
El día que estaba planificado el nacimiento de su primer hijo, Amanda se levantó a las cuatro de la madrugada soñando con el canto de los gallos, como si la voz de algún profeta viniera allí, premonitoria, y pudiera borrar el inexorable destino que signa los embarazos por encargo en mujeres rotas emocionalmente. Amanda lleva en su vientre a Lázaro, el hijo—mercancía que sacará de los graves problemas económicos con que vive desde hace años, producto de las malas decisiones financieras de Alex, su marido.
—Es una completa locura los que estás haciendo, Amanda. Vas a parir una mercancía, ¿no te das cuenta? Hay que tener bolas para hacer semejante vaina, dijo Alex.
—Tú hablas como si se tratara de un pedazo de carne que pides en el frigorífico y que exquisitamente vas a devorar con tus colmillos animales y luego vomitas sin ningún tipo de sentimiento. Yo no. Yo hablo desde las entrañas del dolor, de quien necesita dar este paso para seguir sosteniendo la poca vida que tengo, bueno, si se puede llamar vida a esto. Sí, es una aberración, como aberrante es escucharte sin ningún tipo de responsabilidad y compasión, dijo Amanda.
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—Y qué quieres que te diga, ¿que tu idea es tan fantástica como las novelas de García Márquez? No, lo tuyo es una locura químicamente pura, —agregó Alex.
—Tú lo engendraste, ¿recuerdas? ¿O yo metí el dedo en un vaso de leche caliente y zas, he aquí que estoy preñada? También te recuerdo que quien nos metió en graves deudas fuiste tú, tú y tus desatinos en los negocios. Si yo voy a parir una mercancía, tú solo sabes engendrar desgracia —sentenció Amanda.

Ambos se miraron, vulnerables, tensos, sin ilusiones, en la única certeza capaz de unirlos, salir de la descomunal deuda que se traga sus vidas.
Suena el teléfono. Amanda recibe una llamada de los futuros padres. Preguntan por su salud, por su estado emocional y el troglodita de su marido. Ella, calma, da respuesta como si se tratara del plan más estratégico de la historia. Su temple, acrisolado por el fuego de la desventura, le permite estar de pie sin que el temblor de las dudas le admita pensar por algún momento si está o no haciendo lo correcto. Pregunta por el dinero, le aseguran que está depositado en la cuenta Zelle suministrada. Solo queda esperar el parto y entregar al niño, para salir del tremedal donde ella y su marido se hunden sin esperanza, vender a su primer hijo y el derrumbe de un matrimonio que solo alcanzó para la bancarrota, la miseria, el dolor descarnado. Cuelga. Alex toma su chaqueta y sale del cuarto de la clínica. Amanda se queda sola, en silencio. Se sienta, observa la ciudad en su río de almas sin descanso.
“¿Hacia dónde irá la persona que maneja el carro plateado, atravesando urgente la avenida? ¿Qué necesidad le demanda tal velocidad? ¿Quién lo espera del otro lado de la ciudad para calmar su angustia?”, digo esto y me doy cuenta de mis imaginaciones, las fantasías donde me proyecto y escondo, evitando hacerme las necesarias preguntas que puedan sacarme de este maldito atolladero. ¿Hacia dónde voy yo y para qué? ¿Qué es lo que necesito? ¿Dónde está? ¿Dónde estoy yo?
Por la mente de Amanda un océano de preguntas comenzó a emerger, con la fuerza propia de las aguas tempestuosas. En un segundo imprevisto, la conciencia lanzó una chispa ingobernable sobre su mente e incendió de imágenes difíciles la geografía existencial de su vida. El rotundo peso de sus cavilaciones la fue aislando de lo real y sumergiéndola en su sombra, el fondo radical donde su vena autoagresiva se fue inflamando de rabia, una rabia incontenible, como la fuerza última capaz de dar un giro absoluto a la ruina que sobre sus hombros labró el peso de la culpa.
Amanda se levantó, y buscó en su bolso de ropa donde celosamente guardó el cofre con las joyas que heredó de su madre; el esplendor nostálgico de una época plena de goce y lujo. Tomó un collar de perlas donde se dibujó la impecable sonrisa de su rostro, las colgó en su cuello, luego vistió sus labios con el carmín para las épocas especiales, tomó su perfume y se sumergió en el vapor impúdico que a más de un hombre arrebató el fuego de la palabra. Su espalda abrió paso al chal de terciopelo negro donde se emancipó, siendo adolescente, entregada al fiero deseo de un hombre en cuyos labios se colgó el futuro, prometiendo lejanos brillos que se encarnaron en maldiciones. Mantuvo sus pies descalzos, como el único contacto con la realidad, mientras caminaba hacia el espejo para verse regia, firme, con un aura delirante, mientras por el ventanal del cuarto se adentraba la voz de Ney Matogrosso, que desde la lejanía la hacía flotar en la seda de su aliento extranjero.
Luego volteó, descubriendo la diagonal perfecta entre el espejo y el balcón de la habitación, hacia donde caminó en la flotación exacta de un deseo irreparable. Cruzó el umbral de la puerta, apoyó sus manos tensas sobre las barandas del balcón y desnudó la carcajada fosilizada en sus entrañas desde antes de nacer, para despertar la única inocencia que durante nueve meses la hizo sentir viva, Lázaro, su hijo. Y sin más, se sentó sobre la baranda para dar una vista panorámica a la ciudad y dejarse caer desde el doceavo piso de la clínica, sobre la belleza de su muerte, en la paradoja de su última catástrofe, la más hermosa, ser definitivamente libre, mientras el peso de su cuerpo estrella su euforia sobre el asfalto, para detener a toda una ciudad en la imagen piadosa de una madre y su hijo despedazados contra la vida.
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Escritor | Personal Brander | Storyteller | Copywriter
Colaborador articulista de The Wynwood Times
Columna: Apuntes desde el vértigo









