loader image
Amor en tiempos de Tinder

Amor en tiempos de Tinder

“Imaginar que una mujer y un hombre de la edad de mis padres pudieran vivir un romance tan apasionado, profundamente trascendental y sobre todo sexual… me afectó más de lo que podía admitir”

Por Aglaia Berlutti.

 

Hace unos años, una de mis amigas más queridas, anunció en su Facebook su divorcio así:

“Y bueno. Como ya me han preguntado varias veces, les voy a ahorrar el rato incómodo cuando me vean y me pregunten por F.
F. y yo nos separamos hace ya unos meses.
Nos separamos con el cariño con que nos casamos y con el que vivimos 6 años juntos. Comprendiendo que no funcionaba y que mejor hacerlo cuando aún había amor para paliar el dolor.
No es motivo para entristecerse. No es un fracaso. El saldo es positivo. Nos quisimos que jode, crecimos aún más y ahora cada cual decidió seguir camino propio. Cumplimos nuestro ciclo y decidimos cerrarlo en buenos términos.
Ambos estamos bien. Ambos vamos a seguir buscando la felicidad. Y la vamos a encontrar.”

Leí el corto mensaje con una sonrisa en los labios. Me gustó esa moraleja entre líneas de que la felicidad siempre se transforma y sobre todo, esa sensación de que a pesar de lo traumático que pueda resultar una situación semejante, siempre se pueda aspirar a la esperanza. Me agradó muchísimo sobre todo que mi amiga tuviera la enorme sensibilidad de asumir la carga emocional inevitable pero también liberarse de ella. Construir, crecer, creer y sobre todo, avanzar hacia la siguiente página del libro de su vida con enorme frescura y franqueza. Después de todo, pensé, no siempre se toman decisiones saludables en los momentos necesarios. Ni mucho menos, se asume la necesidad de protegerse de las heridas diarias, cotidianas y privadas. Y es que por mucho tiempo, el dolor se consideró indispensable para querer o, mejor dicho, se asumió que el amor podía confundirse con tanta facilidad con el sacrificio que por siglos ambas cosas parecieron la misma cosa.

La primera vez que leí el libro “Los puentes de Madison County” del escritor Robert James Waller me desconcertó. Tenía unos dieciséis años y por entonces, los adultos sólo eran adultos. O a mí me lo parecían al menos: tediosos, un poco planos, sin mayor profundidad que su papel en el mundo que les rodeaba. En otras palabras, imaginar que una mujer y un hombre de la edad de mis padres pudieran vivir un romance tan apasionado, profundamente trascendental y sobre todo sexual —porque lo fue, ¿a quién engañamos?— me afectó más de lo que podía admitir. Se trataba no sólo del hecho de una perspectiva del amor que hasta entonces no había imaginado, sino que además tenía aparejada esa amarga encrucijada que Francesca debió enfrentar: ¿Abandonar a sus hijos —familia, estabilidad, historia— o seguir los que melodramáticamente suele llamarse “los impulsos del corazón”?

 

Al final, todos sabemos lo que el personaje de Francesca decide y las razones por lo que lo hace: Permanece como esposa fiel y madre devota, abandonando el gran amor de su vida por una serie de complejísimas razones que a según, sólo “el corazón de una mujer comprende”. La novela transita ese difícil trayecto del deber moral, la noción de la fidelidad y lo que es aún más tramposo, el hecho que una mujer en ocasiones debe tomar decisiones, no tanto para su satisfacción, sino para proteger el bienestar de su familia. De manera que, la historia termina con una gran moraleja sobre el amor marchito pero nunca muerto y la memoria de Francesca flotando agridulce en medio de su gran sacrificio familiar.

Libro y película —esa bella adaptación del ’95 de Clint Eastwood— han conmovido a generaciones enteras. A mí me irritó de una forma que me llevó meses digerir y sobre todo comprender. Porque mientras me secaba las lágrimas y lamentaba el dolor de Francesca, la partida del fotógrafo y todo aquel universo rural donde parecían converger el dolor de un mundo descreído, comencé a hacerme preguntas. Y preguntas lo suficientemente complejas como para angustiarme, además. ¿Por qué Francesca había tenido que decidir entre su bienestar emocional y el de sus hijos sin otra opción que sacrificar el suyo? ¿Habría ocurrido de la misma manera de ser un hombre el que estuviera a mitad del conflicto? ¿El libro se consideraba una célebre historia de amor por el mero hecho de demostrar — otra vez — que la mujer tiene el sacrosanto y tradicional deber de asumir que es su deber la donación personal de su identidad?

 

Para esas alturas, ya estaba tan obsesionada con el tema como para encontrarlo aparejado en todas partes. ¿Qué habría ocurrido en el pequeño Universo de la historia si Francesca hubiese decidido algo distinto? ¿Qué simplemente si habría aceptado que su bienestar emocional e incluso mental era mucho más importante que el hecho de asumir un papel dentro de una visión muy concreta sobre la familia? ¿Habría sido una tragedia dentro de la tragedia romántica? ¿O se trataba de una de esas ideas sociales fundamentales que no aceptan enmienda? Con enorme angustia, imaginaba a Francesca sentada junto a la chimenea de su pequeña casa, noche tras noche, recordando con enorme detalle el fin de semana donde había comprendido que su vida tenía alternativas. Que había una opción más allá de ser madre y esposa. Donde había descubierto —recordado, más bien— que Francesca podía ser sólo Francesca y que eso estaba bien.

Por entonces, comencé a obsesionarme con las historias de amor. Con las de verdad, en realidad. Con los Oscar Wilde del mundo, con las Mary Wollstonecraft, las Agatha Christie, Las Reinas Victorias y toda esa pléyade de personajes históricos que habían vivido apasionados y públicos romances. Me obsesionaba la fatalidad, lo inevitable. El hecho que el amor romántico parecía sobrevivir lo suficiente para ser inolvidable y nunca más allá del ideal. Porque el amor —literario y a veces el real— tenía una enorme dosis de sacrificio y de instantáneo. Los romances más apasionados que poblaban la historia, apenas duraban más de una década y siempre alguien terminaba devastado por la pasión, haciendo algún sacrificio, muriendo, temiendo, anhelando, deseando el amor que había experimentado y del que después, sólo quedaba el recuerdo. Y entre todos esos confusos códigos que creaban las grandes historias de amor, la mujer se llevaba la peor parte. La mujer que sufría, que padecía soledad, oprobios, angustias. Para luego llegar al altar anillo en dedo y proclamar al mundo su felicidad.

A mí toda esa percepción del amor me disgustaba. Y tanto, como para preguntarme si ese amor idealizado, cortoplacista y rudimentario, no era otro de los tantos mitos con que lo femenino debe lidiar en su largo camino hacia comprenderse a sí mismo. No se trataba de un pensamiento feminista ni nada parecido, sino de la noción de que ese amor apasionado, extraordinario e inevitable, siempre parecía crear un ambiente propicio para recordar que para ser feliz, era necesario el sacrificio, el sufrimiento. Un anillo al dedo y quizás incluso un bebé. ¡Que extraordinaria visión de una escena ideal!

“Más que eso, me preocupaba la mujer cautiva, nombre que inventé para describir a las sufridas Francescas del mundo”

Pero más allá de ese ideal insistente, estaban las Francesca del mundo. Y era precisamente eso, lo que a mi me preocupaban. Las que asumían que amar era sufrir, que la familia era una obligación y el matrimonio una especie de martirio social que había que padecer con cierta dignidad. ¿Qué ocurría cuando la historia no terminaba bien? ¿Qué pasaba cuando el amor no era tan resistente? ¿Como podía curarse la herida de lo cotidiano cuando el amor es siempre ideal?

Más que eso, me preocupaba la mujer cautiva, nombre que inventé para describir a las sufridas Francescas del mundo. A esa mujer que asumía que las opciones eran limitadas y que siempre escoger significaba hacer daño y sobre todo así misma. Las Francesca que se desvelaban soñando con una vida a la que no podían aspirar, con el bebé en brazos. Las Francesca que se imaginaban quizás viviendo otra vida, disfrutando de otra perspectiva, pero sin atreverse a dar el paso. Y sobre todo, temiendo darlo. Porque más allá de esa primera intención, había todo un mundo agresivo al cual debían enfrentar. ¿Qué ocurría con ellas? ¿Estaba bien que el mundo condenara la simple noción que la mujer podía enmendar su propia plana?, ¿que podía tomar cualquier otra decisión además de la que se supone era correcta?

Como le ocurrió a Charlotte Perkins Gilman, pionera del feminismo, madre devota y ex esposa aliviada. Charlotte nació en las últimas décadas del siglo XIX y a pesar de tener aspiraciones artísticas propias, decidió como toda mujer de su época, que la única opción plausible era contraer matrimonio y lo más rápido posible, convertirse en madre. Y lo hizo. Una década después, Charlotte sufrió lo que su médico catalogó una “violenta crisis de nervios”. Su familia, desconcertada por el pánico y después por la depresión de Charlotte, decidió enviarla al consultorio del Doctor Mitchell, que por entonces era el especialista psiquiátrico más célebre de Estados Unidos. Charlotte le contó lo mejor que pudo su sensación de apatía, frustración y angustia. Los largos días encerrada en su pequeña casa de casada, la necesidad que tenía de crear algo más. Pero para el doctor Mitchell todo se trataba de meros “síntomas” de algún tipo de histeria. Le recomendó abandonar toda “aspiración artística” y también, dedicarse con más empeño a sus “labores como esposa”. Charlotte, aterrorizada por la perspectiva de la locura —que hace siglos era una condena segura a una institución mental— decidió seguir lo mejor que pudo los consejos del doctor y tratar de recuperar lo que suponía era algún tipo de cordura perdida.

No pudo hacerlo. De hecho, estuvo muy cerca de enloquecer realmente. Finalmente y en lo que Charlotte llamó “un momento de lucidez”, escapó del hogar que compartía con su marido hasta la otra punta de Estados Unidos, llevándose a su hija consigo y comenzó una nueva vida como bibliotecaria, escritora y pionera del feminismo. Nunca más sufrió otro acceso de “histeria” o la misteriosa depresión que estuvo a punto de enloquecerla. Toda su odisea, fue recopilada después en el libro “Por su propio bien” de Ehrenreich y English, que después se convirtió en uno de los manifiestos más celebres sobre la independencia —moral y emocional— de la mujer.

Por supuesto, no todo siempre es tan sencillo: la mujer emocionalmente independiente, fue durante mucho tiempo una idea desconcertante y la mayoría de las veces, mal comprendida. Porque la mujer debía ser mujer —y en la mayoría de las ocasiones, una mujer muy definida— y la idea que pudiera tomar decisiones en su propio beneficio era poco menos que chocante. Tanto así que por siglos una de las virtudes femeninas más apreciadas fue la abnegación, su capacidad para el sacrificio, esa bondad impoluta y extraordinaria tan idealizada como peligrosa. ¿Qué ocurre cuando no eres una santa, ni tampoco una virginal doncella al borde del sacrificio ritual? ¿Cuándo no estás dispuesta a darlo el todo por el todo sin esperar nada a cambio? ¿Cuándo decides ser egoísta o lo que la sociedad asume es serlo?

No es una idea que se digiera fácil y lo que resulta aún más sorprendente, incluso para las mujeres. En una ocasión, en medio de una conversación entre amigas, opiné en voz alta sobre lo preocupante que me parecía esa noción del “sacrificio” necesario que daba a entender el libro “Los puentes de Madison County” —sí, seguía obsesionada— y alguien que me escuchaba me dirigió una mirada escandalizada.

—O sea que te habrías ido, como una puta, dejando a tu marido y a los niños —me reclamó. Y parecía realmente enfurecida por la idea. Me encogí de hombros.
—En realidad, habría admitido que algo andaba mal como para enamorarme de un fotógrafo que acabo de conocer. No es el romance otoñal, es que evidentemente Francesca no quería estar allí.
—Pero debía —me insistió en un tono docto y pontifical que me hizo arder los oídos—. Ella decidió casarse de manera que debía asumir las consecuencias.

“¿Hasta qué punto la idea del matrimonio seguía siendo una noción sobre el compromiso, el deber ser social y no la felicidad?”

Quien me decía todo aquello era una estudiante universitaria de mi misma edad y quien, por cierto, estaba desarrollando una tesis sobre identidad social femenina en la Universidad. Me tocó el turno de escandalizarme.

—¿Entonces el matrimonio es una condena?
—Es un compromiso. 

—Es un vínculo que busca hacerte feliz. Si ya no lo eres ¿Por qué hacerte daño? —insistí. Ella pareció haber llegado al límite de escucharme sin lanzarme un bofetón —o eso parecía— y se levantó de la mesa donde estábamos sentadas.

—Así es el mundo real.

La miré caminar entre la multitud de la pequeña reunión con una sensación de irrealidad. ¿Hasta qué punto la idea del matrimonio seguía siendo una noción sobre el compromiso, el deber ser social y no la felicidad? ¿Hasta dónde la idea de los hijos y el amor conyugal parecían aplastar esa precisión sobre independencia moral que en ocasiones se ignora? La idea me angustió, me abrumó, tanto como para preguntarle a mi madre sobre el tema.

