
Comprendí hace muchos años que un libro,
una novela, es un sueño que pide ser escrito igual
que uno se enamora: el sueño se vuelve irresistible,
es imposible hacer nada al respecto, al final
te rindes y sucumbes… B.E.E.
Picturing Queerness in The Americas: Colección Fuentes Angarita en La Neomudéjar
El South Florida Latin American Photography Forum (SoFLaFoto) presenta su investigación sobre la Colección Fuentes Angarita en el Museo La Neomudéjar de Madrid. A través de la muestra «30 años de irreverencia y visión», la exposición traza una geografía en movimiento que aborda la memoria corporal, la identidad trans, el activismo y la diáspora latinoamericana a través de la fotografía, el videoarte y el performance
EUPHORIA (Temp. 3) | Series Sobre 9
Luego de una interminable pausa de cuatro años, pudimos disfrutar de la tercera y última temporada de Euphoria, marcando el cierre de la visión nihilista y cruda de Sam Levinson sobre la juventud contemporánea.
Cine, reinas y realismo histórico
El cine histórico no solo cuenta el pasado, sino que lo profundiza. Entre telas, acentos y detalles minúsculos, construye una sensación convincente que muchos confunden con verdad documentada. Durante los últimos días, la venidera adaptación de La Odisea (2026) a cargo de Christopher Nolan ha despertado el habitual debate sobre el realismo histórico en producciones de época
Exposición “Tramas sin frontera” | Espacio Arte al Cubo
Inaugurada en la sala anexo VIP de Espacio Arte al Cubo, en alianza con Henrique Faria New York, la exposición “Tramas sin frontera”, una muestra que reúne una serie de objetos, piezas de mobiliario y obras textiles desarrolladas por el arquitecto y diseñador Ricardo Corredor en colaboración con comunidades de artesanos de Colombia y Venezuela, para MONGUÍ Handcraft
Ninoska Camacaro, Iván Cardozo y Andrés Roig | Cultura en el CVA
El jueves 11 de junio de 2026, a las 5:00 p.m., continuará el Ciclo de Tríos Musicales en la Sala Margot Boulton de Bottome del CVA Las Mercedes, con un concierto a cargo de la soprano Ninoska Camacaro, el tenor Iván Cardozo y el pianista Andrés Roig, en el marco de la programación cultural que desarrolla el Centro Venezolano Americano para celebrar su 85 aniversario.
La epifanía de las tajadas fritas | Manifiesto GenX
Ay, soñar con los ojos abiertos y tener esas epifanías breves y sustanciosas que aparecen para hacerte sonreír justo antes de que se hagan carbón las tajadas del almuerzo.… nos comenta Florángel Quintana
Patricia Calero en el marco del Miami Fiber Triennial 2026
El jueves 11 de junio de 2026 a las 6:00 p.m., será inaugurada en los espacios del Miami International Fine Arts (MIFA) la exposición Movement in Suspended Time, de la artista venezolana Patricia Calero, bajo la curaduría de Katherine Chacón, en el marco de la Miami Fiber Triennial (MFT)
De vuelta al instinto: César Millán y la reconexión con el alma de la manada
A casa llena, el reconocido especialista ofreció una cátedra magistral de psicología canina en la Expo Mascotas, recordándonos que el silencio, las reglas y la energía calmada son las verdaderas claves para sanar el caos del hogar y el vínculo con nuestras mascotas
A Bret Easton Ellis se odia o se quiere. Y me refiero a leer sus libros. Estoy dentro de estos últimos porque cada vez que vuelvo a él, me queda claro el porqué es un gran escritor. Pocos autores como este saben desmenuzar todo cuanto describe, bien sea lo banal (que abunda en la novela) o lo atroz cuando detalla con morbosidad narrativa a las víctimas del “Arrastrero”, el terrible asesino que anda suelto en el valle de San Fernando (Los Ángeles) empezando los 80’. El Bret que escribe desde sus cincuenta y seis años (digamos el real), es el Bret protagonista (el de la ficción) con apenas diecisiete años que, junto a sus amigos contemporáneos del Instituto Buckley, protagonizan Los destrozos. Y el título calza a la perfección por todo lo que sucede en esta obra de casi setecientas páginas.
