
El pasado domingo 27 de marzo se llevó a cabo la 94ª edición de los Premios Oscars. Una premiación que pasará a la historia y no precisamente por las razones correctas. Y es que hacer lo «correcto» no siempre será el camino más fácil de transitar.
Los Oscars han sido un referente para la industria fílmica mundial, pero desde hace ya varios años ha perdido su foco –que es premiar lo mejor del cine– para dedicarse a premiar causas. Causas políticamente correctas, claro está.
Aunado a esto, la Academia se muerde su propia cola por seguir insistiendo en dividir la premiación entre estatuillas de primera y de segunda, todo por el Showbiz en detrimento de la “inclusión” que profesan, dejando así a ocho de sus categorías a las sombras, como por ejemplo montaje, música original, edición, diseño de producción y sonido. Estos a manos del verdadero ganador de la noche: DUNE.
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Reconocimientos que surgen como prueba de la obra maestra de Denis Villeneuve, a pesar de no ser nominado como mejor director.
Y la transmisión de los premios transitaba al son de los tambores de las concesiones que otorga la retórica sobre lo correcto. CODA –¡Oh! Sorpresa– una película remake de la original francesa titulada “La familia Bélier”, que dicho sea de paso nunca fue tomada en cuenta por la Academia, ahora la premian bajo la premisa de la “inclusión”. Como lo harían en su momento con Green Book en 2019 por encima de Roma e incluso de Bohemian Rhapsody.
Todo esto a pesar de que CODA no estuvo nominada en las categorías de rigor que usualmente definen lo mejor de una película y su factura como: fotografía, dirección, mejor sonido, mejor montaje. ¿Inexplicable?
Y no, no es un «batacazo» como se pueda presumir. En realidad, la Academia se ha dejado ver las costuras a lo largo de los años y su sesgo mediático, seducido por el puritanismo de la Generación Woke.
Acertando una de las «cachetadas» de la noche, premiando las correcciones públicas y no al cine, cuya reivindicación tanta falta hace al igual que los verdaderos valores que suponen las artes trasgresoras. Dejando entonces por fuera a “El Poder del Perro”, una historia que deja al descubierto el machismo tóxico, frenético e injustificado; película de la cual Jane Campion, su directora, se lleva la estatuilla por Mejor Dirección. Y haciéndole el feo a Belfast, maravillosa película con una fotografía impecable que narra una historia sobre la migración forzada por conflictos, las raíces y vejaciones por razones religiosas, tan actuales hoy día. Esta última galardonada como Mejor Guion Original.
Y es que esperar algo diferente de unos premios que lleva años en el podio de lo cuestionable es como pedir demasiado.
Will Smith y la cachetada que nunca dio

Y por si fuera poco Will Smith, en vivo y directo, azota con una cachetada a Chris Rock luego de que este desarrollara una burla infame sobre la alopecia que sufre su esposa Jada Pinkett Smith; condición médica que le hizo perder todo el cabello.
Los Premios Oscar entonces se hicieron del tan cacareado rating que necesitaban y no precisamente por las razones correctas.
Entonces, la premiación tomó un rumbo directo al foso de la controversia. Un hecho de violencia que partió a la mitad un certamen que vino de más a menos, incomodando a propios y extraños, y casi pasando la escoba y dejando debajo de la alfombra a un tibio y desapercibido «In Memoriam». Uno de los momentos que estila ser el más sentido de la gala donde se recuerdan a los fallecidos de la industria.
Will entonces toma la justicia por su propias manos minutos antes de recibir su primer Oscar como mejor actor por la película King Richard.

