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Del cómo ser feminista –ser mujer– en un país machista y otros dolores medulares.

Del cómo ser feminista –ser mujer– en un país machista y otros dolores medulares.

“Ser feminista en un país machista es enfrentarte a todo tipo de críticas, lidiar con la incredulidad ajena y como si eso no fuera suficiente, con la agresividad del macho alfa.”

Por Aglaia Berlutti.

Una de mis amigas insiste en que siempre escribo historias tristes y un poco dramáticas. Cuando no de terror, claro. Esas son mis favoritas: siempre muere alguien de manera sangrienta (muy sangrienta, a ser posible) y hay al menos un par de monstruos, para no decepcionar al público hipotético. También amo las casa embrujadas, los lugares con el terror al ras de la tierra, los bosques…

—Agla, no sigas, la idea se entendió —me interrumpe mi amiga—, el hecho es que ya es suficiente de historias tristes.

Vaya, ¿dije eso en voz alta? No sé qué responder a continuación. La verdad es que sí, mi radar sobre lo cotidiano se inclina con mucha frecuencia a contar el país en ruinas que heredamos de una revolución que jamás existió. Siento una especie de deber ineludible de hablar sobre las colas en la calle, la ciudad hostil, los emigrantes, las ausencias. Todo eso en un tono doloroso y casi trágico. Pero la verdad…mi vida es mucho más que eso, me digo con la taza de café entre las manos. Una buena taza de café, en realidad. Alguien me lo envió en un paquete certificado desde Colombia y el olor suculento se extiende por toda la cocina, vívido y apetitoso. Bueno, tengo café, me digo. Eso es bueno. Y en plena hiperinflación, prosigo en mi mente mientras mi amiga me mira con una ceja enarcada. No todo es tan ¿qué?

—Funesto o melodramático, te pasan cosas muy graciosas —dice mi amiga.
 —A todos.
 —A ti con más frecuencia.

La verdad, me pasan muchas cosas sin sentido con singular y exuberante frecuencia, para ser exactos. Tengo vecinos chismosos, amigos estrafalarios y también, un blog que tiene una buena media de lectura de casi mil visitantes diarios, que me deja las anécdotas más extrañas. Además…

—Eres feminista.
 —Lo dices como si fuera un condicionante para la rareza.
 —¡Pero lo es!

Lo es, claro que sí y no puedo evitar reír a carcajadas cuando lo admito en voz alta. Ser feminista en un país machista es enfrentarte a todo tipo de críticas, lidiar con la incredulidad ajena y como si eso no fuera suficiente, con la agresividad del macho alfa lomo plateado local, que intenta dejarte claro cada vez que puede —y si es bastante más de lo soportable— que estás equivocada. Que lo estás y que el mundo algún día te lo dejará claro, ya sea por las ilustradas “criticas” de los esforzados lectores de memes y artículos de clickbait, como por el hecho que admita que este un país —continente— incorregible y por tanto luchar contra la corriente no tiene ningún sentido. Pero continúo intentándolo, claro que sí. Y lo hago por puro gusto además.

—Yo contaría lo de los fotopipes —dice mi amiga con una sonrisa de pillete—, lo contaría en un buen artículo.
 —¿Para qué?
 —Porque eso también te pasa. No sólo las primas que se van o la soledad…

Me río de nuevo. Que te envíen un fotopipe —así le llamamos en Venezuela a una fotografía casual de un pene masculino, la mayoría de las veces anónimo— es una experiencia que te hace dudar con seriedad de la salud mental de la humanidad. La de quien lo envía y por supuesto, la propia. La idea se me ocurre cada vez que abro un mensaje privado en cualquier red social e incluso en mi correo y encuentro una fotografía de un pene. Así, sin más. El pene en toda su gloria circuncidada —si ese día tengo tanta suerte como para ganarme el Loto Florida— o con su bonito capuchón hinchado y a veces, con algo que puede ser papel higiénico…o quién sabe qué. Con o sin vello púbico, con una barriguita que cuelga y lo hace parecer un fenómeno salido de la grasa o con un vientre plano, que le brinda la oportunidad de curvarse a la derecha o la izquierda, según lo que la biología ordene. Con una gran vena robusta o un hilito azul. Siempre erectos, porque si vamos a enviarle un fotopipe a la feminazi, tiene que demostrar que hay un macho feliz de su gran faloactractivo. Al final, la cosa es lo mismo: Estoy viendo un trozo de carne ajena —un trozo de carne erecta— que intenta ¿qué? ¿Provocarme? ¿Llevarme a un rápido estado de lujuria? ¿Aleccionarme? Ya dejé de hacerme esas preguntas. Ya dejé de preguntarme en qué podía estar pensando un varón funcional de más de diecisiete al enviarme un primerísimo primer plano de su órgano sexual. Ya dejé de preguntarme por qué alguien podría creer que la imagen de un pene sin nada más que añadir, puede resultar atractivo. Y como ya no me pregunto nada, entonces ahora los bautizo. Con el poder y la gracia que me ha concedido el buen humor patrio, me lanzo en la definitiva labor de llevar alegría a mis fotospipes dándoles un nombrecito.

La cosa se pone divertida entonces. Por ejemplo, hace una semana me llegó “Zulbarán”. Un pene largo, torcido a la derecha, moreno y con tanto vello púbico para recordar a los bigotes de Pancho Villa; así que “Zulbarán”. Descargo la imagen, le añado el nombre. Y también un par de ojitos en Photoshop. Ahora “Zulbarán” tiene el aspecto de un revolucionario mexicano. Le agrego un sombrerito. ¿No es lindo? Listo y a la carpeta.

Después me llegó “Johnny English”. Debo mencionar que ese día había publicado un artículo sobre feminismo, lo que hace que los machos alfa lomo plateado que me leen, necesiten demostrarme que mi argumentación está equivocada…porque bueno, a ver ¿Por qué ellos tienen pene y yo no? Pues parece. Johnny English es pálido, largo y parece tener problemas para mantener en posición de ¡firme!. Hay un mechón rubio por algún lado, de modo que le agrego un bastoncito y un bombín. ¡Johnny! ¡Ya puedes contarme sobre la Reina de Inglaterra!

—¿Ves? eso es divertido — dice mi amiga entre carcajadas.
 —¿Te parece?
 —¿A ti no?

Para ser franca, no creo que sea divertido. En realidad es un tipo de agresión sutil, una forma de…Ah, vamos…sacudo la cabeza y le doy otro sorbo a la taza de café que tengo entre las manos. ¿No dicen los grandes pensadores de este siglo aglutinados en perfectos memes de ocasión que lo importante no es lo que ocurre, sino como reaccionas? Suspiro. Este año he tenido que reaccionar a muchas cosas —por decirlo de la forma más sencilla— y asumir que no tengo el menor control en la mayor parte de los aspectos de mi vida. Soy la doña más joven del mundo, me digo con frecuencia. Un “alma vieja” en el cuerpo de una mujer en los treinta y pocos que sigue intentando vivir de alguna manera creativa e independiente en un país, que no tiene la intención de permitirlo. Pero lo intento, claro. Lo intento, sin duda. A diario y a pesar de todas las cosas que como caraqueña —venezolana— debo afrontar con cierta actitud de superhéroes a capa caída.

Pero no dejo de seguir ¿qué? ¿luchando? ¿Eso no es grandilocuente y melodramático? Seguramente Raúl Amundaray —galán eterno de la televisión venezolana, antes de que vayan a Google a verificar— estaría orgulloso de mí. Como sea, sigo con la terquedad intacta y esa es la clave, me digo. A pesar del clima enrarecido del país abrumador, la sensación de que el desastre está muy cerca. Bueno, en realidad el desastre tiene cerca de casi quince años completos, de modo que no es nada nuevo, ni tampoco nada en especial que no pueda superar. Me lo digo con cierta alegría malsana, mientras lucho por equilibrar mis finanzas, por no dejar que la depresión me venza o incluso, la simple especulación de lo que podría ocurrir en un país sin norte, me agobie. Vivo y lo intento hacer como cualquier otro ciudadano del mundo. Cualquier otro hasta que…te recuerdan eres venezolano.

Escena recurrente: Primera clase Online del Máster de Escritura Creativa. Estoy tan nerviosa que casi dejo caer la portátil en dos ocasiones. Finalmente me obligo a mantener las manos sobre el escritorio y escuchar con atención. El resto del grupo se presenta y la interfaz del Hangout me muestra rostros que veré durante los próximos tres años. Tres norteamericanos, un australiano, dos argentinos, un colombiano. Y yo, por supuesto. Sonrío al presentarme y por un momento, tengo la imagen absurda que soy una Miss de pasarela, de las que se idolatran en mi país. “Soy Aglaia ¡De Venezuela!” tengo deseos de gritar. Pero no lo hago y en lugar de eso, me presento en voz baja, torpe. Mi inglés oral no es la gran cosa —mi acento deja mucho que desear— pero al menos me hago comprender lo suficiente como para que el resto del grupo me mire en silencio. ¿Qué dije? ¿Se me coló un “fuck” y no lo noté?, pienso con las mejillas ardiendo de verguenza anticipada. Uno de los norteamericanos se inclina.

—Oh Aglaia, so sorry.

Ah, “el pésame”, pienso con cierta resignación. Para hacer el cuento corto: de unos años a esta parte, cada vez que debo presentarme en alguna parte y especificar mi nacionalidad, recibo además de una instantánea solidaridad, el pésame. Lo digo por completo en serio: hará nueve meses, en un curso corto sobre Grafología online que llevé a cabo, escuché por casi veinte minutos a un rumano lamentar mis “penurias” y “mi dolor”, lo que hizo que el grupo entero se tomara unos minutos para rezar por los dolores de mi país. Todo eso con el interfaz del Hangout en modo intermitente —soy cliente de internet ABA de CANTV, el servicio público más ineficiente del continente— y los nervios a flor de piel. Pero es inevitable, supongo. Es parte de esta situación extravagante que atraviesa Venezuela. De modo que siempre agradezco la solidaridad, el pésame, los rezos, respondo las preguntas. Al menos, las que no directamente morbosas. Las “¿De verdad hay gente que come de la basura?”, las ignoro. Las “¿Y como se siente vivir en comunismo?”. Las “¿qué ocurre contigo que sigues allí?”.

“Pero uno se acostumbra al pésame, las preguntas, las bromas, la sensación de ser un bicho raro de un país del siglo XIX en la mitad de la cultura millennial, claro está.”

Pero a veces, las conversaciones del pésame terminan en divertidas tertulias sobre cómo es vivir en el parque temático comunista más grande del mundo, después de Cuba, por supuesto. Mis amigos se compadecen, pero también insisten que vale la pena el esfuerzo. “Venezuela es un paraíso en malas manos”, dice Drew, de Wisconsin, que ha visto muchas veces la película “Up” de Pixar y está convencido de que el país entero está lleno de Tepuyes y cascadas mágicas. O Michael, australiano, que tiene una imagen idílica de calles llenas de mujeres de cuerpos esculturales paseando en Bikini. “Pero debes conocer a alguna señorita de pasarela”, me insiste de vez en cuando. Sonrío. “No, Mike. Abundan mujeres bellas, pero no como las imaginas”. “No sabes cómo las imagino”, dice con los ojos brillantes. Oh, me apuesto a que sí lo sé, pienso.

