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El fin de semana me di cuenta de que estoy rodeada de mujeres, amigas, no tan amigas, conocidas, cercanas y lejanas que se autodefinen feministas. La única coincidencia entre todas ellas, al menos en lo que expresan, parece ser una rabia total hacia la figura del hombre. No he debatido el tema con ninguna; solo las he escuchado en distintos momentos, y fue ahí cuando me pregunté: ¿soy yo feminista?

No siento aversión hacia los hombres como categoría abstracta. No puedo odiarlos en plural sin desdibujar la memoria de mi abuelo, de mi padre; sin traicionar el amor que siento por mi esposo y por mi hijo; sin borrar a mis amigos queridos, a mis primos y a mi tío. No puedo meterlos a todos en esa bolsa enorme, sucia y maloliente del “nefasto patriarcado” como si todo hombre fuera culpable por defecto.

Raquel Cartaya: Fotografía Contemporánea y Retrato Editorial

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Raquel Cartaya es una fotógrafa, docente e investigadora caraqueña que utiliza la cámara como herramienta para pensar y habitar el mundo. Su trabajo integra la ética del cuidado en el retrato editorial, la comunicación visual para marcas como el IESA y la investigación académica sobre la relación entre fotografía e inteligencia artificial.

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Lo que sí rechazo, y esto con vehemencia, es la violencia, venga de quien venga. Rechazo el abuso de poder, detesto la mente que ve en el otro un objeto para someter; pero que esas violencias se hayan ejercido históricamente desde estructuras masculinas no implica que la respuesta tenga que ser un espejo invertido. Porque eso es lo que observo ahora en una parte del movimiento, una rabia que deja de ser reclamo justo y se convierte en programa ideológico. A ver, hago un brevísimo recordatorio de Las Olas.

La llamada Primera del s. XIX hasta la primera mitad del XX buscaba derechos civiles y el voto. Para la Segunda entre los años 60 hasta los 80 lo importante era la autonomía corporal, sexual y laboral. En el momento de la Tercera ola desde los años 90 hasta 2000 aproximadamente se impulsaba la diversidad de identidades y experiencias. Y ahora en la Cuarta ola (a partir del 2010) todo se centra en la expresión en las redes sociales y en el aumento de la denuncia pública. Es en esta última donde veo algo que me inquieta.

Las redes se volvieron trinchera; la denuncia dejó de ser una búsqueda de justicia para convertirse en una forma de sentencia moral inmediata. Lo he visto, y creo que tú también. Basta un tuit, un clip de 10 segundos, una frase sacada de contexto para que la vida entera de alguien quede reducida a una acusación. Se le expulsa de la vida, se le borra de la sociedad. Y no estoy diciendo que no existan culpables, ni que debamos callar las violencias, lo que expreso es que el deseo de reparación no puede confundirse con el deseo de destrucción. No puedo apoyar un feminismo que convierte el dolor en arma. No quiero estar en la fila de quienes levantan el dedo para decidir quién merece existir socialmente y quién no. Ahí yo me pierdo, dejo de reconocerme. 

Si la lucha se vuelve campo de batalla, entonces estamos perdidos todos.

He visto grupos en las marchas del 8M en Madrid cercar a periodistas hombres, empujarlos, insultarlos, expulsarlos solo por sostener una cámara. En Santiago de Chile, durante 2019, hay registros de reporteros que fueron golpeados y perseguidos durante manifestaciones feministas masivas. Todos estos casos están documentados; cualquiera puede verificarlo, no es un chisme ni un video creado con IA. Esto habla de cómo la rabia colectiva puede convertirse en venganza primitiva, y en ese punto la revolución deja de serlo para convertirse en el reflejo invertido del poder contra el que dice luchar.

Creo profundamente en la igualdad de derechos, en el trabajo interno de reconocer nuestra parte masculina y femenina sin vergüenza. Creo que las mujeres somos en muchos sentidos una fuerza creativa sutil y compleja, capaz de sostener vida, pensamiento, deseo, cambio y un etcétera prolífico. Sin embargo, no creo en la identidad política construida sobre el resentimiento. No creo en un feminismo que necesita aniquilar al hombre para afirmarse ni creo en un movimiento que solo encuentra cohesión en el enemigo común. Prefiero navegar otras aguas, las de la reconciliación, las de la dignidad compartida; las del poder que no necesita avasallar para demostrar que existe.

No me verás jamás allí donde la igualdad se convierta en revancha. Si la revolución feminista navega exigiendo un enemigo para sobrevivir, pues está perdida. Yo elijo otro mar, y desde allí escribo.

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Escritora y cronista.

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