
>>ARGUMENTO
Lo primero que debemos aclarar para los seguidores y amantes de la literatura de H. P. Lovecraft, es que esta serie no tiene nada –o prácticamente nada– que ver con la obra del mencionado autor. Por el contrario, está basada en la novela de título homónimo, escrita por Matt Ruff y publicada en 2016.
La historia intenta abordar la segregación racial imperante en los Estados Unidos durante las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado, pero mezclándolo con los géneros del terror y lo fantástico (siendo el segundo el género que predomina).
La razón de ser del título, obedece más bien a pretender reflejar los prejuicios racistas del genial autor en combinación con la problemática segregacionista del momento.
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Una vez entendido esto y abstrayéndonos del universo lovecraftiano del cual solo alcanzamos a reconocer a los “Shoggoths” –unos monstruos de múltiples ojos que surgen en la oscuridad para atacar con una furia feroz– podemos disponernos a intentar disfrutar de esta serie.
De hecho el primer episodio logra enganchar. Sin embargo, a lo largo del resto de la temporada, la cual suma 10 capítulos en total, tuve sentimientos encontrados hacia esta producción.
Por un lado, el cómo se engranó un tema tan serio como lo es la segregación racial en tiempos de las leyes Jim Crow, con una historia fantástica llena de hechizos, magia oscura, grimorios, súcubos orientales de nueve colas y pócimas que permiten cambiar de raza y género; me resultó interesante.
No obstante, aunque sabemos que fue una época dura para los derechos de la gente negra y que inmediatamente nos trae a la mente el recuerdo de hechos atroces como el triple homicidio ocurrido el 21 de junio de 1964 en el condado de Neshoba, Mississippi o el brutal ataque de las tropas del estado en contra de una marcha pacífica en Selma, Alabama; me hizo mucho ruido que todos los personajes de blancos sean absoluta y totalmente malos.
Trailer Lovecraft country | HBO
A lo largo de toda la serie no encontramos un solo personaje de piel blanca que tenga un gesto de amabilidad, por pequeño que fuese, hacia una persona de raza negra sin que mediara un interés oculto. Y sabemos que eso tampoco es así. Solo al personaje de “Montrose” se le escapa la siguiente frase: “El blanco Phelps ayudó a negros escondiéndolos en el sótano”, mientras relata los hechos de una revuelta ocurrida en su barrio durante los años 20, cuando aún era niño.
Paradójicamente, los hechos de mayor violencia son realizados por personajes de color, como el degollar a una mujer a sangre fría o la inquietante escena de una niña asesinando a quién horas antes le había salvado la vida, independientemente de que se tratara de la “pseudo-villana” de la historia.
Por ello, al finalizar la temporada, nos quedamos con una sensación incómoda, pues, al parecer, el mensaje final es que estamos atrapados en un bucle sin fin de odio y discriminación del cual no hay escapatoria.
>>PRODUCCIÓN
Esta serie para HBO tiene a Misha Green como productora principal y showrunner, quien nos muestra un trabajo bien logrado en el cuidado de los detalles para la elaboración de decorados y vestuarios propios de la época, en especial al recrear escenarios basados en fotografías de Gordon Parks (primer fotógrafo profesional negro de la revista LIFE), tales como la foto de la madre y su hija en la entrada para “gente de color” del cine Mobile en Alabama;

o la escena inicial dentro del autobús segregado con el cartel en el techo indicando la zona para personas de color, inspirada también en otra famosa fotografía.

Otro detalle interesante son los clips de sonido que aparecen en todos los capítulos narrando historias, poemas o manifiestos, creando así una especie de “banda sonora literaria” que realza la connotación gráfica o ideológica de las escenas donde son insertados.
Pero también podemos resaltar el trabajo de producción a nivel de efectos especiales, como el del incendio donde la protagonista toma de manos a la tatarabuela de su futuro nieto mientras esta última se va calcinando por las llamas; o el estupendo efecto de la transformación del personaje de “Ruby” en una mujer blanca; las escenas de su piel desprendiéndose a pedazos como si se tratara de tozos de placenta que al caer dejan al descubierto a un nuevo ser son por momentos grotescas y hasta nauseabundas pero están muy bien logradas.

>>ACTUACIÓN
En esta parte es donde se encuentra el talón de Aquiles de la serie. Pues existen evidentes desniveles en la parte actoral, donde personajes secundarios se destacan por encima de los roles protagónicos.
Tal es el caso de Wunmi Mosaku, quien nos regala una maravillosa interpretación como “Ruby Baptiste”, la hermana mayor de “Letitia”. Mosaku nos cautiva con su magnetismo desde su primera escena y a mi parecer es la actriz que mejor transmite su frustración por toda la discriminación que sufre, sin victimizarse. Extrañamente su trabajo no fue nominado a los premios Emmy a diferencia del resto de sus compañeros.
Michael K. Williams da vida a “Montrose Freeman” el padre homosexual del protagonista. Aunque al principio el personaje de “Montrose” me resultó un poco difícil de comprender, en especial por las acciones que tomaba, hacia el final de la temporada, específicamente en el episodio 9, pudimos entender las razones de su forma de ser y sin duda su actuación en este capítulo le valió la nominación como actor de reparto en los Emmy.
Luego tenemos a Aunjanue Ellis, nominada al Emmy como mejor actriz de reparto por su “Hippolyta Freeman”. Sin duda Ellis defiende estupendamente un personaje con cierta complejidad, especialmente cuando pasa de ser una esposa convencional a una especie de súper mujer, con amplios conocimientos en todo tipo de ciencia, capaz de comandar un regimiento y ser empodera, regia, divina y con cabello azul, gracias a una máquina que le permite viajar en el tiempo y en universos paralelos; es decir, todo un manifiesto al feminismo desenfrenado actual y por ello se entiende su nominación efectista por encima de una actuación mucho más íntima y honesta como la de Mosaku, pero eso basta para satisfacer los nuevos parámetros “inclusivos” del cine y la televisión estadounidense.
Por último, está la pareja protagónica y la villana (blanca, por supuesto), compuestos por Jurnee Smolett como “Letitia Lewis” y Jonathan Majors en el papel de “Atticus Freeman” junto a Abbey Lee Kershaw como la ambiciosa “Christina Braithwhite” (que si traducimos ese apellido sería algo así como “Irlandés Blanco”, mayor cliché imposible). A pesar de ser roles principales los tres lucen más preocupados por verse bien en cámara que por crear una actuación plausible que logre conectar con el público. Sin embargo los dos primeros obtuvieron sendas nominaciones al Emmy en los rubros de interpretación protagónica demostrando que el “black lives matter” se impone por encima del “black performances matter”.

En conclusión, a esta serie le doy:
- Argumento 2
- Producción 3
- Actuación 1.5
Para hacer de LOVECRAFT COUNTRY, una serie de 6.5 puntos sobre 9.
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Actor y cronista teatral
Columnista en The Wynwood Times:
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