sobre todo de “Hable con ella” es esa inusitada y conmovedora visión de Almodóvar sobre la soledad masculina, personajes hasta entonces un tanto olvidados y relegados por un Almodóvar obsesionado por las emociones femeninas. La película transcurre con una lentitud diáfana, una mirada muy precisa sobre la angustia existencial de dos hombres sometidos a un aislamiento involuntario, abrumados por el dolor y el no existir de la aridez emocional. Almodóvar crea una atmósfera emocional poderosa, con una puesta en escena sobria, modulada, cargada de símbolos y metáforas visuales que envuelve la historia con lentitud, le brinda belleza incluso a los momentos más duros y desconcertantes. Porque hay mucho de la habitual mirada melodramática de Almodóvar pero también, de una meditada reflexión sobre lo espiritual, sobre el sufrimiento e incluso, sobre algo tan sutil como la manera como asumimos las pequeñas tormentas emocionales. Una y otra vez, Almodóvar demuestra que puede construir una historia que asombra por su profundidad y que también emocione por su sencillez, por sus inusitados momentos de comedia, y sobre todo, por esa infaltable ingrediente de pura picaresca que define a Almodóvar incluso en esta singular suya a un cine mucho más personal.

Porque ser hombre en cualquier época y en cualquier lugar, parece una batalla por evitar que la personalidad y la identidad sean aniquiladas bajo el peso del canon. Un hombre no siempre tiene la posibilidad de la elección —una idea desconcertante para cierta visión social que asume al hombre privilegiado de origen— y a su vez, debe enfrentarse a esa rigidez del deber ser, de la idea inevitable, de la percepción asidua de la masculinidad convertida en un extraño concepto. Lo anterior me recuerda una escena de una película que hace casi un par de décadas, causó cierto revuelo “In and Out” del director Frank Oz y protagonizada por un magnifico Kevin Klein. En la cinta, Klein interpreta a un maestro de escuela a punto de casarse, a quien uno de sus alumnos señala al recibir el premio Oscar, como gay. Hilarante pero sobre todo, profundamente crítica con una serie de estereotipos e interpretaciones sobre lo sexual, los roles y el género, la película borda con buen humor las peripecias de Klein, intentando demostrar su virilidad. Y es que para todos quienes le rodean, el buen gusto musical del maestro, su impecable forma de vestir e incluso su manera de bailar son indicativos de ser una «mariquita», palabra que se utiliza como un considerable golpe de efecto a lo largo de la película. En una escena memorable, Klein intenta aprender a bailar como un hombre, escuchando una cinta que le indica a gritos cómo hacerlo. A medida que la secuencia avanza, el desesperado Klein intenta aceptar todas las instrucciones de la voz amedrentadora: «un hombre no se mueve, un hombre no disfruta al bailar, un hombre ¡No se mueve!. ¿Alguna vez has visto a Schwarzenegger menear las caderas? ¡Nunca! ¡Hombre no demuestra nada de placer en nada de lo que hace!».

La película, que en su momento fue acusada de «innecesariamente polémica» y «sermoneadora» es sin embargo, un buen planteamiento sobre esa imagen elemental que la cultura tiene sobre el hombre verdadero. Porque el argumento, que se desliza por toda una serie de tópicos que insisten en las emociones masculinas desaparecerán —o son aplastadas— bajo la imagen tradicional del deber ser. Y más allá de eso, la película pone sobre el tapete una vieja polémica sin respuesta: ¿Es lo femenino y lo masculino un complicado juego de roles que define la cultura bajo la figura del deber ser o algo menos complejo y más esencial? Quizás necesita mirarse a sí mismo con mayor atención para comprender que la emoción —la fuerte, la apasionada, la sencilla, la profunda— no es una forma de debilidad sino simplemente, una manera de crear. Una forma de libertad.

Mitos y leyendas femeninas: del dolor al temor

Mitos y leyendas femeninas: del dolor al temor

“Me tomó en brazos, exhausta y abrumada y le pidió a cualquier otra persona que abandonara la habitación”

Por Aglaia Berlutti.

Nací por parto natural: casi trece horas de dolor y esfuerzo físico que mi madre suele llamar “El castigo bíblico”. Me cuenta que durante el día y un poco más en que estuvo en trabajo de parto, sintió tanto miedo como amargura y por última una íntima sensación de desastre –físico y mental– que no pudo entender muy bien. Cuando finalmente nací, me cuenta que me tomó en brazos, exhausta y abrumada y le pidió a cualquier otra persona que abandonara la habitación. Me explica que tenía la nítida sensación de estar a carne viva, expuesta, tan vulnerable como no lo había estado antes o lo estaría después en toda su vida. El tiempo parecía haberse detenido en mi llanto –o mejor dicho, con mi llanto– y para mi madre, mucho más joven de lo que yo puedo imaginarla ahora, esa idea era casi incomprensible. Dolorosa.

–Necesitaba un poco de paz –me explica–, no te imaginas el estado mental que supone el momento del parto. No solamente se trata de dolor, que ya por si solo podría llevarte al límite de lo racional sino esa sensación que tu vida se acaba de transformar para siempre de una manera que no puedes imaginar realmente.
–¿Te sentiste bendecida? –pregunté. Mi mamá me dedicó una mirada entre maliciosa y un poco triste.
–Ser madre es un privilegio y nadie lo duda. Pero el parto es un hecho físico y es devastador. No me sentí bendecida o con deseos de expresar mi felicidad a gritos. Sólo quería estar en silencio, tenerte en mis brazos. Sentía una cólera frágil que es difícil de explicar ahora, pero que de alguna manera describía no sólo el dolor sino la soledad que el sufrimiento extremo te brinda. Nadie puede entender un dolor semejante.

