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Siete cosas que toda mujer feminista quiere que sepas

Siete cosas que toda mujer feminista quiere que sepas

Por Aglaia Berlutti.

Hace unos días, alguien escribió en mi timeline de Twitter lo siguiente: «Todas las feminazis son unas resentidas, feas y gordas que temen los hombres las violen». Lo dijo, luego de ponderar en varios tuits sobre el hecho que «no hace falta que nadie reclame derechos, las mujeres tienen (sic)» y concluir que «una feminista es una tipa insatisfecha». Por supuesto, no me sorprendió la colección de prejuicios en sus comentarios, pero sí el hecho que buena parte de quienes apoyaban el inquietante punto de vista, eran mujeres. Leí más de veinte respuestas, la mayoría de ellas celebrando «que finalmente alguien pusiera clara las cosas para esas locas» (refiriéndose, por supuesto a las feministas) y que sin duda «había que insultarlas más a menudo» para que «entendieran su lugar en el mundo».

—¿Te afectan todavía ese tipo de opiniones? —me preguntó mi amiga G., con quien almuerzo y que me escucha leer en voz cada uno de los tuits. Me encojo de hombros, sin saber que responder a eso.

—La mayoría de las veces no, pero… —tomo una bocanada de aire— ¿Cómo es que una mujer se burla de otra que defiende tanto sus derechos como los suyos? ¿Cómo es posible que pueda minimizar el hecho que alguien asuma militancia sobre la inclusión y la igualdad?

Mi amiga G. es socióloga y por años hemos conversado sobre temas parecidos. En más de una oportunidad, le he explicado mi frustración por el hecho que la palabra «feminista» se haya convertido en un insulto venial, en la descripción de una mujer «histérica» y «radical», en una especie de grosería a media voz con la que nadie sabe muy bien cómo lidiar. Y su respuesta siempre es la misma o algo muy parecido:

—Cualquier posición política minoritaria tiende a ser infravalorada, menospreciada y lo que es aún peor, satirizada. Es una reacción natural —me dice de nuevo en tono paciente—. El cambio siempre produce temor y una expresión de ideas políticas que incluye un cambio social, aún más. Cuando un hombre escucha a una mujer ponderar acerca su papel en la cultura y sobre las presiones y límites que sufre, no piensa en empatizar, sino que se siente amenazado. Se cuestiona el motivo por el cual debería sentirse responsable sobre ideas sobre las que no tiene control y las cuales heredó sin saber de donde proviene.

—Pero ¿y las mujeres? ¿Qué pasa con todas las mujeres que se burlan y critican al feminismo?

—Ese «rechazo» también se extiende a las mujeres por motivos muy parecidos. La inclusión no es un tema simple: se trata de comprender hasta qué punto necesitas reivindicar tu lugar en el mundo y qué necesitas para hacerlo.

Sigo sin entender del todo su argumento, aunque, por supuesto, sé muy bien sobre qué elementos se sustenta. Nuestra sociedad, hija del positivismo y muy consciente de sus debilidades y dolores, es una mezcla de cinismo con algo más parecido a una toma de conciencia tardía sobre quienes deseamos ser y cómo lograrlo. Y con respecto a la mujer el trayecto es mucho más escarpado y duro: después de todo, hasta hace menos de un siglo las mujeres ocupaban un papel secundario en la sociedad de cualquier país del mundo. La mayoría no podía votar, ejercer derechos económicos, disfrutar de libertad personal o incluso, decidir sobre su cuerpo. Las transformaciones sobre la identidad femenina son data reciente y la mayoría de ellas aún atraviesan una etapa de construcción muy temprana: buena parte de las ideas que promulga la tercera oleada del feminismo se encuentran en pleno debate y forman parte de un imaginario más amplio a nivel cultural de lo que podemos sospechar. Pero, ¿es suficiente esa justificación para la actitud ambivalente y la mayoría de las veces crítica que un considerable número de mujeres tienen con respecto al feminismo? Mi amiga piensa que sí.

—La mayoría de las mujeres de esta generación disfrutan del trabajo de feministas, aunque no lo sepan —me explica—, disfrutan de independencia personal, económica, profesional. Son individuos que pueden aspirar a una serie de reivindicaciones que serían impensables en otras épocas. Pero para las mujeres actuales esa idea es poco menos que brumosa.

—En otras palabras, denigran del feminismo al mismo tiempo que disfrutan sus victorias —protesto. Mi amiga suelta una carcajada amable.

—Suena tramposo, pero en realidad se trata de movimientos históricos naturales: todos somos herederos de una serie de reivindicaciones de todo tipo que son frutos de procesos sociales y culturales en los que no participamos y que ahora mismo podríamos criticar. La revolución francesa e industrial, el academicismo… hay una serie de ideas que se construyen sobre los escombros de otras. Y disfrutamos de sus consecuencias.

—¿Y qué ocurre con el feminismo?

—Se trata que aún hay muchísimos mitos, prejuicios y distorsiones sobre lo que una feminista es… y sobre la mujer en general —me explica— lo que quiere decir que, como toda vanguardia histórica de data reciente, aún está en plena construcción. De manera que de vez en cuando hay que aclarar, ordenar y sobre todo, ofrecer ideas concretas sobre lo que el feminismo es y puede ser. Una forma de elaborar planteamientos específicos sobre el tema.

Me preocupó la perspectiva. ¿A casi la tercera década del siglo XXI y todavía es necesario aclarar lo necesario que es un movimiento inclusivo que intente reducir la desigualdad entre géneros? La pregunta tiene cierto tono remilgado e incluso romántico y me molesta formularla en voz alta. Pero aun así, me permite aclarar lo que pienso sobre el tema. Comprender los alcances de esa inquietud que me provoca el rechazo que suscita el feminismo, como concepto y movimiento. De manera que comencé a cuestionarme sobre lo que cualquiera debería saber sobre el feminismo y más allá de eso, aclarar los mitos más comunes que acarrea el término.

¿Y cuáles podrían ser esas ideas erróneas, los puntos de vistas más insustanciales y las opiniones más sin sentido sobre el feminismo? Quizás las siguientes:

* Una mujer que es feminista es casi lo mismo que un machista o en otras palabras, el feminismo es «machismo al revés»

Hace unos meses, un conocido escribió en su timeline de Twitter que el «feminismo y el machismo» habían causado el «mismo daño» en la historia occidental. La expresión me sorprendió —y, lo admito, me enfureció— aunque no tanto como el hecho que insistiera en que «la actitud de las mujeres refuerza la idea del machismo». Luego de sostener un corto debate público, admitió que más que el feminismo lo que parecía irritarle era la actitud de algunas feministas. Cuando le hice preguntas sobre el feminismo como el movimiento político y su conocimiento sobre sus repercusiones e implicaciones, dejó de responder.

La idea es muy común y se basa esencialmente en el desconocimiento sobre lo que puede ser —o no— el feminismo y el machismo. Sobre todo, cuando la mayoría de las percepciones sobre el tema provienen de fuentes incompletas, erróneas y con frecuencia, burlonas. Pero más allá de eso, se trata además la manera más simple en que puede desvirtuarse lo que es el feminismo como expresión política a todo derecho. Resulta mucho más sencillo criticar a un movimiento que nace de la reacción o que incluso, no es otra cosa que el extremo contrario de lo que intenta enfrentar que analizar desde un punto de vista concreto sus alcances y sus logros. Una forma de reducir su importancia y sobre todo, banalizar su objetivo.

Y claro está el feminismo, con toda su carga cultural basada en ideas polémicas y que contradicen la mayoría de las veces el concepto de normalidad más corriente, es mucho más vulnerable a este tipo de ataques. Más de una vez, he leído y escuchado opiniones que tildan al feminismo como un «peligroso y radical» aunque no se extienden en detallar las razones por lo que le consideran de ese modo. Una actitud que banaliza la percepción sobre un movimiento social nacido por necesidad histórica y sobre todo, lo reducen a una visión muy simple de lo que puede ser.

Sólo para aclarar: el feminismo «no es machismo al revés». En realidad, el feminismo es un movimiento político y social que aboga por la inclusión legal y cultural sin distingo de género. El feminismo, además, es una también reflexión sobre los problemas que acarrea la discriminación y el prejuicio, pero sobre todo una visión sobre la necesidad que cualquier hombre o mujer tengan los mismos derechos y deberes como individuo.

El machismo, por otro lado, es una «actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres» según la definición de la Real Academia Española, pero también se trata de una conducta de menosprecio de género. El machismo no se reduce solo al sexo femenino o a la actitud del hombre sobre la mujer: como conducta social, abarca temas sensibles como la discriminación de minorías sexodiversas, así como también, ejerce presión social y cultural sobre el comportamiento masculino. En otras palabras, un hombre puede ser tan víctima del machismo como una mujer y padecer las mismas consecuencias sociales que conlleva.

De manera que pensar que el feminismo es es el otro extremo del machismo, no sólo equipara percepciones distintas de origen sobre el género, sino que además, se trata de un error conceptual considerable.

* Gorda, bigotuda y feminazi:

Hace unos dos años, acudí a cita de trabajo con un cliente a quien no conocía. Nada más estrechar manos me dedicó una mirada sorprendida y un poco confusa.

—La imaginaba distinta —me explicó cuando le pregunté qué ocurría.

—¿Distinta cómo? —pregunté un poco nerviosa. Se encogió de hombros.

—Como usted habla de feminismo, pensé era más… masculina.

No supe qué responder al comentario, entre sorprendida y desconcertada. El futuro cliente se apresuró a explicarme que había googleado mi nombre y la búsqueda había arrojado una serie de artículos sobre el feminismo. Intenté conservar la calma, mientras el desconocido me explicaba con torpeza la impresión que le había provocado mis opiniones públicas.

—Creí que… bueno, que usted sería de esas mujeres… desagradables.

Por supuesto, no es la primera vez que escucho un comentario semejante. De hecho, es uno de los más frecuentes con lo que una mujer que milite en el feminismo puede encontrarse. Desde insultos poco disimulados como el tuit que menciono más arriba hasta conversaciones incómodas como la anterior, una considerable cantidad de personas están convencidas que la defensa de los derechos femeninos te masculiniza o la mayoría de las veces, te convierte en un estereotipo que no es otra cosa que una caricatura cultural sobre lo que la mujer feminista puede ser. Una percepción burlona muy extendida sobre la personalidad y aspecto físico de una mujer que expresa ideas que contradicen planteamientos culturales muy específicos.

No, una feminista no es una mujer de aspecto masculino. Puede serlo si lo desea, pero lo que hace a una feminista serlo es su consciente activismo sobre causas concretas o su apoyo a ideas políticas relacionadas con el tema. Una feminista no tiene un aspecto físico específico y de hecho, no tiene importancia como luzca: lo esencial es su compromiso en la defensa con las ideas que promulga el movimiento. Una feminista puede llevar falda corta y escote y defender el derecho a verse como le plazca sin tener que sentirse amenazada. Una feminista puede llevar pantalones de corte masculino y debatir sobre ideas que afecten su capacidad para concebir y los derechos sobre su cuerpo. Una feminista puede ser delgada, con sobrepeso, de piel blanca o morena, ser joven o vieja. Porque el feminismo no condena, proclama o apoya la necesidad de lucir de alguna manera para apoyar un sistema de ideas basadas en la igualdad de género.

