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El día que estaba planificado el nacimiento de su primer hijo, Amanda se levantó a las cuatro de la madrugada soñando con el canto de los gallos, como si la voz de algún profeta viniera allí, premonitoria, y pudiera borrar el inexorable destino que signa los embarazos por encargo en mujeres rotas emocionalmente. Amanda lleva en su vientre a Lázaro, el hijo—mercancía que sacará de los graves problemas económicos con que vive desde hace años, producto de las malas decisiones financieras de Alex, su marido.

—Es una completa locura los que estás haciendo, Amanda. Vas a parir una mercancía, ¿no te das cuenta? Hay que tener bolas para hacer semejante vaina, dijo Alex. 

—Tú hablas como si se tratara de un pedazo de carne que pides en el frigorífico y que exquisitamente vas a devorar con tus colmillos animales y luego vomitas sin ningún tipo de sentimiento. Yo no. Yo hablo desde las entrañas del dolor, de quien necesita dar este paso para seguir sosteniendo la poca vida que tengo, bueno, si se puede llamar vida a esto. Sí, es una aberración, como aberrante es escucharte sin ningún tipo de responsabilidad y compasión, dijo Amanda. 

Una tarde profundamente criolla en Madrid

Una tarde profundamente criolla en Madrid

Cabrujas supo escribir desde el presente para la eternidad. La Venezuela que se nos venía encima estaría marcada por la censura, la crueldad y una polarización que toda realidad cubriría con la neblina de la insensatez.

Séptima Edición de “Adolescentes desde casa”

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Toda crisis deja marcas profundas, pero también activa la resiliencia y la capacidad colectiva de sanar. Partiendo de ello y con la consigna «Reconstrucción: testimonios de la solidaridad» la Dirección General de Cultura de la UCAB convocó la séptima edición del concurso de creatividad y expresión «Adolescentes desde casa»

Érase una vez un viaje | Otra mirada

Érase una vez un viaje | Otra mirada

Publiqué una novela, “Los fantasmas de Otto Müller”, que ahora mismo busca su lugar lejos de mí; los libros, una vez publicados, le pertenecen al mundo. Escribí otras que ahora mismo buscan editor: “Alea iacta est”. El viaje ha sido largo, pero ya he tocado tierra.

Entre la geometría y el paisaje | Galería Freites

Entre la geometría y el paisaje | Galería Freites

La Galería Freites nos lleva a un recorrido entre la Geometría y El Paisaje, a través de las obras de Carlos Evangelista y Pedro Ángel González
Extracto: La exposición “Las Variaciones modulares de Carlos Evangelista” en la Galería Freites refuerza nuestra voluntad para difundir los lenguajes geométricos … La exposición “Pedro Ángel González. La luz en el paisaje.” forma parte del programa de la Galería Freites, dedicado a estudiar y difundir la obra de los maestros venezolanos que abrieron paso a la modernidad a principios del siglo XX

Los fantasmas de Otto Müller: El mal, el exilio y los secretos del pasado

Los fantasmas de Otto Müller: El mal, el exilio y los secretos del pasado

Con “Los fantasmas de Otto Müller”, Miguel Ángel Latouche logra una obra de gran calado ético y narrativo. Más allá del ritmo trepidante de su trama, la novela se despliega como una lectura rica en capas y matices que exige un lector cómplice. Respaldado por una sólida formación teórica y estética, Latouche nos entrega un estudio brillante sobre las zonas oscuras de la condición humana

Finjamos demencia | Manifiesto GenX

Finjamos demencia | Manifiesto GenX

Hagamos de cuenta que todo funciona en nuestras cápsulas.
Actuemos como si no hubiera guerra del otro lado del mundo ni enfrentamientos entre conciudadanos por la permanencia de bacterias contaminantes. Estemos aquietados ante la estridencia de otras ideas que insisten en hacerse escuchar. Permanezcamos en posición de loto a pesar de la condición gastada del cojín…. nos comenta Florángel Quintana

Un asesino, una ciudad y una chica: la historia de la primera actriz moderna

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Louise Brooks, conocida hasta ese momento por su icónica imagen en la pantalla, escribió un artículo agudo y anticipado sobre El gran Gatsby (1925), la novela de F. Scott Fitzgerald. Sin firmar y publicado en distintas revistas culturales, el texto no solo repasaba la estructura de la novela, sino que afirmaba con contundencia que Fitzgerald y su obra alcanzarían la categoría de clásico

Indira Páez y su segundo poemario “Animal de mudanza” | Reseña de Alberto Márquez

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La escritora Indira Páez publica su poemario Animal de mudanza (MEL Projects Publishing), una exploración frontal del exilio y la memoria. El libro, analizado críticamente por Alberto Márquez como un testimonio de resistencia y avería doméstica, celebra su presentación en Miami con un recital solidario destinado a la reconstrucción de escuelas de Fe y Alegría en Venezuela.