Mi madre se divorció de mi padre cuando yo apenas tenía unos meses de nacida. Lo hizo con la absoluta certeza de que era la mejor decisión para ambas y sobre todo, bastante consciente que los conflictos de su relación de pareja no iban a mejorar. De manera que, en buena lid, decidió que había llegado el momento de tomar caminos distintos. Eso, a pesar de que yo acababa de nacer y que la decisión causó un natural revuelo entre parientes y amigos. Pero al final, resultó que tenía razón: la separación me evitó una vida familiar penosa y, sobre todo, encontrarme en medio de una pareja con enormes diferencias mutuas que difícilmente podrían consolarse de manera sencilla.

—¿Fue terrible el divorcio? —le pregunté, luego de contarle sobre la discusión que había sostenido con la chica de la fiesta. Mi mamá se tomó unos minutos para pensar antes de responder.
—En realidad, todo proceso de separación es complicado, pero más que terrible, me alivió. Una relación que no funciona, incluso la más pacifica, es un dolor constante —me explicó— y no se trata de situaciones límites, sino que no hay nada que los una. Ni un punto en común.
—Te debe haber sido difícil explicar que te divorciabas porque no te sentías satisfecha y no por algo más…concreto, digamos —pregunté un poco asombrada. Esta vez mi mamá sonrió.
—No me molesté en hacerlo. Obsesionarte con lo que debiste haber hecho, en lugar de lo que querías hacer, es una idea que puede destrozarte.

Pensé en esa frase por meses. En el trayecto, continué cuestionándome sobre el hecho de la obligatoriedad del deber familiar, del hecho de asumir que todos tenemos un papel que cumplir dentro de la cultura en que nacimos. Para entonces, ya tenía bastante claro que ninguno de mis planes incluía matrimonio o un bebé en una cuna, así que me pregunté qué ocurría cuando no pertenecías a esa idea lineal sobre lo que debías hacer con tu vida. ¿En dónde encajo yo y las mujeres como yo que asumimos necesitamos opciones? ¿Qué ocurre con las mujeres que recorren el camino más complicado? ¿Con las que se arriesgan? ¿Con las que asumen que en la vida no todo es tan sencillo como seguir una fórmula mágica que pueda consolarte? ¿Las que enmiendan la plana a mitad de la historia?

Por años, he reflexionado sobre las mismas cosas. A medida que crecí y me hice la mujer que soy actualmente, comprendí que necesito opciones, cientos de ellas y no sólo la idea vulnerable, abierta a interpretación y sobre todo, ligeramente resquebrajada sobre el deber ser. Que soy de las mujeres que avanzan contra la corriente, que abren las puertas que se suponen deberían mantenerse cerradas, de las que aspiran a crear y creer que la vida es mucho más que un tópico tradicional.

Tomo el libro Robert James Waller. Lo he conservado durante años, a pesar de los sentimientos encontrados que me provoca. Pero por algún motivo no muy claro, representa cierta idea en mi mente. De manera que lo abro, aspiro el olor de sus páginas —la historia que guarda— y decido que necesito escribir. Que necesito quizás crear una pequeña expiación a todo el melodrama aprensivo y angustioso que por tantos años me preocupó. Así que tomo una hoja de papel y un lápiz y comienzo a escribir.

Querido esposo e hijos:

Cuando lean esta carta, probablemente ya estaré a kilómetros de distancia de nuestra casa. No sé cuando regresaré y dudo en realidad que lo haga. Por ese motivo, decidí explicarles lo que ha ocurrido durante este fin de semana en el que he tomado la decisión de ser libre. No sé si seré feliz, tampoco si me arrepentiré después. Pero ahora, soy libre.

He conocido a un hombre y me he enamorado. Te he sido infiel, querido esposo. Los he traicionado, queridos hijos. Lo admito y asumo mi responsabilidad. Escribirlo así, lo hace parecer profano, vulgar, incluso directamente pecaminoso. Pero no lo es. No se trata sólo de la infidelidad y la traición, sino de algo mucho más complejo. De pronto, descubrí que por muchos años, había olvidado que bajo el nombre de madre y esposa, había una mujer. Sólo una mujer. Una mujer pensante, que por todas las buenas razones que nos insisten con frecuencia, se dejó llevar por el lento fluir de las cosas y se hundió en la rutina. Que dejó de existir en la corriente de lo apacible y se convirtió en una sombra de sí misma. En una mujer que olvidó que alguna vez fue alguien más, además de esposa y madre. Todo eso lo olvidé y lo recordé, con brusquedad y belleza, durante estos últimos tres días.

Me enamoré y a través de ese amor —apasionado y calcinante— me redescubrí a mí misma. Me liberé del miedo, de ese silencio sofocante que me convirtió en una desconocida que me miraba desde el espejo todos los días. Me encontré de nuevo con la juventud del espíritu que creí había perdido para siempre. ¡Y me asombré de hacerlo! ¡Me desconcertó! ¡Me asustó muchísimo! De pronto no sólo era la madre de mis hijos o la mujer de mi marido, sino Francesca, capaz de sentir pasión, de besar a un hombre y de seducirlo, de sentir placer, miedo y culpa. Todo a la vez. Descubrí que era una persona, un espíritu independiente a todas las cosas que creí imprescindibles en mi vida. Que podía respirar, vivir, existir más allá de todos ustedes, de mi enorme y profundo amor por ustedes. ¡Y qué revelación fue esa! ¡Qué alivio fue asumir que puedo ser yo, a pesar de los años de silenciosa angustia!. Soy yo y recuperarme ha sido casi tan abrumador como enamorarme otra vez.

Discúlpenme, hijos queridos, por mi lenguaje atroz que les debe escandalizar. Tal vez, les resulte impensable que su madre, tan callada y discreta, sea capaz de sentir los deseos de una mujer. De estremecerse por el miedo, de temblar por la pasión. Pero lo hago. Lo recordé en este amor nuevo, pura incertidumbre, que decido seguir a pesar de que sé —quizás— es una decisión que nadie comprenderá y que sin duda todos rechazarán. Lo hago, sabiendo que pierdo mi lugar en sus vidas y muy probablemente en sus sentimientos y expectativas. Pero también, lo hago sabiendo que es lo más sincero que pude hacer por ustedes, que es el acto más firme con que les puedo demostrar que el amor no es tan sencillo como las puertas cerradas de una casa o el esquema de las cosas que se consideran normales. Así que decidí irme. No sé si para siempre. Seguramente por una buena temporada. Para asumir quien soy ahora, para comprenderme mejor. Para convencerme de que es posible volver a nacer.

No les pido a ninguno de ustedes me comprendan porque sería por completo injusto. Durante todos estos años, jamás parecí inquieta, cansada, abrumada o afligida. Me entregué con toda devoción al matrimonio y a la maternidad. Y lo hice con gusto. Lo hice porque así lo deseaba. Pero ahora, ya no lo deseo. Dicen que el conocimiento te cambia para siempre. Y ahora sé algunas cosas de mí que no puedo ni quiero olvidar. Y que sin duda, me harán una persona diferente.

Continuaré siendo su madre, a pesar de todo. Haré todo lo posible por continuar formando parte de sus vidas, porque sin duda ustedes lo serán de la mía. De mis aspiraciones, sueños y esperanzas. Les prometo que mi amor por ustedes será siempre un refugio donde les esperaré con los brazos abiertos. Pero, como ambos son ya lo suficientemente mayores para temer, criticar o lamentar, no les pediré que vengan conmigo si no lo desean. Lucharé por estar en cada momento y lugar, aunque seguramente no me lo permitan la mayoría de las veces. Aún así —del dolor que les provoco, del rechazo inmediato— creo que la mejor lección que puedo darles es ser fieles a sí mismos, a siempre asumir que hay decisiones inevitables y encrucijadas que deben cruzarse con honestidad. Esta es la mía. Soy su madre, pero también soy Francesca. Y he decidido por mí.

Querido esposo, lamento haberte herido de esta manera. Asumo mi responsabilidad y admito mi error. No sólo el de la infidelidad, para el que no tengo —ni quiero— disculpas, sino también de no haber dicho en voz alta todas estas cosas. El de no haberme quejado cuando lo necesité, el de haberme resignado a esa calma plomiza en que se convirtió nuestra vida en común. Lo lamento y siempre lo haré.

Encontrarán la ropa limpia, la comida preparada y también el piso pulido. He hecho la compra en el pueblo, donde he dicho a todos que iría a visitar a un pariente lejano para no levantar suspicacias ni vergüenzas. En cuanto pueda y sea el momento correcto, volveré. O les escribiré o telefonearé. Regresaré, a pesar de todo y por todo. Pero ya no sólo seré su madre o la esposa en falta, sino también Francesca. Y en medio de todas esas cosas, seré más fuerte que nunca, más sincera, más real.

Les dejo mi amor,

Francesca.

Cuando termino de escribir mi carta, no puedo evitar sonreír. Por mi Francesca imaginaria que ahora es libre y por todas las que quizás aún no lo son, pero quizás, lo desean y lograrán serlo en el futuro. En ese ideal que aspiro crear y construir.

El espacio en blanco de ser una mujer intensa

El espacio en blanco de ser una mujer intensa

“Para él, todo lo relacionado con el machismo es un mal inevitable, endémico y asimilado por nuestra cultura, imposible de analizar de otro modo”

Por Aglaia Berlutti.

Uno de mis amigos suele decir que me tomo las cosas con “excesiva intensidad”. Lo dice, mientras lloro debido a la noticia de la violación de una niña pequeña en la India, quien además fue torturada y quemada viva. Me quedo un poco desconcertada por el comentario, pero sobre todo la sensación que representó para él mi preocupación por la horrible circunstancia que padeció la víctima antes de morir.

—Era una niña de catorce años —le digo por último. Intento contener el enojo pero esas cosas jamás se me dan demasiado bien— que fue violada y quemada viva. Sólo porque era una niña, porque su agresor podía hacerlo y porque su país todavía normaliza semejantes atrocidades.

Silencio. Mi amigo suspira, como si lamentara haber provocado semejante discusión en lo que parecía ser sólo una conversación casual. En un intento de tranquilizarme, dejo la tableta a un lado, con el rostro de la niña flotando sobre la pantalla. En un acto de discreto respeto, le cubren los ojos con una cuadrícula digital, pero el resto de sus pequeñas facciones morenas son muy visibles. El cabello largo, un sari color verde que le cubre los hombros delgadisimos. Una niña de catorce años, que pudo vivir cualquier cosa, aspirar al mundo entero. Una niña que seguramente soñaba con las mismas cosas que cualquiera de su edad, que reía a carcajadas espontáneas, que se enfurruñaba con papá y mamá por sus exigencias y discusiones sin importancia. Ahora, es una víctima. Un símbolo de un tipo de violencia tan cruel y temible que me provoca un escalofrío de pura angustia.

—Pero es en la India —insiste mi amigo. Enarca la ceja, toma la taza de café en la mesa que compartimos y toma un sorbo con cuidado—. ¿Qué coño te importa lo que le pase a nadie en la India? Preocúpate por Venezuela, que bien jodidos estamos.

Me contengo para responder la respuesta que de inmediato formulo en mi mente: el egocentrismo simple y banal con que en la actualidad analizamos la violencia, ya sea de género o de cualquier otro tipo. La mirada de temible indiferencia con que desdeñamos el horror, como si se tratara de una mera idea abstracta. Quizás lo es, me digo con el corazón latiendo tan rápido que me lleva esfuerzos respirar. Tal vez, para la mayoría de la gente la violencia es la sucesión de noticias desgarradoras que atraviesan los medios de comunicación y las redes sociales, en un interminable escenario tenebroso que muestra en eterna sucesión los peores dolores y sufrimientos de nuestra cultura. ¿Será ese el efecto de la inmediatez?, me pregunto aturdida, desconsolada. ¿Será esa la noción más dura y angustiosa sobre ese cinismo contemporáneo que se construye a diario? No lo sé. Sin duda peco de ingenua al dudarlo. O incluso, sólo analizarlo desde un idealismo frágil y quebradizo.

—El machismo y la violencia están en todas partes —respondo por fin— me preocupa esta niña asesinada en la India y la que violan en Maracaibo. Me preocupa de la misma manera y por las mismas razones. ¿No se trata de eso, la globalización? ¿La aldea Global?

Mi amigo chasquea la lengua, sacude la cabeza. Nos conocemos hace más de doce años y hemos sostenido conversaciones parecidas más de una vez. Para él, todo lo relacionado con el machismo es un mal inevitable, endémico y asimilado por nuestra cultura, imposible de analizar de otro modo. En más de una ocasión me ha insistido que el feminismo es como batallar como contra un molino monstruoso que, además, se multiplica por cada piedra que cae. “Nuestro continente es machista, el mundo es machista. Educa a las mujeres para que no acepten semejante trato. Pero no podrás destruir un sistema que se sustenta de todo lo que consume y lo alimenta a diario”, me dijo en una de nuestras discusiones más duras, hace un par de años.