Pero uno se acostumbra al pésame, las preguntas, las bromas, la sensación de ser un bicho raro de un país del siglo XIX en la mitad de la cultura millennial, claro está. El ser humano es un animal de rutinas y llegados a cierto punto, incluso las pequeñas tragedias cotidianas te hacen reír. Una vez leí que en el ghetto de Varsovia, los judíos que sabían había una posibilidad bastante alta de morir, bromeaban al respecto como si tal cosa. “Nos vemos en la jabonera” es una frase que se repite mucho en el libro “Treblinka” de Chil Rajchman. Y también en el no-tan-exacto-y-si-muy-dramático “Tatuador de Auswitch” de Heather Morris. Al parecer, siempre hay espacio para reírse incluso en mitad de una conflagración mundial. Grande como un gran genocidio. Grave como una crisis humanitaria que arrasa un país entero desde hace más de dos décadas. O una más local, si al caso vamos. Hay espacio para enamorarse, para tener grandes celebraciones. Para sentir la maravilla de triunfar en lo que amas. Y más de una vez. Este año me ha ocurrido. Este año vi mi fotografías colgadas en una de las galerías más prestigiosas de la ciudad en la que vivo y también, en medio de un evento en Miami que me hizo sentir profundamente honrada. Mi segunda novela llegó a manos del corrector y espera publicación. Comencé a escribir en varias de mis páginas predilectas. Hubo espacio para la felicidad, por tanto. Sería hipócrita y poco agradecida de no admitirlo. Mi amiga Raomely me lo dice con frecuencia “No hay mayor acto subversivo que ser feliz”, insiste. Y al menos, he comprobado que la mayor parte de las veces, hay una noción sobre el humor que está allí, que te salva y que te permite persistir.

Y sí, he reído mucho este año. A pesar de la hiperinflación, de la represión, del miedo en todas partes. Me he reído a carcajadas con mis vecinos indiscretos, mis amigos poco cuerdos. Los desconocidos ingeniosos. Y sobran, en Venezuela. Sobran las risas, los abrazos, los buenos momentos. Celebrar por un bebé que nacerá en unos meses y que considero mi sobrino (sí, yo, la bruja comeniños ¿qué les parece?), encontrar espacio y el tiempo para sacudir los brazos y bailar. Mirarme en el espejo desnuda y sonreír. Oh sí, tenía años sin hacerlo. De manera que se puede ser feliz. A pesar de todo, quizás por todo.

—Bueno, cuenta eso —insiste mi amiga.
 —¿Y cómo se cuenta algo así?
 —No lo sé. ¿No eres escritora, pues?

Ah, “escritora” que palabra tan grande y tan bonita. Y tan dura de sobrellevar (viene la queja, piensa el lector. Allí viene el drama). Pero no, aquí no hay drama posible. Escribir me ha salvado la vida (literal), me ha llevado a lugares en lo que jamás imaginé estar. Escribir me ha hecho ser la mujer que siempre soñé e incluso, una por completo nueva. Escribir me ha permitido sostener mi cordura, aprender sobre cómo mirar al país con amor, no obstante las heridas y cicatrices. De manera que esto lo hago para vivir y sobrevivir: escribir. Escribir y pensar que las palabras son un hogar. Un lugar seguro. Lo que describe la realidad con pulso firme.

—Y los fotopipes —dice mi amiga. Reímos a carcajadas.
 —Que no falten —respondo.

Brindamos por la histórica frase con el último sorbo de café. Caracas, la furiosa, la violenta, la capital más peligrosa del mundo, pende bajo mi terraza. Tiene un aspecto casi amable, con su luz de caramelo, como diría mi amiga Arianna y el cielo de un azul extraordinario. Una ciudad que es parte de mi vida, que lo será a dónde sea que vaya después. Como el país, como esta huella indeleble que lo que sea que haya ocurrido en Venezuela —aún necesito descifrarlo— dejó en mí. Brindemos con café, entonces. Un último sorbo. Un buen sorbo. Uno que valga por un año extravagante, doloroso, pero que aún puedo celebrar.

Poder, metáfora y medios: ¿Cuál es el rostro de la mujer en la cultura pop?

Poder, metáfora y medios: ¿Cuál es el rostro de la mujer en la cultura pop?

“Sorprende la percepción que durante la última década ha tenido la imagen de la mujer en la pantalla grande, sobre todo, en la ambigua concepción sobre “Personajes femeninos fuertes”.”

Por Aglaia Berlutti.

 Se suele decir que la actriz Julia Roberts es el reflejo de la lenta evolución de los papeles femeninos dentro del mundo del cine. De la irreal prostituta inocente en “Pretty Woman” (Garry Marshall, 1990) a la poderosa Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), la llamada “actriz icono” de la década de los noventa, reflejó una evidente transformación en la percepción de la industria del cine sobre lo que una mujer podía hacer o mejor dicho, el estereotipo que podía encarnar. Lo hizo, además, a través de una visión profunda y extraña sobre lo femenino que se comprende desde cierto núcleo mutable, un fenómeno que pocas actrices de su talla han logrado construir sobre sus carreras, casi siempre en medio de las presiones estéticas y conceptuales de un medio que no acepta cambios rápidos y mucho menos radicales. Pero Julia Roberts lo logró: Quizás se deba que la actriz —ahora en un semi retiro dorado— haya sabido escoger con tino papeles que crearon toda una nueva percepción sobre la mujer fílmica o que, al contrario que varias de sus contemporáneas lograron asimilar la invisible transformación del mercado. Cual sea el caso, Roberts encontró una manera de elaborar una percepción novedosa sobre la mujer en pantalla que de alguna u otra forma, permitió a toda una nueva generación de actrices percibirse de una manera por completo distinta.

Por supuesto, se trató de una apuesta peligrosa: Meg Ryan sufrió una evidente caída en desgracia cuando decidió dejar de ser “La novia de Norteamérica” para intentar papeles más densos y complejos. Su carrera decayó de inmediato y la actriz se encontró en un peligroso limbo que la transformó con rapidez en uno de los tantos ídolos caídos del cine estadounidense. Ryan, a quien se le compara con frecuencia con Roberts (después de todo, ambas tuvieron carreras paralelas en el cine romántico y comercial durante algunos años) no logró luchar contra el esquema del cine y encontrar una reinvención de su imagen, lo que la condenó a una lenta caída forzosa de imagen de la actriz en películas sin sustancia. Como otras tantas actrices, Ryan terminó aceptando papeles basados en el viejo estereotipo que intentó abandonar y finalmente, desapareciendo en menos de una filmografía cada vez más pobre. Al final, Meg Ryan también se retiró de la pantalla grande pero, al contrario de Roberts, convertida en una caricatura de sí misma.

Sin duda, fenómenos como el de Roberts son escasos: pocas actrices pueden presumir de interpretar papeles iconos alejados del cliché habitual de la mujer en el cine: Desde Katherine Herpburn en la “Bringing Up Baby” ( Howard Hawks, 1938) , Barbra Straisand en “What’s Up, Doc” (Peter Bogdanovich, 1972) a Diane Keaton en “Annie Hall” (Woody Allen, 1977) la mujer en el cine pareció atravesar una idea extraña y cada vez más desigual en la manera que se le concibe desde lo argumental y lo narrativo. Se trató de una insistente concepción de la mujer como reflejo de pulsiones culturales y sociales (Herpburn convertida en la clásica chica problemática y rebelde o Keaton, en una intelectual insólita e inalcanzable) que parecía destinado a complacer cierta imaginaria masculina. Tal vez por ese motivo, sorprende la percepción que durante la última década ha tenido la imagen de la mujer en la pantalla grande, sobre todo, en la ambigua concepción sobre “Personajes femeninos fuertes”. Según un estudio de 2017, durante las últimas dos décadas, la presencia de personajes femeninos con mayor peso argumental, pero sobre todo mucho más complejos, aumentó a casi tres veces de lo que había sido menos de una década atrás: de 900 películas estrenadas, casi el 20% tenían a una mujer por protagonista. Y, además, una mujer que parecía romper el viejo esquema de la percepción sobre la fragilidad, torpeza y expresión emocional de la mujer. De pronto, la figura de la mujer —como producto social y comercial— comenzó a analizarse de una manera por completo nueva, aunque podría decirse que el cambio comenzó mucho antes, casi de manera imperceptible. Desde el escarceo de la serie “Girl” para atacar la imagen de la “it Girl” hasta el debate sobre el discurso de género en mujeres tan jóvenes como Emma Watson y Malala Yousafzai, la imagen de la mujer objeto —la frágil, la deseable, la abnegada, la heroína secundaria, la decorativa— dieron paso a una concepción novedosa, un protagonismo que asombró y desconcertó, pero también demostró que la forma como se interpreta a la mujer —su identidad— se está transformando en algo más. Como si luego de siglos de orfandad intelectual y menosprecio sobre lo que lo femenino puede ser, comenzara a evolucionar hacia ese reconocimiento sobre la figura de la mujer como individuo.

Se trata de una reinterpretación de lo femenino que tiene como objetivo analizar el símbolo antes que la alegoría, un experimento que rindió frutos y una generación de fanáticos con la Leia Organa de Carrie Fisher y que permitió sin duda, la existencia de visiones sobre la mujer alejadas de la noción básica y tradicional como Ellen Ripley (encarnada por Sigourney Weaver), Sarah Connor (interpretada de manera sucesiva por Linda Hamilton, Lena Headey y Emilia Clarke). Pero además, se trata de una estructura novedosa que abarca la concepción del héroe tradicional, encarnada por una mujer. El personaje de Jyn Erso en Rouge One (Gareth Edwards, 2016) y la Diana Prince de Gal Gadot, crean una nueva visión sobre la mujer fuerte, que además emerge como una metáfora de poder, liderazgo, fuerza de voluntad y poder espiritual, territorio que hasta entonces había sido vedado a los personajes femeninos. La Hermione Granger de la actriz Emma Watson pasó de ser un personaje secundario a uno de pilares del Universo ideado por la escritora JK Rowling y que se trasladó a la pantalla grande con la misma notoria influencia del camino del héroe reinventado para una nueva generación de personajes y sin duda actrices.

Unos años antes Arwen ( Liv Tyler), Éowyn (Miranda Otto) y Galadriel (Cate Blanchett) se convirtieron en personajes preponderantes de la saga El Señor de los Anillos de Peter Jackson. La viuda negra de Marvel, encarnada por la actriz Scarlett Johansson, tenía la misma frialdad, inteligencia, audacia y fuerza física de su homónima en papel. Y es que Natasha, como personaje y también como miembro del equipo de “Los Vengadores”, no sólo es un personaje entrenado para matar, sino que además, lo hace con singular eficiencia. A través de unos cuantos flashback, se nos cuenta a grandes rasgos que Natasha fue no sólo educada como un arma letal, sino también para ejercer su habilidad como asesina de manera despiada y dura. Un nuevo tipo de héroe ambiguo que hasta ahora habían sido potestad exclusiva del sexo masculino.