La actitud de Chris Rock por el bullying a la esposa del “Fresh Prince of Bel Air” ha sido analizada y casi tan cuestionada como la reacción volátil e iracunda de Will, dejando incluso a un lado a la verdadera victima aquí: Jada Smith.
En mi humilde opinión, Will no aprovecha la oportunidad que se le brinda en bandeja de plata para dar la verdadera cachetada que el momento ameritaba: la cachetada moral. Dejar al descubierto al verdadero agresor (Chris Rock), exponiendo su enfado hacia la mofa sobre una dama víctima de una enfermedad. Mostrando así su inconformidad desde su asiento, dándose su puesto; a él y a su esposa que lo acompaña. Este era un momento único para dejar en claro que se puede defender una postura sin el uso innecesario de la violencia física.
Pero no, Will cae en la trampa del agresor; muerde la carnada que todo victimario acostumbra a dejar para luego, desde el “yo no fui”, culpar al violento, convirtiendo a Will en el “único y verdadero agresor”.
Y entonces, nos encontramos en esa bifurcación donde nos preguntamos ¿Y la razón dónde queda? Dónde se muestra la inteligencia humana, los valores, la verdad. Son estos los momentos que nos permiten demostrar, no a los demás sino a nosotros mismos, de que estamos hecho.
Will Smith deja a un lado todo aquello y decide el camino de la violencia express y sin previo aviso para luego llorar con “lágrimas de cocodrilo” al momento de que se le otorga el Oscar, edulcorando el bochorno colectivo con un speech tibio, cargado de disculpas genéricas aún más tibias. Empañando así su momento de la noche.
Jada Smith, por su parte, queda entonces en segundo y quizás hasta en un tercer plano siendo ella el sujeto principal de controversia. La agredida verbal y moralmente hablando. La violencia hacia la mujer entonces queda relegada por un egocéntrico Will Smith que habla sobre “lo que un verdadero hombre debe hacer para proteger a su familia”. No, Will.
El show debe continuar
Chris Rock, principal responsable de los hechos ocurridos, decide entonces no poner la denuncia por la agresión física recibida ante la policía de Los Ángeles, según lo informa el propio departamento policial, aunque deja en claro que si lo decide hacer en un futuro el LAPD (Departamento de Policía de Los Ángeles por sus siglas en inglés) estará dispuesto a reabrir el caso contra Will Smith.
La Academia por su parte se deslinga del hecho condenando cualquier tipo de violencia mediante un tuit. Usando la carta del típico “venga de donde venga la violencia”.

Según el código de comportamiento de la Academia, este hecho puede tornar una investigación administrativa que pueda resultar en la suspensión de la premiación del Oscar al Mejor Actor, quitándole así la estatuilla a Will Smith. Otorgándosele el premio al segundo en las votaciones quien retiraría dicho Oscar por “secretaría”.
Personalmente, dudo mucho que esto ocurra. Los hechos que turbaron la noche en el Dolby Theater quedarán allí, impunes. Chris Rock venderá millones de entradas para sus shows de Stand Up y Will Smith conservará su ansiado reconocimiento.
En definitiva, en tiempos donde la violencia impera en el mundo. Donde las bombas caen en Ucrania a manos de Vladimir «El Carnicero» Putin, y en medio de las constante lucha contra el bullying causante de innumerables problemas psicológicos en quienes lo padecen, incluido el suicidio, nos encontramos entonces con este hecho que dará de que hablar por mucho, mucho tiempo.
Estar del lado de uno o del otro es fútil. Lo importante aquí es considerar y asumir las consecuencias de nuestros actos. Son esos actos los que hablan por nosotros mismos. Ante un hecho de violencia, sea esta verbal o física, no hay ganadores; todos pierden. Debemos comprender y evolucionar nuestra manera de reaccionar ante el violento, ante el acosador, ante el agresor. La diplomacia sabemos que muchas veces hace más daño. Pero la violencia no se puede combatir con violencia.
Hay momentos donde la palabra es mucho más fuerte que mil cachetadas y en donde la violencia nunca será más justa que la razón.
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Escritor, lector y aficionado al cine y la fotografía.
| Columna: Entre líneas en The Wynwood Times