A medida que nos sumergimos en la lectura nace la inevitable pregunta: ¿Pero esto es cierto, sucedió en realidad? El juego especular es inevitable desde que entendemos que el autor está narrando su vida, o buena parte de esta. Estamos en presencia de una autoficción, como dicen los entendidos. Todo comienza en el presente del autor, camuflado ahora como protagonista, cuando un buen día conduciendo por la ciudad queda sorprendido al ver a una mujer cincuentona, como él, parada en West Hollywood: “el simple atisbo de aquella mujer en persona trajo de vuelta el miedo y el miedo se lo tragó todo”. Si la mujer fue el detonante para que Bret Easton Ellis escribiera por fin su novela, Robert Mallory fue quien desencadenó la historia cuando entró en la vida de todos esos, “críos superficialmente sofisticados”.
Todos están por graduarse, todos tienen mucho dinero, los mejores autos, las mejores casas, lo mejor de lo mejor siempre. Dicho de otro modo, son tan pobres que solo tienen dinero. Y es gracias a ese dinero que tiene acceso a todo: a los locales de moda, a vestimenta y accesorios de lujo, a cualquier tipo de droga dentro de un amplísimo abanico de opciones. Las inseguridades de cada uno de ellos están a flor de piel y por lo general para eso están las pastillas, los porros, e incluso el sexo puro y duro en donde la capacidad descriptiva de Easton Ellis te pude dejar boquiabierto. Nada de amorcito y cariñitos que van y vienen, no; sino la radiografía exacta de lo que pudiera ser un guión para una película porno de alto calibre.
Como es de esperarse, Bret experimenta y lleva la batuta en el departamento sexual, bien porque se acueste con su novia Debbie Schaffer, o, utilicemos el término de la traducción, porque se folle a sus amigos más guapos. Pero, oh sorpresa cuando de la corporeidad sexual salta a los sentimientos de legítimo amor por Matt Kellner, “aunque no acabé de comprenderlo entonces, en 1981”. Mientras aclara sus emociones, ya pasan las primeras cien páginas del libro y la inquietud sembrada desde casi el principio sigue latente: ¿Quién es Robert Mallory? Y desentrañar el misterio de lo que sucedió en aquel otoño. El autor toma de nuevo distancia y aclara: “Ahora, cuarenta años después de los sucesos de 1981, escribiendo sobre este primer encuentro con Robert Mallory, rememoro aquel almuerzo mientras voy rellenando los huecos, las evasivas de algún modo reveladoras, por qué sé lo que pasó al final: conozco el relato secreto”. En ocasiones parece que asistiéramos a escenas de aquella popular serie televisiva de los noventa, Beverly Hills 90210, pero sin duda, más cruda, más dark. Salvando la distancia temporal entre la serie y el tiempo ficticio de Los destrozos que ocurre en 1981, las miserias de los personajes son las mismas, pero exacerbadas al máximo tal como sabe hacer Easton Ellis y, obviamente, porque el libro lo aguanta todo.
Ambos Bret, el real y el ficticio, tenían claro desde muy temprana edad que querían ser escritores. Todo apuntaba a ello por empeño y vocación innata. Así que el mundo conspiró, al menos en la novela, para que le surgiera una hipotética buena oportunidad.
La misma vino de manos de Terry Schaffer, el papá de su novia, quien lo consideró para desarrollar un guión televisivo. El antes, el durante y el después de lo que sucede con Terry es impactante y para sobrellevar los hechos, Bret parece disociarse de la realidad a punta de pastillas, cocaína o lo que sea, porque “el sexo, las novelas, la música y las películas eran las cosas que hacían soportable la vida, y no los amigos, las familias, el colegio, la escena social, las interacciones…” Vale la pena mencionar que Los destrozos es una rocola perfecta de la música anglo que se escuchaba en los ochenta; una pinacoteca con lo que se veía en la tv y en el cine, sin dejar de lado lo que aquel joven Bret leía con devoción: a su admirada Joan Didion, entre otras lecturas obligatorias del instituto.