—¿Qué debo hacer entonces? ¿Renunciar a la esperanza?
 —Entender el mundo en que vives —me respondió. Y no lo hizo con malicia y mucho menos, con dureza. Lo hizo con una cierta resignación que dolió. Sacudí la cabeza.
 —No puedo imaginar que el mundo debe ser así —Insistí. Se encogió de hombros.
 —Pero lo es.

Recuerdo esa discusión mientras intento terminar la taza de café que sostengo entre las manos. De vez en cuando, echo una mirada a la tablet y miro el rostro de la niña muerta. Enciendo la pantalla solo para eso. Una niña pequeña, una niña que murió aterrorizada, que no debió padecer semejante suplicio, que no debió… los ojos se me llenan de lágrimas otra vez.

—Te tomas todo a la tremenda —dice de nuevo mi amigo, mirándome con amabilidad—, no hace falta sufrir por un mundo borroso, sin mucho sentido.

Silencio otra vez. La niña de la pantalla está sonriendo: dientes pequeños, muy blancos. La trenza gruesa sobre el hombro. Y pienso que por ella —por todas las que son como ella y han sufrido el mismo suplicio que ella— vale la pena la insistencia, la persistencia, la batalla diaria, la preocupación, la negativa a la indiferencia. Lo vale. Lo merece. Resulta inevitable.

“Que difícil resulta poner en palabras algo tan simple cuando quien te escucha necesita la barrera de cierta ignorancia ingenua para atravesar un sufrimiento íntimo.”

Hace unos cuantos años, una amiga me contó con detalles su dolorosa ruptura con su novio por más de tres años luego que descubriera le era infiel con una mujer con la que trabajaba. Me habló sobre los días de dolor devastador, los silencios en la casa vacía y sobre todo, la sensación ambivalente y demoledora que había perdido una parte de sí misma. La escuché con toda la empatía de la que fui capaz y como toda buena amiga, me dediqué a despotricar contra el novio ausente con toda la buena fe que pude reunir. Ella me escuchó, sonrió y se secó las lágrimas.

—Espero que la mujer esa con la que me fue infiel sufra el peor castigo del infierno — me dijo. Parpadee.
—Él se lo merece mucho más.
—Él es sólo un hombre.

No supe que responder a eso. No sólo por el hecho que la frase parecía englobar un directo menosprecio al que fue su pareja por casi un lustro sino además, justificar su conducta a un nivel que me resultaba incomprensible. Carraspeé la garganta, incómoda.

—Pero él era quien tenía una relación y un compromiso emocional contigo.
—¡Ella se le metió por los ojos! —insistió. Las mejillas se le colorearon de pura furia—. Estábamos bien hasta que ella…

Se queda sin palabras, traga saliva. Como buena amiga que soy, debería darle una palmadita en la espalda y asegurarle que esa “otra mujer”, la “puta” que le “arrebató” al que consideraba el hombre de su vida, sufrirá todos los martirios del infierno. Que tendrá que soportar la verguenza y la ignominia de haber provocado la ruptura de una pareja perfecta. Pero simplemente no puedo: no encuentro el argumento, la razón, el objetivo de insistir en una idea tan engañosa como esa, de adornar la verdad con esa noción sobre la culpabilidad difusa, el estigma de la mujer caníbal capaz de destrozar cualquier relación emocional a su antojo. En lugar de eso sacudo la cabeza, le tomo de la mano y me preparo para lo que supongo será una discusión incómoda.

—Ya había problemas antes que llegara esa mujer —comienzo—, la relación no dejó de funcionar porque un tercero apareció en escena. Lo hizo porque algo ocurriría complejo entre ambos que no llegó a resolverse. Él actuó de manera cobarde, violenta y grosera hacia a ti. Es él quien es el responsable de todo lo que está ocurriendo.

Mi amiga se secó las lágrimas con el dorso de la mano y me dedicó una rara mirada de furia. Sacudió la cabeza y noté que se ponía rígida, como si cada una de mis palabras la ofendieran de una manera secreta que yo no comprendía muy bien. Tal vez era así, me dije con un sobresalto, como si cayera en cuenta por primera vez de la compleja interconexión de ideas que sostenía todo su razonamiento. No sólo se trataba de una disculpa tácita al comportamiento de su ex pareja sino una justificación —absurda e incompleta, pero justificación al fin— sobre el dolor que le había causado.

—Él me quería antes que esa mujer…
—Quien tenía una relación era él, no ella —ahora siento una verguenza inexplicable— desde el punto que lo mires, él es quien traicionó tu confianza, te mintió y destrozó lo que había entre ambos.

Que difícil resulta poner en palabras algo tan simple cuando quien te escucha necesita la barrera de cierta ignorancia ingenua para atravesar un sufrimiento íntimo. Qué complicado es el hecho de analizar con una distancia objetiva un asunto emocional con tantas implicaciones distintas. Me arrepentí de haberlo hecho, cuando mi amiga se levantó del sofá donde estaba tendida y me dedicó una larga mirada apreciativa, como si le resultara una desconocida. Quizás lo éramos, pensé de súbito. Luego de años de amistad y una larga historia en común, lo más probable es que no nos conocieramos en absoluto.

—Cuando alguien te joda como esa puta me jodió a mi, me hablarás de tus ideas feministas —me gritó y lo hizo con una sinceridad que me rompió el corazón— ¡Allí entenderás de qué hablo!

Por supuesto, no tenía cómo responder a eso sin herirla, de manera que opté esta vez por el silencio. Aún así, seguí pensando en su reacción — en el sufrimiento que parecía ocultar una callada conciencia sobre lo que podía significar lo que yo había sugerido— muchos meses después. Preguntándome con enorme preocupación el motivo por el cual la cultura en que nacimos comprende a la mujer y al hombre —y las relaciones entre ambos— de manera tan confusa. Una visión fragmentada sobre quienes somos y quienes podemos ser.

“El cuento al que me refiero venía incluido en una arrugada edición de la por entonces popularisima revista “Tú” que me encontré en un polvoriento revistero y que leí por aburrimiento”

Es curioso cómo se recuerdan algunos momentos que luego comprendes fueron importantes en tu vida. En mi caso, lo hago a través de anécdotas. Por ejemplo, recuerdo con mucha claridad la primera vez que pensé sobre la manera distorsionada como la sociedad percibe a la mujer: fue durante una prosaica consulta odontológica y lo hice luego de leer un cuento muy estúpido titulado “Te perdí y te amé”. Tenía unos dieciséis años y como dije, me encontraba en el lugar más extraño que se pueda imaginar para recibir una iluminación moral. El cuento al que me refiero venía incluido en una arrugada edición de la por entonces popularisima revista “Tú” que me encontré en un polvoriento revistero y que leí por aburrimiento. Sí, yo y mi mala maña de leer todo lo que se me pasa por las manos. Pero ese es otro tema. Volviendo al del cuento, recuerdo que se trataba de un relato de una chica de mi edad que había descubierto que su amadísimo y al parecer no tan confiable novio, le había sido infiel.

El pequeño drama a tres actos dejaba bien claro un par de cosas desde el principio: que nuestra sufrida protagonista era una chica “buena” que no había querido salir la noche de la “infamia”, que el chico era torpe e irresponsable… y que la otra era poco menos que una puta. Así, a las claras. Porque de hecho, durante las tres páginas del cuento —que leí en diez minutos que no recuperaré jamás y que sigo lamentando— la autora se dedicó fue a dejar bien claro que el problema no era su juventud o la estupidez del novio, sino esa pérfida chica de minifalda que había “engatusado” al pobre hombre inocente, a esa víctima de los zapatos de tacón alto y el lápiz labial. A esa chica, a la “fácil” se le acusaba de todo. La sufriente y herida novia engañada la llenó de epítetos, la acusó de ser el motivo de sus lágrimas de niña dulce y “ de su casa” y el grupo de adolescentes imaginarios del cuento, la apoyó.

Un poco asombrada —e irritada— recuerdo tomé un bolígrafo y allí mismo, comencé a reescribir la historia por los bordes de las hojas, contando cómo la chica de la minifalda se sentía usada por el sexo de una noche, por haberse ido a la cama con un sujeto que no le dedicó ni un solo pensamiento como no fuera el de acusarla por su necedad. Imaginé a la chica, ya sin maquillaje que la hacía ver mayor, sentada en la orilla de una cama pequeña, como de niña, con los ojos enrojecidos de llorar, luego que alguien le llamaba para contarle lo que el chico que tanto le había gustado unas noches antes decía de ella. La imaginé tan claro que llené la revista de palabras y de acusaciones. Y cuando mi odontólogo me atendió, estaba tan disgustada que le pedí cambiar la cita para otro día que me sintiera mejor. Caminé por la calle, ofendida, como si los personajes del cuento fueran reales y después, me pregunté porque me sentía de esa manera.

—Porque son reales —me contestó mi tía L., deslenguada y directa, cuando le conté la anécdota—. Eso ocurre siempre, a toda hora. Y obviamente, ese cuento pendejo es una manera de dejar bien claro los roles que una chica debe cumplir y los que debe evitar.

De nuevo, me imaginé a la chica “buena”. Y me pregunté en qué consistía exactamente esa “bondad”, cuál era el sentido de ese estereotipo tan socorrido y que parece estar en todas partes. La mujer que sonríe siempre con amabilidad, la mujer que “es difícil”, la mujer “decente”. Más allá, la abnegada, la que sostiene el hogar. Y mucho más allá, la anciana venerable, la que se recuerda como esa identidad intachable. Me dio escalofríos imaginarme a mí misma de esa manera, preguntarme dónde encajaba yo en todo eso. Mi tia L., soltó una de sus escandalosas carcajadas.

—Mejor te acostumbras —me dijo después— porque ni tu ni yo, o cualquier mujer inteligente, calza en nada de eso. Lo femenino es poder pero para entender eso hay que ejercerlo.

Nunca olvidé la frase y ahora que escribo esto, sonrío al recordarla otra vez.

Hablar sobre la mujer no es sencillo. Podría parecerlo, en una época donde la sociedad aboga por la igualdad y las diferencias de género se acortan. Después de todo, la identidad femenina ha conseguido triunfos significativos en independencia, equidad y sobre todo, su percepción como parte de una idea cultural igualitaria. O eso podría pensarse, en un análisis superficial. Porque aunque es una visión esperanzadora — justa, en realidad — es tan irreal como cualquier otra que pueda sustentarse sobre una futura reintrepretación de roles culturales.

Actualmente, la mujer continúa siendo menospreciada y sobre todo, disminuida en su identidad cultural y social en numerosos países del mundo y lo que es aún peor, forma parte de una estadística ciega, marginal que pocas veces se incluye dentro de una visión global de sociedad. Parece exagerado lo que digo ¿verdad? También me gustaría pensar que se trata de una exageración. De una mera interpretación sobre lo femenino en medio de una cultura que aspira a la igualdad. Pero no lo es, y los ejemplos sobran y lo que es peor, se multiplican, quizás consecuencia de esa necesidad cultural de mirar hacia otra parte, de analizar las ideas de una perspectiva más permisiva, en lo que a la mujer respecta.

“La sociedad asume una identidad para lo que considera femenino a trozos de muchas ideas sobre lo femenino que no parecen encajar muy bien.”

Una vez leí que por mucho tiempo el peor castigo que la sociedad cristiana patriarcal había esgrimido contra las herederas de Eva había sido el anonimato. Encontré la frase en un interesante libro sobre la mujer y la liberación intelectual y jamás la olvidé, aunque me llevó unos buenos años comprenderla. No es fácil aceptar que la sociedad donde vives mira a la mujer de reojo y tiene una opinión sobre ella que parece superar y sobrepasar tu individualidad. Y tampoco es fácil notarlo, aunque los indicios parecen estar en todas partes: desde niña, te educan —te presionan— para amoldarte a un rol social tan específico que resulta asfixiante, restrictivo.

Y esa obligación del deber ser, del eres-una-mujer-y-eso-implica-un comportamiento está en todas partes. Recuerdo las ocasiones en una de mis vecinas me preguntó muy seriamente si mi madre no me reprendía por llevar el cabello suelto y sin peinar. Por entonces, tenía unos ocho o nueve años y nunca, que yo recordara, había tenido la necesidad de peinarme otra manera que no fuera con los dedos para quitarme los mechones de cabello enredado de la cara. Por supuesto, eso a mi vecina, tan mujer tradicional —lo que sea que signifique eso— le parecía incomprensible.

—¿Y tu mamá no te regaña por andar asi toda desaliñada? —me preguntó. Recuerdo que su pregunta me pareció muy extraña. Mi mamá era una mujer muy pulcra y femenina pero que a la vez, no consideraba que llevar maquillaje o ir bien peinada significara otra cosa que solo eso: Una manera de apreciar su propia estética. Por supuesto, era muy pequeña para pensar en esos términos, pero sí sabia algo muy concreto: A mi mamá le importaba muy poco si llevaba la camiseta dentro del pantalón, el cabello recogido con un lacito o los zapatos limpios. Mi mamá y mi abuela podían estar muy en desacuerdo con muchas cosas, pero en lo que ambas parecían coincidir era demostrarme desde niña que la mujer lo es esencialmente por algo más tangible que la manera de vestirse o llevar el cabello.
—No, yo nunca me peino —respondí, resumiendo todos esos pensamientos de la mejor manera que supe. Mi vecina me dedicó una mirada dura.
—Eso es de niños.
—Yo soy una niña y no me peino.
—Por eso está mal.
—¿Quién lo dice?