La escritora Gilliam Flynn suele decir que ama los personajes femeninos poderosos. La escritora además, lo hace particularmente bien: creó un nuevo tipo de mujer literaria que no sólo rompió con los tópicos de la mujer víctima, sino que también asumió la pesada carga de sacudir a lo femenino de toda concepción masculina. Para Flynn, una brillante escritora que parece obsesionada con personajes dolientes, intensos y complejos —siempre femeninos— el hecho de la mujer poderosa forma parte de toda una reflexión sobre la forma como la cultura analiza el mundo femenino. Y ese punto de vista, no siempre parece ser bueno o mucho menos, alentador. En su novela más conocida “Perdida” (Random House, 2014) la escritora no sólo decide dar un golpe de timón a cómo se percibe a la mujer en las novelas de suspenso, sino construir toda una estructura original que sostenga la idea. Se trata de una historia cruel, cínica y durísima, donde Amy, la protagonista absoluta de la trama, es una mujer que no sólo desconoce el viejo mandato de la vulnerabilidad femenina, sino que además lo convierte en otra cosa. Porque la Amy de Flynn no es una sola cosa, sino muchas: Dulce y atractiva, inteligentísima, cruel y déspota, violenta y despiadada si hace falta, Amy deja a un lado los tópicos de la mujer que sufre y trata de huir de las pequeñas fatalidades de la vida cotidiana, para convertirse en otra cosa. Una villana que no duda en mentir, robar y asesinar. Y que al final no sólo triunfa en su empeño de “castigar” a voluntad a quien le plazca, sino hacerlo sin perder la sonrisa. No hay arrepentimiento, culpa y mucho menos dolor en Amy. Para ella, su manera de actuar es necesaria, inevitable. Incluso se justifica, mientras la novela transcurre entre un análisis del papel de la mujer como chivo expiatorio y su nueva encarnación en un tipo de maldad muy específica. Y Flynn, cuyas historias suelen girar alrededor de grises morales, dota a su personaje no sólo de poder sino también de veracidad. La Amy de Gilliam Flyn es tan dura como agresiva, tan original como inolvidable.

En una ocasión, a Flynn se le preguntó por qué las protagonistas de todas sus novelas eran directamente villanas o al menos, tan complejas y duras como para parecerlo. La escritora pareció sorprendida del matiz sobre su obra y protestó sobre el hecho que “Amy” es simplemente un gran personaje, más allá de su género; “Muchos autores se sienten cómodos escribiendo de la violencia masculina, que es un tema muy común en la literatura hasta el punto de que mucha gente considera normal las historias de agresiones, psicópatas y demás. Quería luchar contra la idea de que las mujeres son inherentemente buenas , maternales y todas esas otras asunciones que se hacen sobre las mujeres” insistió. No obstante, no todo es tan simple: Gilliam ha definido toda una nueva perspectiva sobre la mujer producto que por años fue parte del imaginario colectivo y lo hace, en medio de un Thriller con connotaciones románticas, donde se mezcla la acción, lo voluptuoso y lo siniestro para crear una narración rápida y dura, que se sostiene sobre sus contradicciones y sus cambios de ritmo. Todos los personajes cambian de una connotación a otra y lo hacen sin que la historia se resienta. Más bien, el lector agradece el cambio, lo asume necesario.

Hace casi cuarenta años, una Princesa tomó un arma y decidió enfrentarse a un régimen despótico y autoritario. Leia Organa, hija de la segunda Oleada feminista, vino para romper todo tipo de patrones sobre lo que hasta entonces había sido la mujer en el cine. Lo hizo con un nuevo tipo de libertad que la convirtió de inmediato en un ícono y que sin duda, marcó un patrón a seguir en lo que a la identidad puede ser en el cine. Protagonista de una de las sagas más cinematográficas más populares de todos los tiempos, Leia Organa representó un hito en todo lo que un personaje femenino podía hacer. Arma en mano, abrió el camino para toda una nueva generación de mujeres que no eran madres, esposas ni tampoco objetos del deseo en las historias a las que pertenecían. Una nueva generación de heroínas.

No obstante, esta poderosa princesa guerrera, tuvo que enfrentarse a la idea tradicional de lo que debía ser un personaje de su talla. Para el “Retorno del Jedi”, Leia parece disminuida, un poco desdibujada en medio de la batalla del bien y del mal que encarnaría su hermano en la ficción, Luke. Aún peor el recorrido de su madre en la trilogía que narra la caída en el Lado Oscuro de Anakin Skywalker: Padmé Amidala (encarnada por una confusa Natalie Portman) pasa de ser un líder político en ciernes a esposa sufrida quien muere “con el corazón roto”. La transición de mujer de poder a secundario de ocasión, transformó el personaje no sólo en un tópico que parece desmerecer la imagen de su hija en la ficción, sino además, sepultar la única figura femenina de la llamada Segunda Trilogía en la banalidad. Como si la fulgurante figura de Leia fuera fugaz, su madre en la ficción pareció apuntalar el hito que encarna.

El capítulo siete de la saga (Stars Wars: the Force Awakens, 2015) no sólo reinventa el mito original de la serie de películas con un aire fresco y moderno, sino que además, retoma la visión sobre el poder de sus personajes femeninos. Rey, su protagonista, parece ser además de una revisión sobre lo que Leia Organa pudo ser, toda una nueva visión de lo cómo se percibe actualmente a la mujer o en todo caso, como comienza a ser percibida. Rey, independiente, fuerte y moderna, dejó a un lado la aparente fragilidad de Amidala y la virtual desaparición de la trama Central de Leia, para convertirse en el secreto mejor guardado de la saga. No se puede ver de otra manera: Rey, con pulso firme y experto, toma el mando del Halcón Milenario. Lo hace sin que los guionistas añadieran alguna ayuda extra. En solitario y sin añadiduras, Rey toma el control de la Saga sin aparente esfuerzo. “La princesa Leia fue un gran ejemplo para muchas generaciones de mujeres –pondera la actriz Daisy Ridley, que encarna la nueva heroína–. Pero El despertar de la Fuerza presenta una nueva ola de papeles femeninos increíbles y con verdadero peso en la historia de la que formo parte”.

En la película “Rouge One” ocurre otro tanto: La Jyn Erso de Felicity Jones no es sólo una mujer intelectualmente independiente, sino capaz de liderar una rebelión basada en razones por completo morales y emocionales. Se trata de un personaje lleno de matices elaborado bajo la premisa de una perspectiva ambigua sobre el bien y el mal. Erso, refleja todo el peso de una historia basada en ideales morales pero sobre todo, en una necesaria reflexión sobre los motivos de las luchas y combates ideales. Jyn comanda una rebelión en una misión literalmente suicida sino que además, batalla contra sus propios dolores y sufrimientos. El resultado es un personaje creíble y poderoso que apuntala con firmeza la concepción del camino del héroe que suele ser la columna vertebral en las historias de la Saga Galáctica.

Algo parecido ocurre con el personaje de Katniss de la saga “Los juegos del hambre”. Sin caer en los extremos habituales sobre las mujeres en libros de acción, el personaje no sólo escapa a los límites y restricciones tradicionales que intentan dividir lo masculino y lo femenino. Katniss, de hecho, se convierte en un símbolo justo por su capacidad mutable: Es cazadora y protectora de su familia, pero a la vez, también llora y se preocupa por ellos con una conmovedora angustia contenida que la hace falible y humana. La escritora Suzanne Collins, creó un personaje que combinó todas las identidades de la mujer y además, la dotó con una inteligencia estratégica que casi siempre suele atribuirse al hombre. En suma, construyó un nuevo tipo de mujer y le brindó los matices necesarios para ser creíble. De hecho, Collins parece regodearse en esa ambigüedad: Katniss parece incómoda —se ridiculiza así misma— cuando el gobierno totalitario que rige Panem, la obliga a parecer femenina y frágil. Y no obstante, en sus mejores momentos, Katniss parece evitar esa visión de la mujer tradicional. Llevando atuendos de batalla y armas que maneja con habilidad, Katniss corre con paso ligero hacia un tipo de percepción de lo femenino poderoso y contundente.

En la televisión ocurre otro tanto: En la serie de la cadena Netflix “Stranger Things” (que con su segunda temporada se consolida como una de las más populares del medio) dominan los personajes femeninos poderosos y multidimensionales: Eleven ( Millie Bobby Brown), Nancy (Natalia Dyer) , Joyce (Winona Ryder) y Max (Sadie Sink) forman un poderoso cuarteto que protagoniza la mayoría de la trama y que además, sostiene con facilidad una historia basada directamente en una noción moral familiar y casi idílica. Juntas, se muestran como una expresión de una nueva visión sobre la concepción de lo fuerte, pero también, sobre la noción del poder, que convierte a sus personajes en metáforas sobre una concepción consistente sobre lo femenino. Algo semejante ocurre con la Game of Thrones de HBO: Desde Cersei Lannister (Lena Headey), el poder detrás del trono o el espíritu indomable de Arya Stark (Maisie Williams), las mujeres de Juego de Tronos no sólo luchan contra la violencia de la guerra sino también, contra la percepción que se tiene de ellas, una batalla que no siempre ganan y que hace mucho más dolorosa sus caídas y equivocaciones. Como Daenerys Targaryen ( Emilia Clarke), que llevó a la desgracia a su pueblo por una serie de equivocaciones que podrían acharcársele a su llamada “naturaleza femenina” o incluso, Sansa Stark, que atraviesa una madurez dolorosa y cargada de pesares por atenerse al papel clásico que la cultura donde nació creó para ella. Todas las mujeres de la historia parecen concebidas para la batalla y asumir su rol, en independencia del poder que ostentan o de las vicisitudes que deban enfrentar. Pero aún así, evolucionan, crecen y se hacen cada vez más poderosas. Para la penúltima temporada, el tablero de juegos de poder se concentra en los personajes femeninos y de hecho, son las Reinas quienes deciden el destino y vicisitudes del imaginario Poniente.

La revolución de las mujeres poderosas parece estar en todas partes. Desde la espléndida Charlize Theron, demostrando con un sólo brazo y una dura mirada de sobreviviente que una mujer puede liderar una película de acción sin el menor esfuerzo, pasando por la Nora Durst de The Leftovers, que durante la segunda temporada de la serie tomó una extraordinario protagonismo, la Kimmy Schmidt de Unbreakable (Protagonizada por una Ellie Kemper en estado de Gracia) a la magnifica
Jessica Jones (una super heroína atípica y formidable que sobrevive en Nueva York) los roles para mujeres parecen cada vez mucho más complejos, poderosos y sobre todo consistentes de lo que nunca había sido. De pronto, el estereotipo de la mujer frágil, víctima de las circunstancias, a la espera de ser rescatada, parece desaparecer, refundarse en una nueva mujer que asume la noción sobre quien es —y quien puede ser— con firmeza. Un tópico nuevo que brinda a lo femenino la posibilidad de mirarse desde una perspectiva desconocida y con toda seguridad perdurable.