La novela se intensifica cuando el Arrastrero comienza a hacer de las suyas. El pánico se apodera de la ciudad y solo de Bret, porque los demás amigos, Susan Reynolds, Thom Wright, Robert Mallory, Debbie Schaffer, Ryan Vaughn, no le dan la mayor importancia (“Nadie menciona a las chicas muertas”, reflexiona), están muy ocupados en planificar la fiesta de grado, seguir de piscina en piscina y drogarse hasta que el cuerpo aguante. También importa saber a cuál universidad apuntarse, sin mayor preocupación porque pagando todo se puede. Pero el acomplejado Bret es capaz de hilar los hechos para hallar respuesta a los terribles asesinatos cometidos: “Como escritor, siempre estás viendo cosas que no están ahí”, lo que no le impide sentirse paranoico y perseguido por el temible asesino: “Tal vez en el sur de California estábamos ya muy quemados de tanto asesino en serie como andaba en el panorama de los setenta y de principio de los ochenta… una época anterior a las cámaras de vigilancia, los teléfonos móviles y la identificación por ADN”.
La temprana emancipación de los jóvenes estadounidenses está expuesta como algo normal, pero no es menos importante destacar que los grandes ausentes de la novela son los padres de estos jovencitos que aún no llegan a la mayoría de edad. Salvo los padres de Debbie, Terry y Liz, que tampoco ayudan mucho y están por su cuenta en sus mundos de adultos, los otros están de viaje por el mundo, eso sí, manteniendo económicamente a la distancia a sus retoños y pagando muy bien a las mujeres de servicio que los atienden: “Mis padres, por ejemplo, se pasaron fuera más de dos meses en un crucero por Europa durante el otoño de 1981, cuando yo tenía diecisiete años, sin que ninguna de las dos partes mostrara la menor inquietud.” Y mientras estos viajaban, un asesino hizo de las suyas.
Para los que han leído otros libros de Bret Easton Ellis, American Psycho, Lunar Park, Menos que cero, por mencionar los que más me gustan, saben que el exceso descriptivo no sobra. Quizás omitiendo el prolongado detallismo Los destrozos tendría la mitad de las páginas, pero eso sería desvirtuar la obra y la impronta reconocida -y admirable- del autor. Lo que tal vez sobra es la cantidad de náuseas y arcadas que padece Bret cada vez que se ve comprometido, interrogado, inseguro, asustado. Reacciona de esta manera, no cuando se droga, sino cuando debe enfrentar a la cruda realidad, ese pase inesperado a la adultez como un salto al vacío. Así que, como tabla de salvación, se desdobla y crea al “participante tangible”, el otro Bret que es el que sonríe a todos, el que no quiere problemas y el que se hace notar feliz y jovial ante sus amigos.
Pero más allá de todo esto, quién es aquella mujer a la que ve en las primeras páginas del libro, hecho fundamental y que de manera magistral solo se revela casi al final. Los destrozos, puede resultar incómodo para personas sensibles. Es un libro que quizás les haga abandonar la aventura lectora al ver que el protagonista se excita al ver las fotos de uno de los occisos y que además lleva un diario de sus “pajas” (traducción dixit) con varios detalles de rigor. Además de esto, el autor coquetea y engaña con la categoría de non-fiction, pues como dice, “Fue hasta 2020 cuando sentí que podía comenzar con Los destrozos, o cuando Los destrozos decidió que Bret estaba listo, porque el libro se me anunció… y no al revés.

“En todo caso, lo más importante de la historia es descubrir quién es el asesino, seguirle la pista cada vez que deja un poster, desordena la habitación de su próxima víctima y desolla a la mascota de turno. ¿Nada es lo que parece o todo es tan evidente que no nos damos cuenta? Hay que leer.
Fun Fact:
Para los más curiosos visita en Youtube Music la lista de reproducción “Los destrozos”, con todas o casi todas las canciones que suenan a lo largo del libro. Un viaje musical a los ochenta.
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Licenciado en Letras y escritor.
Columnista en The Wynwood Times:
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