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Historias corrientes desde la tierra del sol naciente.

¿Qué conocemos de Japón? 

La pregunta no pretende cuestionar el conocimiento que tengas sobre un país del que la inmensa mayoría (incluido quien escribe éste texto) sólo conoce rasgos generales aprendidos de la cultura pop y no de una investigación sesuda.  La verdad es que no supe cómo comenzar y terminé pensando en éste cliché. 

No obstante, la pregunta sigue vigente y ahora, quizás, tengas la duda «¿qué conozco de Japón?» Y seguramente te saltarán alguno de estos ejemplos: samuráis, ninjas, la yakusa, el sushi, Tokyo, Hiroshima, Nagasaki, karate, el monte Fuji, el anime y el manga.

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Tema recurrente en la literatura de la época, así como para inspiración de artistas que intentaron comprender la locura a través de esa inquietante imagen. No resulta casual, por tanto, que pintores como El Bosco, Van Hemesen y Brueghel se inspiran en la extraña metáfora para mirar la locura desde los pinceles, intentando comprender esa oscuridad meridiana de la mente del hombre a través de ella.

Si lo pensamos bien la respuesta más sincera sería: nada. 

Fuera del terruño lo demás es desconocido e incluso el propio país resulta ajeno, pero de a poco, y con suerte, uno lo puede ir recorriendo. En el caso de querer conocer otro país, en éste caso, Japón, es más complicado. De ahí que recurramos a distintos medios para conocer «cosas», pero esas «cosas» son las que exhibe cualquier país para el turista, son los recuerdos (souvenirs) que te venden. 

¿Te has preguntado cómo es el día a día de un japonés? Por sus «extrañas costumbres» puede que no hagan lo mismo que tú o que yo, pero ¿será así…?

Ciertamente la realidad es más simple porque, pese a los kilómetros de distancia, algunas situaciones no dejan de ser universales y es aquí cuando llega Midnight Diner, traducida como: «La Cantina de Medianoche» una serie antológica, basada en el manga del mismo nombre creado por Yaro Abe, cuyo foco es la gastronomía japonesa, pero eso es sólo el gancho.

La serie abre desde una vista en primera persona, de fondo una canción con aire melancólico nos acompaña mientras paseamos por una larga y transitada calle de Tokyo. La ciudad parece haber prohibido la oscuridad porque no hay rincón que no esté iluminado. Vemos gente, comercios y más autos. 

Ahora una voz en off se hace presente y reza:

«Cuando la gente termina su día y se apresura a volver a casa, mi día empieza.»

Se enfoca un cartel que pone: «Miso con cerdo, cerveza, sake y shochu»

«Es todo lo que hay en mi menú, pero preparo lo que sea que pida el cliente, siempre y cuando tenga los ingredientes. Esa es mi política.

Mi restaurante abre desde la medianoche hasta las siete de la mañana… lo llaman: “Restaurante de medianoche” 

¿Qué si tengo clientes…? Más de los que imaginan»

«Maestro» es como llaman los comensales a nuestro narrador. Nadie conoce su pasado, pero genera la suficiente confianza como para que la gente se abra con él y cuente el suyo o incluso su presente.

Hacía mucho que me interesaba dedicarle unas palabras a ésta serie que descubrí, hace ya un par de años, navegando por ese inmenso y cambiante mar de contenido que es el catálogo de Netflix. Una cosa curiosa es que no empecé por su primera temporada, sino por la cuarta porque era la disponible. La razón es sencilla, las temporadas 4 y 5 fueron coproducidas por Netflix Japón y luego distribuidas a nivel internacional. Un tiempo después la plataforma obtiene los derechos de distribución de las primeras tres temporadas. Por eso la división en la plataforma.

Midnight Diner (2009-2014) es donde se encuentran las temporadas uno a la tres y Midnight Diner: Tokyo Stories (2016-2019) posee las temporadas cuatro y cinco.

No niego que fui presa de su sencilla sinopsis: «Los clientes de un sencillo restaurante japonés sienten una profunda conexión entre sí a partir de un platillo que les encanta» realmente no dice mucho y pienso que para bien. Lo mejor sería caer por accidente en ella y dejarse llevar, pero el boca a boca nunca dejará de ser determinante para algo; que le pregunten a «El Juego del Calamar» si no es así.

Midnight Diner se nutre y realza dos cosas que hacen que el espectador se quede para el siguiente episodio: el platillo que da nombre al episodio, que será del agrado de más de un foodie, y lo que éste representa para el personaje protagonista, ese fragmento de drama humano que nos ofrece la serie, con resultados variables.

A la preparación del platillo protagonista se le dedica un generoso tiempo en pantalla, con tomas que, literalmente, hacen agua la boca y al final de cada episodio quien fuese protagonista del mismo nos regala una breve explicación sobre la preparación del platillo en cuestión. Pero dejando la comida a un lado, el otro punto fuerte de la serie son sus historias. Historias que pueden pensar, por estar ambientadas en Japón, resultarán ajenas, lejanas, de allá y puedo decir que sí, pero al mismo tiempo no. 

No, porque fuera de costumbres y hábitos, las situaciones resultan ser más bien mundanas y universales. No estamos ante magníficas peleas de artes marciales, ante horrores sobrenaturales o épicas samuráis, no, lo que nos ofrece «La cantina…»  y su otra mitad Tokyo stories son historias corrientes, de gente corriente. 

Gente que lidia con desamores como en Tonteki (Cap.3-Temp.4), que trata sobre una chica algo ingenua y enamoradiza quien teje suéteres para regalar, pero a quién nadie le ha correspondido el gesto. O con un pariente alcohólico como es el caso del hombre de «Almejas al vapor» (Cap.3-Temp.2). También están la amistad y las presiones por encontrar pareja, algo que creo sí es un poco más japonés, como les ocurre a las «hermanas Ochazuke» (Cap.3-Temp.1) o el prejuicio por realizar ciertos trabajos de perfil erótico-sexual, mostrado en los episodios nueve y cuatro de la primera y segunda temporada respectivamente. Entre otros temas como el abandono paternal o la ludopatía.

Situaciones comunes que se repiten a lo largo del globo, pero ahora desde la perspectiva nipona. Las hemos visto incontables veces, quizás las hemos vivido. De ahí que se hagan tan cercanas.

Y aunque me gustaría terminar sin quejas, no puedo, debido a que, si bien no es un problema tan grave que impida el disfrute de la serie, sí debo acotar que en varios episodios el desarrollo y la resolución final parecen haber quedado a medio camino. Dejan una sensación de vacío, de que faltó un poco más que no terminaron de contar o que bien pudo tener una resolución algo más satisfactoria, como en Gyozas (Cap.10– Temp.2). Desconozco si esto viene desde el material original o es propio de la serie.

Sea cual sea el caso, a Midnight Diner aconsejo verla con calma. De ella parece salir una cierta calidez que invita a acompañarla mientras se come, como para sentirse parte del grupo de comensales regulares. 

Sería todo por ahora. 

Buen provecho.

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Hector Monsalves
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Alumno empírico y polifacético, entusiasta de las artes audiovisuales.