Recordé las palabras de mi madre mientras veía el vídeo casero de un parto, que uno de mis contactos virtuales incluyó en su FrontPage de Facebook. La madre, con el rostro tenso por el sufrimiento, gritaba hasta quedarse exhausta, sacudida por lo que parecía ser un dolor insoportable. La cámara enfocaba la escena, cada vez más cerca, intentando no perder detalle: Las manos apretadas de la mujer en la sábana, las piernas abiertas y temblorosas, sus lágrimas de angustia. Junto a ella, el padre la sostenía entre desconcertando y asustado. De hecho, toda la escena tenía un aire inquietante y desosegante, aún más cuando la madre, entre jadeos, suplicaba “¡No me grabes!¡No quiero que me grabes!”. Aún así, la cámara nunca se alejó de su rostro. Jamás dejó de mirarla con una atención fría e incluso directamente violenta.

La escena me desconcertó. Me dolió. No sólo porque considero el parto un hecho físico íntimo, crudo y de hecho traumático, sino porque también es el momento más vulnerable de una mujer. Y hablo de un tipo de vulnerabilidad que muy pocas veces se analiza: esa que hace que su cuerpo –y su experiencia física como madre recién nacida– formen parte de una especie de ambigua curiosidad cultural. Me refiero al hecho que la maternidad –así, en general– se asume como un hecho que desborda a la madre, que la hace formar parte de esa mitología primitiva que hace que traer un hijo al mundo se considere no sólo un deber, sino un elemento casi simbólico. Y es que el parto se mira muchas veces desde la perspectiva elemental de la costumbre, de la idealización absurda de una serie de ideas femeninas muy poco realistas. O como diría mi madre “una mirada egoísta a un sufrimiento muy real”. Me dice esa frase luego de mirar el vídeo, con expresión incómoda.

–¿A quién se le ocurre colgar esto en una red social?
–A la misma persona que se le ocurre llamarlo “el milagro de la vida” –me burlo.

“Nadie duda que la maternidad es una oportunidad única (…), pero el parto (…) es algo mucho más real y pragmático”

Pero en realidad, la ironía parece contener algo más: el hecho de asumir es una idea idílica, que realza y enaltece la feminidad, que celebra la dulzura de la relación de madre e hijo. Por supuesto, nadie duda que la maternidad –esa experiencia extraordinaria que transforma la vida de una mujer– es una oportunidad única, pero el parto –el hecho concreto– es algo mucho más real y pragmático.

Durante casi toda la historia, el parto se ha considerado tanto un misterio como una especie de visión elemental de la maternidad. Y es que todo el misterio de la concepción, del poder creativo de la mujer, parece residir justamente en ese capacidad de lo femenino para engendrar un nuevo ser humano. Claro está, que aunque para muchas culturas el nacimiento de un bebé era un hecho misterioso y hasta divino, para otras se trataba de un hecho natural y como tal, se concebía.

De hecho, la idea idílica del parto rodeado de la familia, un evento conmovedor donde los parientes de la madre la rodeaban en celebración del nuevo bebé, es tan irreal como relativamente reciente. Porque la gran mayoría de las culturas que veneraron el parto como obra sagrada, también solían tener bastante claro que, el afanoso trabajo físico que supone, debía no sólo ser respetado sino también asumido como un momento profundamente íntimo y poderoso.

Para algunas tribus africanas, el parto era no solamente el momento cumbre de la vida de una mujer, sino el más peligroso. Por lo tanto, se le aislaba en un lugar alejado de la tribu junto con la mujer más vieja –y sabia– para que pudiera enfrentarse al terror con sus propias armas. Se consideraba, además, un momento mágico: el nacimiento de un bebé se esperaba con cánticos y celebraciones, la apoteosis del misterio de la vida. La madre se miraba así misma como una heroína, una maga, una poderosa mujer al servicio de la Tierra y el poder creador.

Algo parecido ocurre durante el El Valaikappu, la ceremonia india que se celebra en el octavo o noveno mes de gestación en honor de la embarazada. Durante el ritual de celebración, las amigas de la futura madre cantan plegarias para pedir a los dioses por su bienestar y el del bebé. No obstante, el principal elemento de la celebración parece ser recordar el valor del espíritu de la madre, que deberá transitar a solas el dolor del parto. La patrona es la diosa Rika: la Diosa que protege el espíritu y el valor de las mujeres. Una manera de comprender el poder y el significado de un hecho tan poderoso como intimo como lo es traer al mundo un bebé.

“Se confunden ideas como la maternidad, la satisfacción de tener un hijo con el miedo de una circunstancia física totalmente desconocida"

De hecho, tal vez por los mismos motivos, en toda Europa la figura de la partera tiene un poderoso significado. Considerada siempre como un símbolo perdurable del conocimiento, la fuerza de la mujer y la sabiduría de la Tierra, la partera durante siglos sustituyó cualquier cuidado médico durante el parto. Y es que la partera parecía resumir esa idea de la lucha de la mujer con la naturaleza, de ese poder primitivo de engendrar y procrear. El conocimiento se transmitía de generación en generación, y con frecuencia se celebraba como parte del conocimiento religioso de la tribu o el pueblo al cual pertenecía.