En una ocasión leí que la percepción de la feminista como «masculinizada» provenía de la Revolución Francesa, donde mujeres como Mary Wollstonecraft insistieron en la necesidad de analizar los derechos de hombres y mujeres por igualdad. Sus ideas fueron consideradas «masculinas» por contradecir lo que solía asumirse la pasividad del sexo femenino y por años, Mary execrada y marginada por continuar insistiendo sobre ellas. De hecho, durante siglos se masculinizó —y por los mismos motivos— a la mujer que sostiene y defiende ideas que no se consideran propias de su sexo. Una idea que perdura en mayor o menor medida hasta nuestra época.

¿Hay feministas que llevan pantalones y no desean usar maquillaje? Por supuesto: y también las que expresan su punto de vista sobre la moda, estilo y la estética de acuerdo a su preferencia. Lo realmente valioso en todo discurso político es la percepción de lo esencial de las ideas que promueve y el feminismo no es la excepción.

En cuanto a la palabra «feminazi» —tan de moda durante la última década— se trata de confusión de un término creado en 1990 por el locutor conservador Rush Limbaugh, donde se mezcla el feminismo con algunas connotaciones sobre el «nazismo», en un intento de resumir ambas ideas en un planeamiento que pudiera achacar al feminismo de «radical» y «violento». Limbaugh lo utilizó para señalar a las mujeres que exigían el derecho al aborto y equiparó sus exigencias a las prácticas de control de la natalidad que ejerció el nazismo sobre sus regimen de terror. Con el transcurrir del tiempo, la palabra se volvió parte de los términos que se utilizan para ridiculizar y minimizar el impacto ideológico del feminismo.

* La culpa la tiene el «hembrismo»

La primera vez que escuché el término me lo lanzó a la cara alguien con quien discutía. Me acusó de insistir en ideas que proclamaban la supremacía de la mujer sobre el hombre y sobre todo, en «atacar a la masculinidad» con supuestas reivindicaciones innecesarias. Luego esgrimió la palabra para resumir su malestar e incomodidad sobre las ideas que aluden a la igualdad de género.

—Que una mujer se crea igual que un hombre es «hembrismo» —me explicó tajante—. Eso es el machismo, pero la versión femenina.

Me quedé callada, tratando de asimilar el término y además, encajarlo en medio de la discusión que sosteníamos, en la cual debatíamos sobre el derecho al aborto, la pastilla anticonceptiva y el maltrato masculino. Cuando le pedí me hablara sobre los orígenes del supuesto movimiento, se encogió de hombros.

—Como feminista lo debes saber.

Pues no, no lo sabía. Más tarde dediqué horas a investigar y encontré que el «Hembrismo» no es otra cosa que un término que se suele usar para definir al feminismo radical y que no tiene en realidad otro origen que la cultura popular. Para la periodista Monserrat Barba, autora del artículo «“Hembrismo” y “feminazismo”, dos conceptos del machismo», el término no es otra cosa que otra forma de ridiculizar las posiciones feministas y así sostener la idea que cualquier exigencia de inclusión es una muestra de fanatismo. La palabra «hembrismo» además alude justamente a una idea que contradice cualquier idea feminista: la búsqueda de equidad.

* Esas mujeres radicales e histéricas:

Sí, hay militantes del feminismo mucho más radicales que otras y lo son, por los mismos motivos por los cuales hay seguidores de partidos políticos e ideologías extremos: la forma como se postula una idea puede ser personal y de hecho, muchas veces lo es. No obstante, la radicalización de medios e instrumentos para la difusión de ideas feministas, no define al movimiento en sí sino que expresa su capacidad para ser percibido de muchas formas distintas. Por el mismo motivo, soy una feminista que ha asistido en muy pocas ocasiones a manifestaciones públicas y que basa su actividad política en la difusión de reflexiones y consideraciones sobre los temas de reflexión que creo importantes sean parte de la discusión sobre género. Mi apoyo consiste en crear las condiciones teóricas y académicas necesarias para el debate de ideas y sobre todo, facilitar conclusiones al respecto. ¿Me hace eso mucho «menos» feminista que un miembro del grupo ucraniano de feminismo radical Feme? No lo creo. De la misma forma que tampoco podría decir que el feminismo se define sólo a través de sus rasgos más extremos.

Existe, además, una percepción sobre el «feminismo radical» que abre un tipo de debate mucho más profundo sobre el particular: ¿Cómo se define lo «radical» en la lucha por la obtención de derechos? ¿Manifestaciones callejeras ruidosas, desnudos, opiniones críticas, argumentos desafiantes? ¿O se trata del hecho que toda la estructura del feminismo en sí misma una idea que parece apoyarse y desafiar los criterios culturales a través de los cuales se percibe a la mujer? ¿Exigir derechos profesionales, económicos y culturales puede ser considerado un extremo? ¿Hacerlo a través de los medios políticos a la alcance de cualquier militante puede ser considerado una forma de radicalización? Se trata de cuestionamientos válidos que invitan no sólo al debate sino también, al análisis de lo que el feminismo puede ser.

* El juego de citas y la seducción, ¿enemigos del feminismo?

Una vez, un amigo me insistió que lo que más le molestaba del feminismo era que su novia ahora intentara «pagar su café» cuando deseaba «obsequiarla» con «gesto caballeroso». Cuando le pregunté muy asombrada que tenía que ver el feminismo en eso, me dedicó una mirada furiosa.

—¡Esa idea ridícula que una mujer debe pagar lo que come cuando sale con un hombre o rechazar galanterías! ¡O que no se pueden maquillar ni verse atractivas por el feminismo!

Por más que sea un comentario común, creo que jamás termino de acostumbrarme al hecho que se culpe al feminismo de tantas cosas distintas que poco o nada tienen que ver con sus postulados. Aún peor, el hecho que la mayoría de las acusaciones sean una serie de micromachismo que parece estar en todas partes. Me armé de paciencia.

—El feminismo realmente no se preocupa por los pactos y acuerdos a los que puedan llegar las parejas en sus relaciones —le expliqué— de hecho, el feminismo no se trata sobre el comportamiento entre hombres y mujeres, sino de los derechos a los que pueden aspirar ambos.

—Pero una feminista se ofende cuando le regalas un café o una cena —insistió—. ¿Qué pasa con eso?

Me pregunté si debía hablarle sobre el hecho que la mujer moderna disfruta de una libertad y autonomía económica inédita. Que para la gran mayoría su trabajo y profesión representan en buena medida una forma de triunfo social y que gran parte de las mujeres que conozco, están orgullosas de poder pagar sus gustos y sobre todo, su estilo de vida. Que hay una percepción sobre el tema cada vez más compleja, que se relaciona con la forma como la mujer se percibe así misma. Que no se trata de un menosprecio y mucho menos, una crítica a la caballerosidad, galantería o cualquier concepto análogo sino a una percepción muy concreta sobre lo que la mujer desea y quiere hacer. Una toma de control digamos, sobre aspectos de su vida que hasta hace poco eran difusos e incómodos.

No lo hago. Y me quedo callada porque para la mayoría de los hombres, la percepción sobre la independencia de la mujer es cuando menos confusa. No se trata de machismo o algún prejuicio, sino parte de esa herencia cultural que se hereda y que de alguna forma, aún presiona la forma en que el hombre percibe a la mujer. ¿Es ese punto de vista bueno o malo? En realidad, solo necesita evolucionar, hacerse más concreto, construir una idea más consistente sobre lo que pueden ser las relaciones entre hombres y mujer. De manera que sonrío, aprieto con cariño la mano de mi amigo y le dedico una mirada amable.

—Tú intenta entenderla —le digo entonces—, llegará un punto que quizás gracias a eso, se entiendan mejor entre sí.

* El patriarcado tiene la culpa

La tiene, claro. Y no es una excusa filosófica enrevesada que las «feminazis» utilizan para justificar su «victimismo». Durante casi nueve siglos, la cultura y sociedad del mundo se comprendió a través de lo masculino: No sólo las leyes, sino todo el entramado social, el arte y la dinámica familiar del mundo occidental se rigió a través de ideas donde la figura del hombre se privilegiaba sobre la femenina. Por buena parte de nuestra historia como civilización la organización social se ejerció a través de la autoridad del Pater Familia. ¿La consecuencia? Parte de la percepción secundaria, anónima y prejuiciada con que se tiene sobre la mujer proviene de esa herencia histórica.

La segunda ola del feminismo —ocurrida en los años sesenta y que tuvo como resultados derechos individuales inéditos para la mujer— insistió en que debía desmontarse patriarcado histórico, en otras palabras, la dominación y supeditación ancestral de la mujer al hombre. El feminismo actual también aboga por las mismas ideas: lucha contra la dominación de la sexualidad femenina, intenta evitar la objetivación y relegamiento de las mujeres al hogar, difunde la necesidad de otorgar a las mujeres espacio y relevancia pública. Las ideas feministas abarcan desde lo sencillo hasta agresivo de esa percepción de superioridad masculina que afecta los derechos legales y culturales de la mujer alrededor del mundo: se manifiesta en contra de ideas específicas como la ablación, el burka hasta alcanzar argumentos más sutiles como el desprecio por lo que puede definir a la mujer (todas las construcciones culturales del universo femenino) y su infravaloración como formas de expresión en pleno derecho. De manera que sí, el patriarcado tiene la culpa y es uno de los puntos álgidos en la lucha política del feminismo.

* ¿Qué es eso de «empoderada»? ¿Se trata de alguna otra cosa feminista que nadie entiende?

No, se trata de un proceso natural de toma de conciencia sobre los derechos y deberes —poder, sin más ni menos— que posee o puede ejercer un colectivo o una persona, con frecuencia menospreciado por una situación de exclusión. Una mujer «empoderada» es una mujer que sabe con exactitud el valor de sus capacidades y cómo asumir un rol mucho más activo en la defensa de sus ideales, compromisos personales y principios. En otras palabras, una mujer empoderada es una mujer inteligente y talentosa que sabe que lo es y disfruta siéndolo.

En una ocasión, alguien me insistió que ninguna mujer debería ser feminista porque es una «forma de insulto» a su identidad femenina. Pienso a veces en esa frase cuando redacto artículos sobre el derechos de la mujer, mientras participo con mis ideas y mi punto de vista sobre nuevos escenarios que incluyan a la inclusión y equidad como un tema de enorme relevancia, cuando me enfrento a la exclusión y discriminación de todas las maneras que puedo. Y creo que es justamente esa percepción sobre la normalidad trastocada e «insultada» lo que me anima a continuar luchando como lo hago. Lo que me inspira a continuar. Una pequeña batalla diaria, una forma novedosa de comprenderme a mí misma.

Una nueva forma de celebrar mi identidad.