La anciana apretó los labios. Era una mujer muy bonita, con su cabello castaño bien teñido siempre peinado cuidadosamente, los ojos maquillados y la ropa impecable. Había algo en ella contenido, preocupado, tenso. Siempre me producía la impresión que esa nítida higiene personal tenía algo de duro, como una superficie muy pulida que cuesta esfuerzo mantener. Con ocho años, no lo pensé en términos tan complejos. Quizás ni siquiera lo razoné: solo supe que no quería ser así.

Porque a la mujer se le exige: la sociedad asume una identidad para lo que considera femenino a trozos de muchas ideas sobre lo femenino que no parecen encajar muy bien. Hablamos de todas esas variaciones de la mujer que forman parte del imaginario popular: La hija disciplinada, la mujer joven decorosa, la madre abnegada, la anciana cálida. ¿Qué ocurre con quienes no encajamos allí? ¿Qué ocurre con las que no nos miramos como parte de una idea de género sino como parte de una conciencia individual? Al rincón de los marginados, pienso con frecuencia.

A esa zona de las que no entienden —ni quieren— un nombre o una imagen que completar, que insisten en mirarse más allá del rol legal, formal, cultural y social que obtuvieron por el solo hecho de nacer con un útero y una vagina. De rol biológico a la estereotipo cultural sólo hay un par de tetas, escuché decir una vez a mi tía L, y aunque en un primer momento la frase me hizo reír, con el correr de los años terminé temiendole un poco. Porque la mujer, lo que somos, lo que aspiramos a ser, rebasa la visión paternal de una cultura que nos mira a través de esa diminuta rendija, que nos define a medias y que nunca nos comprende en realidad.

“Pienso en eso cuando converso con mis amigas y me tachan de exagerada, de feminista, de simplemente inconforme.”

En una ocasión una de mis profesoras de fotografía favoritas tomó una imagen que siempre me ha gustado muchísimo: es un plano amplio de un automóvil destartalado frente a una pared rota. Más allá, un grafiti declara que “Caracas no cree en Nadie”. Cuando vi la foto, pensé que la misma frase puede aplicarse a su manera de ver la vida. Con cuarenta años, madre, esposa, fotógrafa y sobre todo muy consciente de su identidad, mi profesora suele burlarse de esa visión de lo femenino. Más de una vez, le he escuchado insistir que no entiende a las mujeres, y probablemente, más que una provocación, es totalmente cierto. Porque mi profesora, con sus hombros tatuados en brillantes colores, su visión crítica del mundo y su muy asimilada idea sobre el mundo, no encaja —ni lo intenta— en el mundo femenino de nuestro país. A veces la miro, con sus bonitos anteojos de pasta, riendo y bromeando, y pienso en que ella, como mi foto favorita de las suyas, no cree en nadie. No cree en la cultura que intenta darle una identidad, ni tampoco en lo femenino que se impone. Esa mujer inexistente que la mujer real rebasa, que parece solo existir en la imaginación popular.

Pienso en esas cosas con frecuencia. Lo pienso cuando camino por la calle, mirando a las mujeres con las cuales me tropiezo. Las que caminan con los hijos cargados, las muy hermosas, las temerosas, las tímidas, las que apenas sonríen, las que sonríen con alegría. Me pregunto qué pensarán sobre sí mismas, en un país que las define y las analiza como un elemento concreto en una fórmula primitiva. Pienso en eso cuando converso con mis amigas y me tachan de exagerada, de feminista, de simplemente inconforme. Pienso en eso y con mucha preocupación, cuando leo las múltiples noticias sobre abusos, violaciones, maltrato que abundan en nuestro país y que son noticia de segunda página, esas que casi nunca llegan a titulares, que forman parte de la crónica roja anónima de un país muy violento. Pero yo sí las leo. Las leo angustiada, con una sensación de pequeño desastre. Cuando era más joven, las recortaba y las guardaba. Leía de vez en cuando esa dolorosa historia del desastre, del anonimato de la violencia contra la mujer. Era mi manera de declarar mi personal intención de no olvidar, de quizás, recordar a esas olvidadas de siempre, esos fragmentos de historia que nadie quería recordar después. Todavía lo hago de vez en cuando, aunque no con tanta frecuencia.

Quizás me rebasó la violencia de la realidad, ese lento repiqueteo de noticias que demuestran cómo a pesar de los avances y conquistas, del lento trayecto de la mujer hacia la igualdad, el temor y el miedo continúa siendo la realidad para muchas en numerosos países del mundo. Ejemplos sobran: como la “Subasta de Vírgenes en Colombia”, una práctica aberrante que parece popularizarse en las zonas más pobres del vecino país o los matrimonios infantiles, una costumbre primitiva que recientemente cobró la vida de una niña de ochos años, que falleció debido a las heridas internas que sufrió cuando el hombre con quien contrajo matrimonio —y que le cuadriplicaba la edad— consumó el matrimonio. Lo monstruoso del hecho, junto con la aparente indiferencia con que el mundo se toma la noticia no solo me asombra, sino me enfurece. ¿Qué ocurre con la percepción cultural sobre la mujer? ¿Lo que asumimos como parte de esa visión concreta sobre lo que es lo femenino?

Leo la noticia de la niña muerta en la India varias veces y una cólera ciega y dolorosa me abruma. Más tarde, la encontré en un periódico y ahora, tengo dos imágenes de la niña, recortada con cuidado. Una adolescente de huesos largos y elegantes, sonriendo junto a su padre y su madre. Porque es una de las cientos de noticias sobre hechos parecidos que encuentro y que seguramente encontraré en el futuro. Como por ejemplo, el de un asesinato de una niña de quince años obligada a contraer matrimonio con un hombre que le triplicaba la edad.

El hecho ocurrió en Singapur y nadie pareció demasiado extrañado, preocupado. "No es la primera vez que ocurre" escribió alguien, con cierto cinismo. Lo que más me enfureció —me irritó, me hirió— fueron los comentarios de los supuestos blogger "defensores" de la memoria de la niña muerta que se citan en el artículo, como para dejar bien claro que alguien se opone y lamenta de una niña pequeña por un abuso sexual brutal, con la complicidad por familiares y lo que es peor, la ley. Uno de ellos comentaba: "¿Nadie notó que era muy joven y que había que esperar un poco de tiempo?".

A lo cual, me pregunto: ¿Nadie asume la responsabilidad de una deformación social tan grave como retrógrada que insiste que la mujer es una huérfana moral? ¿Hasta cuando la cultura de un buen número de países insiste en mirar a la mujer como una criatura sin voluntad, secundaria en la interpretación legal y sujeta a restricciones demenciales como la que ocasionó la muerte de esa niña? No es que habría tenido que esperarse un tiempo, es que una NINGUNA MUJER debe contraer matrimonio contra su voluntad por ningún motivo, no importa la razón cultural que crea pueda imponer una idea social para hacerlo justificable. Por favor, basta del maltrato de menospreciar lo femenino como un subproducto barato de la sociedad.

Arrojo el periódico al suelo. La niña de la fotografía que ilustra la noticia parece mirarme, con sus enormes ojos inocentes cubiertos por el tul de un vestido de novia que le viene enorme en talla y significado. No sé si se trata de un retrato de la niña muerta o cualquier otra padeciendo la misma situación. Y no importa quién sea. Lo que importa es que fue una víctima. Que la cultura donde está creciendo tomó decisiones por ella, destruyó cualquiera esperanza de decisión y visión del mundo propia. No dejo de preguntarme, la idea atormentándome sin pausa, ¿Cuál es la visión de la mujer actualmente? ¿Realmente hay algo que celebrar en logros y triunfos? ¿O solo se trata de una frágil necesidad de asumir que los cambios deben manifestarse y mostrarse más allá de una idea esperanzadora?

No lo sé. Y no saberlo me duele tanto como la mera incertidumbre de qué pueda ocurrir después.

El feminismo del 2020 comienza por los buenos propósitos

El feminismo del 2020 comienza por los buenos propósitos

“El primer gran propósito de este año es reivindicar mi activismo, volver a la lucha muy visible, dejar claro que hay alguien que está dispuesto a defender a quien lo necesite”

Por Aglaia Berlutti.

Mi primer propósito del 2020 está relacionado, sin duda, con mi activismo político. Puede parecer extraño —incluso, me lo parece a mí, mientras escribo estas líneas— pero en realidad, creo que es la mejor manera de asumir el peso histórico y cultural de lo que creo, del mundo en el que espero vivir en el futuro y algo más simple, la forma en que estructuro mis obsesiones intelectuales. Dicho de otra manera, esta nueva década —sí, sé que comienza el año entrante, pero por ahora, no tengamos en cuenta esas precisiones— será en la que intentaré que mi vocación como rebelde, esa extraña raíz de las ideas que se sustentan en las creencias morales, tenga un sentido nuevo.

Lo pienso, mientras leo a un amigo contar que se levantó de una mesa en la que comía junto con un grupo, cuando alguien insistió en chistes machistas, de esos malsonantes que se normalizan con tanta frecuencia que parecen cosas de todos los días. Lo pienso también, cuando mi prima que reside en Chile, me cuenta en una nota de voz que alguien “la persiguió gritándole todo tipo de groserías” casi seis cuadras. Lo anoto, mientras leo un correo de un lector que me cuenta que fue “atacado, discriminado y menospreciado” sólo por “llevarme a la cama a quien yo decido, no a quien me imponen”. De modo que el primer gran propósito de este año es reivindicar mi activismo, volver a la lucha muy visible, dejar claro que hay alguien que está dispuesto a defender a quien lo necesite, de situaciones semejantes. De esa indefensión de encontrarte al borde de la mayoría, de ser señalado sólo por ser considerado un ciudadano de segunda.  Mi gran decisión para esta nueva década es dejar claro que hay que seguir en la tarea de educar, sostener y apoyar lo que considero justo.

¿Qué tan significativo es eso? Ah, permíteme que le cuente, amable lector. Esto es una historia que pocas personas cuentan pero que creo, usted querrá escuchar.  En la actualidad, ser un activista por los derechos de la mujer, es una especie de baile incómodo con el desastre, como si no hubiera otro remedio que saltar de un lado a otro entre hogueras ardientes, para sostener algo tan hermoso y profundo, como la necesidad de reivindicar el hecho de la equidad que incluye a cada ciudadano, sea cual sea su género, orientación sexual, identidad sexual, decisión sobre su vida.  De pronto, esa labor —casi siempre invisible, oscura y como de hormiga— se convirtió en una lucha a brazo partido con otra vuelta de tuerca del prejuicio.  No sé cuándo la palabra “feminista” se convirtió en un insulto. O algo parecido a una grosería. Cuando dejó de describir un movimiento social muy definido y comenzó a englobar toda una serie de ideas grotescas sobre lo femenino y la mujer. Cuando se convirtió en un epítome para el extremo ideológico, una manera de señalar el extremo, lo absurdo y lo desagradable. Cuando dejó de ser una noción sobre la reivindicación y se convirtió en algo mucho más semejante a una idea durísima sobre la distorsión del género y la identidad.

No lo sé, pero sucedió. Lo sabes, lo asumes, lo percibes. Terminas aceptándolo. Sobre todo, cuando también afecta la percepción que se tiene sobre ti misma —que te calificas como feminista— o la manera como asumes las ideas —porque son feministas—. De pronto, te encuentras en mitad de un terreno intelectual arrasado, donde no perteneces a ninguna parte y tu opinión política y cultural sobre tu género, parece aplastada por esa percepción que cualquier lucha por la igualdad es retrógrada, destinada al desastre o lo que es aún más preocupante, inválida de origen. Después de todo, ¿Quién quiere ser feminista o insistir en las ideas que propone cuando al parecer el sólo término define y refleja justamente el elemento contra el que luchas? ¿Qué ocurre cuando te llamas feminista y encuentras que la mayoría de las ideas que se relacionan con la percepción de tu parecer político se parecen mucho a cualquier extremo ideológico? En ocasiones, la mera presunción resulta desmoralizante. La mayoría de las veces preocupante. Otras, sólo dolorosa. Después de todo, el feminismo al parecer tiene una pésima fama o lo que es lo mismo, es una especie de reflejo distorsionado de lo que aspira o lo que puede llegar a ser.