Muy probablemente debido a eso, es que La Inquisición tuvo entre sus principales víctimas las parteras a lo largo y ancho del continente: se les acusó de contravenir el designio divino del parto doloroso –las parteras solían proporcionar hierbas y compuestos anestésicos a las parturientas– y además, de celebrar el parto como un secreto alejado de la mano de Dios. La saña de los tribunales inquisitoriales contra las parteras, parecía demostrar esa visión del parto como una idea “pecaminosa” y aún peor, contra la capacidad de la mujer para engendrar vida.

La etimología de la palabra “Obstetricia” proviene de la palabra latina “obstetrix” que deriva del verbo “obstare”: “estar al lado” o “delante de”, que sugiere el lugar donde solía estar la partera durante el parto. También describe con muchísima claridad el peso y la importancia de la partera o matrona durante los siglos donde el parto no se consideraba un padecimiento físico. De hecho, varios escritos traducen directamente la palabra como “mujer que está al lado de la parturienta y le ayuda” (Willians, Obstetricia 1974). Eso, a pesar que las Matronas no eran consideradas en modo alguno, algo más que mujeres sabias en la fisiología femenina, una idea que por entonces era cuando menos confusa y ambigua. Las curanderas ejercían el arte obstétrico siguiendo las normas empíricas recibidas por la tradición oral a través de las parteras más antiguas y a través de su propia experiencia.

–Indudablemente, un hecho impactante como el parto debió asustar e inquietar, sobre todo en épocas donde aún no se comprendía bien el proceso físico que lo producía –me explica Mayra, ginecóloga y que durante veinte años de ejercicio de su profesión trajo al mundo a casi cien bebés– desde la interpretación mágica a la simple visión de la gestación como una época de “fragilidad” de la mujer, la concepción fue un tema incómodo para muchas culturas. Finalmente, se idealizó, se creó una mitología de dulzura que poco a nada tiene que ver con la realidad.

Mayra me muestra una serie de imágenes que ha coleccionado durante años: Grabados medievales mujeres ancianas inclinadas sobre los vientres abultados de jóvenes con rostros llorosos y angustiados. Dibujos de décadas más recientes de mujeres que sonríen con lágrimas en los ojos con bebés en brazos. Mujeres que miran con ternura a la cámara, con un bebé rollizo y hermoso dormido en brazos. Las extiende sobre su escritorio con una sonrisa.

–Todas falsas –me dice con una carcajada– el parto es un hecho físico dolorosísimo y traumático. Es un evento portentoso que requiere una considerable entereza física y mental de la mujer. Olvídate de la madre primeriza con una sonrisa tierna en los brazos o suspirando de ternura al ver a su bebé. Más probable es una imagen de una mujer enfurecida, agotada y empapada en sudor, gritando a todo pulmón.

 

La imagen me sobresalta. En una ocasión, una de mis tias me había asegurado que tener un bebé era lo más cercano al pánico que había sentido. “Pierdes el control de tu cuerpo, de ti misma. No hay nada que te consuele, solo necesitas que todo acabe, pero no sabes cómo. Es un espiral de dolor que enloquece, te aterra”. Eso, a pesar de haber contado con un grupo de apoyo durante su embarazo, de haberse convencido que el parto era una idea dulce que debía afrontar con una sonrisa. “Eso desaparece a la primera contracción” me dijo riendo.

–Lo que ocurre es que hay muchas confusiones sobre términos bases: todos parecen saber algo sobre el parto, todos parecen conocer en qué consiste, pero en realidad es un proceso durísimo que sólo puede comprenderlo quien lo ha vivido –me comenta Mayra–, es simple: Se confunden ideas como la maternidad, la satisfacción de tener un hijo con el miedo de una circunstancia física totalmente desconocida. El parto es de hecho un proceso físico íntimo, personalísimo y sobre todo, privado. Pensar cualquier otra cosa, es simplemente un poco de conmovedora ignorancia.

“Me quejé vía Twitter del hecho que un acto natural y privado como dar a luz, fuera explotado y sobre todo, trivializado de forma semejante”

Hace unos días, luego de haber visto el inquietante video que comenté más arriba, me quejé vía Twitter del hecho que un acto natural y privado como dar a luz, fuera explotado y sobre todo, trivializado de forma semejante. También hablé sobre que nadie parece entender muy bien que el parto es un hecho físico dolorísimo y devastador para la mujer. Al parecer sorprendida por mi comentario, alguien me insistió que el parto es “natural” y que la “oxitocina” (que según la inefable Wikipedia es una hormona relacionada con los patrones sexuales que actúa también como neurotransmisor en el cerebro) alivia los dolores para brindar una experiencia “casi poética” para la mujer y el bebé. Cuando se lo comento a Mayra, suelta una carcajada casi maliciosa.

–Es un error común. Se asume que la mujer por el hecho de parir, está preparada física y mentalmente para aceptar no sólo el dolor físico sino el sacudón emocional que supone un parto natural –me explica–, claro está, la consecuencia de eso es la altísima expectativa que se tiene sobre el comportamiento de la mujer y sobre todo, el hecho de asumir que toda mujer está “preparada” para afrontar un parto de manera idéntica. Una peligrosa noción de un evento médico tan violento como el parto y el comportamiento de la parturienta.