Del “Espejito, espejito: ¿Quién es la más hermosa?” a la estética inalcanzable. La tiranía de la belleza

Del “Espejito, espejito: ¿Quién es la más hermosa?” a la estética inalcanzable. La tiranía de la belleza

“¿Cómo asumimos entonces la realidad de la belleza que se deteriora, el lento pero apreciable proceso de perder frescura, de hacernos adultos en medio del mundo que insiste justamente en detener el tiempo a fuerza de imágenes imposibles e ideas limitantes?”

Por Aglaia Berlutti.

Una chica de piel inmaculada se contempla en el espejo. Tiene facciones angulosas y probablemente no alcance la veintena. El cabello sano y brillante le cae sobre los hombros. Pero ella, al parecer ajena a toda su evidente plenitud física, se mira al espejo atentamente. Lo hace con una expresión entre asombrada y un poco preocupada. Se acaricia la piel con delicadeza, se mira desde distintos ángulos. Finalmente sacude la cabeza, como si lo que encuentra en el reflejo le desconcertara y le hiriera de una manera invisible. De pronto, salido de algún lugar misterioso, aparece un pequeño frasco de lo que parece ser un producto de belleza. Ahora la chica sonríe: lo abre y se aplica un ungüento perlado sobre las mejillas, la comisura de los labios y el cuello. Y de pronto, la chica de belleza extraordinaria parece aún más extraordinaria. La piel brilla con un fulgor casi irreal y los rasgos perfectos se acentúan por algún tipo de efecto desconocido. Cuando mira hacia el hipotético espectador, la chica sonríe aún con más ganas, sosteniendo el producto milagroso.

“Combate las arrugas desde su mismo origen”, dice con voz ronca.  “Enfréntate a la vejez con dignidad.”

Lo anterior, es una descripción general de cualquiera de los cientos de comerciales sobre productos de belleza que pululan en la televisión y medios de comunicación masivos en cualquier parte del mundo. Una imagen depurada, sofisticada y la mayoría de las veces desconcertante no sólo de la mujer, sino el natural proceso de envejecimiento e incluso algo tan natural —e inevitable— como lo es la imperfección física. Una idea que parece extenderse no sólo a la imagen que vende sino a la posible comercialización de un tipo de concepto estético irreal que se toma por evidente y cierta. Y es que en nuestra década el culto a lo bello —a la belleza, más bien— ha trascendido ese límite entre lo previsible para alcanzar cuotas de obsesión nocivas. Una especie de insistente visión distorsionada de lo que somos y quienes somos, no sólo por el medio sino también por la percepción que tenemos sobre nuestra propia identidad. Porque actualmente la belleza se exige, se demanda y se toma por necesaria. Estandarizada y sometida a una única visión de lo estéticamente admisible, lo atractivo —o lo que se insiste debe serlo— forma parte de una idea que se hace general, consumible. Un mundo comercial donde lo que asume hermoso es una premisa incontestable y más allá, una elaborada idea sobre nuestra propia sociedad.

De manera que, no resulta extraño, esa insistencia de promocionar productos de belleza con espléndidos rostros que muestren su juventud y belleza como un atributo inevitable. Más allá, la visión de la eterna juventud y la perfección estética como una necesidad indispensable, un requisito básico para formar parte de esa visión social general. En una ocasión, una amiga con quien comenté el tema, pareció muy sorprendida cuando le comenté que no me preocupaba excesivamente tener arrugas en un futuro o incluso que alguien pudiera adivinar mi edad sólo por mi aspecto.

—¿No te pone nerviosa eso? —me preguntó con cierta ansiedad. Me encogí de hombros.

—¿Por qué tendría que hacerlo? La edad es inevitable. Y además, tu aspecto físico es la consecuencia directa de quién eres y cómo has vivido.

—Eso lo dices ahora.

—Eso lo diré en cualquier momento. Envejecer no es una verguenza, es una etapa natural.

Debo decir que ambas teníamos más o menos veinticinco años al momento de sostener ese extraño diálogo. Recuerdo que me pareció muy violento analizarme como una imagen que mostrar, antes de una idea física que respondiera a mi experiencia, deseos e interpretaciones sobre mí misma. Pero mi amiga insistió sobre la idea que en nuestra época, no había ninguna necesidad de “dejarse vencer por la edad” y mucho menos “padecer el oprobio de verse triste e imperfecto”.

—No me siento triste por mis imperfecciones físicas, es natural tenerlas —insistí. Aunque ya para entonces, comenzaba a inquietarme esa percepción suya que nuestro aspecto físico es una idea contra la cual deba lucharse y no aceptarse como parte de un inevitable ciclo biológico—, es decir…¡no puedes evitar envejecer! Puedes disimularlo, quizás hacerlo menos traumático para tu ego, intentar mantener un estado de salud óptimo que te permita disfrutar del proceso con tranquilidad. Pero vas a envejecer.

Mi amiga me miró con los ojos muy abiertos y espantados. Y en ese justo momento, tuve la impresión que por primera vez en su vida estaba considerando realmente lo que tendría que envejecer, que hiciera lo que hiciera, el tiempo transcurría modificando y transformando su aspecto físico lentamente. Y ese pensamiento me pareció muy curioso, todo lo cual me pareció una inmediata consecuencia de esa cultura que adora e insiste en una improbable perfección física. La misma cultura que celebra la belleza estética como un logro de la voluntad y la conciencia, antes que la educación intelectual. La misma cultura que vanagloria el cuerpo y sus proporciones antes de las ideas. Y por supuesto, la misma idea que parece ocultar ese inevitable proceso de envejecer, madurar, decaer fisicamente. ¿No está obsesionada nuestra cultura con la juventud? ¿No muestra sus estandares como límites de lo que se considera bello basado en la edad? Las modelos en portadas de revistas cada vez más jóvenes, las actrices y actores en las pantallas de cine mostrando una lozanía eterna, el ideal de belleza que roza esa adolescencia irreal y quebradiza. ¿Cómo asumimos entonces la realidad de la belleza que se deteriora, el lento pero apreciable proceso de perder frescura, de hacernos adultos en medio del mundo que insiste justamente en detener el tiempo a fuerza de imágenes imposibles e ideas limitantes? Un pensamiento inquietante, y más aún desconcertante, que parece abarcar algo tan amplio como la percepción que tenemos sobre la cultura que nos tocó vivir y su concepto sobre el tiempo, la identidad humana y su naturaleza.

—Hay una ilusión de control, basada en el hecho que tenemos muchos más recursos que hace décadas para disimular el envejecimiento —me dice Franklin Lopez, cirujano estético y sobre todo, un observador preocupado con respecto a esa cultura de lo bello y lo necesariamente perfecto— de manera que asumimos que toda esta serie de recursos, desde productos de belleza de alta tecnología hasta los procedimientos quirúrgicos más invasivos, son de hecho una manera de detener el envejecimiento. Pero no lo son. Son paliativos, recursos violentos para reconstruir el coste natural del proceso biológico de envejecer, pero en ninguna forma un paliativo o “cura” —si es que algo así puede concebirse— a la vejez.

Nos encontramos en su lujoso consultorio de una clinica privada de Caracas. A nuestro alrededor cuelgan algunas fotografías de mujeres espléndidas sonriendo, de hombres de aspecto maravilloso mostrando su perfección idílica. Cuando los miro, Franklin sacude la cabeza.

—Nuestra época está obsesionada con la perfección, más que con la belleza en sí misma, que se asume como parte de esa depuración de todo defecto físico —me explica—. Cuando vienen a mi consultorio, todos mis pacientes insisten en que necesitan perfeccionar su cuerpo: los pechos pequeños, la nariz prominente, las llantitas de grasa. Y existe una verdadera preocupación por esa visión de su propio cuerpo. Hombres y mujeres que están aterrorizados, compungidos y angustiados por el aspecto de su rostro y de su cuerpo. Que exageran detalles físicos mínimos hasta convertirlos en verdaderas distorsiones sobre su aspecto general. En ocasiones trato de convencerlos de que una cirugía estética realmente no ayudará mucho si se encuentra tan aterrorizado ante la imperfección y el defecto. Siempre los habrá. Pocos me comprenden. La gran mayoría insiste en que deben operarse. Y es algo que asumen como una necesidad física indiscutible.

Con el transcurrir de las épocas, la belleza se transformó una y otra vez en panacea, en símbolo de poder y prosperidad, en evidencia de poder, en metáfora de todas las ideas espléndidas que una cultura deseaba mostrar.

Provengo de una familia donde las mujeres envejecen y encanecen. O mejor dicho, no les importa que suceda. Lo disfrutan de hecho, con esa noción que la vejez es un tránsito físico más que la ruptura de una imagen estética concreta. Mi abuela, madre y tías miran su cuerpo como una obra de arte a medio construir, como una forma de comprender su propia historia. Incluso cuando la belleza comienza a madurar y a convertirse en algo más difícil de definir y seguramente de asumir con sus defectos. Mi abuela, quien durante su juventud disfrutó de una gran belleza física, solía decirme que la aparición de la primera cana la desconcertó y la entristeció. Con treinta y dos años, le pareció que era el anuncio de la pérdida de su fortaleza física y mental, de ese lento pero inevitable marchitar de lo saludable y lo lozano. Mi bisabuela se rió de ella cuando la escuchó quejarse. “Vendrán más y vendrán las arrugas. Y seguirás siendo tú. La pregunta es cómo te vas a mirar, con lástima o encontrar la manera de asumir que eres tú, pero en otra etapa de tu vida”.

Mi abuela tomó el consejo al pie de la letra: La recuerdo durante mi infancia y primera adolescencia como una mujer exquisita, madura, con el cabello cobrizo enhebrado en las inevitables canas. Pero también una mujer segura, que sabía reír y llorar, que adoraba hacerlo y que disfrutaba de esa sensación de libertad que le brindó concebirse así misma como una historia incompleta, que podía construir a placer. Sus amigas, que la consideraban toda una rareza entre una pléyade de rostros cuidadosamente empolvados y sometidos al bisturí, no parecían comprender muy bien el motivo de su actitud relajada. Admito que yo tampoco, pero a pesar de eso, aprendí a través de ella cómo aceptar la historia que llevo a cuestas, que se muestra en la piel a diario y que más allá, brinda sentido a mi forma de ver el mundo.

—No es tan sencillo para todo el mundo. Y será cada vez más difícil a medida que la tecnología y la medicina haga más sencillo ese disimulo de la edad como patrón biológico —me responde Franklin cuando le explico lo anterior—, la necesidad de ser bello no es sólo la manera como te percibes, sino cómo esperas que el mundo te conciba. Así que lo eres —o deseas serlo— no sólo para satisfacer tu vanidad sino también con la esperanza de obtener esa aceptación gratificante de un mundo que consume la estética como moneda de cambio.