Pienso en todo lo anterior mientras leo a alguien comentar en un estado de Facebook sobre el hecho que las feministas “son unas perras sin hombres”. Que la gran mayoría de las mujeres que se preocupan por la igualdad y la inclusión de género “están necesitadas de una buena revolcada” y que mejor “asuman su lugar histórico”. No sólo se trata de los temibles conceptos que expresan las frases, el jolgorio general que provocan, los comentarios y burlas que suscitan…sino que están escritos por una mujer. Una mujer de mi edad, universitaria, que presumiblemente le atañen las mismas inquietudes culturales que a mí. Que también ha sido discriminada, menospreciada y sobre todo, que padece la misma cultura retrógrada que yo. Pero para esta mujer, que presume sus triunfos profesionales, que analiza con inusual brillantez el panorama político de país, el “feminismo es cosa de lesbianas e insatisfechas”.

—Lo entendiste mal chica, y ya te lo tomaste a insulto — se burla, cuando la confronto después sobre el tema. Somos amigas hace más de diez años y es la primera vez que conversamos sobre el tema, aunque sus opiniones se han hecho más directas y duras al respecto con el transcurrir del tiempo. Se encoge de hombros, se ríe en voz alta—. Mira, la cuestión es simple: nadie lucha por derechos de nadie. Eso es una historia vieja. Si te preocupa sobre toda esta cosa de las mujeres, es porque te afecta, odias a los hombres o alguna mierda así. Si no, ¿para qué?

Pienso que podría decir que buena parte de quienes apoyaron a Martin Luther King en su lucha por los derechos civiles, eran blancos. Buenos hijos de clase media americana con una considerable conciencia e interés sobre lo social. Que durante el cruce del puente de Selma, un buen número de quienes acompañaron a la multitud de Afroamericanos que intentaron dejar constancia de su opinión política durante el evento, eran musulmanes y europeos. Hombres y mujeres convencidos de la necesidad que el reconocimiento de los derechos individuales colectivos, es un triunfo y una aspiración general.

Podría también decirle que durante la Segunda Guerra Mundial, la gran mayoría de quienes protegieron a los ciudadanos judíos, fueron cristianos. Familias enteras que habrían sufrido severos castigos de ser descubiertas escondiendo y ayudando a escapar de la persecución nazi a sus amigos y vecinos semitas. Podría contarle las grandes historias de valor, de hombres y mujeres que se expusieron a detenciones, torturas e incluso la muerte, por proteger lo que consideraban justo y sobre todo, necesario. Ideas políticas que lograron que el régimen Nazi encontrara resistencia incluso en lo esencial de su planteamiento ideológico: el ciudadano alemán.

Pero seguramente, nada de eso le importaría a mi amiga, que está muy convencida que esas pequeñas sutilezas históricas poco o nada tienen que ver con el país y la época que le tocó vivir. Que no sólo no les concede la menor importancia, sino que además, las considera meras piezas anecdóticas que carecen de real sustancia en su vida cotidiana. Y es que quizás, para mi amiga, cualquier idea política —incluso, las que le atañen— son meras percepciones distantes del mundo. Piezas sueltas de un mecanismo mucho más grande que no le interesa comprender en absoluto.

“Ojalá todo fuera tan simple, como esa vivacidad machacona y un poco vulgar que se le endilga a la mujer latina”

—¿Te parece que preocuparte por los derechos de las mujeres es pérdida de tiempo y que sólo atañe a quien le afecta? —le insisto. Lo contradictorio del argumento me irrita, me desconcierta. ¿Cómo es que ella no lo nota?— ¿Por qué supones que no te afecta machismo y la discriminación a lo femenino?

—Mija, se trata de cuánto dejes que te afecte —me responde— ¿Qué un tipo te considera imbécil sólo porque eres mujer? No le hago caso y ya. ¿Qué las cosas se me facilitan por ser mujer? Entonces simplemente lo acepto y disfruto. ¿Para qué enrollarse?

Ojalá todo fuera tan simple, pienso desanimada. Ojalá la batalla de las ideas por los derechos de la mujer se limitara a las percepciones levemente incongruentes y sobre todo, elementales sobre quiénes somos y cómo asumimos la reacciones de los demás. En las relaciones elementales entre hombres y mujer. En la vieja e incluso hilarante lucha entre sexos. Ojalá no se tratara de empleos mal remunerados, de índices de educación para la mujer casi inexistentes, de cifras de maltratos y asesinatos cada vez más preocupantes. Ojalá no se tratara de niñas en todo el mundo mutiladas por la ablación, de mujeres violadas que son obligadas a contraer matrimonio con su agresor. De mujeres vendidas como mercancía barata en rituales tribales medievales. Ojalá todo fuera tan simple, como esa vivacidad machacona y un poco vulgar que se le endilga a la mujer latina, a esa mujer que grita y exige pero que sin embargo, siempre parece un poco malograda por el prejuicio. Por las razones tradicionales. Por el deber ser.

Pero vayamos más allá, pienso, mientras mi amiga me insiste en que el “feminismo así de locos” no es necesario. Que en Venezuela no ocurren nada de “esas cosas” y que somos mujeres “echadas pa’ lante”. Vayamos al hecho que somos el país donde el embarazo adolescente es cosa de todos los días, donde niñas llevan niños en brazos en un ciclo que crea familias disfuncionales y rotas de origen. Sigamos avanzando hacia el hecho que una mujer profesional en Venezuela gana 20% que su contraparte masculino, que un preocupante número de mujeres han admitido haber sufrido algún tipo de abuso laboral. Que somos un país donde las leyes que deberían proteger a las mujeres, sólo fomentan la idea de exclusión, de protección especial. Que las mujeres aún deben sobrevivir a un deber ser insistente, a una idea tradicional de la que pocas veces pueden enfrentar.

—Mira, aquí nadie necesita igualdad ni nada —me suelta mi amiga, ya un poco irritada por mi insistencia sobre el tema—, aquí somos mujeres y ya. Divinas, las más bellas. Y eso es bueno.

Un concepto aparentemente inofensivo que no lo es tanto. Recuerdo de inmediato las cientos de muertes de mujeres a causa de tratamientos de belleza, de esa autoestima bajísima que le provoca a la mujer venezolana el ideal estético nacional. De las infinitas variaciones de esa percepción de “la más bella”, de la competencia femenina encarnizada que promueve un tipo de cultura que rinde culto a la estética más ramplona. De las mujeres que la cultura hiere y limita, de las mujeres que padecen discriminación, que deben lidiar con la angustia de no alcanzar jamás el ideal físico que impone un país vanidoso. No todo es tan inocente, pienso. No todo es tan simple y cómo lamento que lo parezca.

Y es que la “etiqueta” de feminista parece evitar que una mujer pueda y se haga preguntas sobre lo que ocurre a su alrededor, sobre esa idea insistente que la restringe a la mujer dentro de un terreno muy definido de lo cómo puede comprenderse. Y es que mientras otros tantos conceptos que describen y engloban luchas sociales han crecido y se han hecho de capital importancia, la idea sobre el feminismo continúa rozando lo incómodo, lo irritante. Como si el interés y la reflexión sobre los derechos de la mujer aún pertenecieran a un ámbito marginal, que no calza en ninguna otra idea política consistente.

Y es que el feminismo se enfrenta a un enemigo muy concreto: a la mujer que lo considera innecesario y hasta ofensivo a lo que concibe como lo femenino. Porque a pesar de los indudables logros en los derechos de la mujer, aún el peso constante de la ignorancia y esa imagen tradicional de la mujer sigue siendo insoportable, la mayoría de las veces doloroso. En ocasiones peligroso por omisión. ¿Que puede ser más preocupante que ignorar un movimiento legítimo que busca la igualdad y que tiene un legítimo basamento político? ¿Qué puede ser más preocupante que la lucha por los derechos ciudadanos en cualquier índole se trivialice y se convierta en una mera disparidad de opiniones?

—A nadie le importa esa igualdad de la que hablas —sentencia mi amiga, cuando me escucha reflexionar sobre lo anterior—, la gente sabe su lugar en el mundo y ya.

No es la primera vez que escucho argumentos semejantes. Los he debatido desde que recuerde o mejor dicho, desde que asumí que mis inquietudes llamémosle políticas e ideológicas se dirigían hacia una dirección muy concreta: la igualdad de derechos culturales y sociales con respecto al hombre. Nada más y nada menos en un país machista. Una cruzada disparatada, como me suele insistir uno de mis tíos favoritos. Y es que desde que recuerde, mi única aspiración ha sido la misma: la de no tener que temer o considerarme distinta sólo por el hecho de ser una mujer.

Cuando se dice así, resulta sencillo e incluso un poco edulcorado. En realidad, nadie piensa demasiado en el machismo o mejor dicho, lo asumen como parte de una serie de argumentos tan sutiles que terminan formando parte de lo cotidiano. A nadie le parece machista que se insista que la mujer es “para la casa” y el hombre “para la calle”. O que se hable de “cosas de hombres”. O que se te insista debes tener determinado aspecto físico para calzar en el ideal estético nacional. O que inmediatamente se te considere frágil, inferior e incluso poco capacitada por el hecho de ser mujer. Se asume que es parte de la sociedad, de la idea de lo que “debe ser” y una noción inamovible, por cierto, de esa gran comprensión sobre quienes somos que llamamos identidad. Por ese motivo, cuando asumes la idea que algo no va bien, el primer enfrentamiento no es contra la realidad concisa de un sistema que te analiza desde la distancia sino contra ti misma. Contra la idea que tienes sobre quién eres y quién podrías ser, según te han educado o mejor dicho, cómo te comprendes en el espejo cultural.

“No he podido acostumbrarme jamás al hecho que mi aspiración de igualdad de derechos legales, culturales y sociales, me convierta en un paria ideológico”

Porque a nadie le gusta decir que la sociedad donde nació es machista. A mí al menos, no. De jovencita, me gustaba pensar en palabras como “tradicional”, “conservadora” e incluso “protectora” para definir la extraña y ambigua actitud de un país matriarcal donde las mujeres parecen definidas por una herencia biológica más vieja que ellas mismas. Tendría que tropezar con el machismo —el real, el cotidiano— para admitir que realmente algo estaba sucediendo en la manera como mi país me percibía. Que uno de mis profesores hiciera una broma sobre mi torpeza matemática insistiendo en que “otra cosa se podía esperar de una mujer”. O que alguien me llamara puta por mi adolescente afición a las faldas cortas. O que un desconocido me persiguiera tres calles, lanzándome insinuaciones sexuales a gritos, mientras los hombres a mi alrededor rieran. O que el Jefe de Recursos Humanos de una pequeña empresa donde quise ser contratada, me explicara que ser mujer “era un elemento en contra” que no beneficiaba mi contratación. O que el Presidente de mi nación se burlara de su esposa en un locución pública, señalando que esa noche “le daría lo suyo”. Una y otra vez, esa idea pareció formar parte de algo más general y sutil difícil de definir. Un pensamiento cultural con el que tropiezas con tanta frecuencia que te parece habitual, pero que no lo es. Es entonces, cuando aceptas el hecho que enfrentarte a esa percepción sobre ti misma y sobre quién eres, es una necesidad o al menos así comienzas a concebirla. A pesar de las críticas, a pesar de la burlona opinión que insiste que esa defensa es cuando menos absurda, porque el “mundo está hecho así”. O lo que es lo mismo, es el “orden de las cosas”.

Pues bien, para mí las cosas no son tan sencillas. Ni mucho menos claras. No he podido acostumbrarme jamás al hecho que mi aspiración de igualdad de derechos legales, culturales y sociales, me convierta en un paria ideológico. O peor aún, en una especie de extremismo absurdo y también insustancial que desvirtua cualquier planteamiento y lo transforma en una caricatura intelectual. Una percepción a medias de lo que el feminismo —o como yo lo concibo— desea obtener y, sobre todo, lo que desea expresar como idea.

Decía el jurista y sociólogo español Adolfo Posada que “Todas las gentes que no estén ciegas, bajo el influjo de prejuicios invencibles, son feministas”, una frase que de hecho resume mi opinión sobre lo que el feminismo puede ser, algo muy distinto a lo que es e incluso, a como lo percibimos. Una noción que abarca no sólo esa necesidad de las reflexión de las ideas sobre la mujer sino también, como encajan o de hecho, coinciden con la perspectiva general de quiénes somos y a dónde nos dirigimos. Porque el feminismo no es sólo una idea política —que de hecho, lo es en esencia— sino algo más complicado, complejo y necesario de lo que puede parecer a simple vista.

En una ocasión, uno de mis mejores amigos me dijo que el feminismo es una gran pérdida de tiempo en un mundo esencialmente egocéntrico, que le importa muy poco la opinión ajena y que admite muy pocos cambios en sus bases estructurales. Me lo dijo en una ocasión en que discutí en voz alta con un hombre que me llamó “machorra” por insistir en reclamar el mal servicio de un restaurante. Cuando me quejé en voz alta con respecto al tema, sacudió la cabeza con cierto desaliento.

—Este país es prepotente con las mujeres. El Venezolano es revirón, peleón y también mujeriego. Y eso está bien y aceptado. Se educa al hombre de esa manera. No es tanto el hombre que es machista, sino la cultura que lo celebra, la mujer que lo acepta y sobre todo, la sociedad que lo admite. Con eso te debes enfrentar.