Me cuenta que la mayoría de los padres y familiares se sorprenden por los gritos y estallidos de furia de las mujeres que optan por el parto natural, precisamente llevadas por la idea romántica e idilíca que pueden soportarlo. Para Mayra, la idea no deja de ser grave: cada organismo tiene procesos distintos y elementales lo suficientemente variados como para que cada experiencia física sea distinta. El parto no es una diferencia.

–El parto es doloroso, y es una idea que hay que asumir –concluye Mayra–, lo que decidas más allá de eso es algo extraordinario. Pero sí, es doloroso, es temible y es impactante. Creer que porque puedes soportar un dolor semejante serás peor o mejor madre, es una lamentable simplificación.

Mi madre rie cuando le comento lo que Mayra me comentó y también mi interlocutor en Twitter, que siguió insistiendo hasta el cansancio que el parto “podía ser un evento familiar y social”. Me muestra una fotografía del día siguiente de mi nacimiento, donde aparece sentada en una primorosa cama llena de cojines y almohadas. Tiene el rostro hinchado, grandes ojeras oscuras y las manos aún crispadas sobre la tela de la sábanas. Cuando me quedo mirando la fotografía con cierta preocupación, se inclina y me besa la frente.

–Valió la pena el esfuerzo, claro. Pero eso lo sabría después –me dice.

Y sonríe, mirándose así misma, joven y desafiante, cansada y abrumada pero triunfante.

Y pienso que quizás, el secreto que envuelve todo parto es ese: un dolor extraordinario que abre la puerta a una una experiencia inolvidable. Una mirada elemental a nuestra natural necesidad de crear.

C’est la vie.

El último prejuicio a superar: La mujer que se arrepiente de ser madre

El último prejuicio a superar: La mujer que se arrepiente de ser madre

Por Aglaia Berlutti.

La mayoría de las mujeres adultas en el continente latinoamericano quieren ser madres o eso admiten con enorme naturalidad. No importa su nacionalidad o estatus social, la gran mayoría de las que ya lo son, celebran y dejan muy claro en toda oportunidad posible que la maternidad es con toda seguridad el momento más importante de su vida y más allá de eso, el centro de todas de todas sus aspiraciones futuras y personales. Nadie duda en admitir a viva voz, que tener un hijo es el momento más trascendental que vivirán y que su responsabilidad como madre, la meta más importante de todas.

Mi amiga P. no es la excepción: tiene treinta y dos años, un buen trabajo, un matrimonio estable. También es madre de tres niños. Desde que recuerde, esa fue su mayor aspiración y no se lo ocultó a nadie: en la adolescencia fantaseaba a menudo con ser madre apenas pisara la veintena y a diferencia de la mayoría de las mujeres del salón de clase que compartíamos, no tenía ninguna duda de que su destino incluía un bebé sonriente de mejillas rosadas. En una ocasión llegó a decirme que no concebía su futuro sin la maternidad. Que se sentiría “incompleta y sin objetivo” si no se embarazaba de inmediato. 

Así sucedió: apenas abandonamos la Universidad P. se casó con su novio de toda la vida y dos años después, nacía el primero de sus hijos. Un año después nacían los gemelos que completaron el cuadro de felicidad conyugal. Nada parecía empañar la imagen de la familia tradicional de la que mi amiga disfrutaba. Eso, a pesar de la creciente crisis económica Venezolana y la presión que suponía lidiar no sólo con las exigencias de una triple maternidad sino su vida personal y de pareja. Pero P. siempre insistía en que “valía la pena”. Que a pesar de los sinsabores, los días desagradables y las noches sin dormir, la maternidad era un milagro que agradecía a diario haber recibido. 

Nunca me creí del todo aquel florido discurso de autorrealización y estado ideal que me describía. No dudo que ser madre y esposa pueda ser una recompensa a cualquier esfuerzo, pero mi amiga está más agobiada que otra cosa. Con horarios extenuantes, un creciente número de exigencias diarias y sobre todo, una gradual pero sostenida pérdida de cierta identidad en favor de la maternidad, P. parecía desmoronarse en medio de una insatisfacción cada vez más evidente.

Comencé a preocuparme por sus estallidos de mal humor, sus arrebatos de pánico e ira. Por sus relatos sobre largas noches de insomnio, trastornos digestivos, ataques de llanto sin explicación alguna. Poco a poco, mi amiga parecía estar perdiendo el control no sólo sobre su vida personal – me habló sobre peleas matrimoniales, una distancia evidente entre su esposo y ella, largos períodos de incomodidad entre ambos – sino también, sobre todo lo demás. Me contó sobre su bajo rendimiento laboral, el enorme esfuerzo que le llevaba desempeñar su papel de madre al mismo tiempo que ser una mujer profesional y tener responsabilidades distintas a las domésticas. Por último, me atreví a sugerirle que quizás la maternidad y todo lo que conllevaba comenzaba a salirse de las manos. 

Me escuchó perpleja, después disgustada y llegó a insinuar que como soltera, yo era incapaz de entender el delicado equilibrio y esfuerzo que requiere una familia. Cuando le expliqué que no se trataba de un ataque a la maternidad, se negó a escucharme y tuve la impresión se encontraba más agobiada que nunca.