Una idea curiosa. En una ocasión leí que en el siglo XV la belleza era considerada pecaminosa y tentadora, por lo que el rostro de las mujeres era cubierto por velos para evitar pudieran conducir al hombre a las concupiscencia. Unos siglos más allá, la belleza fragante que caracterizó al Renacimiento puso las cosas en su lugar: de nuevo la estética ensalzaba el placer, lo puramente hedonista, incluso esa visión del pecado como parte de una travesura venial. Con el transcurrir de las épocas, la belleza se transformó una y otra vez en panacea, en símbolo de poder y prosperidad, en evidencia de poder, en metáfora de todas las ideas espléndidas que una cultura deseaba mostrar. Mujeres y hombres se esforzaron por alcanzar ese pináculo de gloria física, sometiéndose a los cánones con la misma urgencia y necesidad que los actuales. Y no obstante, el nuevo milenio trajo consigo una idea de belleza mucho más invasiva y dura de asimilar. La belleza por obligación, el mundo que exige el cumplimiento de ciertos cánones estéticos que parecen estandarizar nuestra visión sobre la identidad cultural. De manera que la belleza pasó de la idealización a un asunto muy concreto, a una necesidad que puede —y debe— ser cumplida.

Vivo en un país donde la belleza es muy importante. Eso lo aprendí desde muy niña: En Venezuela se espera seas bella. No hay medias tintas ni mucho menos matices. Se asume que la mujer es “coqueta”, que le gusta “arreglarse”, que necesita hacerlo para formar parte de ese gran concepto nacional sobre lo bello y lo deseable. Incluso, la belleza se asume como parte indeleble de la feminidad, un elemento que de hecho define lo que puede ser femenino y no lo es. Un pensamiento desconcertante pero tan asimilado —tan asumido como cierto— que parece estar en todas partes, que forma parte de esa mirada dura sobre la sociedad y sus parámetros estéticos.

El mayor símbolo de esa obsesión por lo bello y lo estéticamente espléndido, es sin duda el Miss Venezuela, concurso de belleza cuya comercialización y éxito le brindó a Venezuela su reconocimiento como el país “de las mujeres más hermosas”. Durante casi tres décadas, las espléndidas mujeres Venezolanas, de cuerpos perfectos y rostros exquisitos, han desfilado a través del mundo proclamando a quien quiera escucharlo que nuestra tierra es, de hecho, el paraíso de esa noción de lo estéticamente perfecto. Una idea que se acentúa año tras año, que parece ineludible e inseparable del gentilicio.

Por supuesto que las venezolanas, más allá de las pasarelas, padecen la presión de la Miss ideal con tanta frecuencia que resulta inevitable. Desde la visión de la figura ideal — que ha variado desde la mujer de pecho voluptuoso a una beldad de trasero amplio, labios sensuales y cintura pequeña — hasta la presunción de la belleza estética como elemento primordial de esa percepción sobre cierta identidad nacional. De ello se regocija el llamado Zar de la Belleza Osmel Sousa, organizador del Miss Venezuela, quien insiste en cada oportunidad posible que la belleza “ es necesaria, una obligación ¿Por qué ser fea si se se puede ser muy bella?”. Un cuestionamiento que abre ese debate insustancial sobre qué se considera bello en Venezuela y más aún, sobre qué esfuerzos lleva a cabo la mujer Venezolana para serlo. Y en última instancia, lo que debe arriesgar para someterse al estándar de belleza necesario que se insiste y se presiona a nivel cultural.

—Ser bonita es una aspiración muy concreta en Venezuela —me dice Ana (no es su nombre real), psiquiatra e investigadora sobre la salud mental del venezolano de manera informal— es decir, no es solo ser fisicamente agradable, sino insistir en calzar en una imagen. Una percepción que va más allá de toda noción de quién somos hacia un deber ser muy concreto. De manera que lo “bonita” se traduce a una figura espectacular, un rostro inmaculado y provocativo y últimamente, un esculpido cuerpo trabajado a base de ejercicio.

—Es una presión social que parece entonces hasta abarcar la salud y cómo entendemos su cuidado —comento preocupada. Ana sacude la cabeza.

—Siempre lo ha sido, solo que ahora el obsesivo cuidado físico tiene un motivo aparentemente menos frívolo que la simple vanidad. Se habla de una nueva conciencia sobre el cuidado de la salud, de una súbita aceptación de nuestra responsabilidad en nuestro estado físico. Pero claro, la pregunta que surge inmediatamente es ¿Hasta dónde ese cuidado y esa visión del cuerpo no forma parte de la estética que se impone? Porque no se trata de que tu cuerpo sea más fuerte o respires mejor, sino verte como una determinada expresión estética.

“En un país donde hay más peluquerías que bibliotecas, los argumentos volvieron a languidecer cuando una nueva venezolana se ciñó a las sienes una corona de belleza internacional.”

Hace unos cuantos meses, hubo un debate más o menos resonante debido a la proliferación de maniquíes con enormes pechos. Puede parecer una idea absurda que algo tan banal pueda sacudir la opinión general, pero en Venezuela la belleza se observa desde múltiples puntos de vista. Y al parecer, la imagen de las siluetas de plástico mostrando unas exageradas y antinaturales curvas logró desconcertar lo suficiente como para promover la discusión de varios planteamientos concretos. Se habló sobre la deformación de la figura femenina, de un nuevo estándar de belleza imposible de conseguir, de las exigencias cada vez más elevadas de esa estética de lo absurdo. En plena discusión, Osmel Sousa desconcertó a propios y extraños al insistir en un documental transmitido por el canal de Noticias inglés BBC que “la belleza interior era un invento de las feas”.

En medio de la diatriba, las noticias sobre mujeres fallecidas debido a la aplicación de biopolímeros pareció aumentar en número y frecuencia. El debate sobre la estética de lo debido en Venezuela pareció reverdecer y de pronto hubo una nueva insistencia en asumir la idea de los cánones estéticos como algo más allá de lo meramente corporal. Pero por supuesto, en un país donde hay más peluquerías que bibliotecas, los argumentos volvieron a languidecer cuando una nueva venezolana se ciñó a las sienes una corona de belleza internacional. De nuevo, las críticas parecieron perder intensidad y se celebró de nuevo esa imagen de la “Venezuela hermosa”. No obstante, la discusión esencial continúo al fondo, como una idea marginal que forma parte de nuestra interpretación cultural: la estética como obsesión nacional y lo que resulta más preocupante, lo bello y lo feo como límites para lo que es socialmente aceptable o no.

Pienso en todo lo anterior mientras miro una enorme valla colocada en mitad de una calle concurrida de la ciudad. En ella, una mujer de espléndida figura y que sólo lleva un bikini diminuto para anunciar una tienda de electrodomésticos. La mujer mira a la cámara con los ojos entrecerrados, con una expresión entre ansiosa y anhelante, un aspecto indudablemente erótico. Otra vez, me pregunto hasta qué punto la publicidad asume la idea de la belleza como herramienta de manipulación o, mejor dicho, la forma más directa de elaborar un deseo irrealizable con apariencia apetecible. Y es que es ineivtable preguntarse —o temer en todo caso— hasta qué punto esta obsesión por la belleza continuará siendo cada vez más indispensable, inevitable y hasta dónde podemos asumir el peso que ejerce sobre nuestra manera de comprendernos y mirar quienes somos y el mundo que nos rodea.

No lo sé, me digo pensando en la primera arruga que me he visto en el rostro —una ligera línea que me atraviesa o eso me parece, la frente— y esa cana fugitiva que miré con cierta fascinación al peinarme meses atrás. Lo que sí está bastante claro, es que en ese tránsito hacia quienes seremos, ese proceso biológico inevitable hacia la vejez, es parte de una serie de intrincados temores y esperanzas que heredamos de la cultura y más allá de esa noción de identidad que consumimos de manera inevitable cada día, quizás sin saber en realidad por qué.

C’est la vie.

Simone de Beauvoir y la mujer que no existe

Simone de Beauvoir y la mujer que no existe

“No es sencillo entender que la sociedad en la que creces tiene ideas y perspectivas muy definidas sobre quién puedes ser y qué puedes aspirar. Límites, restricciones y fronteras que intentan definir tu individualidad aunque te resistas a la idea.”

Por Aglaia Berlutti.

Una vez, una de mis amigas de la escuela me dijo que a veces, no se pensaba a sí misma como una mujer ni como una niña. Que en ocasiones se miraba al espejo y no sabía muy bien quién era y lo que deseaba ser. Y que ese pensamiento le asustaba tanto como para que le hiciera sentir verguenza. La escuché sin saber qué decir, entre asombrada y confusa. Ambas teníamos diez años y ese comentario me desconcertó. Hasta entonces, jamás había pensado que alguien podía mirarse sin concluir en que era niño o niña. Hasta ese momento, nunca me había preguntado sobre los elementos que nos hacen ser quien somos, ese género que prevalece y te define durante toda tu vida. Esa identidad permanente que asumimos natural.

Por supuesto, no lo pensé en términos tan complejos pero sí supe que lo que amiga me decía, era quizás la idea más extraña que había escuchado nunca. Ella continuaba mirándome, quizás aguardando a que me burlara de ella o me asustara por lo que acababa de decir. En lugar de eso, me quedé muy quieta, pensando en sus palabras. Quizás en mi reflejo en el espejo. En todas las cosas que de pronto no parecían tan seguras ni tan evidentes en mi mente o en mi cuerpo.

—¿Cómo te piensas entonces? —pregunté por último.

Mi amiga parpadeó, como si le sorprendiera que me tomara en serio lo que con tanta dificultad me había contado. Se encogió de hombros, con las manos de uñas cortas y mordisqueadas apretadas sobre las rodillas.

—Sólo como una persona ¿Eso es muy malo? No quiero vestirme de rosa, ni llevar el cabello con lacitos. No quiero ponerme la faldita del colegio. Quiero jugar video, quiero comer hamburguesas y ensuciarme. Pero eso no es de niñas. ¿Eso está mal?

Tampoco supe qué responder a eso. La verdad era que yo pensaba cosas parecidas con tanta frecuencia que llegaron a parecerme corrientes, aunque sabía con ese instinto infalible que no lo eran tanto. Que a pesar que no había nada de malo en corretear con mis primos por el patio de la casa de mi abuela, leer libros en lugar de jugar con muñecas o preferir la blusa azul en vez de la roja o la fucsia, tampoco era lo normal. O lo que la mayoría de la gente consideraba normal, al menos. De manera que me encogí de hombros, preocupada.

—No sé. Pero también me pasa —le confesé, para tranquilizarla—. A lo mejor le pasa a mucha gente pero tampoco dice nada. ¿No lo piensas?

Ella sacudió la cabeza con la boca fruncida en un gesto angustiado y los hombros rígidos. Como mucha otra gente estaba convencida que la incomodidad y el aislamiento eran cosas que sólo le ocurrían a ella, que le torturaban y le acosaban más que a cualquier otra persona. A la distancia de muchos años, a veces pienso que mi amiga comprendió mucho antes que yo que el mundo no tolera bien la diferencia, que no lo asimila con facilidad, que no transita esa visión que nos hace únicos con la comprensión de lo que puede significar. Y me conmueve que una niña de diez años llevara ese peso a solas. Lo sostuviera sobre los hombros con tanta dificultad. Intentara lidiar con sus dolores con tan poca habilidad para hacerlo.