Del delantal a la pancarta: El feminismo a cuenta gotas

Del delantal a la pancarta: El feminismo a cuenta gotas

Por Aglaia Berlutti.

Que yo recuerde, ninguna mujer en mi familia se llamó a sí misma feminista, aunque sin duda, lo eran. En diferentes formas y bajo diferentes banderas, cada una de las mujeres de mi familia abogaron desde sus trincheras por ideas que, en otras partes del mundo, serían consideradas directamente políticas, aunque ninguna de ellas militó en movimiento social o cultural alguno. Desde mi madre, que por años luchó por los derechos laborales de la mujer en la empresa donde trabajaba, hasta mis primas, varias de las cuales desafiaron los estereotipos femeninos venezolanos cursando licenciaturas científicas con enorme éxito. Además, en mi familia aprendí que es necesario analizar y reflexionar sobre los derechos personales y, sobre todo, de reivindicar lo que se considera justo en cada oportunidad posible. ¿Un primer paso para mi futuro feminismo?, muchas veces pensaría que simplemente se trata de una toma de conciencia de la necesidad de asumir la responsabilidad cultural y social sobre tus opiniones. Pero a veces me pregunto si el feminismo como idea nació justamente de esa noción sobre lo que es justo y lo que no, sobre lo que aspiramos y lo que necesitamos más allá de lo que la sociedad nos impone.

No es una idea sencilla de comprenderse. El feminismo es incómodo —debería serlo, como toda corriente política que se oponga a cierta tradición establecida— pero también, se encuentra en medio de una percepción muy dura sobre el canon y rol de la mujer. En cada ocasión en que digo en voz alta que soy feminista —y lo hago siempre que puedo, en voz muy alta y audible— la reacción es muy semejante: una mirada dura y fría, una sonrisa incómoda e incluso, algo que suelo denominar "la postura del puro desagrado". Hablo del momento en que el interlocutor de turno cruza brazos y piernas de forma muy apretada y se queda muy rígido, mientras me observa con un evidente mal humor.

— Pero, feminista ¿Feminista?  —me preguntó en una ocasión un amigo—, ¿de las…de verdad?

— ¿Hay otro tipo de feministas?

De inmediato, mi amigo adoptó la conocida postura de "puro desagrado". Adelantó la barbilla con el ceño fruncido y me pregunté con cierto humor profano, si ahora si disponía a explicarme las cien razones por las que una mujer sensata no debería ser feminista (ya me ocurrió). En este caso, mi amigo sólo se limitó a quedarse en silencio por un buen rato, como si esperara que sucediera alguna cosa. Tal vez esperaba que como feminista "de las de verdad" me arrancara la blusa para mostrar el pecho desnudo sobre el cual podría leerse alguna consigna política o algo por el estilo.

— Lo digo porque pareces una mujer normal —dijo por fin—, es decir…te maquillas, tienes el cabello largo, usas ropa…de mujer.

— Porque soy mujer.

— Y también feminista —me recordó, como si ambas cosas fueran mutuamente excluyentes.

¿Podría empeorar esto?, me dije mientras tomaba la taza de café que había estado tomando durante la conversación para beber un sorbo de una asesina temperatura. La verdad, podría hacerlo y mucho. Por años, he escuchado el mismo tipo de preguntas —y comentarios— de los más variados interlocutores. Y otros que, por mucho, desbordan la idea general sobre decoro y discreción. Han cuestionado mi sexualidad, mi posición económica, mi color de piel. Hubo alguien que me acusó directamente de "odiar a los hombres" —nada nuevo bajo el sol— y otro que añadió que "odiaba a todo el mundo, por eso exigía derechos". Una y otra vez, me sorprendió el rencor y esa leve furia pasajera que suelen despertar en otras ideas políticas de las que saben bastante poco, pero en especial, el encono con que se suele acusar al feminismo de todos los males del mundo. Una especie de chivo expiatorio ideal para el mal humor mundial.

¿Las cifras de chicas adolescentes embarazadas aumenta? No culpe a los padres por no educar con paciencia a sus hijos sobre las responsabilidades que tienen sobre su futuro, al sistema que no ofrece educación sexual o a la religión que estigmatiza el uso de anticonceptivos. Culpe al feminismo, por creer que la mujer tiene derecho al placer sexual. ¿La estadística de violaciones son cada vez más preocupantes? No es culpa de la cultura que asimila y normaliza la agresión, ni tampoco de todos los elementos patriarcales que culpan a la víctima y protegen al agresor. La culpa es del feminismo por convencer a las mujeres que son libres e independientes, que pueden viajar solas y caminar por la calle a la hora de su preferencia. Y podría continuar, sin duda, enumerando las "culpas" de un movimiento que promovió en mujeres de todas las edades la aparente fatídica certeza que tienen los mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano. Que reclamarlos, es cuestión de justicia.

Y es que justamente, el Feminismo histórico nació con respecto a la idea de la justicia. Cuando se analiza el planteamiento, sorprende que a la humanidad le haya llevado tanto tiempo analizar la idea de lo femenino desde un cariz único: la necesidad de reconocer los derechos de la mujer como una idea inherente a su individualidad. Durante gran parte de la historia Universal, lo femenino fue considerado no sólo accesorio sino también sucedáneo de lo masculino, como si la mujer, esa mítica costilla de Adán, fuera simplemente un accidente biológico destinado a cumplir un muy específico deber reproductivo. Incluso, durante los primeros debates sobre la igualdad y los valores humanos alentados bajo el marco de la Revolución Francesa, la idea de la inclusión y la revalorización de la identidad humana, estaba referido únicamente al hombre. En más de una ocasión, la filósofa y proto-feminista Mary Wollstonecraft insistió en el hecho que el papel de la mujer y la reivindicación de sus derechos, era lamentablemente ignorado por los grandes pensadores de su época, obsesionados por la igualdad entre los hombres, pero ignorando al llamado "sexo débil". Frustrada y angustiada, llegó a escribir que "el tiempo transcurre entre debates sobre la exaltación del ciudadano y como siempre, olvidando a la mujer en la sombra". Una declaración inquietante sobre esa percepción de la mujer invisible —el no ser, el no estar— tan frecuente e incluso normalizada a través de la historia.

No debería ser necesario que alguien señalara qué es justo o qué no lo es. Debería ser un instinto inmediato, una toma de conciencia elemental sobre lo que necesitamos asumir como un derecho esencial en nuestra manera de percibir el mundo. Pero no lo es tanto. No lo ha sido por siglos, donde incluso se ha debatido sobre el hecho real si la mujer podía ser considerada como un ser humano. Una idea que ahora mismo puede parecer desconcertante, pero que fue alentada y transformada en una idea cultural por siglos. Y es que hablamos sobre la noción de la individualidad de la mujer, el respeto a sus capacidades y su identidad. ¿Existe un progreso exponencial con respecto a cómo se interpreta lo femenino actualmente? Nadie lo duda. ¿Es necesario insistir sobre lo justo y lo injusto con respecto a lo femenino? Por supuesto que lo es. Y lo es en la medida que se mantiene una percepción más o menos idéntica sobre el deber ser de género durante buena parte de las largas décadas de lucha por la inclusión femenina. Desde el soterrado debate del "papel de la mujer como sostén del hogar" (y su obligación casi ancestral de someterse a un papel secundario en beneficio de la percepción de la familia), hasta esa insistencia en la identidad de la mujer sujeta a la maternidad. No es tan sencillo sustraerse de siglos de macachona insistencia en el papel secundario de lo femenino. Se trata, sobre todo, de esa percepción sobre la razón por la cual, la mujer sigue siendo analizada desde una dimensión única — el papel, el género y la identidad—  y más allá de eso, de cómo se percibe así misma a través de los cambios políticos y sociales. No siempre es sencillo aceptar que esa mirada condescendiente continúa allí, que la lucha de ideas políticas debe enfrentarse no sólo a lo obvio, sino a algo más sutil: a esa comprensión de la mujer como parte de un esquema de valores y tradiciones que intentan definirla desde una inquietante visión genérica.

Hace unos meses, otro amigo cuestionó con mucha seriedad que insistiera escribir sobre feminismo cuando ya no parece ser importante hacerlo. Lo hizo con toda buena voluntad y sin ninguna malicia, pero dejándome muy claro que, a estas alturas de nuestra época, hablar de feminismo era más o menos, un dinosaurio ideológico. Lo escuché de buen humor.

— ¿Y exactamente por qué lo es?  —le pregunté. Soltó una carcajada amigable.

— Oye, tienes que admitirlo. Los derechos de la mujer ya no están en debate. Los tienen y ya. Y sí, hay lugares en el mundo donde insisten en menospreciar a la mujer y esas cosas, pero la mayoría es bastante abierto a los cambios. ¿No es eso lo que querían?

No respondo. Nos encontramos caminando en un Centro Comercial, rodeados de unas cuantas vitrinas donde maniquíes hipersexualizados muestran sus enormes pechos a quien quiera mirarlos. Nos tropezamos con seis o siete peluquerías antes de encontrar una pequeña librería del ramo. Una mujer camina delante de nosotros con unos altísimos tacones y una falda muy cortita y cuando se cruza con una pareja, la mujer le dedica una mirada dura y ofendida. Aprieta el brazo del hombre a su lado. Un poco más allá, la publicidad de una bebida alcohólica muestra una mujer de espléndida figura y anuncia: "Bébetela entera". Me pregunto si me convertí en una de las temidas "feminazis" al notar todo ese conjunto de ideas. O que quizás, no es tan fácil ignorarlas cuando aspiras a una cultura que te comprenda desde la igualdad y no la debilidad.

—¿No sería mejor decir "lo que merecíamos"? — le respondo. Mi amigo parpadea.

— Oye, es lo mismo.

— No lo es — suspiro—  hay una idea muy general sobre el hecho de que la mujer tiene lo que deseaba y eso debería ser lo suficiente. Como si el aspirar a la inclusión fuera un reclamo caprichoso. Una malcriadez histórica.

Mi amigo sacude la cabeza, incómodo. Más de una vez, me ha comentado que le fastidia el tema de los derechos de la mujer por innecesario. Insiste que la mujer en Venezuela "hace lo que quiere" y nadie le pone objeción. Que en nuestro país, la mujer tiene más libertad "que en cualquier otro país de latinoamérica". Cuando me lo dice, siempre me pregunto si está consciente de la inquietante carga de planteamientos que supone su visión, si el hecho de hablar que la mujer venezolana "hace lo que quiere", no parece suponer que hay una cierta percepción sobre lo que "no podría ser". Y no hablamos de una ideal legal, sino de algo más sutil. ¿Me estaré convirtiendo realmente en una de esas estigmatizadas y paranoicas Feminazi?, me pregunto. ¿O se trata de algo más?

Unos días después, mi amigo A. me escucha ponderar sobre el tema en voz alta. Lo hace con frecuencia: A. es un antropólogo con un considerable interés por el tema femenino. Suele bromear sobre el tema llamándose "el único hombre feminista en Venezuela" y añadir que forma parte de esa oleada de hombres que analizan lo femenino desde una perspectiva nueva. Y lo hace no por alguna curiosidad profesional, sino porque considera que la libertad y la igualdad garantiza — en genera—  una sociedad más justa. Cuando le hablo sobre los comentarios de mi amigo, sacude la cabeza.