– ¿Qué tipo de madre soy si no puedo lidiar con todo esto? –me respondió–  toda buena madre puede con todo lo que la maternidad requiere. No sé porque tengo que ser la excepción. 

No supe qué responder a eso. Y probablemente, no haya una respuesta clara a un tipo de exigencia semejante que se asume necesaria por origen. Después de todo vivimos en una sociedad donde se asume que ser madre implica un tipo de esfuerzo que toda mujer está preparada para realizar. Que no hay disculpas –ni tampoco justificación– para la debilidad, la incomodidad y el miedo en lo que a la maternidad se refiere. Que a pesar de la insistencia social donde ser madre es todo lo que una mujer puede soñar, la realidad dista mucho de ser ese paisaje idílico que se insiste en mostrar. Y que no asumirlo –o lo que es lo mismo, descubrir que la maternidad es algo más que un instinto natural– es un tabú. Un tema del que jamás se habla, en el que pocas veces se profundiza. Después de todo, la obligación de la maternidad o lo que es lo mismo, las innumerables y en ocasiones insuperables exigencias del hecho de ser madre, en ocasiones superan la mera fuerza mental y física de cualquier mujer. 

¿Toda mujer que es madre es feliz? Es una pregunta difícil de responder, mucho más debido al hecho que no hay estudios ni investigaciones al respecto, como si la respuesta fuera evidente y sobre todo indiscutible. Para nuestra cultura, el estereotipo de la madre implica un tipo de abnegación y sacrificio que se da por supuesto y que de hecho, se asume que la mujer brindará sin incomodidad alguna. Para la Latinoamérica machista y tradicional, la posibilidad de que una mujer pueda sentir que la maternidad es una experiencia desagradable, que la sobrepasa y sobre todo, la limita no sólo es un pensamiento que se censura sino además, se castiga. Para buena parte de nuestros países, la mujer que es madre asume el hecho de aniquilar su personalidad y más allá de eso, de aceptar que esa desaparición de su mundo privado, es una forma de demostrar amor. Una idea confusa y hasta peligrosa que buena parte de las mujeres de la actualidad comienzan a cuestionar. 

¿Qué ocurre además en Venezuela, con su altísima y preocupante cifra de embarazo adolescente? ¿Qué ocurre con la madre que apenas es una niña y debe renunciar a todos los elementos y ventajas de la juventud para educar un niño? ¿Cómo supera – si es que lo hace alguna vez – la eventual frustración, angustia e impotencia que puede generar la maternidad no deseada? ¿Qué pasa cuando una mujer que apenas rebasó los primeros años de la niñez debe enfrentarse a la carga de responsabilidades y trabajo que la maternidad lleva aparejada? 

¿Qué ocurre en nuestro país, Venezuela, sumido en la peor crisis económica de su historia y las madres que deben luchar contra ella, sea cual sea su edad y situación económica? ¿Qué ocurre con las mujeres que son único sostén de hogar y tienen la obligación de llevar a cuestas la responsabilidad de la maternidad sin posibilidad de alivio o ayuda? ¿Dónde encaja el malestar hacia la maternidad, el miedo que provoca, quizás la angustia que supone las responsabilidades que desbordan en una cultura que educa al hombre para dejar la mayor parte de las responsabilidades domésticas en manos de la mujer? ¿Qué pasa con todas las mujeres para quienes simplemente la maternidad es un trayecto complicado y difícil que debe recorrer a solas? 

¿Puede una mujer arrepentirse de ser madre? ¿Cómo afecta ese pensamiento luego de que la cultura insiste en el hecho de la maternidad como único objetivo y sobre todo, como el máximo objetivo que toda mujer debe aspirar? 

Se tratan de situaciones que una cultura obsesionada que idealiza la maternidad, suele ignorar y minimizar en su real importancia. Casi nadie se pregunta en voz alta que pasa con las madres que descubren que la experiencia de la maternidad les resulta insoportable e incluso, directamente odiosa. Las madres de cualquier edad que se encuentran, agobiadas y aplastadas por una serie de exigencias que de alguna u otra formas, las convierten en víctimas de una idealización social y cultural de la maternidad que termina siendo una amenaza a su estabilidad emocional. ¿Se trata de un fenómeno común? ¿Existe alguna manera de cuantificar un situación que parece chocar de manera frontal con la interpretación que se tiene sobre la maternidad? 

La socióloga israelí Orna Donath brinda respuestas a todos los cuestionamientos sobre la insatisfacción hacia la maternidad y esa vergüenza emocional que puede ser suponer, el hecho que una mujer se arrepienta de ser madre. Se trata de un concepto duro e incómodo que se analiza tan poco como para pasar desapercibido pero que ocurre con más frecuencia de la que se supone y que acarrea un tipo de daño moral y emocional a la mujer difícil de describir. 