Recordé esa conversación escolar algunos años después cuando encontré en la biblioteca de mi casa un libro que sin duda, cambió mi vida para siempre. Leí “La Mujer Rota” de la escritora Simone de Beauvoir cuando era aún una adolescente. No lo comprendí, por supuesto. Aún no tenía la experiencia, la visión para hacerlo. Pero igualmente me cautivó, me sorprendió, me inquietó. Porque si algo podría decir del libro, este largo monólogo de la feminidad que se analiza a sí misma con una durísima mirada cruel, es que no deja indiferente a nadie.

Y por supuesto, no me dejó indiferente a mí, que con dieciseis años comenzaba a cuestionarme por qué debía obedecer lo que la tradición y la cultura donde nací intentaban imponer casi a la fuerza sobre mi identidad. Esa noción sobre el deber ser con el que toda mujer tropieza de vez en cuando. No es sencillo entender que la sociedad en la que creces tiene ideas y perspectivas muy definidas sobre quién puedes ser y qué puedes aspirar. Límites, restricciones y fronteras que intentan definir tu individualidad aunque te resistas a la idea.

Es un pensamiento extraño, cuando lo tienes. Y luego, no puedes olvidarlo. Porque de alguna manera cambia todo lo demás, lo recompone y lo hace encajar dentro de esa idea. ¿Por qué debo tener el cabello largo o corto? ¿Por qué debe gustar maquillarme o no? ¿Por qué debo pensar en que seré madre? ¿Por qué debo casarme? ¿Por qué debo obedecer toda esa múltiple y cada vez compleja variedad de pensamientos e ideas que parece conformar la identidad de una mujer? Es curioso pensarlo de esa forma y sobre todo, doloroso. Porque de pronto, encuentras que no estás sola en el asunto. Comienzas a preguntarte cuántas mujeres a tu alrededor —las que conoces, las que te tropiezas por la calle, las que miras en las revistas— se esfuerzan como se espera que tú lo hagas por encajar en ese esquema de valores. Cuantas lo hacen por gusto, por costumbre, por necesidad, porque no conocen algo más. Y cuántas como tu, también se hacen las mismas preguntas. Cuantas miran a su alrededor y se preguntan ¿por qué deben ser así las cosas? ¿Por qué deben ser de esa manera exacta? ¿Por qué es necesario que lo sean?

Entonces llegó Beauvoir y me dejó claro que las cosas no debían ser de esa manera. Que ni siquiera tenía por qué plantearme la feminidad desde ese reduccionismo intelectual y emocional a la que te obliga la cultura.

Claro está, nadie se cuestiona de esa manera. Pero está la incomodidad, esa ligera sensación de inquietud. O al menos a mí me ocurría. Y no sólo con asuntos tan intrascendentes como el comportamiento social, como me veía o debería verme. Comenzó a preocuparme que buena parte de mis escritores favoritos fueran hombres porque así lo había aprendido, que casi todas las heroínas televisivas y cinematográficas con las que me tropezaban fueran apenas una apéndice del masculino, una figura preciosa y desdibujada que parecía perderse en la historia. Y me comenzó a inquietar también, esa otra realidad tan sutil como desdibujada, la de todos días. La que forma parte del cotidiano cuando vives en un país machista como el mío: las calles llenas de niñas embarazadas, los periódicos llenos de noticias de mujeres golpeadas y violadas. Esa noción sobre la desesperanza y el fatalismo latinoamericano que parecía tan relacionado con las mujeres, con lo femenino y su legado. De pronto, me encontré preguntándome si había algo en mí, en mi género y mi manera de ver la realidad para que el mundo se empeñara en verme como algo secundario, accesorio, dependiente por completo de una idea aparentemente superior.

Entonces llegó Beauvoir y me dejó claro que las cosas no debían ser de esa manera. Que ni siquiera tenía por qué plantearme la feminidad desde ese reduccionismo intelectual y emocional a la que te obliga la cultura. Y fue toda una revelación. Tan dolorosa e inquietante como suelen serlo todas las revelaciones. Por semanas enteras me cuestioné sobre esa serie de temas que me perseguían a todas partes, que me acosaban y abrumaban por el mero hecho de hablar de una mujer irreal que yo no deseaba ser. No se trataba de un tipo de rebeldía, mucho menos de un enfrentamiento casi natural contra el canon que todo joven tiene alguna vez. Fue una gradual y destructora toma de conciencia del hecho que no deseaba ser definida en lo genérico, que no necesitaba que nadie me dijera cómo debía pensar o cómo debía verme. Y eso en latinoamérica, en esta Venezuela patriarcal y machista obsesionada por la figura de la mujer idealizada que ignora a la real, se convirtió en un suplicio. En una idea que llevaba como un estigma, en una presunción de sospecha sobre mi cordura, incluso un debate sobre mi orientación sexual. Todo por decidir que no deseaba que colgar en mi mente la etiqueta que la cultura imaginó para mí, que delineó con todo cuidado desde antes de mi nacimiento.

En una ocasión, un hombre con el que salía se burló de lo que llamó “mi necedad adolescente”. Ambos éramos estudiantes universitarios y mientras él podía plantearse un futuro a la medida de sus aspiraciones —sean cuales fueren— yo debía conformarme con una especie de rígida estructura que me exigía más de lo que podía brindarme. Con veinte años cumplidos, ya debía soportar las preguntas indiscretas sobre mi soltería o una probable maternidad que ni siquiera había considerado hasta entonces. Y mi malestar al respecto no sólo le pareció exagerado sino además “artificial”.

—Ese rechazo a la persona que eres es absurdo: ¡Eres una mujer! en algún momento querrás casarte o tener hijos. Está en tus genes, en tu historia biológica. No sé por qué te resistes o en todo caso, qué esperas obtener haciéndolo.

No supe qué responder a eso, entre aterrorizada y un poco asqueada. Llevábamos casi dos años juntos y escucharle hablar en esos términos sobre mí —o mejor dicho, mi futuro— me dejó muy claro que había algo doloroso y violento en la mirada de la sociedad sobre las mujeres. Una imposición férrea que nunca hubiera imaginado tan grave, tan despótica, pero que estaba allí a la vista. O mejor dicho, que formaba parte de una noción sobre lo que la mujer podía ser —aspirar, construir para sí misma— que resultaba no sólo preocupante, sino directamente castrante.

La relación no terminó por esa discusión pero siempre pensé que después de tenerla, sólo avanzó hacia una ruptura simple que ocurrió unos meses después. Y es que cuando alguien te habla en esos términos, tienes la sensación que tu mundo se sacude un poco. O al menos, a mí me ocurrió. Comienzas a preguntarte casi con crueldad qué te hace mujer y por qué deseas serlo. Te sacude la idea que desde la niñez, debes enfrentar todo tipo de estereotipos que intentan decirte quién eres o mejor dicho, lo que debes ser. Ideas que transcurren y transmigran a tu alrededor en un intento no sólo de cercenar esa libertad personal que convierte la individualidad en una idea genérica, sino además se impone como un destino biológico. Un pensamiento que resulta angustioso cuando debes lidiar con él a diario, cuando es parte de tu vida y cómo te comprendes. O mejor dicho, como te asume el mundo que te rodea, te construye, te imagina, te limita.

Simone De Beauvoir imaginó ese mundo femenino claustrofóbico en el año 1949, cuando por primera vez trató de explicar en qué consistían los peligros e implicaciones de la desigualdad de género. Se trató quizás del primer intento formal e intelectual de comprender lo femenino como un concepto cultural creado a partir de trozos de información dispares. Con una escalofriante dureza, Simone ponderó sobre el hecho que a los niños se les enseña a ser fuertes, determinados e independientes mientras en contraposición, a las mujeres se les insiste en la debilidad. En el género que se define como débil, en la necesidad depender emocional e intelectualmente de alguien más. Como si la autorrealización no formara parte de la naturaleza de la mujer: una noción destructora que parece condenar a la mujer a una dependencia borrosa del que muy pocas veces somos conscientes. La mujer objeto, al servicio de otros, tan preocupada por su aspecto físico, tan abnegada y convertida en una especie de útero histórico que necesita convalidar su existencia a través de su capacidad para agradar y seducir.

“Hará unos cuatro meses, recibí un correo muy insultante de un lector que criticó mi postura “feminazi”, haciendo referencia a que suelo identificarme como feminista y escribir al respecto siempre que puedo.”

Tal vez por ese motivo, buena parte de mi vida me han acusado de egoísta, arrogante o incluso, directamente agresiva. Sólo por haber decidido que no necesito perpetuar ese confinamiento a la feminidad que se define a través de estereotipos superficiales, del cuidado de otros, de la autoimagen. A veces, resulta sorprendente lo mucho que puede molestar esa simple decisión de no ser una mujer al uso, de asumir por cuenta y riesgo, que una mujer es mucho más que la ropa que lleva y como luce. Que una mujer es un individuo más allá de su capacidad para ser esposa o madre de alguien. Esa autonomía que parece tan reñida con la definición histórica de género.

Hará unos cuatro meses, recibí un correo muy insultante de un lector que criticó mi postura “feminazi”, haciendo referencia a que suelo identificarme como feminista y escribir al respecto siempre que puedo. Entre groserías y burlas a mi aspecto fisico, me insistió en que toda mujer “debe aceptar que lo es” y que mientras más rápido lo haga “menos habrá lugar para la frustración”. Me sorprendió sobre todo la agresividad de sus planteamientos, como si el mero hecho que una mujer quisiera definirse según el canon habitual fuera motivo de prejuicio y discriminación.

—Lo es. Cualquier mujer u hombre que se atreva a transgredir lo que se supone espera de él, se enfrenta a esa agresividad —me explicó L., una de mis profesoras universitarias con las que aún mantengo el contacto cuando le hablé del correo—. La cultura y la sociedad son refractarias a los cambios, se resisten todo lo que pueden a cualquier manifestación de conducta e incluso, al simple hecho de modificar un punto de vista. Cuando alguien lo hace, se suele aislar y limitar como parte de esa estructura social. Es lo que llamamos minoría.

La profesora L. lo sabe en carne propia: de joven tuvo que enfrentarse a un mundo universitario hostil y violento que la criticó por sus duros puntos de vista sobre el machismo académico en Venezuela. Ahora, en un tranquilo retiro alejada de las aulas de clase, suele insistir que en Venezuela ser mujer es enfrentarse a una percepción durísima sobre la feminidad. Una condición cultural que limita y aplasta la individualidad en favor de una imposición colectiva sobre lo que la mujer puede ser según la tradición que hereda.

—Puede parecer despiadado pero no lo es: simple cultura —me dice cuando me impaciento por la serenidad de sus palabras—. Por eso Beauvoir insistió que una no nace mujer sino que llega a serlo. Somos el producto de una serie de elementos que te definen a la fuerza. La desigualdad procede de esa idea, de ese discurso cultural que te hace normalizar la discriminación. Y lo asumimos como parte de nueva vida.