Un planteamiento que desmoraliza a cualquiera, aunque por supuesto no era nada que supiera. No se trata de algo novedoso: nací en una sociedad que se concibe así misma naturalmente masculina. Pero aceptarlo, en ocasiones implica admitir que también la mujer fomenta esa noción sobre sí misma a medias, fragmentada sobre su propia imagen e identidad. Nadie parece extrañarle que sea la mujer quien la mayoría de las veces se queje y proteste contra la insistencia de la reflexión crítica y emancipadora del Feminismo. Que se analiza sus errores y baches de planteamiento —múltiples e inocultables— en detrimento elemental sobre quiénes somos y cómo nos miramos. Que sea la mujer quien insista en la necesidad de esas estructuras sociales, políticas y judiciales que siguen percibiendo su identidad bajo la tónica de la tradición y la herencia histórica. Una mirada al prejuicio desde el prejuicio.

Pienso en esas cosas con frecuencia. Me atormenta esa idea que insiste sobre la mujer que soy, la cultura donde nací y sobre todo mis convicciones políticas. Y me pregunto en ocasiones, hacia donde deben dirigirse mis esfuerzos, mi obsesión por el planteamiento de un mundo mucho más justo. ¿Debo aceptar esa contradicción de una lucha reivindicatoria que lucha contra quienes debería proteger? ¿O se trata de algo más sutil, más profundo y culturalmente desconcertante de lo que hasta entonces ha sido? No lo sé, me digo con cierto desaliento, caminando por las calles de mi ciudad, rodeada de mujeres. De madres, de hijas, de esposas. De mujeres de rostros afligidos, de mujeres radiantes de belleza. ¿Quiénes somos en medio de la batalla de las ideas? ¿Quiénes somos cuando nos miramos en el reflejo de la identidad cultural?

No lo sé, me repito con cierta tristeza. Y quizás por ahora, no exista respuesta para ninguno de esos cuestionamientos.

Del cabello y otros símbolos: de las “pelo lindo” a la gloriosa melena rizada

Del cabello y otros símbolos: de las “pelo lindo” a la gloriosa melena rizada

“Es una cultura que no te enseña sobre cómo alentar tu autoestima, pero sí cómo complacer ese gran ideario popular sobre la visión del “debe ser estético” de la mujer venezolana.”

Por Aglaia Berlutti.

En una de las escenas centrales de la película “Nappily Ever After” (Haifaa al-Mansour -2018) la protagonista Violet Jones (encarnada por la actriz Sanaa Lathan) toma la decisión de rasurarse la cabeza, después de literalmente perder el control de su vida luego de un desatinado cambio de estilo. Violet es una mujer de raza negra que la mayor parte de su vida ha luchado a brazo partido contra su cabello rizado, que mantiene bajo un perfecto y milimétrico control y que, de alguna forma u otra, representa su ordenada vida como mujer soltera a punto de contraer matrimonio (o eso es lo que espera), ejecutiva en una empresa de considerable éxito y mujer obsesionada con la milimétrica perfección de su imagen física. Pero luego de un fallido cambio de imagen —y que el cabello de Violet se salga literalmente de control— la vida del personaje parece desplomarse pieza a pieza. De pronto, Violet se encuentra sacudida en mitad de fuerzas absurdas que la despojan poco a poco de todos los elementos que de alguna u otra forma representaron cierto orden en su vida adulta: desde su cabello artificialmente lacio hasta la profesión que desempeña sin demasiado entusiasmo, pero con bastante éxito. El resultado, es una ruptura en mitad de la temprana adultez que deja a Violet sin fuerzas para luchar pero con la necesidad desesperada de continuar haciéndolo.

Entonces decide que su cabello —convertido en una frondosa mata de apretados rizos teñidos de un clarísimo color rubio— es el símbolo de todas las cosas que en apariencia van mal en su vida. O mejor dicho, es la metáfora perfecta para analizar la forma en que la obsesión por su apariencia ha creado una perversa versión de sí misma. De modo que Violet necesita luchar contra esa mujer rota y abrumada en la que se ha convertido. Liberarse finalmente de esa lucha interna que durante años ha pesado sobre sus hombros. La escena es tensa, hermosa, profundamente conmovedora. Violet se mira al espejo y se afeita la cabeza mientras llora en medio de un desconsuelo profundo y descabellado, que comenzó con la desesperada obsesión del personaje por la perfección estética y termina por la sensación que necesita encontrar un sentido real y concreto a su concepto sobre su vida. Violet llora y ríe, mientras pasa la afeitadora con mano firme sobre su cráneo y poco a poco, se abre camino no sólo entre su abundante cabello, sino el hecho real que ha pasado buena parte de su vida debatiéndose contra la forma en que comprende el valor de su identidad. Al final, triunfante, con la cabeza perfectamente calva y una sonrisa amplia y temblorosa, Violet mira a la mujer escondida bajo todos los temores que le asediaban. La ternura del poder crear y construir una forma de expresar algo más profundo sobre su manera de construir el mundo a su alrededor.

La escena hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. Luego reí, mientras admiraba la mano firme de Violet al liberarse de ciertos prejuicios tan viejos como pesados con la que toda mujer —y algún que otro hombre ¿por qué no?— debe lidiar. También soy una sobreviviente al cabello rizado. Parecerá risible, pero en realidad, ha sido una especie de pequeña batalla estética que he librado contra mí misma desde que recuerdo. Gracias a algún antepasado de sangre afrodescendiente, tengo una abundante y melena rizada, la mayoría de las veces incontrolable. Durante buena parte de mi vida, me enfrenté a ella de todas las maneras que pude. Desde niña, consideré mi cabello un enemigo al cual vencer, un rasgo florido e incómodo que había que ocultarse. Y lo hice siempre que tuve oportunidad. Admito con toda franqueza que gran parte de mi adolescencia e infancia, mi cabello, con sus rizos intrincados, su aspecto extrañamente salvaje y su negativa a dejarse dominar por ningún método estético, me atormentó. Me sentía fuera de lugar, en ese ámbito sin nombre entre la fealdad que nadie quería llevar como estigma y ese aspecto físico que no tenía mucho que ver con la “mujer bella” que insistían debía ser. Una idea incómoda —cuando no dolorosa— que no siempre supe manejar.

“¿De qué hablamos cuando insistimos en analizar el canon de belleza con el que crecemos y que nos presiona a diario desde cientos de lugares invisibles?”

En algún momento de los primeros años de la veintena, la apariencia de mi cabello dejó de molestarme. Probablemente se debió a que alcancé ese necesario pacto de no agresión que toda mujer disfruta al sentirse cómoda en su piel o que simplemente, mi cabello, con toda su rebeldía simple, me demostró que hay rasgos que perduran, a pesar de todo y quizás, gracias a eso. Y es que probablemente, esa visión de la belleza a la que debemos enfrentarnos —y superar— solo sea posible de vencer una vez que asumes que lo que se considera hermoso —y lo que no lo es— es una simple visión elemental, básica y bastante limitada de quién eres. Pero no es un conocimiento que adquieres pronto, ni de la manera sencilla. Mucho menos en nuestro país, la llamada “Tierra de las más bellas”. Una cultura que no te enseña sobre cómo alentar tu autoestima, pero sí cómo complacer ese gran ideario popular sobre la visión del “debe ser estético” de la mujer venezolana. La cultura de las “tetas explotadas”, de las “mamis” y las Misses. Esa visión social que te ataca desde todo lugar posible desde la infancia hasta la madurez y a la cual debes sobrevivir.

No es un trayecto sencillo, ese de enfrentarte a las cosas mínimas que agreden a un nivel difícil de explicar. Sentirse gordita, flaquita o simplemente fea, diluye tu identidad bajo el peso de lo que se muestra. Y es que el tema de cómo luces en un país que te exige cómo verte, nunca será fácil de asumir y analizar. Cuando decido entrevistar a un grupo de mujeres sobre el particular, al principio nadie acepta. Todas les parece un tema “sencillo” y “carente de importancia”. ¿De qué hablamos cuando insistimos en analizar el canon de belleza con el que crecemos y que nos presiona a diario desde cientos de lugares invisibles? ¿A qué nos referimos cuando se toma la decisión consciente de oponerse a él? Una vez leí, que la mujer en Venezuela asume la belleza como un deber y a eso nadie le importa, porque lo da cumplido. Una frase curiosa que parece definir esa constante insistencia en la identidad, en quiénes somos y porqué expresamos toda una serie de ideas estéticas más o menos coherente. Porque la venezolana sobrevive a los pequeños prejuicios, pero la mayoría de las veces los sufre, los padece como un síntoma de una sociedad que se mira así misma con una enorme crudeza. Más allá de lo venial y de lo aparentemente superficial, hay todo un discurso que pesa sobre los hombres y que llevas a todas partes, quieras o no, lo sepas o no.

Finalmente, logro convencer a varias de mis amigas para que conversemos sobre el tema. Cuando nos reunimos, todas se sienten un poco incómodas. Ninguna se conoce entre sí y el tema les parece carece de importancia. Eso me lo deja muy claro V. apenas comienza la conversación.

—Lo de la Venezuela de las bellas es una opinión comercial basada en cierta necedad cultural —dice. Como publicista, obviamente se enfrenta al mercado de la estética de una manera que al resto nos resulta desconocida—, la belleza en Venezuela no tiene que ver tanto con la figura de la Miss sino con el tema de lo que se asume es exitoso. La Miss no es solo la mujer más bella: es también la más exitosa, la que consigue lograr sus metas. La representación del país ideal.

Mi amiga T. sonríe de manera discreta. Como profesora de sociología, lleva más de década y media analizando a la mujer venezolana real. La he acompañado en sus entrevistas a mujeres de todos los estratos sociales, he debatido con ella esa otra visión de lo femenino que se insiste sin reivindicación alguna. Imagino que el comentario de V. no la sorprende demasiado. Solo que para ella, el tema tiene otras implicaciones, mucho más profundas.

—En Venezuela se asocia la belleza física al éxito, sin duda. Y no es exclusivo de nuestro país —responde T.— pero, además, esa interpretación de la belleza no es únicamente la descafeinada de la “Miss” y sus implicaciones. En el barrio, la mujer más bella, es la que tiene mayores oportunidades de ser la “querida” del líder del barrio. De tomar una posición de poder, de asumir un estatus social que la protege a ella y a su familia de las balas y la violencia. La belleza en otro estrato es un símbolo de poder.

El grupo guarda un asombrado silencio. Estoy convencida que la mayoría de las que nos encontramos aquí, no esperábamos que la discusión se tornara tan profunda, tan dura. Pero lo es y me gusta que lo sea. Sonia (que me pidió no usará una inicial para incluirla en este artículo) sacude la cabeza, asombrada.

—Es bastante simple: no importa el estrato social, la belleza en Venezuela importa —comenta. Como maestra de un grupo de cuarenta y cinco niñas de un colegio privado, me pregunto cómo será su experiencia al respecto—, el mensaje está en todas partes: la belleza te abre puertas. Te confiere importancia, te brinda oportunidades que de otra forma no tendrías.

—¿No es así en todas partes? —pregunta B., la más joven del grupo y autoproclamada modelo. Con su casi un 1,80 de estatura, cuerpo esbelto, rostro radiante, dientes perfectos y cabello sedoso es la imagen de la estética que en Venezuela se considera deseable, ideal. También es una mujer inteligente: es una aventajada estudiante de Idiomas en la Universidad Central de Venezuela. Nadie podría decir que solo su belleza le ha proporcionado el triunfo profesional del que disfruta como ejecutiva de una empresa transnacional ¿O sí? —. Hablo que la belleza es un ingrediente fundamental en muchas sociedades. La belleza se considera un emblema, se asume como necesaria.

—En Venezuela hablamos de otra cosa —explica T.—. Aunque es obvio que el mundo moderno disfruta y promueve un tipo de belleza irreal, en Venezuela las implicaciones van un poco más allá. Porque a la mujer venezolana no se le anima a ser integral, hermosa e inteligente, sino que se le insiste en que la estética determina toda una serie de circunstancias que no son naturales del concepto. En Venezuela, hay una obsesión por modificar el canon de belleza por algo más parecido a una idea estereotipada de lo que debe ser lo femenino. Y cambia de acuerdo al estrato social al que pertenece. Y también cambian y se modifican a lo que puede aspirar la mujer gracias a eso, o probablemente debido a eso.

“Desde hace algunos años, Venezuela se ha convertido en uno de los países donde se realizan mayor cantidad de cirugías estéticas”

Pienso en mi cabello rizado, una vieja anécdota que de vez en cuando recuerdo con incomodidad. Porque me afectó, aunque parezca insustancial y poco importante. Me preocupó no lucir la melena larga y brillante que se supone debía tener. ¿Cuántas veces no soporté burlas por mi cabello? Y aunque nunca fue algo tan grave como para considerarlo directamente insultante, ¿en cuántas ocasiones no me afectó el tema emocionalmente? Luego de años de someterme a procesos cosméticos, cortar, secar y de nuevo todo el ciclo, conseguí que mi cabello tuviera un aspecto “hermoso”. Me paso la mano por el cabello —suave y por una vez dócil— y me pregunto por qué eso me parece bello.