Donath dedicó más de dos años a la investigación sobre el tema: entrevistó a 23 mujeres que admitieron haberse arrepentido antes o después, de haberse convertido en madres. La socióloga no sólo analizó el hecho de la frustración que puede provocar la maternidad como un suceso aislado sino que comenzó a preguntarse en voz alta si en realidad, se trata de un sentimiento generalizado que se oculta y se menosprecia por considerarse tabú o vergonzoso. Al final, la experta recopiló el grupo de testimonios y las conclusiones que obtuvo al respecto en el estudio o Regretting Motherhood: A Sociopolitical Analysis, publicado en Signs Journal of Women in Culture and Society (diciembre, 2015). El conjunto de historias, las narradoras hablan sobre la frustración que les produjo la maternidad y más allá de eso, el costo emocional que supone admitir algo semejante. Por supuesto ni una cosa ni la otra está reñida con amor profundo que pueden experimentar hacia sus hijos: se trata de una situación compleja que abarca desde la vida personal de la mujer hasta su relación con su familia. 

Una de las conclusiones más importantes del estudio es el miedo visceral que toda mujer siente hacia el castigo social que puede suponer admitir que la maternidad puede causar frustración, miedo e incluso directamente rechazo. Por supuesto, hablamos sobre una idea cultural sobre la maternidad que censura todo sentimiento y emoción negativa y ensalza la idealización de la capacidad reproductiva de la mujer, como un éxito biológico y social que debe celebrarse. En el estudio de Donath, se deja claro que la sociedad aún castiga con mucha dureza cualquier comportamiento que pueda interferir con la interpretación esa interpretación de la maternidad. Desde las solteras sin hijos hasta que la mujer que se arrepiente de serlo, existe un importante estigma social contra cualquier comportamiento o reflexión que se oponga a la idea de ser madre como evento natural e inevitable en la vida de una mujer. 

Claro está, el estudio ni la posición del estudio de Donath cuestionan el indudable amor que una madre experimenta por su hijo, sino que analiza la perspectiva que una mujer admita que no estaba preparada la maternidad o que en sí, la experiencia de tener hijos no la satisface. No hay marcha atrás, tampoco una forma de consuelo concreta, pero la investigación de Donath ayuda a comprender que se trata de un comportamiento y sentimiento relativamente común y que romper el silencio, es una forma de aliviarlo.

Según la investigación de la socióloga, la mayoría de las mujeres que admiten en algún momento de su vida arrepentirse de ser madres, sufren un complejo sentimiento de culpa, que la lleva a cuestionar incluso su identidad de género. Eso, además que les lleva a reflexionar sobre sus emociones como algo aberrante y antinatural. Eso, a pesar que la mayoría continúa esforzándose al máximo para ser una buena madre, esposa y profesional. El choque entre ambos puntos de vista produce no sólo un enorme malestar sino también, la inevitable sensación que la maternidad es una carga personal con la que lleva enorme esfuerzo lidiar. 

Según la psicóloga Carla Boyer, otra de las pocas especializadas que ha dedicado una investigación seria sobre el tema, las mujeres que se sienten frustradas debido a la maternidad sufren un tipo de rechazo social difícil de explicar. Una penalización tácita que insiste en señalar a la mujer como “débil o cobarde” porque es incapaz de sostener todas las responsabilidades que la maternidad supone. No importa su edad, educación o apoyo familiar, nuestra cultura asume que una mujer todos los recursos físicos e intelectuales para lidiar con la maternidad incluso sin ayuda, algo que Boyer encuentra preocupante. Según la experta, el estigma de la mujer que “no puede asumir la maternidad” hace que la mayoría de las veces las mujeres sean incapaces de explicar el real costo moral que les lleva afrontar la maternidad, lo que provoca que la frustración aumente y se haga insoportable. “vivimos en una sociedad que se mueve aplicando una doble moral: puedes sentir algo fuera de lo normal, pero mejor no lo digas. Esto es lo que nos enseñan desde la infancia”, concluye la experta con preocupación. 

Madres desesperadas, angustiadas, insatisfechas, abrumadas por emociones cada vez más complejas y duras de superar. Un tabú secreto, la mayoría de las veces que se lleva como un secreto doloroso y más allá de eso, como una carga intelectual y personal difícil de manejar. Y no obstante, quizás sea su discusión pública lo que permita no sólo normalizar un hecho más común de lo que nadie supone y ofrecer consuelo – y en ocasiones, una solución más directa – a todas las mujeres que lo sufren en todas partes del mundo y a pesar de las numerosas diferencias que las separan entre sí. ¿Hasta qué punto este matiz de la visión ideal de la maternidad pueda permitir el disfrute a plenitud no sólo del papel como madre sino ofrecer soluciones reales al dolor que puede provocar?

Más allá del silencio de las madres que no desean serlo o las que sienten que la maternidad les abruma, hay una visión dura pero también poderosa: Una mujer falible, insegura, pero dispuesta a creer en la posibilidad que la maternidad puede ser algo más que una obligación social. Una percepción cada vez más realista sobre el deber social más controvertido con el que una mujer debe lidiar. 

 

Una dimensión rojo carmesí: el misterio de la ira femenina

Una dimensión rojo carmesí: el misterio de la ira femenina

Por Aglaia Berlutti.

Hace unos meses, alguien me insistió que enfurecerme en público era una forma de “debilidad”. Me lo dijo luego de que enfureciera durante una obra de teatro especialmente emotiva y que no sólo no intentara ocultar mi estado de ánimo, sino que además, no me avergonzara en absoluto por mis emociones. Cuando le pregunté por qué motivo debería sentirme cohibida de mostrar cómo me sentía, me sonrío con cierta incomodidad.