— Es un curioso juego de palabras, pero realmente mucha gente está convencida de que las mujeres tienen los derechos "que tanto insistieron", como si fuera una dádiva de la sociedad y la cultura "permitir" que un grupo de ciudadanos aspire a la igualdad — me dice—  cuando se dice así, es de una simpleza peligrosa. Básicamente es una idea que supone que la sociedad debe repensarse y por último admitir, que sí, que no exista discriminación por razas, que el menosprecio de género es censurable y que el prejuicio por orientación sexual debe ser derrotado. Pero ese pequeño matiz en la aseveración, ese "pero" invisible, cambia toda la percepción.

Pienso en ese "pero invisible" que menciona A. y que escuchado tantas veces. No soy machista, pero las mujeres deberían ser más discretas al vestir. No soy machista, pero mira que se buscó la violaran por andar borracha. No soy machista, pero… La frase se repite hacia el infinito y no únicamente referido a temas tan debatibles — y que se debaten con tanta frecuencia—  como la percepción de la mujer en nuestra cultura. También encuentro ese "Pero" en todas las veces que la ley menosprecia a la mujer, en mi país o en cualquier otro, en que una mujer es juzgada por cómo se ve antes que por su capacidad. En todas las veces que ese "Pero" encumbre violencia, agresiones. En ese "pero" que justifica conductas inadmisibles, pero que de alguna forma suponen una perspectiva válida. En ese mundo que se extiende más allá de lo que la sociedad asume que la mujer puede y debe ser. Ese "pero invisible" tan ambiguo y preocupante que se extiende en todas direcciones desde una percepción de la mujer como rol histórico.

Pero volvamos a lo cotidiano. No sólo al hecho que la palabra "Feminista" se ha transformado en un estigma, sino también al hecho que figuras muy públicas hablan sobre humanismo y otros conceptos con una frugalidad que asombra cuando no resulta preocupante. Hablemos del hecho de lo que implica que un grupo de mujeres célebres admitan que la idea del Feminismo (así, con mayúscula) puede resultar incómoda, sino que está bien asimilar que algo así como la defensa y análisis de la identidad femenina en el mundo, es un planteamiento tan en desuso como por completo aburrido. Y es que de hecho, la mayoría de los planteamientos de las celebridades — y otro tantos que los apoyan y sostienen—  es que el "feminismo moderno" (ese término confuso que parece incluir desde los rasgos más extremos y políticamente insustanciales del movimiento hasta los análisis en mesa de debates de derechos políticos y culturales en busca de la inclusión) es una preocupación que no parece combinar muy bien con lo que se supone las nuevas luchas políticas mucho más vistosas y agradables. Caramba, que nadie se quiere ver envuelto en discusiones donde el debate se centre en cosas tan antipáticas como derechos laborales y reivindicaciones culturales. Mucho más fácil hablar sobre "Humanismo" (así, en genérico) que preocuparse por ideas muy puntuales y que afectan a millones de mujeres alrededor del mundo.

Pienso en todas esas conversaciones mientras un hombre me llama "machorra" en un un comentario vía web por declarar que no deseo tener hijos ni tampoco contraer matrimonio. Lo pienso, cuando alguien más opina que quizás debería moderar mis opiniones y hacerlas más "femeninas" para evitar debates insustanciales. Más tarde lo recordaré cuando una amiga se lamente que a pesar de sus esfuerzos, continúa obteniendo una fracción del salario de su contraparte masculino con quien comparte funciones. Cuando lea las preocupantes noticias sobre ablaciones masivas consideradas religiosas y culturalmente aceptables en varios países africanos. Cuando leo de nuevo a alguien ponderar sobre la "culpabilidad" de la mujer que sufre una violación. Una lamentable carencia de esa percepción de la comprensión el feminismo como una idea que se fundamenta en un cambio social y también cultural.

El campo de batalla en el cuerpo de la mujer: De la violencia estética y otros dolores

El campo de batalla en el cuerpo de la mujer: De la violencia estética y otros dolores

Por Aglaia Berlutti.

A mi abuela le encantaba decir que el cuerpo de la mujer es un reloj universal. Una frase preciosa que encierra, sin embargo, cierta rudeza tácita, una versión más dura y amarga sobre lo que parece un halago casi delicado. La primera vez que se la escuché me dedicó una sonrisa socarrona cuando le dije que pensaba que el asunto del reloj tenía cierta connotación siniestra. Con mi vívida imaginación, recuerdo haber tenido una imagen clarísima de una mujer desnuda, con los brazos en cruz, tendida sobre un artefacto de relojería rodeado de rostros. Las manos de la mujer extendidas para sostener todo lo que había a su alrededor, para mantenerlo en equilibrio. Para sostenerlo con cuidado sobre los hombros. Como si el centro de un mundo misterioso dependiera de ella.

—No es una idea bonita —le dije a mi abuela. Ella sonrió.

—¿Te dije que lo fuera?

Me eché a reír. Durante años, habíamos discutido temas semejantes. El cuerpo de la mujer, la forma en la que la sociedad le trata, la manera en que a una mujer se le juzga —se le mira, se le señala, se le clasifica— por su apariencia. No es un pensamiento agradable, pero sí muy antiguo. Uno que parece enraizado en la percepción de lo que somos —y podemos ser— a través de una idea común. La mujer es un símbolo social y cultural. O mejor dicho, lo es la que la sociedad piensa de ella.

—Una mujer siempre ha sido la forma en que la sociedad piensa en el tiempo. O en la belleza —agregó mi abuela— es un raro privilegio de no haberse convertido en un deber.

Una idea curiosa esa. Por supuesto, sé que en todas las culturas primitivas y endogámicas, el paso biológico de una mujer de la adolescencia a la adultez plena supone una forma de magia: probablemente se deba a la transformación física evidente que sufre o al carácter ritualista que muchas culturas atribuyen a la menstruación y a la capacidad de la mujer para concebir. Como los Sioux, que solían celebrar una ceremonia especial de la pubertad llamada Ishnati Awichalowan, que coincide en el calendario gregoriano con el día 6 de septiembre. Una manera de celebrar no sólo el paso de una mujer de la niñez a la primera juventud (y por tanto, el renacimiento de la tribu entera) sino algo más profundo y complejo de comprender a la distancia. El Ehayapa (pregonero) cabalgaba alrededor de los oficiantes del ritual anunciando que la joven había crecido y estaba preparada para asumir las responsabilidades de la mujer. Lo hacía sacudiendo pieles y cantando canciones tradicionales, que toda la tribu repetía a medida que la cabalgata se hacía más rápida. A la mujer se le vestía en un vestido nuevo y blanco de piel y plumas de pavo. Era la agasajada pero también, el centro mismo de la aldea. Una forma de permanencia de la memoria.

—Mira, la cuestión sobre la mujer, su cuerpo y su capacidad para concebir siempre se ha discutido desde tiempos inmemoriales —me dijo en una ocasión una de mis profesoras favoritas de la Universidad— la Diosa en todas sus encarnaciones, era una manera de comprender el tránsito temporal pero también, la trascendencia del bien y el mal. El cuerpo de la mujer era un terreno de batalla y de estudio.

Entre los Navajo la ceremonia de la pubertad es un ritual complejo que se sigue celebrando en la actualidad, llamado Kina'aldah. En el calendario gregoriano occidental, coincide con los primeros días de septiembre. Dura cuatro noches con la última de las noches cantando hasta el amanecer. La primera luna de una joven era un gran orgullo y se anunciaba a todo el mundo. Para los Apache, la misma ceremonia se relaciona directamente con el ciclo Lunar. Después de estar aislada durante cuatro días la joven salía en un nuevo y hermoso vestido de piel y plumas de pavo, la viva imagen de White Painted Woman, (La mujer pintada de blanco), la madre de todo y heroína cultural de los Apache.

—Una mujer era la encarnación de la Diosa — prosiguió mi profesora en esa ocasión— pero también de su pueblo.

¿Cuándo cambió toda esa perspectiva del tema? El cristianismo tuvo su buena cuota de responsabilidad. No sólo transformó a la mujer multidimensional en un reflejo de una única virtud —la virginidad— sino que además, la transformó en un debate teológico sobre su mera existencia. La iglesia católica —prejuiciosa y directamente emparentada con el machismo tradicional judaico— transformó a la mujer reloj en la mujer reflejo. La figura capaz de mostrar todos los temores, dolores y ausencias. La mujer pecado. La mujer ideal convertida en pura tentación. Una idea inquietante.

—Una idea relacionada con el poder— me dijo hace poco B., historiadora y que lleva un buen tiempo investigando al respecto— no se trata de misoginia, se trata de control. La mujer engendraba al rey, al príncipe, a la línea matrilineal. Un poder así, debía ser controlado.

¿Y como llegamos de esa percepción del poder absoluto a la simple estética? Un salto cuantitativo, pienso mientras leo por enésima vez "La historia de la belleza" de Umberto Eco. ¿Como se transformó ese concepto de poder a uno tan en apariencia superficial como la forma en como lucimos? Mi amiga B. suelta una carcajada maliciosa cuando se lo comento, unos días después de la primera conversación.

—Sigue siendo el mismo tema sobre el poder. Sólo que ahora se accede al éxito a través de la apariencia —me dice—. La publicidad construyó una idea sobre lo idóneo y lo deseable que a su vez, sostiene una percepción de quienes somos o quienes podemos ser, muy cercana al ideal. Y eso es también una forma de expresar ideas políticas y sociales. Una cultura vanidosa pero también, que en el fondo, analiza las cuestiones sobre lo poderoso a través de la forma en como comprende la estética.

Más tarde, me miro en el espejo. Me observo con esa atención crítica muy femenina: Tengo —de nuevo— unos cuantos kilos de más que se traducen como una pequeña pancita y algunos gorditos alrededor de la cintura. Y mis curvas son un poco disparejas. El cabello negro, grueso, alborotado y abundante, me cae sobre los hombros. Nunca tuve una melena lisa, manejable, como de publicidad de champú. Pero me encuentro bella, en mis defectos y la topografía irregular de mi cuerpo. Sonrío mientras lo pienso. Me siento sana, plena, fuerte. Quizá con esa sincero aprecio por mi identidad, por las líneas conocidas de mi cara, esas regiones irregulares de mi identidad. En otra época de mi vida, ese pensamiento me habría producido miedo, una profunda angustia. Pasé muchos años enfrentándome a mí misma, cuestionando mi reflejo, intentando encontrar algo en él que no tuviera que criticar. Fueron tiempos duros, una larga discusión a solas con mi propio concepto sobre mi feminidad.