Quizás por ese motivo, continuo acudiendo a Beauvoir para analizar esa percepción sobre la mujer que desborda el mero tópico que logró crear a través de sus lúcidas reflexiones sobre el tema. Tan realista y crueles, pero a la vez, tan profundas que resultan abrumadoras. Porque para la escritora, el mundo íntimo de la mujer es un diálogo continuo, una creación de emociones y pensamientos de inestimable valor . Algo sublime, durísimo y que me cambió la visión sobre la mujer literaria, la real e incluso sobre mí misma para siempre. No sólo se trató de que Simone de Beauvoir me demostrara que una mujer puede escribir —y bien— sino que además, escribir sobre la mujer sin romanticismos, sin elegías dulzonas. En el libro, ninguna mujer sufrió, se martirizó, se culpabiliza. En realidad era una obra filosófica muy bien pensada que elaboró —al menos, en mi caso— un nuevo tipo de mujer fuerte e intelectual que poco o nada tenía que ver con la angustia existencial que hasta entonces había creído en la mujer literaria y en la escritora. Aquello fue para mí radical.

“Simone de Beauvoir meditó sobre el tema desde el dolor. Y lo hizo con una precisión que resulta casi escalofriante: No hay ninguna concesión a la ternura, la simpatía o a la delicadeza en sus textos.”

Porque hablamos de individualidad, construída a través de piezas y fragmentos que no necesitan ni deben encajar en un esquema general de las cosas. La mujer es la mujer por la decisión de construir un reflejo de sus inquietudes intelectuales, físicas y mentales. Una mujer no es sólo los atributos de su género sino también esa noción que a pesar de la historia, la tradición, el conservadurismo y esa presión constante de encajar en el esquema de las cosas, es un individuo que puede construirse así mismo. Que desborda los prejuicios, que evade cualquier interpretación sencilla. Que rechaza los pequeños símbolos triviales que intentan construir una idea sobre si misma.

Simone de Beauvoir meditó sobre el tema desde el dolor. Y lo hizo con una precisión que resulta casi escalofriante: No hay ninguna concesión a la ternura, la simpatía o a la delicadeza en sus textos. Con un pulso exquisito y profundamente sentido, crea una reflexión dura, cruda y a la vez hermosa en tres narraciones, que a pesar de ser independientes entre sí, se entremezclan para crear un único discurso, para hablar de la mujer secreta y poderosa que habita entre sus páginas. Sobre todo en su libro “La Mujer Rota”, donde las interpretaciones se entrecruzan para meditar sobre lo femenino y sus pesares. Las puertas y ventanas cerradas que confinan a la mujer —como identidad— y a su legado —como estructura cultural— a una serie de planteamientos mínimos que resultan asfixiantes. Y es que la narración, las tres historias, parecen girar en esa idea de la mujer que habita en lo esencial, esa incomprensión cultural y social que ata, que envuelve, que reprime, que destruye y que a la vez construye la identidad femenina. No es casual que en el trasfondo de cada página, palpite la desolación, la angustia, los cuestionamientos, reproches, la sensación abrumadora de que la vida paso rápido, sin sentido. Para Beauvoir, la necesidad de crear ese mundo de lo femenino real, fuera del estereotipo tradicional, produce una tensión enorme y casi hermosa dentro de cada relato, dentro de esa intimidad casi dolorosa que subyace en cada historia y que la delinea con una delicadeza impensable, a pesar de su crudeza.

Tal vez, lo más sorprendente de esta historia con tres rostros, sea su intención de recrear esa otra idea de la mujer, la que no abarca el romanticismo y la idealización. Esa mujer real, poderosa y doliente, de la que tan poco se habla, la que parece desaparecer en el deber ser social, es a la que Beauvoir le brinda voz, le otorga un rostro. Un triunfo de ese sutil misterio a mil voces que es la feminidad sobre la simplicidad de lo cotidiano.

He releído el libro tantas veces que en ocasiones estoy convencida de que forma parte de mi vida y de mi forma de pensar en cien maneras secretas. Con frecuencia, recuerdo varios de sus párrafos y me encuentro pensando en que esa inconformidad, esa preocupación constante no era algo accidental, tampoco una rareza. Millones de mujeres antes que yo y con toda seguridad, cientos después de mí, se preocupan por los mismos temas, por los mismos extremos, por los exactos problemas que me inquietaban a mí. Y todo ese conjunto de preocupaciones e inquietudes, tenían un nombre. O mejor dicho, una dirección. Una intención formal que puede tener mil formas de definirse —feminismo, búsqueda de la equidad, lucha de valores y derechos— pero que tiene la misma conclusión: la idea de una mujer libre de toda etiqueta social.

Abajo la faja o el manifiesto de la feminista defectuosa

Abajo la faja o el manifiesto de la feminista defectuosa

“Porque a fin de cuentas, nadie puede definir exactamente qué es una mujer —como tampoco qué es en realidad un hombre— aunque la sociedad lo intente con enorme frecuencia”

Por Aglaia Berlutti.

De vez en cuando, me suelen preguntar por qué escribo con tanta frecuencia sobre lo femenino. Un cuestionamiento que parece abarcar cierta contradicción en mi insistencia sobre el tema: Si abogo por la amplitud de miras con respecto al papel de la mujer ¿Por qué mi empeño casi obsesivo por analizar y desmenuzar el rol tradicional hasta el cansancio? ¿Qué intento lograr cuando una y otra vez profundizo y busco respuestas sobre la forma como la sociedad asume la identidad femenina? Bueno, son unas cuantas preguntas interesantes, que también tienen unas cuantas respuestas interesantes.

Para empezar, soy mujer. Parece obvio —incluso simplista— que esa sea buena razón para escribir sobre el tema, pero en realidad no lo es tanto. Creo que la palabra es el reflejo fidedigno del mundo del autor — de manera directa o en símbolos y metáforas — y por lo tanto, escribo sobre lo que soy, lo que sé y cómo miro el mundo. Escribo sobre lo que me afecta, sobre lo que me preocupa y especialmente sobre lo que ejerce presión sobre mi identidad. Y crecí en una sociedad machista. En una donde llevar la falda muy corta hace que te ganes una etiqueta insultante o las decisiones sobre tu cuerpo, pueden afectar la manera como te perciben quienes te rodean. Donde existen aún expectativas muy claras sobre lo que la mujer puede hacer —o no— y sobre las exigencias a las que se somete por el solo hecho que hay un papel histórico que intenta limitar quienes somos o cómo nos percibimos.

De manera que asumo necesario escribir sobre la mujer con respecto a cómo me afecta serlo. Lo que me abruma, lo que me lastima. Lo hago, además, intentando lidiar con los estereotipos, los esquemas, los roles y tópicos. Porque a fin de cuentas, nadie puede definir exactamente qué es una mujer —como tampoco qué es en realidad un hombre— aunque la sociedad lo intente con enorme frecuencia. Aunque imagine límites y fronteras inexpugnables para hacer más sencillo comprender tu identidad frente al espejo social. Intento interpretarme como la mujer joven que soy, pero también, como la mujer que aspiro ser en el futuro. Y entre todas esas cosas, esas pequeñas ideas y otras reflexiones, quiero hablarle a las mujeres como yo. A las que no encajan en ninguna parte. Las inconformes, las fastidiosas, las irritantes, las preguntonas. Las de libre pensamiento, las que se enfrentan todos los días a ese papel histórico que intentó decidir incluso antes de su nacimiento su lugar bajo el sol.

Pero no es la única razón por la que escribo sobre mujeres, para mujeres, desde el punto de vista de una mujer. Lo hago, porque es necesario. Lo hago porque durante muchísimo tiempo, las mujeres fuimos invisibles. Como la magnífica Mary Wollstonecraft, que vivió una vida intensa y extraordinaria y hoy poquísima gente la recuerda. O la filósofa Simón Weil, que creó toda una visión sobre lo femenino y sus alcances. Tantas mujeres que desaparecieron como arrasadas por una ola de anonimato. ¿Quién recuerda ahora a Lady Ottoline Morrell?, esa mecenas que se enfrentó en solitario a los escombros del siglo XIX en pleno albor del racionalismo y brindó refugio a muchas de las grandes mentes inglesas de la primera mitad del siglo XX. O a la cuasi anónima María Lejárraga, esposa del dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, que por años escribió para su esposo éxitos literarios sin reconocimiento alguno. O esa trágica Camile Claudet, desaparecida y consumida para siempre en la memoria ingrata del arte misógino. Así las cosas, creo que es una buena razón escribir para mujeres y sobre mujeres, para recobrar el nombre de tantos rostros que abrieron el camino que ahora recorremos muchas, de las que asumimos es natural pero que por mucho tiempo fue una batalla perdida. Escribo, para devolver el nombre a toda esa galería de heroínas silentes que crecí admirando y queriendo.

Pero por supuesto, escribo sobre mujeres porque aún es necesario hacerlo. Porque aún es imprescindible continuar contando historias. Las mías, las tuyas, las de tantas desconocidas que recorren el mismo camino que yo y que quizás, nadie escucha. Hay algo de primitivo, de anecdotario de tribu, eso de sentarme a escuchar y luego escribir sobre las mujeres que conozco. Contar sus escenas, describirlas lo mejor que puedo. Analizar el mundo desde nuestra perspectiva y crear un ambiente amplio donde debatir. No se trata claro, de escribir de mujeres atacando a lo masculino, sino de hablar de mujeres asumiendo que somos parte de una cultura, en nuestra diferencia, en esa fortaleza heredada por siglos de privaciones culturales y sociales. Somos la nueva generación de las cuenta cuentos. Somos la nueva generación de brujas, mujeres salvajes que levantan los brazos por saberse libres, por aspirar a la libertad y sobre todo, para crear en independencia.

Una y otra vez, hablo de la mujer como yo la veo, que no es bajo el aspecto de cómo debería ser, como quisiera que fuera o como asumo podría ser

Y es que siguen ocurriendo cosas. No siempre, pero sí con enorme frecuencia. Como mi amiga la que tuvo que enfrentarse a un jefe misógino que se negó a aumentarle el sueldo por siete veces consecutivas —a pesar de su dedicación al trabajo, conocimiento y habilidad— porque “tenía dudas” sobre su capacidad. Cuando ella le preguntó directamente a qué se debía su desconfianza, el hombre le respondió que temía que “la menstruación o un posible embarazo” afectara la calidad de su trabajo. O la chica que me escribió al correo, atormentada y afligida porque tiene algunos kilos de más y su pareja la maltrata cada vez que puede por no encajar en la imagen física ideal. O incluso, cualquiera de las mujeres que escucho a diario, que definen el nuevo concepto de lo femenino, que asumen el poder de la inclusión como una bandera válida que enarbolar. Una y otra vez, hablo de la mujer como yo la veo, que no es bajo el aspecto de cómo debería ser, como quisiera que fuera o como asumo podría ser. Porque la mujer en esta época, más que en cualquier otra, es fruto de sus temores y virtudes, sus fortalezas y fantasías; su propia obra de arte.

Comento lo anterior con una de mis mejores amigas, esposa y madre de dos. Cuando éramos adolescentes, ella me aseguró que jamás contraería matrimonio y mucho menos, sería madre. Pero a la mitad de la veintena conoció a un hombre que resultó ser todo lo que esperaba —o al menos creía esperar— y decidió cambiar de opinión. Le fue bien: más de una vez me comenta que le sorprende lo mucho que le gusta la vida de casada.