—Se trata de algo privadísimo, tanto que puede resultar incómodo para quien te rodea  —me explicó—, a nadie le gusta una mujer disgustada o de mal humor. No es muy femenino que digamos. No es natural, en realidad.

La frase me desconcertó, aunque por supuesto, no es la primera vez que la escucho. Más de una vez me he enfrentado al prejuicio evidente contra la mujer que no se atiene al estereotipo de lo femenino delicado y frágil. Con todo, nunca deja de sorprenderme el hecho que a la mayoría de la gente que conozco, le continúe resultando incómodo la idea de una mujer que demuestre su ira con toda libertad y franqueza. Como si el hecho mismo de expresar su personalidad con todos sus matices contradijera la noción ideal que la cultura en que nací construye alrededor de la figura de la mujer.

Dicho así, suena un poco melodramático. Pero cuando debes enfrentarte a diario a una percepción sobre lo femenino incompleta y que la mayoría de las veces desconoce las dimensiones y la profundidad de la personalidad de una mujer, no lo es tanto. Se trata de una perspectiva que intenta cercenar la comprensión de la identidad hasta hacerla encajar en un molde restringido y anónimo. Una visión sobre el quién somos — pero sobre todo, quien queremos ser —  que debe amoldarse a los límites incómodos de una visión conservadora y asfixiante.

Por supuesto, la mayoría de las mujeres de mi generación han tenido que enfrentar el incómodo tópico sobre el deber ser femenino en más de una ocasión a lo largo de su vida. En mi caso, desde la niñez. Cuando era una niña pequeña, era muy malcriada. Más de una vez, mis maestras y algunos de mis parientes insistían en que tenía un “preocupante” mal temperamento: era en ocasiones respondona y además, era preguntona. Una combinación preocupante: la pesadilla de cualquier padre, supongo. Pero para mi abuela, mi mal temperamento era antes que un defecto, algo mucho más complejo y en su opinión benévolo. Solía insistir que era “libre”, aunque con seis años, yo todavía no entendiera muy bien el sentido de esa palabra  — sus implicaciones —  y sobre todo, cómo podría relacionarse a ese “defecto” que parecía preocupar a todo el mundo.

Un tipo de libertad que descubrí bien pronto tenía un precio específico: nuestra cultura parece desdeñar a la mujer que se encoleriza, a la que no siempre tiene la necesidad de sonreír y comprender. Se celebra a la mujer abnegada, a la bondadosa, a la amable. Pero ¿Qué ocurre con la que se enfurece? ¿Con la que aprieta las manos con ira sin disimularlo? ¿Con la que grita y discute? ¿Con la que no siente la necesidad de ocultarlo? Palabras y términos sobran para definirla: desde la celebérrima “Histeria femenina” que fue tan popular a mediados del siglo XIX hasta la tradicional “cuaima” Venezolana, la cólera de la mujer siempre debe tener un sentido de competencia sexual, de evidente debilidad de criterio. La mujer que se enfurece es una idea extraña en un mundo que celebra lo femenino desde esa visión de lo tibio, de lo accesible, de lo simple de una emoción sujeta a una idea que la sostenga.

Una vez, investigando sobre la cólera y la ira, encontré que hasta el siglo XVII a la mujer iracunda se le consideraba “poseída” por algún “demonio” violento. De nuevo, esa necesidad de achacar a una entidad sobrenatural la voluntad y la opinión de la mujer. Más curioso resultó encontrar que por décadas enteras, la Inglaterra Victoriana insistió que la mujer colérica sufría de alguna afección del carácter que la masculinizaba. Otra vez esa idea de asumir que la ira femenina no puede brotar por derecho propio, por una emoción compleja y concluyente que le pertenezca. Hay una idea que se muestra y se asume, pero que no se termina de entender bien: se insiste en la bondad de la mujer, en su delicadeza, pero ¿Y dónde queda lo árido, lo fuerte, lo virulento de la expresión emocional femenina? Tal pareciera que la cultura no comprende la dualidad, esa capacidad para la alegría y la cólera que se niega a la identidad de la mujer sin que sepamos bien el motivo. ¿Donde ocurrió la grieta entre la mujer poderosa y la mujer sumisa que nos heredó una imagen femenina incompleta? ¿Qué pasó entre la mujer poderosa, la espartana, la Romana que se convirtió en la beldad cubierta en velos del Romanticismo? Un planteamiento que parece transitar entre la cultura que aplasta y la visión social que restringe. Y más allá, el temor que parece producir ese femenino poderoso, desconocido y portentoso del que poco tenemos noticia.

Por siglos, la Ira de la mujer ha sido un secreto bien guardado, aunque históricamente, ya se tenía por un atributo peligroso, inquietante y asombroso. También tenía un intricando vínculo con su poder sexual y su fuerza creativa individual. Ya era evidente en la primitiva mitología griega, donde la Poderosa Afrodita, Diosa del amor sexual, parecía encolerizarse con muchísima frecuencia: Como en el Mito de Mirra, Princesa de Siria, a quién inspiró un amor incestuoso por su padre, luego de que este insinuara que la belleza de su hija sobrepasaba la de la Diosa. La ira femenina convertida en designio divino. También Kali, la Diosa Hindú, considerada Madre de todo lo creado y aspecto destructivo de la Divinidad, manifiesta de manera muy clara esa ira voluptuosa y directa, esa percepción de la ira de la Mujer como instintiva, primitiva y elemental. ¿Se trata de un paralelismo con la Madre Naturaleza, cruel y hermosa a la vez? Muy probablemente, pero también, una idea que parece abarcar el papel del género en la sociedad a la que pertenece, esa percepción cultural de la mujer emocional, la mujer cuya ira carece de razón y que aparentemente proviene del instinto. Porque mientras los Dioses se enfurecen de manera exaltados en la razón y la guerra, las Dioses expresan una cólera emocional tan profunda como evidente. Una idea de cultura tan arraigada que al analizarla nos sorprende su implicación social.