Decía Susan Sontag. que "No está mal ser bella. Lo que está mal es la obligación de serlo". Esa frase me obsesionó por años. Pasé toda mi adolescencia sintiéndome muy inadecuada, muy extraña, poco agraciada. Estudiaba en un colegio solo de niñas y desde muy pequeña asumí dos ideas: La belleza tenía unas medidas, colores y formas determinadas. Y yo no las tenía. Era muy delgadita, con cabello abundante y rizado, pálida y pecosa. Ningún peinado de moda me lucia bien y mi cutis pálido no parecía agradarle a ninguno de los chillones maquillajes de esa adolescencia radiante de principio de la década de los noventa. Me sentía constantemente incómoda, extrañamente aislada en mi singularidad. Lo peor era que no comprendía bien que sucedía conmigo. ¿Por qué la belleza —o no tenerla, en todo caso— me importaba tanto? ¿Qué exactamente era lo que me hacia sentir tan pequeña, herida al mirarme en el espejo?

—El poder se manifiesta de muchas formas —dice entonces B. y me trae de nuevo al presente—. La belleza no es una percepción consistente. Es una alegoría. Pero como alegoría sigue siendo poderosa, una percepción idónea sobre la identidad colectiva.

Cuando era muy jovencita, el tema del aspecto físico me abrumaba por incomprensible, o al menos, por no tener control sobre él. Eran tiempos complicados: la adolescencia por lo general lo es, pero además crecía en un país adicto al brillo y a la lentejuela, a las curvas abundantes, a la mirada masculina. Rodeada de muchachas de mi edad que no podían ser más distintas a mí misma ¿por qué no podía comprenderlas?. Una sensación agria, porque realmente quería hacerlo, deseaba pertenecer. ¿Y quién no? Pienso ahora, a la distancia, cuando pienso en esos años difíciles y angustiosos, en esa sensación perenne de intentar encajar en el entramado de las cosas que deben ser, sin lograrlo. Me miraba en mis fotografías con una profunda ansiedad: los ojos negros, el cabello oscuro y alborotado, la boca grande y sin forma. ¿Quién era? Me preguntaba mirando la muchacha del espejo. La que no era rubia ni tenía el cabello liso, la que no llevaba maquillaje, ni tenía un abundante y juvenil escote. ¿Quién era? La respuesta era complicada, quizás porque no existía. Había algo agotador en ese cuestionamiento constante, en esa inquietud de mirarte al espejo buscando lo que no tienes. ¿Por qué quería ser distinta? ¿Por qué necesitaba serlo?

Terminé el bachillerato siendo casi una niña. Tenía apenas quince cuando comencé en la Universidad. Seguía siendo bajita, flaquita, greñuda y pálida. A veces me miro en la fotografía con mis compañeras de promoción: todas ellas llevando maquillaje, el cabello teñido, siendo pequeñas mujeres que sonríen porque sabe que lo son. A su lado, con la melena alborotada domada y un sencillo vestido negro, me veo más aniñada que nunca. Más angustiada por no llevar zapatos de tacón alto, las uñas esmaltadas y esa belleza de mujer experimentada. A lo sumo, llevo un disfraz de nínfula torpe: con los ojos muy maquillados de negro, mi aspecto es el de alguien muy incómodo, muy fuera de lugar. Exactamente como me sentía.

Por supuesto, que en la Universidad, las cosas cambiaron radicalmente. Con la libertad recién descubierta encontré que mi necesidad de pertenecer se transformó en otra cosa: la necesidad de comprenderme. Era muy joven aún para disfrutar a plenitud del Campus, de esa sensación de redescubrimiento que te brinda la independencia intelectual, pero sí comencé a tener otra perspectivas de las cosas. Una aceptación de mi propia identidad que nunca había conocido. Tal vez se debía al simple hecho de estar rodeada de desconocidos, pero mi aspecto físico dejó de preocuparme. O mejor dicho, me miré de otra manera. Recuerdo ese alivio que experimenté cuando a nadie pareció importarle si mi cabello era rizado o liso, o si era muy delgada o comenzaba a ganar kilos. La presión era académica y aunque subsistía la estética, yo podía decidir si la aceptaba o no. O mejor dicho, dejé de aceptarla y me dediqué a cuestionarla. Un buen cambio, sin duda. Una manera de asumir mi identidad desde otra perspectiva: la propia.

Porque se trata de eso ¿verdad? Mirarte a través del cristal ajeno. De allí nace esa extraña sensación de no comprender el mundo, de no mirarlo de manera clara. No lo miras desde tus ojos, tus conclusiones. Intentas amoldarte a otras. Esa idea me hace recordar cuando era niña y no me interesaba jugar con la célebre protagonista de la infancia femenina: La muñeca Barbie. Tenía una buena colección —por extraño que parezca, mi madre es fanática de su pequeño mundo rosado— pero en lo particular, nunca supe muy bien qué hacer con la muñeca. Me asustaba un poco, de hecho, la sonrisa congelada, el cuerpo articulado y desnudo, lo mudo que resultaba. De manera que prefería jugar desarmando y armando relojes, escribiendo en la vieja máquina escribir de mi abuela cuentos de terror que solo leía yo y tomando fotografías borrosas con mi vieja cámara Kodak. Y la Barbie continuaba allí, vestida y bien peinada, representando esas cosas que nunca entendí muy bien pero que sí parecía para todo el mundo. Los vestidos llamativos, el cabello en melena rubia de nylon cayéndole sobre los hombros diminutos. ¿Y si no eres así? Me pregunté más de una vez. ¿Y si no eres la niña que viste de rosa? ¿Si no eres la rubia del guardarropa opulento? ¿Si no entiendes a las muñecas simplemente? Recordé esa sensación de confusión muchas veces en el colegio de monjas bigotonas donde me eduqué: ¿Qué pasa si no quiero llevar el cabello liso? ¿Qué pasa si no deseo sonreir?

Me hice adulta debatiéndome con esas ideas. Siempre regresan. Es inevitable no cuestionarte, una y otra vez, sobre tu aspecto físico e incluso, sobre tu visión de la estética cuando el mundo lo hace constantemente. Mi respuesta fue fotografiarme, muchas veces. Y fotografiar. Pero en todo caso, lo mejor que hice fue comenzar a luchar contra el miedo. Porque es miedo, así de simple. Hay un miedo terrible a ese no ser, a ese no poder reconocerte en ningún lado. Quizás por ese motivo mi amor por las grandes escritoras, el poder de la mente de otras mujeres que como yo, comenzaron a preguntarse qué le debían al mundo para mirarse en un espejo deformado de expectativas. Crecí luchando contra ese dolor diminuto de lidiar con tus propios prejuicios sobre la belleza y más allá, con esa necesidad de comprenderme a través de ellos. Crecí, mirándome madurar frente al lente de una cámara y enfrentándome a mi miedo a diario, intentando vencerlo pero a la vez, siempre un poco asombrada de su poder. Y cuando finalmente me convertí en adulta, gané la batalla o mejor dicho: supe la había ganado. Nunca advertí cuándo. Pero la mujer que ama las ideas, la mujer que se construye cada día, la mujer que se considera hermosa por derecho propio venció a la asustada, a la que se inquietaba por la imperfección de la piel, la que lamentó no entender nunca el mundo rosa y de encajes de la Barbie. La niña que amó las palabras antes que al labial, y la mujer en que me convertí después.

Mi reflejo en el espejo sonríe. Y siento ese placer enorme, misterioso del poder de las ideas, de esa rebeldía del que ama lo que es, más allá de lo que cree necesita ser. Me pregunto entonces, mirándome sin reservas, con amabilidad y con enorme satisfacción, si la niña que fui, esperaba ser la mujer que soy. La sonrisa se hace más amplia, radiante. Porque creo que la respuesta es sí.

C'est la vie.

Las tres reglas de oro de la cultura patriarcal y otros pequeños temores

Las tres reglas de oro de la cultura patriarcal y otros pequeños temores

Por Aglaia Berlutti.

En Latinoamérica, la soltería no es un estado civil en sí mismo, sino el tránsito hacia algo más. Eso lo descubrí muy joven, cuando expresé mi firme intención de no contraer matrimonio y además, mucho menos ser madre. Tenía dieciséis años y aunque no había un motivo claro para semejante decisión, me hizo sentir poderosa el mero hecho de tomarla. Una de mis amigas me escuchó y se burló de mí con cierta socarronería.

–Ya te quiero escuchar cuando te enamores –refunfuñó.

–Puedo enamorarme de alguien y no pensar en matrimonio –respondí.

–Entonces ¿qué sentido tiene enamorarse?

Primera regla de oro de la nuestra cultura: el amor necesariamente debe convalidarse por el viejo y tradicional rito del matrimonio. La segunda regla de oro llegaría a continuación.

–Además, si quieres tener hijos, no lo tendrás sola –prosiguió mi amiga– ya verás que querrás casarte alguna vez.

–No quiero tener hijos –dije con absoluto desparpajo.

–¿Que…no? –parpadeó– ¿Cómo puedes pensar algo así?

En realidad, me pregunté cómo podía estar tan segura de querer ser madre alguna vez. Ambas éramos adolescentes, en medio de esa providencial incertidumbre que precede la vida adulta. No comprendí cómo todo era tan claro para ella, supongo que de la misma manera ella era incapaz de entender cómo todo resultaba tan confuso para mí.

–No me gustan los niños.

–A todas las mujeres le gustan –declaró– y a ti también, sólo que no lo sabes.

A continuación, me explicó la tercera regla de oro de nuestra sociedad, en medio de una serie de preguntas más o menos incómodas que no siempre supe cómo responder. ¿Qué se supone que iba a hacer con mi vida si no era madre? ¿Qué otra cosa podía aspirar una mujer sino tener un bebé? Y por último, la cuestión que parecía preocuparle más que cualquier otra cosa ¿Por qué una mujer no querría tener hijos?

–Para eso estamos en el mundo –dijo– no entiendo como para ti no es clarísimo.

Bueno, no lo era en absoluto. Con el transcurrir del tiempo, encontré que las tres reglas de oro de nuestra sociedad se permutaban e intercambiaban, pero el sentido siempre era exactamente el mismo: No se podía ser soltera sólo porque así lo quería. Mucho menos, podía decidir no ser madre únicamente por desearlo. Entre ambas cosas, subsistía la idea que una mujer no podía estar sola por voluntad propia y mucho menos, por un deseo concreto. Ser soltera – que no es lo mismo que estar soltera, que es un matiz por completo distinto – tenía algo de anormalidad, una pieza que no encajaba en el gran mecanismo de la sociedad.

Recordé esa conversación hace unos meses, cuando a propósito del Día de las Madres, una de mis amigas escribió una pequeña reflexión en la que lamentaba la curiosidad morbosa, irrespetuosa e invasiva de quienes le acosan con preguntas sobre una futura maternidad. Atormentada por los cuestionamientos, la persistencia de las preguntas muy cerca de una indiscreción grosera, se preguntaba por qué debían soportar semejante presión, el motivo por el cual debían asumir que era necesario no sólo exponer su dolor –impaciencia, frustración– privada a quién quisiera escucharla, sino el motivo por el cual, buena parte de las personas creían que los motivos de una mujer –su cuerpo, sus decisiones– eran de dominio público.