—Y qué quieres que te diga, ¿que tu idea es tan fantástica como las novelas de García Márquez? No, lo tuyo es una locura químicamente pura, —agregó Alex. 

—Tú lo engendraste, ¿recuerdas? ¿O yo metí el dedo en un vaso de leche caliente y zas, he aquí que estoy preñada? También te recuerdo que quien nos metió en graves deudas fuiste tú, tú y tus desatinos en los negocios. Si yo voy a parir una mercancía, tú solo sabes engendrar desgracia —sentenció Amanda. 

Ambos se miraron, vulnerables, tensos, sin ilusiones, en la única certeza capaz de unirlos, salir de la descomunal deuda que se traga sus vidas. 

Suena el teléfono. Amanda recibe una llamada de los futuros padres. Preguntan por su salud, por su estado emocional y el troglodita de su marido. Ella, calma, da respuesta como si se tratara del plan más estratégico de la historia. Su temple, acrisolado por el fuego de la desventura, le permite estar de pie sin que el temblor de las dudas le admita pensar por algún momento si está o no haciendo lo correcto. Pregunta por el dinero, le aseguran que está depositado en la cuenta Zelle suministrada. Solo queda esperar el parto y entregar al niño, para salir del tremedal donde ella y su marido se hunden sin esperanza, vender a su primer hijo y el derrumbe de un matrimonio que solo alcanzó para la bancarrota, la miseria, el dolor descarnado. Cuelga. Alex toma su chaqueta y sale del cuarto de la clínica. Amanda se queda sola, en silencio. Se sienta, observa la ciudad en su río de almas sin descanso. 

“¿Hacia dónde irá la persona que maneja el carro plateado, atravesando urgente la avenida? ¿Qué necesidad le demanda tal velocidad? ¿Quién lo espera del otro lado de la ciudad para calmar su angustia?”, digo esto y me doy cuenta de mis imaginaciones, las fantasías donde me proyecto y escondo, evitando hacerme las necesarias preguntas que puedan sacarme de este maldito atolladero. ¿Hacia dónde voy yo y para qué? ¿Qué es lo que necesito? ¿Dónde está? ¿Dónde estoy yo? 

Por la mente de Amanda un océano de preguntas comenzó a emerger, con la fuerza propia de las aguas tempestuosas. En un segundo imprevisto, la conciencia lanzó una chispa ingobernable sobre su mente e incendió de imágenes difíciles la geografía existencial de su vida. El rotundo peso de sus cavilaciones la fue aislando de lo real y sumergiéndola en su sombra, el fondo radical donde su vena autoagresiva se fue inflamando de rabia, una rabia incontenible, como la fuerza última capaz de dar un giro absoluto a la ruina que sobre sus hombros labró el peso de la culpa. 

Amanda se levantó, y buscó en su bolso de ropa donde celosamente guardó el cofre con las joyas que heredó de su madre; el esplendor nostálgico de una época plena de goce y lujo. Tomó un collar de perlas donde se dibujó la impecable sonrisa de su rostro, las colgó en su cuello, luego vistió sus labios con el carmín para las épocas especiales, tomó su perfume y se sumergió en el vapor impúdico que a más de un hombre arrebató el fuego de la palabra. Su espalda abrió paso al chal de terciopelo negro donde se emancipó, siendo adolescente, entregada al fiero deseo de un hombre en cuyos labios se colgó el futuro, prometiendo lejanos brillos que se encarnaron en maldiciones. Mantuvo sus pies descalzos, como el único contacto con la realidad, mientras caminaba hacia el espejo para verse regia, firme, con un aura delirante, mientras por el ventanal del cuarto se adentraba la voz de Ney Matogrosso, que desde la lejanía la hacía flotar en la seda de su aliento extranjero.

Luego volteó, descubriendo la diagonal perfecta entre el espejo y el balcón de la habitación, hacia donde caminó en la flotación exacta de un deseo irreparable. Cruzó el umbral de la puerta, apoyó sus manos tensas sobre las barandas del balcón y desnudó la carcajada fosilizada en sus entrañas desde antes de nacer, para despertar la única inocencia que durante nueve meses la hizo sentir viva, Lázaro, su hijo. Y sin más, se sentó sobre la baranda para dar una vista panorámica a la ciudad y dejarse caer desde el doceavo piso de la clínica, sobre la belleza de su muerte, en la paradoja de su última catástrofe, la más hermosa, ser definitivamente libre, mientras el peso de su cuerpo estrella su euforia sobre el asfalto, para detener a toda una ciudad en la imagen piadosa de una madre y su hijo despedazados contra la vida. 

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Yorgenis Ramírez
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Escritor | Personal Brander | Storyteller | Copywriter

Colaborador articulista de The Wynwood Times

Columna: Apuntes desde el vértigo