Desde hace algunos años, Venezuela se ha convertido en uno de los países donde se realizan mayor cantidad de cirugías estéticas. O lo era antes de que la crisis económica cerrara consultorios e hiciera emigrar a las eminencias médicas que por décadas convirtieron al país en una especie de Meca para todo tipo de tratamientos estéticos. Y aunque no es un fenómeno extraño ni tampoco inusual en nuestras latitudes, sí lo es que la necesidad de utilizar la ciencia médica para alcanzar “las medidas perfectas” se haga cada vez más desesperada. Desde procesos más simples como tatuajes de cejas hasta otros de mayor envergadura como mamoplastia hasta la Gluteoplastia brasilera, buscar la belleza ideal parece ser una meta que muchas mujeres en Venezuela asumen como necesaria. No hablo solo las de mayores recursos económicos: la tendencia, la insistencia y la presión social no discrimina lo monetario. Desde someterse a cirugías menores en condiciones insalubres hasta aplicar compuestos biopolímeros ilegales, la mujer en Venezuela que no puede costearse un procedimiento costoso arriesga su salud en beneficio de lograr “la perfección”.

¿Por qué lo hace?

—No simplifiques todo culpando al medio y a la publicidad que insiste en someterte a la belleza —comenta V.—. Las revistas, el arte y el espectáculo solo refleja lo que se consume. Lo que se consume es parte de un ciclo que comienza no exactamente en la portada de la revista y en la pantalla del televisor.

—Pero es la medida como se expresa y se comunica —interviene K., escritora y columnista, que aceptó mi invitación intrigada por lo que tenía que decir este grupo de mujeres sobre la percepción que la sociedad tiene de ellas. Con cuarenta años de experiencia en Chile, K. analiza el fenómeno de la mujer bella como un ciclo que se retroalimenta—, en otras palabras, la sociedad consume la imagen, la insiste como verdadera. La publicidad la muestra, y afianza esa idea. Nadie es inocente en esto.

—Lo peor es que comentar sobre el tema no parece ser culturalmente aceptable —dice Sonia, irritada— para la gran mayoría de las personas, hay una intrincada mezcla entre “lo femenino” y lo “bello” que no son capaces de analizar por separado. Y no es la belleza natural, es algo mucho más estereotipado que se asume como “real”.

Pienso en la floreciente industria del maquillaje en mi país. A pesar de la gravísima crisis económica que padecemos, la venta de cosméticos en Venezuela continúa siendo tan redituable como para ser un negocio floreciente y próspero. ¿A eso se refiere Sonia? Recuerdo las ocasiones en que hemos comentado como las niñas del colegio donde enseña —adolescentes y niñas que apenas rozan la pubertad— acuden al colegio cada mañana, maquilladas y pulcramente peinadas. Porque la idea proviene de casa, la idea se asume desde lo esencial y en adelante, se transforma en consecuencia.

—Es una tira y encoge con lo que se necesita y lo que asume debe ser la mujer. Lo femenino se confunde con esa idealización de un tipo de belleza que no existe —dice B.— cuando comencé en agencias de modelaje, lo primero que se me exigió fue que fuera “bella”. Era delgada y alta, pero también tenía que encajar en esa imagen de la mujer “linda” venezolana, de buen carácter y descomplicada.

A mi amiga B. la conocí por casualidad. Hubo una época donde comencé a fotografiar a mujeres de todo tipo y figura, en un intento de entender que podía unirnos en un país tan dispar. Y B. me pidió la fotografía sin maquillaje, despeinada y sin accesorios. Cuando se miró en la imagen que le tomé, se le llenaron los ojos de lágrimas. “No me reconozco” me dijo. Recuerdo la escena mientras la miro ahora, casi siete años después, radiante y exquisita, el ideal de belleza nacional.

—¿Cómo te sentiste con esa idea? —pregunto. La bella B. suelta una carcajada. Sacude su brillante melena.
—Mal por supuesto, aunque no entendiera el motivo. Así que sí, me hice las tetas porque las necesitaba —se las toca, casi en un gesto mecánico, como si no formaran parte de su cuerpo. Se levanta el busto redondo y lo ofrece a la discusión. Parpadeó un poco sorprendida por el gesto, pero casi parece natural.
—¿Te presionó alguien para que te las hicieras?
—No, pero yo sabía que tenía que hacerlas. Bajar aún más de peso, aprender a maquillarme —hace un gesto que incluye su cara o su cabello. Esto soy, parece decir— asumí que era parte del trabajo.
—Es parte de lo que somos —insiste T. La miro, con su cabello despeinado y su aspecto un tanto bohemio con faldas largas y sandalias de trencitas. En una ocasión me comentó que no la habían contratado en una prestigiosa empresa por su “aspecto físico”. Rechoncha y bajita, tiene el aspecto de una hippie un poco venida a menos, como le gusta llamarse— es parte de esa herencia que se nutre de lo comercial pero también de lo que la cultura espera de ti. Y lo encuentras en todas partes. Lo ves a todas horas. De todas las maneras posibles.

Sonia suspira e intercambia conmigo una mirada irritada. Hace varios días, su hija regresó muy angustiada del colegio donde estudia. La niña de diez años muy desarrollada para su edad por una serie de problemas hormonales, se enfrenta al prejuicio de no ser precisamente delgada y que no pueda perder peso porque sencillamente, es una niña. Así de simple se lo explicó Sonia a la maestra, cuando la mujer intentó explicarle que quizás “la niña debería comer menos”. Colérica, Sonia terminó en medio de una desagradable discusión con la maestra, que simplemente concluyó el tema una frase espeluznante “asuma el hecho que su hija es una gordita”.

—El mensaje está claro, no tiene estatus económico y tampoco edad —dice K. que es una experta en el tema y más de una vez ha debatido en su país sobre las implicaciones de la presión social—. Lo masculino desempeña una serie de papeles entremezclados entre sí, entre lo biológico y lo social. Pero la mujer es una especie de esclava de las imposiciones sociales. Y no, no es feminismo ni protesta. Es cultura. La pobreza te hace madre bien pronto y más de una vez. Te impone que debes ser abnegada, que debes cargar con tus chicos en la cadera de un lugar a otro. El dinero te insiste que debes ser impecable y deseable. El color de la piel que debes ser “negra picantosa” o “rubia necia”. Así van todos los estereotipos, cercándote de un lado a otro, asfixiándote, dejándote resumida a lo que queda después del esquema, a lo que sobrevive después de la idea que se tiene sobre ti.

“Habrá quien me llame “feminista”, “odiadora de hombres”. Me acusarán de sabotear “la buena salud” porque estoy “gorda”.”

—Peor aún que la visión de la mujer se estira y se encaja a la fuerza —dice V. a quién el monólogo de K. parece haberla afectado especialmente— chica, ¡si hasta tu sexualidad es un debate constante! Si te gusta tu cuerpo y lo disfrutas eres puta, si no eres pacata. Si decides no casarte “te quedaste” o si no, ofendes por “lesbiana” como si la decisión sexual fuera un insulto. Vamos de un lado a otro del extremo, sin otro rostro que el que te impone lo que está a tu alrededor.

De pronto, me río. No sé exactamente qué me produce esa risa loca, sin sentido. Aunque creo que tengo una somera idea. Probablemente cuando publique este artículo, habrá quien me llame “feminista”, “odiadora de hombres”. Me acusarán de sabotear “la buena salud” porque estoy “gorda”. Lo sé porque antes me ha ocurrido y es una especie de idea recurrente. Pero muy poca gente mirará a su alrededor para comprender de dónde proviene la opinión, qué la produce, por qué de la insistencia. No mirará a la mujer que lleva las tetas bien a la vista y operadas, con su autoestima bien mezclada por las medidas. No mirará la portada de la revista, donde la mujer semidesnuda te recuerda lo que debes ser y probablemente no sea. No lo recordará cuando mire a una mujer que no cumple con el estereotipo y la denigre por eso. No lo recordará cuando disfrute de la publicidad donde una mujer muestra las curvas para placer del espectador. Y no sé si me río por cansancio o por simple confusión. Quizás se trate solo de una simple toma de conciencia que el prejuicio también llega a las palabras, a las letras que se comparten. A la necesidad de expresión.

Y es que yo con mi pelo malo, mi rostro pálido y mis ganas de reclamar derechos, también soy parte de ese otro porcentaje de la mujer venezolana que también se discrimina. La que se acusa de “exagerar” si exiges un derecho, de “dramatizar” si te ofende el piropo grosero. Miro a alrededor, a las mujeres que somos, las reales y la risa se me muere en la boca. Porque somos, tan distintas, una manera de triunfar sobre lo que se nos impone y se nos insiste. Y aún así, somos excepciones a la regla, a lo que asumimos como identidad y como forma de pensar cultural.

¿Quién es la mujer venezolana? ¿Quién soy yo? Me lo pregunto sentada frente al espejo. Renuncié al secador y al cepillo. Mis rizos tímidos, ese “pelo malo” tan inquieto y rebelde, se encrespa en los hombros, me rodea la cabeza como un halo. Hay algo puramente esencial, en esa sensación de libertad que siento cuando sacudo la cabeza. Y vuelvo a reír pero esta vez la risa no es amarga, pero liberadora. Me río de esa sensación de plenitud simple, de la belleza de encontrar sentido a tu propia identidad. Incluso por encima de la cultura que te presiona y la sociedad que escribió tu historia, aún antes de nacer.

C’est la vie.

Entre lo Divino y lo profano

Entre lo Divino y lo profano

Por Aglaia Berlutti.

Hace unos días, una amiga me preguntó cuándo pensaba escribir sobre la menstruación. Por meses, ambas hemos discutido la importancia de debatir en público temas femeninos y, sobre todo, de hacer muy visible la identidad de la mujer moderna como parte de una nueva idea cultural sobre ella. De manera que me llevó un momento digerir la cuestión y decidir cómo responder de manera que no pareciera subestimara su propuesta o algo semejante.

—Creo que no muy pronto— le confesé en voz baja. Parpadeó sorprendida.

—Pero hablas sobre sexualidad y la maternidad. 

—Sí, pero… 

—La menstruación es sagrada.

Tomé un sorbo de café tan caliente que casi me escalda la boca. Me refugié en la tos floja y adolorida que vino después, pero ella siguió mirándome fijamente, esperando una respuesta. Bueno, allá vamos, pensé.

“La menstruación no es un motivo para defender mis derechos, pero el hecho de que a pesar de las particulares de mi cuerpo pueda aspirar a derechos idénticos, sí lo es.”

—Lo es, sin duda. Para muchas culturas e incluso desde cierta retrospectiva histórica, la menstruación se considera un símbolo de Divinidad— le contesté—, pero no creo que tenga mucha relación con lo que me interesa ahora mismo. Quiero debatir sobre los derechos de la mujer, el salario justo, la postura de Engels. 

—¡Pero la menstruación es femenina!

—Es un proceso físico. 

—Es una idea machista esa.

Pensé en tomarme de nuevo un sorbo de café a una temperatura asesina pero decidí que aquella discusión sólo se resolvería de una manera: Afrontándola. De manera que tomé una bocanada de aire y traté de ordenar los argumentos en mi cabeza.

—Como yo lo veo, que yo menstrúe no me hace merecer más o menos derechos. Quiero obtenerlos porque soy un ciudadano capaz, preparado, inteligente que merece ser reconocido desde un punto de vista inclusivo —le expliqué, intentando no sonar pontifical ni mucho menos sermoneadora. Pero seguro que soné ¿A quién engañamos?—. Lo que quiero decir es que la menstruación no es un motivo para defender mis derechos, pero el hecho de que a pesar de las particulares de mi cuerpo pueda aspirar a derechos idénticos, sí lo es.

Mi amiga parpadeó y noté como el color le subía al rostro. Aquello no iba a terminar bien de ninguna forma. Y no podía culparla. Después de todo, durante los últimos meses, habíamos debatido hasta el cansancio la idea del feminismo desde muchos puntos de vista. Mi amiga, como yo, es profesional, independiente y soltera y ambas decidimos comprendernos a través de una idea mucho más amplia del feminismo institucional. Tal vez contradecimos algunas ideas. Quizás llevamos frontalmente la contraria en otras. Pero el hecho es que el feminismo que hemos analizado desde nuestra cómoda trinchera, intenta ser todo lo coherente posible con los tiempos que vivimos, con nuestras vidas y ¿por qué no?, con nuestras particularidades.

 

A la discusión, se han unido varias viejas amigas de la Universidad. Unas se escandalizaron por mi “tibieza”, otras por mi “comodidad” y las menos, asumieron con cierta deportividad el hecho de pensar a la mujer desde la perspectiva de la mujer, que es lo que creo el feminismo debería hacer pero no siempre hace. No obstante, conjugar ideas disimiles y la mayoría de las veces radicales, no resulta fácil. Sobre todo en una época donde el feminismo parece tan innecesario como obsoleto, pero sobre todo, carente de significado.