Acompañado de una fotografía de sus pies desnudos sobre un suelo de líneas entrecruzadas –una encrucijada delicadísima en un diseño de granito– mi amiga escribió lo siguiente:

"¿Con qué sueño en el día de las madres?

Con no poderme ver los pies por tener una barrigota atravesada.

Pero no es tan rápido y sencillo para todas y eso es algo de lo que sólo se habla puertas adentro.

Las que llevamos como un estigma este deseo aún frustrado.

Las que han llorado viendo una regla saben perfecto de lo que hablo.

Las que han contado días, las que se han metido un termómetro en la totona, las que han hecho pipí en palitos plásticos rezando por las rayitas, a las que nos dicen que hay que tomárselo con calma, nos recomiendan doctores y nos hemos bajado apps rosadas que te insisten en hacer "log" para decir si tuviste sexo o no en la semana crucial.

Esta mañana me dijo una muchacha: ¡feliz día! secundado por un "ay no a ti no, jajaja".

Sin malicia, pero sin la menor idea de la herida que dejó atrás.

¿Y tú para cuándo?, no mija tú cómo que eres mamón macho, ve a que te revisen, ya tienes 37.

Y te quedas pensativa y llorosa preguntándote si eres tierra fértil y abonada o si en esta vida no te va a tocar a ti."

Cuando leí el fragmento, la garganta se me cerró por una mezcla amarga de angustia y furia. No sólo porque me enfureció tuviera que atravesar semejante sufrimiento e incomodidad, sino por el hecho, que buena parte de quienes le acosan con preguntas sobre su futura maternidad, no lo hacen con real mala intención. Mucho menos la intención de herirla o algo semejante. Lo hacen porque según una mirada tradicional muy antigua y normalizada de nuestra sociedad, el cuerpo de la mujer –su capacidad para concebir– es cosa pública. Es algo que pertenece al dominio cultural y por tanto, no hay límites. No hay espacios que cerrar, no hay privacidad que proteger. Se trata de una especie de hábito tan antiguo que nadie parece entender muy bien que la insistencia en cuestionar las decisiones de la mujer sobre su posible maternidad puede causar dolor, transgrede cierto espacio íntimo que no debería ser otra cosa que de ámbito estrictamente personal. Pero como en otras tantas cosas, el cuerpo de la mujer parece ser territorio de debate colectivo en el que los límites obvios parecen volverse difusos por mera presión e incluso, por ese percepción histórica de la mujer sin identidad, que no existe, la invisible, la que forma parte del imaginario colectivo.

Por supuesto, no es que me sorprenda el acoso que sufre mi amiga y otras tantas mujeres en situaciones como las suyas o semejantes. Venezuela es un país que convirtió la maternidad en una forma de triunfo social muy cercano al éxito que en otras sociedades y culturas se relacionan con lo académico y lo profesional. Como si se tratara de una reivindicación de la identidad idealizada sobre el género que además, te coloca bajo cierta especulación inclemente –e irrespetuosa– sobre tus motivos y propósitos personales. Lo descubrí la primera vez que admití en voz alta que no me interesaba ser madre –ni en ese momento ni después– y me enfrenté a una multitud de miradas curiosas, inquietas e incluso, temerosas. Una de las amigas con las que almorzaba se apresuró a estirar la mano para apretar la mía con gran afecto.

–Ya se te pasará esa etapa –me aseguró.

–¿Cuál etapa?

El resto del grupo me dedicó miradas curiosas y unas cuantas preocupadas. Alguien dejó escapar una risita condescendiente tan irritante que me mordí los labios para no protestar en voz alta. Me sentí expuesta, levemente incómoda y como no, preocupada por la extraña reacción a mi alrededor.

–En unos años, vas a estar desesperada por quedar embarazada –prosiguió mi amiga bienintencionada con una amplía sonrisa amable. O que ella suponía era amable, en todo caso– midiendo tu temperatura basal y esas cosas tan engorrosas.

Un nuevo coro de risitas. Alguien más levantó las manos en un gesto impaciente.

–O quién sabe si con un bebé en los brazos. Cuando estas cosas se aceleran…

–La verdad, no lo creo –le corté y debo admitir que con malos modos–. No tengo ninguna inclinación maternal. Nunca la he tenido y dudo que la tenga en un futuro.

Silencio. Una tensión palpable e incluso hostil se extendió en el pequeño rincón del restaurante donde nos encontrábamos. De pronto, ya no se trataba de una conversación casual, sino algo más parecido a una declaración de intenciones contradictoria y que chocaban en una especie de movimiento telúrico argumental. Erguí los hombros, apreté las manos húmedas de sudor nervioso sobre las rodillas Sentí que la ira –o algo parecido a la ira pero más amargo– me cerraba la garganta. ¿Cuántas veces había sostenido discusiones parecidas durante mi vida? ¿En cuantas ocasiones había tenido que lidiar con el malestar cultural que provocaba una decisión privada como la de tener hijos –en este caso, no tenerlos– entre quienes me rodeaban? Suspiré, en un intento de armarme de paciencia.

–Tener hijos es algo natural. Es por completo imposible que una mujer no aspire a tenerlos. ¡Te lo tienes que haber planteado alguna vez! –exclamó mi amiga L., esposa y feliz madre de dos– ¿Me vas a decir que no creciste imaginando a tus bebés? ¿Jugando con tus muñecas e imaginándote como tu mamá?

La verdad que no, pensé. La mayor parte de mi infancia había estado mucho más interesada en encaramarme en los árboles más altos de la casa de mi abuela, leer y hacer preguntas. De hecho, la mayoría de mis juguetes era una combinación de objetos de diversa índole y con apenas relación entre sí que usaba para armar paisajes imaginarios de puro delirio. Cajas, cámaras rotas, vestidos viejos, zapatos dispares: mi campo de juego era una nutrida colección de pequeñas locuras personales. No recordaba haber tenido jamás una especial predilección por las muñecas –a pesar de haber tenido muchas– y tampoco un rechazo visceral. Sólo se trataba de una manifiesta falta de interés que supongo que tenía mucho que ver por mi entusiasmo por toda la variedad de cosas e ideas con las que podía tropezar en el mundo exclusivamente adulto en que vivía. Nunca me sentí especial, diferente y mucho menos "rebelde" por esa historia infantil. Pero ahora, me preguntaba si había alguna relación a mi postura sobre la maternidad actual y esa visión variopinta de la realidad que había tenido durante la infancia. Era absurdo, me respondí inquieta. ¿O no?

–No se trata de eso –respondí al cabo de unos minutos–, jugar con muñecas o no hacerlo no me predispuso para el hecho que no tenga el menor interés en tener hijos. No es algo que se aprende. Mis prioridades son otras. No soy maternal. No me interesa serlo. Jamás lo ha sido.

Mi amiga bienintencionada enarcó una ceja y de pronto, noté que su expresión pasaba de una franca socarronería a verdadera preocupación. Se inclinó hacía mí, con gesto precavido.

–¿Se trata de una decepción amorosa?

–¡No! –estallé– no quiero ser mamá. No quiero embarazarme ni tener un bebé en los brazos. No quiero criarlo ni tampoco ser madre de nadie nunca. ¿Qué es tan complicado de entender de esa idea?

Tuve un rápido y fragmentado recuerdo de una escena semejante. Tenía unos veinte años y uno de mis profesores universitarios me recordó que quizás debería analizar mis opciones profesionales de acuerdo a "mis hijos venideros". Cuando le dije que no los habría, también tuvo el mismo gesto precavido, angustiado y un poco torpe que después tendría mi amiga. La misma mirada a mitad de camino entre la lástima y la impaciencia. Y también él había desechado mis opciones y decisiones en un gesto lento y paternal que disparó mis alarmas mentales y mi mal humor.

–Esos son alardes de muchachita –me respondió– claro que tendrá hijos. Muchos. Como debe ser.

Ese "como debe ser" reverberó en algún lugar de mi mente mientras seguía lidiando con las risitas, gestos de desdén e incluso franco rechazo que recibí del grupo de mujeres que me rodeaba. ¿Qué se suponía que debía hacer para complacer esa imposición histórica a futuro con respecto a mi capacidad para concebir?, ¿debía contradecir la idea general sobre quien soy y lo que deseo en favor de una mirada conservadora sobre la mujer que debía ser?

Seguí pensando en eso luego que el almuerzo terminó en un silencio tenso y irritado. Una de mis amigas me dedicó una última mirada apresurada y cansada. Dos veces esposa, madre de cuadro.

–Ojalá no te arrepientas.

La veo alejarse con paso rápido y casi arrogante, como si acabara de darme una invaluable lección existencial. Mientras camino en dirección opuesta, me pregunto por qué me habría de arrepentir sólo por tomar una decisión adulta sobre mi vida ¿O es algo más que eso?

Mi decisión de no ser madre me ha acompañado la mayor parte de mi vida. O mejor dicho, ha formado parte de la manera en cómo me comprendo desde que lo recuerde. Jamás he tenido inclinación alguna por lo maternal ni mucho menos, nada parecido a una percepción sobre mi futuro como parte de esa complicada y profunda noción sobre el amor maternal que la cultura popular sostiene como imprescindible. Pero por supuesto respeto y admiro a todas las mujeres, que justo al contrario, no sólo deciden ser madres sino que dedican buena parte de sus energías y proyectos futuros a serlo. Las que son madres –por decisión y por un personalísimo proyecto futuro– que construye una percepción sobre sí mismas basada en esa conexión enigmática y total de una madre y su hijo. Admiro a las que asumen su vida desde esa comprensión de la identidad –lo que serán, lo que esperan–, la que como mi amiga, se esfuerzan por lograr ese gran anhelo íntimo, cristalizado en una mirada hacia el futuro tan poderosa como conmovedora. Pero al igual que yo –que no deseo hijos ni los desearé jamás– , las futuras madres deben lidiar con la curiosidad ajena que asumen que el cuerpo de la mujer pertenece al imaginario colectivo. A las mujeres que se le cuestiona hasta el cansancio "¿Para cuando los niñitos? se te pasa el tren", sin saber –mucho menos imaginar– los interminables esfuerzos, batallas y luchas que debe enfrentar para llevar a buen puerto un proyecto de vida que en ocasiones resulta más complicado de lo esperado. O las que ya son madres y deben llevar a cuestas las expectativa sobre cómo debe ser madre o lo que se espera de ella. Una y otra vez, las mujeres llevamos a cuestas la expectativas ilusorias y desordenadas de la sociedad sobre nuestros cuerpos, aspiraciones e incluso la incertidumbre del futuro. Una noción sobre cierta batalla contra nuestra privacidad que resulta siempre agobiante, dolorosa. En ocasiones, devastadora.