Sin duda, la mujer que se enfurece es una figura que se minimiza en esa cultura que alienta la bondad  — sin matices —  y la sumisión como características de lo femenino. Caricaturizada por la literatura y observada con desconfianza desde el pensamiento filosófico, la ira de la mujer se reduce a una especie de expresión visceral, sin una idea que la sostenga, dentro de la visión de la cultura que reprime. Ejemplos sobran: desde la Fierecilla Domada de Shakespeare pasando por la Naná Emile Zolá, a la furiosa y reprimida Amaranta de Cien años de Soledad de Gabriel Garcia Márquez, la furia femenina parece expresarse de manera exagerada o al contrario, de forma tan discreta que se convierte en algo semejante a la frustración y al dolor del silencio. Muy probablemente herencia de esa educación patriarcal que aplasta a la mujer bajo el manto de la dulzura, de la expresión de una sensibilidad romántica o algo muy semejante a la debilidad.

Hace poco, una amiga me comentaba que el Gerente de Recursos Humanos de la empresa donde trabajaba, insistía en que las mujeres no debían “mostrar su rabia” porque era poco profesional. Mi amiga intentó comprender el concepto como una manera de asumir la tolerancia en las relaciones interpersonales y la resolución no agresiva de los conflictos, hasta que recibió un memo donde se le insistía en que “la mujer siempre debe sonreír” . Cuando reclamó sobre el concepto sexista que traía aparejado la indicación, el jefe de Recursos humanos le explicó que una mujer disgustada es “vulgar”.

—Fue un menosprecio directo hacia mi manera de expresarme  — me explicó preocupada —  y lo peor, es que no pareció entender nunca que es grosero insistir en un punto de vista tan limitado sobre la mujer.

—¿Se lo explicaste?  — pregunté. Mi amiga me dedicó una sonrisa cansada.

—Lo llamó “histeria” femenina  —me explicó—  me dijo que una mujer “emocional” no está bien vista y que es “poco profesional” independientemente de mi desempeño o mi manera de trabajar. Me dejó muy claro que en un hombre el carácter es un rasgo deseable, pero en una mujer es sin duda, un defecto.

Porque claro está, el menosprecio y desconfianza hacia la ira femenina no se trata sólo de una insistente necesidad cultural de ocultar todas las dimensiones de la personalidad femenina, sino además disminuir e infravalorar todo lo que atañe a las emociones como una forma de expresión natural. Como si la ira  —saludable, bien encauzada y sobre todo, comprendida como una forma de expresión—  fuera en la mujer una faceta reprobable, que debe ocultarse y la mayoría de las veces, disimularse.

Pienso en todo lo anterior mientras leo sobre el trabajo de la poetisa Lora Mathis, quien lleva varios años analizando el problema, sobre todo la insistencia en menospreciar el valor y la profundidad de las emociones femeninas en beneficio de una tortuosa idealización social. La artista insiste en la necesidad de asumir lo que llama “la suavidad radical”  —que podría definirse como una admisión sincera de la propia vulnerabilidad—  como una forma válida de asumir la importancia y valor de nuestros sentimientos y cómo los expresamos. Según Mathis, su objetivo principal: “aceptar mi propia vulnerabilidad y saber que no hay nada de malo en ella”. Mostrar en público y desde la percepción de la fortaleza intelectual, que la tristeza, la humillación, el dolor, la ira son construcciones válidas y emocionalmente saludables de la vida espiritual de cada uno de nosotros. El punto de vista de la poetisa ha logrado reconstruir el discurso sobre la expresión de las emociones y sostenerlo sobre una inteligente estructura de pensamiento que asume el valor de la supuesta “debilidad” y la engañosa noción sobre la “felicidad” femenina, herencia de una larga historia de dominación y control sobre la personalidad y la figura femenina. La “suavidad radical” no consiste en tragarse la rabia, el dolor o el agobio, sino normalizar su existencia. Insistir en la necesidad de comprender las emociones  —cualquiera de ellas—  como parte de una visión compleja sobre la mujer y su individualidad.

Pensé muchísimas veces en esos conceptos con el transcurrir de los años. Continúo expresando mi cólera lo mejor que puedo  — y siempre que puedo —  para demostrar  —y demostrarme—  que la ira es parte importante mi complejo aspecto emocional. Claro está, me han llamado “histérica”, “loca”, entre toda la serie de epítetos que intentan definir a la mujer que no se comprende a sí misma dentro del estereotipo, pero nunca me ha importado demasiado. En realidad lo que sí me importa es mi capacidad para oponerme a esa idea simple de la mujer como expresión de la cultura que educa para restringir e insiste en limitar. La mujer colérica que soy es una de esas visiones de mi feminidad que reconstruye la identidad parcial que impone la cultura donde nací en una visión más amplia de mi personalidad.