—Lo que quiero decir es que la menstruación debería ser respetada en toda su extensión, asumida como una parte elemental de la capacidad femenina para concebir— me insistió mi amiga. Comenzaba a enfurecerse, aunque hizo un buen intento por parecer impaciente más irritada. Uno no muy bueno, por cierto—, menstruar es la celebración de nuestro ciclo divino. Es poder femenino.

No supe qué responder a eso sin parecer chocante, grosera o simplemente hipócrita. Vamos, soy pagana y en la concepción de mis ideas sobre la Divinidad, el cuerpo es un templo. Cada parte y elemento de mi vida, crean una estructura creativa que controlo y construyo a diario. Sé a lo que a amiga se refiere, sé que tiene una importancia capital para ciertos puntos de vista espirituales. Pero me niego a pensar que sea necesario que en la lucha por los derechos de la mujer —o mejor dicho, en la lucha por alcanzar el equilibrio legal y cultural para todo el que lo necesite— una particularidad anatómica de mi cuerpo debería ser preponderante al momento de elaborar una idea política y social sobre género. ¿Suena contradictorio? No lo es.

“Por siglos la mujer fue definida a través de su cuerpo y su capacidad para concebir. Por su aspecto, por su belleza, incluso por la lujuria que podía despertar”

En la medida que los afrodescendientes no reivindicaron sus derechos por el hecho de tener la piel oscura sino porque eran ciudadanos a pleno valor y merecían un reconocimiento absoluto. O bajo el argumento que la comunidad LGTB no aspiran a la convalidación de sus aspiraciones legales basados en el género, sino en su identidad individual como sujetos legales bajo el imperio de la ley. En otras palabras: aspiro a la inclusión porque la merezco, es un mi derecho y no específicamente porque considere que mi cuerpo —o mis genitales, si vamos al caso— me definen o invocan un trato especial.

Pero ¿Cómo explicar eso y que pueda parecer comprensible? Por siglos la mujer fue definida a través de su cuerpo y su capacidad para concebir. Por su aspecto, por su belleza, incluso por la lujuria que podía despertar. La mujer objeto, la mujer idealizada, la mujer repudiada. Construida a base de los elementos de la cultura, a la medida de las necesidades de una idea social sobre lo femenino tan limitante como asfixiante. Entonces ¿Cómo desvincular la lucha de los derechos de la percepción de la mujer antropomórfica? ¿Cómo debatir la idea bordeando esa delgada línea que bordea la identidad con nuestra capacidad anatómica? No resulta sencillo, pero sin duda, creo que es posible. A veces hasta necesario.

—Pienso que en la medida que asumamos con naturalidad nuestras diferencias y las desacralicemos, seremos capaces de asumir que nuestro cuerpo merece tanto respeto y es tan libre como lo imaginemos— dije, no muy segura de aquel argumento pero intentando expresarlo lo mejor posible—. Pero…mientras insistamos en que la lucha por el reconocimiento deba basarse en la diferencia y hacer hincapié en esa idea, será una forma de crear una idea distorsionada sobre lo que queremos obtener.

No es una idea popular esa. Sobre todo, porque se sostiene sobre cierto pragmatismo y ninguna declaración de derechos o batalla reivindicatoria lo es. Mucho menos, cuando la reflexión sobre el tema de la mujer y sus derechos se ha hecho tan extremista y radical. O al menos, ha construido una vertiente lo suficientemente frontal y casi violenta como para resultar frecuente.

Hace unos años, se creó en Ucrania el grupo feminista Femen, que se ha caracterizado por llevar la discusión sobre el género a otro nivel. Las activistas de Femen irrumpen en lugares públicos con el torso desnudo, el cabello suelto trenzado con flores y con frases reivindicativas pintadas en el pecho de manera muy visible. Según se lee en su web “¡Nuestras armas son nuestros pechos desnudos!”. Hasta aquí, nada muy diferente a grupos de choque político de corte reivindicativo, pero Femen además tiene un ingrediente peculiar: se autoproclaman de ideología “sexextremisma”, además de una combinación de ateísmo y feminismo en estado puro. Para Femen no hay medidas tintas, argumentaciones o graduaciones del tema. De hecho, su bandera es la lucha. No hay discusiones, ni tampoco debates. El terreno es directamente la confrontación.

Por supuesto, no es la primera vez que un grupo parecido se hace eco en los medios de comunicación ni es una idea novedosa, no obstante, el hecho que aún se considere una experiencia válida pero sobre todo efectiva, describe con mucha claridad el hecho de que el feminismo se está reconstruyendo aún, cumple ciclos inevitables de variable efectividad. Y lo es en la medida que la visión sobre lo que el feminismo puede ser, concebida desde la sencillez de la búsqueda de la igualdad laboral, legal y cultural, hasta algo más profundo y originario. La idea de enfrentarse a una sociedad concebida con hombres para hombres.

Ah, que militante suena eso, pienso de vez en cuando. Pero lamentablemente es cierto. Y no, no se trata que he considerado la idea de unirme a la rama de Femen en latinoamérica. Se trata del hecho que nuestra sociedad (sobre todo la latinoamericana) está construida para asumirse como masculina y que de hecho, la mujer se analiza desde su papel secundario, complementario y de hecho, casi infantil. En la mayoría de los países de latinoamérica, los derechos de la mujer aún se debaten. En la mayoría de los países del mundo se analizan, con graves desigualdades. De manera ¿Es necesario la militancia? Sí. ¿El radicalismo? ¿Esa especie de sacralización de la mujer? No estoy muy segura.

—Me refiero a que la menstruación, ocultarla, vulgarizarla, hacerla vergonzosa es parte de toda una estructura de valores que minimizan a la mujer —me reclama mi amiga— ¿Por qué hablar de la menstruación produce tanto asco? ¿Por qué preocupa? 

—Porque es un proceso biológico y a mucha gente, no sólo hombres, les produce desconfianza y temor. Puede ser cultural, puede ser social. Y no dudo que en un buen porcentaje lo sea. Lo que me pregunto con toda sinceridad, es hasta qué punto convertirla en un punto de honor, no sólo superficializa la lucha sino que te hace estar condenada a tu biología.

Por supuesto, se trata de una cita —paráfrasis, más bien— de una de las frases del icono feminista Mexicano Marta Lamas.

Marta Lamas analiza el feminismo desde lo esencial, pero también, con una amplia mirada cultural. Marta, de hecho es una mujer muy consciente del poder de su cuerpo (Pugnó desde 1971 por la interrupción legal del embarazo en México, que finalmente se aprobó en Distrito Federal en el 2007) y también del poder de las ideas. Es la fundadora y directora de la revista Debate Feminista y fundadora del Grupo de Información en Reproducción Elegida. Pero sobre todo, concibe la idea de la lucha feminista como idea social conjunta: siempre recalca que con el feminismo no sólo ganan las mujeres, sino también los hombres. Y es que para Marta, el feminismo es la búsqueda de una sociedad más justa y no sólo, una aproximación a los derechos de una minoría sólo por serlo.

“Hay un problema sobre la imagen femenina, pero me sigo preguntando si debatir desde la periferia, la sacralización y la superficialidad ayuda a profundizar en el tema.”

—Es decir ¿Te parece bien entonces que las mujeres sean consideradas débiles y frágiles? —me dice mi amiga— ¿Que a pesar de ese interés por la idea aún deban enfrentarse a ese estigma? 

—No, por supuesto que no. Pero… 

—La menstruación, el parto, la lactancia son batallas femeninas. Deben hacer visibles, normalizadas. A eso me refiero. 

—Allí coincidimos. Pero la normalización no implica divinización. 

—Pero si implica señalar que hay un problema sobre la imagen de la mujer.

Por supuesto que lo hay y lo sé de sobra. Vivo en el país de las bellas, y ¡Soy una mujer normal! En otras palabras, la imagen de la Miss me ha presionado durante toda mi vida. He logrado esquivarla lo mejor que he podido y de alguna forma no dejarme arrastrar —ni mucho aplastar— pero allí continúa. Insistente, en todas partes. Y en que mi país —imagino que el mundo entero— la estética tiene un valor, una importancia y un peso. Y hay que lidiar con esa importancia a diario, en cientos de implicaciones distintas. De manera que claro, hay un problema sobre la imagen femenina, pero me sigo preguntando si debatir desde la periferia, la sacralización y la superficialidad ayuda a profundizar en el tema.

Hace poco, leí sobre una nueva campaña sobre el peligro de las muñecas muy sexualizadas que distorsionan el ideal femenino. La idea más extendida sugiere que esa visión puede afectar a las niñas y muy posiblemente lo haga. Hace unos años, escribí un artículo titulado “La culpa es de la Barbie”, donde en tono de sátira analizaba la influencia de la muñeca rubia sobre nuestros ideales estéticos. Luego de varias semanas de investigación, llegué a la conclusión que Barbie es una consecuencia y además parte del problema. Un reflejo de cómo creemos debe ser la belleza y sobre todo, cómo idealizamos su característica. Pero la pregunta que me hice al respecto continuó sin respuesta: ¿La solución es entonces un boicot hacia la muñeca o analizar qué hace sea tan vendida? ¿Debatir con seriedad un tema sobre lo que la muñeca refleja, la visión de la industria de la mujer o descabezar a la apacible Barbie que espera en su casa color rosa? Es un pensamiento confuso, ambiguo y en ciertos momentos, políticamente incorrecto.

Hace poco leía en la edición web del diario “El País” de España, un artículo que analizaba el fenómeno del aspecto físico de las muñecas y su influencia sobre las niñas que juegan con ellas. La periodista Patricia Gonsálves ponderaba que cada cierto tiempo, hay un pequeño escándalo con respecto al aspecto físico de las muñecas, con su inmediata reacción. La autora, además, reflexionaba sobre el hecho de hasta qué punto las niñas perciben a las muñecas como un ideal estético. En el artículo, la pedagoga María Costa, del Instituto Tecnológico del Juguete ponderaba sobre el particular: “No hay nada malo en jugar con una muñeca muy maquillada, el problema es jugar solo a eso”. ¿Qué ocurre con los estereotipos que muestra? ¿Qué pasa con esa extrema visión de lo femenino como objeto estético e incluso sexual? Según Costa, ese tipo de interpretación, es sólo desde la óptica adulta. “Las niñas solo ven fantasía, muñecas que se parecen a las mujeres que ven en la tele y las revistas”, concluye la pedagoga al respecto.

Sin embargo, la reflexión más interesante del artículo es quizás la visión de algunos blogs feministas, que ponderan hasta qué punto esa “normalización” del aspecto físico de las muñecas no es sólo otra forma de extremismo. Un estándar distinto, menos estrafalario, una vuelta de tuerca a lo que debe ser normal “Lavarle la cara a una Bratz en pro del realismo”, dice una bloguera citada en el artículo “es como cortarle el cuerno a un unicornio”.

—Tienes razón —admito— pero la idea sobre el debate de la imagen o los derechos de la mujer no debe basarse en una idea donde se divinice y se demonice ideas a las que otorgamos tinte ideológico. Creo que el feminismo es una manera de construir ideas, no destruirlas a través del extremismo.

Pensé mucho en esa idea mientras creaba un objeto fotográfico artístico en una clase que tomé hace poco. Para el proyecto final, decidí crear una muñeca con mi rostro, a la que pudiera poner diferentes accesorios: Cabello largo, maquillaje, boca sensual. Al final, la muñeca era una concreción de ciertas ideas estéticas pero sobre todo, una profunda reflexión sobre cómo me concibo. Y es que mi forma de comprender mi individualidad, es también parte de mis luchas políticas e ideológicas. Quizás la parte más esencial, concreta y poderosa. Me enfrento a lo que temo, me irrita, me limita, me desconcierta. Exijo igualdad donde me siento menospreciada. En suma: creo y analizo mi propia individualidad como mujer desde una óptica reivindicativa.

—El problema de las luchas es que carezcan de rostro —dice entonces mi amiga. Lo hace en un tono cansado e irritado. Como lo supuse, la conversación no terminó bien—, es mejor que sea algo personalizado. Y sí, divinizado, profundo. ¿No hemos sido ignoradas por el suficiente tiempo?

—Sí, pero también declaramos nuestros derechos por el mismo hecho que nuestra visibilidad pasa por la idea que reclamamos inclusión e igualdad. ¿Cómo hacerlo si nos declaramos superiores, más santas, más…cualquier cosa? ¿No es una contradicción?

No hay respuesta para eso, creo y mi amiga no intenta dármela. Cuando nos separamos, la tensión de la conversación continúa allí, como si la discusión careciera de sentido o aún peor: de lógica. O incluso fuera directamente irreconciliable. Me lo pregunto más tarde, mientras me miro al espejo. Mientras pienso detenidamente sobre el quiénes somos y el cómo somos. Sobre los motivos por los cuales me llamo feminista.

¿Soy tibia? ¿Muy política? No lo sé, pero por ahora, seguiré luchando por lo que creo justo y tratando de mantener en el trayecto cierto equilibrio. Dudo que lo logre por mucho tiempo — después de todo, nadie puede ser objetivo siempre y mucho menos alguien tan temperamental como yo— pero al menos, lo intentaré mientras pueda.

Y eso, créanme, tiene su mérito.