Recuerdo todo lo anterior unos días después, mientras tomo un café con J., una de mis amigas más queridas. Está embarazada de tres meses y disfruta de esa etapa donde todo en su cuerpo le parece sorprendente y hermoso, recién descubierto. Aunque todavía no tiene redondeces demasiado visibles, ya lleva con mucho orgullo ropas de maternidad y me cuenta sobre las mañanas complicadas y los antojos imprevisibles. Lo escucho todo con atención, aunque con el habitual sobresalto que siento con respecto al tema. Porque por más que hago un franco intento en sentirme emocionada y comprenderla a ese nivel biológico que se supone toda mujer comprende a otra, no lo logro. Me siento incómoda, un poco fuera de lugar, muy niña o muy inmadura, para comprender ese milagro del cual J. me habla con tanto entusiasmo. No me siento maternal, ni curiosa. En realidad, me siento un poco inquieta, incluso confusa. Y avergonzada claro, por el distanciamiento emocional que me provoca toda la historia.

–¿Qué pasa? –me pregunta J. de pronto.

–Nada –respondo. Me refugio en la taza de café que tengo al frente y J. me dedica una larga mirada apreciativa.

–¿Es lo tuyo con los bebés no?

–¿Qué es lo mío?

–Ese temor tuyo por la maternidad, por el tema entero.

–No es temor, es… –no sé como explicarlo sin parecer grosera– no lo entiendo mucho.

–¿Qué tienes que entender? Eso se siente.

–¿Y si no me hace sentir nada? –pregunto en voz baja. Y me siento genuinamente preocupada. Inquieta. J. suspira, mirándome. Hay algo distinto en ella, una placidez desconocida, la piel radiante, el cabello abundante y grueso. El proceso químico misterioso y antiquísimo del embarazo comienza a transformarla de mujer a madre. Me la imagino en tres o cuatro meses más, con el vientre redondo y tenso, el cuerpo creando vida en su interior. O un poco más allá, sosteniendo al bebé en brazos. ¿Por qué no siento esa necesidad de comprender lo que ocurre? ¿Por qué la maternidad no es otra cosa para mi que una idea biológica? ¿Que es ser madre? ¿Tener la capacidad de parir te hace inmediatamente madre? La respuesta debe ser no, pienso atropelladamente. Debe serlo por necesidad: ¿Que ocurre con las madres adoptivas? ¿Las que tienen la necesidad pero no la capacidad biológica de engendrar? ¿O las que como yo, la tienen –al menos eso creo– pero no desean concebir un bebé? ¿Que pasa con todas las mujeres que nos debatimos en la posibilidad de en un futuro poder tener un hijo pero que aún no lo deseamos? ¿Y si nunca llegamos a desearlo verdaderamente?

J. suelta una carcajada cuando me escucha hablar en semejantes términos. "También hay cosas terribles" me dice con un suspiro. El miedo que "algo" pueda salir mal –ese algo que abarca desde alguna situación biológica inesperada hasta una complicación súbita, en un país sin medicinas, sin atención médica, incluso sin profesionales especializados como el nuestro– , la sensación que su cuerpo dejó de pertenecerle. Que el pretendido milagro de la maternidad tiene más parecido con un fenómeno misterioso y casi despiadado con el que debe convivir a diario. Los vómitos, sudores y temblores. Las manos torpes, las piernas hinchadas. "Nadie te preparada para esto" me dice con un suspiro. "Nadie sabe lo que es realmente un embarazo" me dice con un suspiro, inquieta. "Lo idealizan, lo llenan de expectativas sin sentido y sin verdadero asidero. Pero nadie lo entiende".

–¿Estás asustada? –le pregunto, aunque sé que no debería. Ella suelta una carcajada, los ojos brillantes de lágrimas.

–A toda hora. Y enfurecida. E invadida. Por los que te hacen preguntas sobre tu cuerpo como si no te perteneciera. Como si embarazarte te despojara del derecho a la privacidad, a tener un espacio propio. Te tocan la barriga. Te preguntan por tus senos. Te hablan de tu vagina como si fuera un bien común.

Se sonroja, ahora está enfurecida y lamento que lo esté. Pero ella parece aliviada por el enojo, por la sensación de catarsis que le provoca el disgusto. Se quita el cabello del rostro, se mira el vientre redondeado, suspira. La boca apretada, el rostro tenso.

–Nadie entiende lo que significa para una mujer ser madre. O no serlo. O decidir cualquier cosa. Llevas el mundo encima. Tan fuerte, tan insoportable. Tan angustioso.

Sobre todo en Venezuela, pienso. En Venezuela en donde la crisis convirtió cualquier hecho de la vida común en un extraño tránsito de incomodidades, dolores y peligros. Donde las mujeres embarazadas deben lidiar con la falta de medicamentos, medicinas. Con incluso la ausencia de obstetras, de cosas tan simples como pañales y otros artículos de primera necesidad. Embarazarse en Venezuela además es un doble riesgo, una especie de lucha silenciosa contra una idea inevitable sobre pequeños desastres a punto de ocurrir. Mi amiga se encoge de hombros, aterrorizada, desconcertada, cansada, enfurecida de nuevo.

–Ser madre en latinoamérica es llevar años de tradición a cuestas. Dolorosa, insoportable. A veces abrumadora. No lo sé. Es como estar bajo el ojo ajeno siempre. O luchar contra cosas que no sabías siquiera debías de luchar. No es sencillo. No lo sabía. No me arrepiento.

El tiempo transcurre. Mi reloj biológico debió comenzar a funcionar unos cuantos años atrás. O así debió ser, según la imagen popular de la treintañera que comienza a pensar en sus opciones. Pero lo cierto es que continúo pensando exactamente igual que en los comienzos de la veintena: Los bebés –la posibilidad de tener uno– para mí, no son una opción deseable. La maternidad –la idea entera– me resulta desconcertante. Lejana. Poco comprensible.

Le explico todo aquello a J. Me da un poco de verguenza hacerlo: a ella, tan madraza. Con los ojos brillantes de ilusión por el bebé que espera a pesar de los temores y dolores, ese futuro cercano y cierto que la convertirá no solo en madre sino con toda probabilidad, en una mujer más fuerte y más serena. Porque esa es la imagen que nos vende la cultura ¿Verdad? ¿Es así? A veces, me digo, apretando nerviosamente los dedos. Pienso en las mujeres que he visto llorar de frustración, atrapadas en la en la maternidad. O esas jovencitas casi niñas que caminan por la calle llevando en brazos un bebé con incomodidad resignada. ¿Que ocurre con ellas? ¿estan fuera del espectro? ¿Forman otra parte de esa visión de la maternidad popular? ¿Como sería yo como madre? ¿Querría serlo?

J. me escucha en silencio. Cuando me quedo callada porque no tengo nada más que decir, sigue en silencio. Me encojo de hombros, cansada.

–Sé que piensas que lo mío es una crisis de inmadurez tardía –digo.

–No lo creo –responde.

–A veces yo misma creo que lo es –admito. J. sonríe, casi amable. Será una gran madre. Sabe disimular el disgusto bien.

–No lo es y lo sabes. Simplemente, ahora mismo no quieres tener un bebé y eso no es discutible. Tampoco es para preocuparse. No está entre tus opciones y ¿como podría estarlo? Vives a tu manera y haces lo que quieres. Un bebé te hace replantearte por completo tus prioridades. Mejor aún: tus prioridades pasan por idea de maternidad. Lo que sí me preocupa es otra cosa.

–¿Qué?

–¿Y si decides tener un bebé después?

Hay un silencio entre nosotras. Incómodo y duro. Siento el impulso de soltar mi respuesta acostumbrada: "No lo deseo", expresar a viva voz ese rechazo visceral que me produce la maternidad. Pero por una vez, me obligo a permanecer callada. Pienso la idea, la sopeso. ¿Que ocurre si mis debates mentales se enfrentan directamente a mi reloj biológico? ¿Que ocurre si todo este lento proceso de maduración de las ideas, de crecer en mi propia circunstancia va en disparejo con ese otro proceso, el natural, el misterioso? ¿Qué pasaría si en alguna oportunidad logro encontrar un equilibrio entre mis ideas y la voluntad biológica de mi cuerpo…y entonces descubro que ya no puedo concebir? Una idea plausible y dolorosa. Me sobresalta el pensamiento. Me pregunto cómo podría afrontar la realidad de asumir la maternidad cuando ya no pueda ejercerla. Una ironía casi cruel, pero totalmente posible.

–No sé lo que haría –respondo. Con franqueza, me irrita hacerlo. Se me suben los colores al rostro, quisiera decirle que mi decisión con respecto a la maternidad es firme, no admite matices. No me gusta la idea, la perspectiva de futuro que se pinta con biberones y pañales. Pero no lo hago, porque no me atrevo a cometer de nuevo el error de suponerme infalible, absoluta. Si algo me ha enseñado estos primeros años de la treintena, es lo mucho que he aprendido equivocándome, corrigiendo mi vida a tachones y sobre la marcha. Tropezándome para volverme a levantar. De manera que termino mi taza de café, con J. mirándome atentamente.

–No ser madre también es una opción –dice– y es bueno tenerla. Me gusta pensar que estoy embarazada porque quise, no porque no tengo otro remedio. Tu también podrías pensar de la misma manera: No lo estás no porque no puedes, sino porque no lo deseas. Ahora, intenta que ambas cosas coincidan. Sería doloroso querer y no poder.

Sacudo la cabeza, incómoda. Cuando nos despedimos, J. me da un fuerte abrazo. Tiene la piel caliente y la siento plena, feliz. Es su decisión, es su opción biológica. ¿Cuál es la mía?

La respuesta parece encontrarse en medio de la interminable discusión en mi mente y esa otra realidad, la cronológica, la que avanza en silencio a mi lado, que me recuerda de vez en cuando su existencia. ¿Habrá alguna finalmente? No lo sé.

C'est la vie.

El debate intelectual, la mujer y el prejuicio

El debate intelectual, la mujer y el prejuicio

Por Aglaia Berlutti.

Una vez leí que a Simone de Beauvoir solían llamarla "una mujer difícil", aunque nadie definía con exactitud en qué consistía semejante concepto. Para Beauvoir, la cosa estaba clara: se negaba a prodigarse con facilidad, una idea desconcertante para la época que le tocó vivir. La escritora era independiente, libre pensadora, tenía una relación abierta con Sartre (ya desde entonces, célebre intelectual) y como si eso no fuera suficiente, se negaba a encajar en ningún estereotipo femenino tradicional. No era doncella, madre devota, mujer recatada, anciana sabia. Era una mujer real, llena de pensamientos, ideas y que asumió la noción sobre su lugar en el mundo con una profunda capacidad para el asombro. Simone de Beauvoir creía en la mujer como una figura capaz de transformarse a sí misma, algo revolucionario hasta entonces.

Pensé en Beauvoir, cuando hace unos días, un amigo me llamó también "una mujer difícil". Lo hizo en un tono burlón y supongo que le sorprendió que no sonriera, sino que le mirara fijamente, no exactamente disgustada, aunque sí un poco incómoda. El término no me parece exactamente ofensivo, pero sí que describe un tipo de prejuicio lo bastante complejo –y confuso– como para que amerite uno que otro análisis. Cuando se lo dije, se encogió de hombros.

–No es un insulto –me aclaró.

–No dije que lo sea.

–¿Entonces por qué te molesta?

–No entiendo bien que significa para ti difícil.

