Hace unos años Dua Lipa en un video de TikTok salió mentando madre a la venezolana y los comentarios por miles solo hablaban de orgullo patrio, como si de pronto nuestra contribución al planeta fuera la exportación de un par de palabrotas con acento caribeño y sabrosura de empanada frita. Sin aplausos de pie, por favor.
Ahora con frecuencia veo cuentas de hombres estadounidenses casados con venezolanas que explican que dominan el español porque ya saben usar las malas palabras. Es decir, lo esencial del idioma reducido a tres insultos bien articulados y dos interjecciones precisas en una especie de curso intensivo de “Venezolanismos para sobrevivir en las Venezuelan’s parties”.
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Raquel Cartaya es una fotógrafa, docente e investigadora caraqueña que utiliza la cámara como herramienta para pensar y habitar el mundo. Su trabajo integra la ética del cuidado en el retrato editorial, la comunicación visual para marcas como el IESA y la investigación académica sobre la relación entre fotografía e inteligencia artificial.
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Un conjunto de piezas de cerámica de la Colección Juan Carlos Láncara, conforman la exposición Formas de un siglo inquieto, que será inaugurada en Caracas el próximo jueves 23 de abril de 2026 a las 7:00 p.m., en Espacio Arte al Cubo, bajo la curaduría de Tahía Rivero.
Pero seamos sensatos, esto no es un fenómeno exclusivo. Todos los que vivimos en un país con lengua distinta a la nuestra hemos aprendido primero el diccionario de la grosería local. Es el kit de emergencia para usarlo con taxistas, en pubs viendo partidos de la NFL con amigos o en una fila de supermercado en barrios modestos. Hasta aquí nada relevante. Pero de ahí a suponer que un idioma se expande o se preserva gracias al vocabulario soez, ya me parece un exabrupto. Sería como decir que la gastronomía italiana se resume en la producción de Domino’s Pizza.
El problema no son las palabrotas en sí que tienen su gracia, su ritmo y hasta su poesía, sino el encumbramiento. Convertirlas en bandera nacional, en gentilicio orgulloso, en marca registrada no debe ser. Como si hablar mal fuera hablar auténtico y hablar bien tuviera un serio sesgo socioeconómico.
Hablar bien no es usar subjuntivo perfecto ni sacar a relucir las palabras domingueras que usaba tu abuelo culto. Es comunicarse de forma adecuada, sin reducirnos a un manual de insultos exportables. La lengua tiene capas que van desde lo íntimo, lo público, lo creativo, lo profesional, y cada una merece algo más que las mismas frasecitas malandrosas repetidas como estribillo de gaita. Pueden sonar bien en ciertas bocas y en específicas circunstancias. Por ejemplo, creo que muchos justificaron la frase de cierre en la intervención de Rawayana cuando ganaron el Grammy. Permitido como muestra de regocijo y logro de la cultura pop venezolana.
Al final, el idioma se parece a nosotros porque crece o se degrada según el uso que le demos. Y si lo único que sabemos mostrar con orgullo es un arsenal de palabras altisonantes, quizá deberíamos preguntarnos si es eso lo que realmente queremos que nos represente ante el mundo. Está bien que las malas palabras nos alivien en un momento de rabia o nos hagan reír en confianza, pero reducir la riqueza de una lengua a su inventario de insolencias lingüísticas, eso sí que es, con perdón, una grosería mayor.
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Escritora y cronista.
Columnista en The Wynwood Times:
Vicisitudes de una madre millennial / Manifiesto de una Gen X