—Oye y no es que de pronto sea una chica Mad Men —me comenta, haciendo referencia a la extraordinaria serie del canal por cable HBO— sino que de alguna forma, esa complicidad y esa aventura en pareja me ha satisfecho. A pesar de todo.

—¿Y que es todo?

—Ah, el matrimonio es una mierda —pondera, con una sonrisa feliz que no entiendo demasiado—,  pero también es un buen lugar para aprender de ti misma. Además, hablamos de una comunidad, ya no de un papel de poder.

Se refiere claro, a lo que era su mayor temor: convertirse en su madre. Ama de casa por la mayor parte de su vida, un año de morir, la madre de mi amiga le confesó que pasó casi tres décadas soñando con regresar a la universidad, con tener su propio dinero, con ser libre. Esa fue la palabra que utilizó “libre”. Y la connotación que tuvo, en medio de un devastador caso de cáncer, de una lenta agonía que la redujo al dolor, fue aterradora. Al menos para mí lo fue. Para mi amiga, fue la línea que dividió un antes y después en su manera de comprender el mundo, su identidad y todo lo que deseaba crear y construir en adelante.

Por años, mi amiga se obsesionó con la libertad que soñó su madre y no pudo tener. Pero cuando finalmente contrajo matrimonio —estaba aterrada, desanimada pero también muy dispuesta a vencer su propio prejuicio— decidió hacerlo para crear su propia historia. No para continuar viviendo la de su madre, o los temores de sus amigas. Incluso los míos, que escuchaba con paciente solidaridad siempre que se lo pedía. Mi amiga contrajo matrimonio para ser feliz. ¿Lo logró?

—No siempre, pero a veces la felicidad es una suma de cosas —me dice—, me gustan los domingos en las tardes donde vemos películas juntos mi marido y yo mientras la suegra se lleva a los niños, los días que paso con mis chamos a solas. A veces todo es insoportable. Otras veces, es simplemente hermoso.

De manera que la mujer sigue reinventándose, pienso mientras la escucho. Después de todo, hace un par de décadas, la idea de una mujer hablando sobre el matrimonio como un acuerdo entre cómplices era impensable. Había una idea muy precisa sobre lo que ocurría al casarte: ese juego de paciencia, solidaridad y resignación donde el hombre tenía todas las de ganar. O esa era la percepción social. Esa insistencia del matrimonio como elemento que definía a la mujer y le otorgaba un rol necesario. Una idea a la que muchas mujeres se rebelaron, con mayor o menor éxito, pero con la que al final tuvieron que lidiar.

Por supuesto, que el matrimonio no es la única medida —ni la más efectiva, exacta, notoria e incluso, simplemente necesaria— para calibrar cuanto ha evolucionado la mujer del nuevo milenio. Hay una serie de planeamientos que se mueven en el trasfondo, que avanzan de un lugar a otro y que en ocasiones, crean una nueva concepción sobre lo que la mujer es, espera, desea, asume como real. Una nueva interpretación sobre el arte de ser mujer —como solía decir mi abuela— o mejor dicho, crear esa estructura de ideas que sostenga nuestro concepto sobre lo femenino.

Claro está, eso implican lidiar con una sociedad educada para ser misógina, que no lo nota y de hacerlo, no le importa mucho serlo. La sociedad que muestra toda una perspectiva de la mujer a medio camino entre lo ideal y la crítica. Que educa hombres capaces de preguntar a una mujer enfurecida si “se encuentra en sus días”, que se sienten en el derecho de lanzar groserías e insinuaciones a una desconocida en plena calle por ese divino poder masculino de la conquista. La misma cultura que alienta la manipulación contra la mujer, que intenta convencerla que debe ser protegida, que es una criatura frágil y temblorosa que debe ser resguardada de todo dolor. La misma sociedad que produce productos artísticos y cinematográficos donde existe la mujer “fuerte”, ese atributo anodino, desconocido y abstracto que parece necesario mencionar, como si la fortaleza de carácter o espiritual fuera sorprendente en el ámbito femenino.

Pienso en todas las veces en que me han acosado con preguntas hostiles e invasivas sobre mi maternidad, mi opción sobre ejercerla o no mi capacidad para concebir.

Oye, eso sí que suena feminista ¿No? Mejor aún: feminazi, odiadora de hombres, histérica. Todas esas cosas me han llamado con frecuencia y no siempre hombres. De hecho, la mayor parte de las veces, son las mujeres las que señalan a las inconformes para acusarlas de “quejarse”. Como si analizar la desigualdad, preocuparme por los baches y desniveles de la cultura con respecto al género no tuviera el menor sentido o mejor dicho, careciera de todo valor. Una conocida suele reclamarme, cada vez que puede, el motivo por el cual escribo sobre las mujeres que no desean casarse y tener hijos. Me reclama que la haga sentir que desearlo “es simplemente ser una ignorante o algo parecido”.

—En realidad, sólo hablo de mi caso en particular. Se me suele juzgar por el hecho de no querer ser madre —le expliqué en una oportunidad. Ella pareció escandalizada por la idea. 

—¿Quién te juzga? Puedes hacer lo que quieras. Yo también.

Pienso en todas las veces en que me han acosado con preguntas hostiles e invasivas sobre mi maternidad, mi opción sobre ejercerla o no mi capacidad para concebir. Preguntas bien intencionadas, entrevistas de trabajo incómodas, miradas de conmiseración. Podría ignorarlas, podría simplemente mirar a otro lado y avanzar en la dirección que decidí seguir. Pero no quiero hacerlo. Quiero analizar por qué motivo debo soportar esas preguntas, el silencio general cuando declaro que no quiero contraer matrimonio, por muy enamorada que esté, por muy fascinada por la convivencia en pareja que me encuentre. O eso he creído hasta ahora. Pero nadie parece comprender muy bien que la mujer tiene opciones. Que la mujer puede moverse en toda la amplitud del espectro. Que la mujer tomó la decisión de su preferencia.

—Yo me casaré porque quiero y puedo. Y porque amo la idea de tener hijos —me contesta, desafiante. Lo dice como si fuera una forma de contradecirme, de demostrarme su punto. Tomo un sorbo de la taza de café que tengo delante.

—Yo no lo haré porque no me da la gana. Mira tú, que simplicidad tienen mis razones.

La discusión continuó un rato hasta que declaró, en el tono sacrosanto de quien lanza sus ideas y principios al aire, que ella también era feminista aunque vistiera de rosado. Que ella defendía los derechos de todas, a pesar de verse “cute” y muy femenina. Continúo tomando café, mirando mis jeans y mi camiseta. Es un jean inequívocamente femenino y una camiseta de corte delicado donde puede leerse una frase de Alejandra Pizarnik. Bueno, está bien. No es rosado, pero es femenino. O al menos yo lo veo así.

No sé qué responder a la proclama. De manera que me callo, termino mi café y pienso “debo escribir sobre eso”. O cuando le comenté a un hombre con quien comenzaba a salir que me encantan nuestras divertidas conversaciones y me respondió: “Pero también te trato como mujer”. O la vez, en que alguien miró mi cámara fotográfica y me preguntó si no me parecía que ese era un trabajo de “machos”. Todas esas pequeñas muescas en el sistema, de ideas que se deslizan en lo cotidiano y que podría ignorar, pero no lo hago. Porque seamos claros: podría hacerlo. Podría simplemente sonreír y continuar mi camino. Analizar ideas mucho más profundas, evitar la irritación insoportable que me producen esas frases.

Escribo, desde mi pequeña tribuna y mi espacio, para ese gran cambio que creo todas las mujeres del mundo, en mayor o menor escala llevamos a cabo.

Pero no lo hago. Quizás soy obsesiva, malcriada y respondona. O quizás, no admito que me llamen “histérica” por responder como quiero y siempre que quiero en cualquier situación. Porque no quiero aceptar que se me menosprecie por el solo hecho de tener una vagina. Porque deseo que mi capacidad no esté en entredicho por el mero hecho de tener el cabello largo. Porque quiero maquillarme sin sentir que se me critica, como me rasuro las axilas cuando se me insiste, mis argumentos sólo tendrán valor de no hacerlo. Escribo para el futuro, para las mujeres que aún son niñas, para las mujeres que aún están avanzando, que se hacen preguntas. Escribo para analizarme, para analizar este mundo que heredamos de quienes transitaron despacio un difícil camino hacia el reconocimiento.

Pienso en eso con frecuencia. Me refiero a esa idea de futuro que construyo palabra a palabra. Me gusta soñarlo, me gusta pensar que alguna adolescente me leerá por allí y de pronto, se preguntará por qué está mal llevar la falda corta si lo prefiere y tener buenas ideas. O esa otra, que no aceptará que nadie le diga que debe callarse porque quiere hablar. O la que querrá no llevar maquillaje y se preguntará si está bien hacerlo. Escribo, desde mi pequeña tribuna y mi espacio, para ese gran cambio que creo todas las mujeres del mundo, en mayor o menor escala llevamos a cabo. Que avanzamos en la dirección de creer y construir una nueva versión sobre el mundo que hasta ahora hemos conocido.

Ah sí, son buenos motivos. Pero también hay otros que me lleva esfuerzos explicar pero que pueden describirse con mayor facilidad. Hace unos años, la comediante Tina Fey estuvo como invitada en el programa de David Letterman, que por cierto se jubila y al parecer decidió hacerlo a lo grande. El caso es que al parecer, Tina Fey comprendió que la salida de Letterman de la televisión marca el fin de una hora y de pronto decidió que para ella también lo sería. De modo que luego de aparecer con un ajustadísimo vestido que la hacía lucir muy elegante —y que el presentador insistiera se veía “maravillosa”— Tina decidió que era suficiente, que ya estaba bueno de sonreír a lo actriz muda, de saludar con la mano levantada, de parecer cómoda cuando no lo estaba. Así que se levantó, se abrió el vestido en cámara y en una especie de striptease, se desnudó pieza por pieza, sin dejar de mostrar la faja de spanxs que seguramente le ayudaba a reducir caderas y barriga. De pie, ante la sorpresa de Letterman y seguramente de los espectadores alrededor del mundo, Tina hizo una declaración de principios. El suplicio de ser mujer y parecer serlo. Y la libertad de enfrentar los pequeños prejuicios como se pueda.

Y yo lo hago desde aquí y en todos los lugares donde escribo. Recordándoles a todas las mujeres que me leen —y también los hombres ¿Por qué no?— que es una buena idea rebelarse contra lo que se ajusta, machaca y sofoca. Que somos algo más allá de lo que la sociedad juzga podemos ser. Que ser mujer o un hombre, es sólo un reflejo de lo que aspiramos a construir como identidad. Y que por tanto, tan fuertes como nuestra mayor esperanza y tan frágiles como mayor temor. Entre ambas cosas, están las buenas razones para continuar haciéndonos preguntas, creando y cuestionándonos. Una manera de soñar y crear.