Suspiró y por su expresión deduje que mis preguntas le preocupaban. Tal vez pensaba que se había metido –sin comerla ni beberla– en una de esas interminables diatribas sobre Patriarcado, feminismo o incluso, en una de esas discusiones sobre lo que es políticamente correcto que nadie encaja muy bien. Pero en realidad no se trataba de eso. Mi pregunta era sencilla y directa: quería saber por qué le parecía yo era una mujer difícil.

–No lo sé, no se te complace con facilidad –dijo, por último– contigo todo es un poco sinuoso, como si debieras cuidar qué dices o qué asumes, porque cualquier arista puede herirte o enfurecerte. Eres…complicada de entender.

No respondí. Mentalmente, me pregunté si mi amigo se refería a mi afición a la argumentación, a la discusión y el debate o algo más profundo, más enrevesado y como el mismo había dicho, difícil. Aunque en realidad, pensé con cierta sorpresa, nunca me he considerado especialmente agresiva o polémica. Pero al parecer lo soy, me digo con cierto sobresalto. Más de una vez, mis amigos más cercanos me han insistido me dejo llevar con mucha facilidad por las discusiones y las argumentaciones, de enfrentarme de palabra y de hecho, a una serie de ideas que se suponen son ideales o "normales", en todo caso, con respecto a los planteamientos más cotidianos. Pero ¿Eso me hace dificil? Lo que describe mi amigo se asemeja mucho más a un concepto más duro e indefinido que no logro precisar. ¿De qué hablamos en realidad?

–Es decir, que al parecer soy… ¿Discutidora? –pregunto. Mi amigo se encoge de hombros.

–Sí, pero no se trata de eso.

–¿De qué se trata entonces?

–No es nada tan sencillo de explicar. Pero eres alguien que siempre tendrá algo que decir, objetar y opinar con respecto a cualquier cosa. Siempre habrá que debatir cualquier idea contigo, cualquier…

Silencio. De pronto noto que él se encuentra tan incómodo como yo, como si expresar en voz alta toda una serie de ideas le hiciera más consciente de su significado, o lo que es aún más desconcertante, esa lógica singular que parece bordear el simple prejuicio hacia algo más turbio. En realidad, no sé exactamente que pensar sobre toda esa declaración de intenciones, esa mirada a la opinión que roza algo concreto, una visión muy dura sobre lo femenino y lo que se considera real. Mi amigo sacude la cabeza, enciende un cigarrillo. Aguardo, con las manos apretadas y una sensación indefinible de desaliento. ¿Siempre habrá un punto de inflexión a este respeto?

–Quizás solo se deba a la costumbre –me explica– La mujer casi siempre es más flexible, amable y poco agresiva.

–O sea que serlo ¿Te hace díficil?

–Al menos inusual.

Ya vamos avanzando, me digo. Me pregunto si debo seguir cuestionando, insistiendo, intentando entender el concepto que mi amigo intenta expresar con tanto esfuerzo, pero me pregunto si es necesario, si tiene incluso sentido hacerlo. Y es que hay un terreno desconocido y muy árido en toda esa serie de definiciones un poco resquebrajadas sobre la mujer, lo que se asume como "real" y lo que es aún más preocupante, lo que se supone es lo femenino. Por supuesto que, no es una idea nueva: durante toda mi vida he escuchado frases semejantes, aseveraciones sobre la mujer que van desde exaltarla como una Santa revestida de pureza hasta la célebre puta, combinación de fantasía sexual y una pura visión de la libertad personal. Y sin embargo, entre ambas cosas parece existir una linea que define y concreta un rostro de la mujer muy específico, tallado a mano por siglos de erosión de conceptos e interpretaciones sobre lo que la mujer es y que terminan aceptándose como indispensables. Pero ¿Qué ocurre cuando no encajas en ese molde suavizado por la marea de la historia? ¿Cuándo la máscara del deber ser no encaja perfectamente en tu rostro? Supongo, me digo con una sonrisa casi amarga, que es cuando todo se hace "difícil".

No es una idea reciente. En el Siglo XIX, se comenzó a hablar sobre "La cuestión de la Mujer". En otras palabras, la mujer –como identidad y personalidad– comenzó a ser entendida como "problema social". Hasta entonces, lo femenino se reducía a una interpretación borrosa de una especie de criatura desordenada y sin voluntad sometida al varón. Eso a pesar de los avances logrados durante la Revolución Francesa con los "Clubes de Mujeres", que no eran otras cosas que lugares de reunión exclusivamente para Damas, donde se debatía con la misma ferocidad del hombre sobre política y cultura. No obstante, con la muerte de uno de los auspiciadores, el admirable filósofo Condorcet, esos pequeños avances con respecto a la identidad femenina se difuminaron de nuevo en la historia natural y general. Otra vez la mujer –o su existencia, mejor dicho– se supedita a la razón masculina y lo que resultó más doloroso, la visión elemental de su papel secundario dentro de la crónica de los siglos y las décadas.

Pero con el resurgimiento de ciertos temas sobre la Igualdad tocados durante el siglo XIX, la "Cuestión de la mujer", demostró que la identidad femenina necesitaba ser reformulada. Tal vez se debió a que la Revolución Industrial destruyó la vida familiar tradicional, sacando a la mujer de las cocinas y cuartos de costuras y permitiéndole prosperar como individualidad o al hecho simple, que la pobreza orilló a la cultura a una reconstrucción pragmática. Cualquiera sea el caso, la mujer, aunque continuó siendo parte del ámbito familiar –y comprendida a través de él– pasó a formar parte de la vida real, puertas afuera, y muy probablemente ese paso permitió que el entorno doméstico demostrara su valor como ciudadana formal. Y es que la Revolución Industrial le arrebató a la mujer todos los pequeños oficios que formaban parten de su vida cotidiana: desde el jabón que podía comprarse en las tiendas hasta los colegios que educaban a los niños. De manera que la mujer tuvo que mirarse en el espejo de lo cotidiano y encontrar un nuevo lugar que la simbolizara. Y de esa reconstrucción –visión– renacida sobre la mujer surgió, quizás, la mujer "Difícil".

Porque la "Cuestión de la mujer" –esa insistencia en comparar la identidad femenina con la normalidad masculina y tratar de entenderla a través de ella– no hizo otra cosa que construir un parámetro de lo que supuestamente era incorrecto o correcto en la mujer. En pleno debate filosófico, los filósofos del siglo XIX se preguntaron en voz alta sobre la naturaleza de la mujer, de dónde provenía o algo menos, si podía compararsele con el hombre. Incluso Darwin, comedido y discreto, tuvo sus palabras para todo este descubrimiento de lo que llamó "la hembra de la especie humana". Para el científico, la mujer era a todas luces inferior que el hombre pero a la vez, su semejante. Un concepto complejo y extraño que parecía resumir ese pensamiento victoriano que juzgaba a la mujer débil, una criatura enfermiza y extrañamente ambigua. Y es que para la sociedad de la época, la mujer era poco menos que un reflejo del hombre, una combinación de características incompletas, jamás su igual. Como la sufrida y talentosa Alice James, hermana del célebre Henry James, una mujer que sufrió un enigmático mal depresivo que la llevó a la muerte a unos tempranos cuarenta y tres años. Inteligente y apasionada, Alice escribía y trató por todos los medios a su alcance de construir una interpretación sobre la mujer que pudiera satisfacerla. Pero jamás lo logró. Atrapada por su época, su circunstancia y sobre todo, sus propios prejuicios languideció la mayor parte de su vida en una confusa vida a medias, en un quiero y no puedo que terminó destruyéndola emocionalmente mucho antes que su muerte física.

Pero ya había indicios del nacimiento de la mujer "difícil", esa mujer que se imponía a la época y quizás a su historia con una necesidad enorme de reconstruir su propia visión del mundo. Mujeres que de pronto, descubrieron el placer de la lectura, la escritura, el debate. Mujeres que comenzaron a hacerse preguntas. Mujeres que comenzaron a mirar en direcciones distintas a ese limitado camino que la interpretación de la historia le confería. Mujeres como la española María Martínez Sierra (1874–1974), feminista que insistió y logró cierto reconocimiento con la pluma. Y es que a medida que el siglo XIX avanzaba a trompicones, la nueva mujer, la difícil, la compleja, la extraña, surgía de todas partes. La Madame Curie que necesitaba mirarse así misma a través del conocimiento, la reelaboración del lenguaje que se adjudicó a lo femenino por demasiado tiempo. Y es que la normalidad no pudo contener a la mujer, no pudo someter la identidad a algo tan diminuto e incómodo como una idea tradicional. Una figura irreal de la mujer que se debate entre el peso de la historia –la anónima, la que olvida con suma facilidad el legado femenino– y algo más profundo, sustancial y poderoso. La mujer que crea un lugar mucho más amplio para sí misma, su visión de las cosas y su circunstancia.

Mi amigo camina en silencio a mi lado. Finalmente se detiene, dedicándome una mirada casi humorística. Durante toda la tarde, seguimos conversando de cualquier otro tema más allá de lo femenino, pero el primer traspiés de la tarde continuó allí, un poco evidente aunque escondido entre las palabras y las anécdotas. Me dedica un guiño malicioso.

–La palabra no es difícil –declara– pudiera pensarse que sí. Pero es otra cosa.

–¿Cuál es la palabra entonces?

–Imprevisible. Espontánea. Incomprensible.

Aguardo. Él parece debatir consigo mismo ideas profundas, que quizás nunca ha mirado lo suficiente y que deben sorprenderle. Mira a su alrededor y de pronto parece que repara en las mujeres a su alrededor: la que lleva jeans ceñidos y camiseta –inevitable–, pero también en la de cabello corto y que no lleva maquillaje. La mujer madura que camina con rapidez llevando a un niño de la mano o la joven con una camiseta que le viene al menos dos tallas más grandes. Y es que entre todas ellas, hay un misterio, una complejidad, una noción de identidad mucho más fuerte de lo que se supone es la idea más amplia, la general, esa Universidad perpleja que se define a medias, que se queda corta. Cuando me mira otra vez, está sonriendo.

–¿Es esto no? –pregunta. Casi con inocencia– ¿Lo que hablamos antes? ¿La dificultad de entender?

–¿Qué opinas?

–Que la palabra jamás será díficil – repite – tampoco compleja. Quizás la palabra no existe aún. Pero llevará tiempo inventarla.

–¿Es necesario?

Me sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Nos entendemos. Esta visión del otro, de la aceptación de las diferencias, de lo que somos y sobre todo, de lo que asumimos real. Una palabra a futuro que pueda definirlo. Una manera de comprender esa brecha que une a la idea con lo real, y que a la vez la separa. La eterna paradoja.

Y que es quizás, la palabra no sea "dificil" en la medida que ninguna mujer parece ser lo suficientemente simple para que el concepto pueda construirla, definirla, estructurarla, sino algo más arrollador, sincero y real. Una visión de quienes somos, como parte de todas las ideas sociales que se entrecruzan y se combinan para dar sentido a algo mucho más vital, sentido y real.

Quizás la palabra sea solo "mujer". Bastante sencillo ¿Verdad?