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En 1912, una mujer rolliza y de rostro pálido fue asesinada a golpes en el patio de la cárcel en la que se encontraba recluida desde hacía meses atrás. Al final, su cuerpo fue desmembrado y nadie se atrevió a tocarlo por días enteros. Enriqueta Martí murió de la misma manera violenta en que vivió: durante su corto reinado de terror secuestró, torturó, prostituyó y asesinó a más de doce niños en la Barcelona, España.
Su historia, no solo es una de las más escalofriantes de la crónica negra del mundo, sino también, símbolo de la extraña fascinación que despiertan las mujeres que matan. Una historia que se remonta a siglos de antigüedad y que resume una extraña ambivalencia en la forma en que se percibe la feminidad y la violencia.
Aun en la actualidad, la idea que una mujer pueda ser violenta, agresiva o “malvada”, nos resulta incomprensible. Nos resistimos a ella, intentamos catalogarla en algún estrato que le reste consistencia. Como si se tratara de un rasgo inadmisible. Hasta hace menos de tres décadas, en buena parte de los países de Europa, las mujeres que participaron en crímenes junto a sus maridos, eran exoneradas por “obedecer la potestad matrimonial”, aunque su participación en cualquier crimen fuera tan evidente y activa como la de su marido.
¿Por qué esa sutil diferencia entre la violencia entre géneros? ¿La violencia femenina es distinta a la que puede ejercer el hombre? Sin duda, la cultura y sus exigencias, hace que la mujer perciba la violencia de manera diferente al hombre y quizás, ese ligero matiz es lo que haga por completo distinta la manera como se asume.
El mal y la mirada inquietante hacia la percepción de lo perverso
La escritora Katherine Quarmby ha dedicado años de investigación al análisis sobre los crímenes cometidos por mujeres. Lo que hace — o no — violenta a una mujer son inquietantes y la mayoría de las veces, difíciles de analizar. Según Quarmby que la violencia en la mujer tiene un ingrediente sociológico que lo hace inquietante.
Para ilustrar la idea, cuenta un testimonio temible: Durante el genocidio ruandés, había grupos de mujeres que arrojaban pimienta de cayena por las casas, sabiendo que eso haría estornudar a los niños escondidos, lo que permitiría su captura y asesinato.
Lo que la autora llama ese “profundo conocimiento de la infancia” y sobre todo, esa natural comprensión sobre el comportamiento infantil, hacen que el crimen tenga una connotación nueva y temible. Desconocida para la sociedad.
Pero en realidad, las mujeres asesinas — o la mujer que mata, a pesar de la presunción de la bondad que suele achacarse al género — no es un fenómeno reciente ni mucho menos, consecuencia de nuestra visión contemporánea sobre el bien y el mal. Ya hace 2500 años, la historia de Clitemnestra — que asesinó a sangre fría a su marido Agamenón, que regresaba convertido en un héroe de guerra — sorprendió y fascinó a los Atenienses, para quién la posibilidad de la maldad femenina era menos que sorprendente.
La sociedad griega consideraba a la mujer un ciudadano de segunda categoría, que carecía de los atributos morales e intelectuales para considerarse maligna. De modo que los crímenes cometidos por mujeres eran considerados con frecuencia estallidos de ánimo, locura o incluso, ceguera amorosa. Jamás un acto criminal por sí mismo.
Pero con Clitemnestra todo era distinto: no solamente mató a Agamenón con mano firme, sino después de haber planeado su muerte. O eso sugería lo terrible de todo lo ocurrido: la esposa, esperó a que el marido, recién llegado, se relajara en el baño para apuñalarlo hasta la muerte. No una pelea, enfrentamiento ni tampoco, ningún indicio que mostrara que Clitemnestra era una asesina por pasión. De hecho, era evidente que se trataba de un acto de profunda perfidia, por lo que Clitemnestra se convirtió en la primera mujer consideraba villana en la historia.
Por supuesto, la existencia — y el furor asesino de Clitemnestra — parecían ser la excepción y no la regla, con respecto a la idea de la mujer asesina. Durante siglos, la idea de la mujer que mata se relacionó directamente con el dolor, los celos e incluso, con la pérdida del control de la mujer sobre sus emociones, al contrario de los asesinos masculinos, cuyo comportamiento solía interpretarse desde la psicopatía y su capacidad para la crueldad.
No obstante, casos como el de Enriqueta Martí, desconcertaron al público de la época y también, a los incipientes psiquiatras que trataron sin demasiado acierto de analizar el hecho violento aparejado con el contexto que rodeaba al asesino. Para la gran mayoría, una mujer capaz de matar era fruto del trauma, del miedo o del dolor. La posibilidad de algo distinto — una asesina llevada por la ambición o simplemente el deseo de matar — resultaba impensable.
La oscuridad y las puertas cerradas de la razón
Aun así, los ejemplos parecían sugerir lo contrario: La figura inquietante de Lavinia Fisher aterrorizó entre 1800–1819 a buena parte de EEUU, luego que se descubriera que había asesinado a puñaladas a más de 100 personas en una posada en Carolina del Sur, cerca de Charleston. Corrieron ríos de tinta sobre los crímenes que cometió, pero también la posada se convirtió en un atractivo turístico para la región. Fisher era mujer hermosa, acaudalada y sofisticada que desafiaba cualquier explicación temprana sobre el motivo que le llevó a matar.
En apariencia lo hacía porque podía — y porque así lo deseaba — por lo que la tesis sobre un impulso instintivo y emocional, quedaba descartado de inmediato. Llegó a decirse que Fisher “carecía de sentimientos” — los periódicos insistieron en describir su actitud altiva durante el juicio — y que incluso, “padecía” de una frialdad “inexplicable”. Al final, Fisher fue condenada a muerte, pero el misterio de la razón por la cual cometía sus crímenes — más allá de la avaricia — continuó siendo un misterio.
Lo mismo ocurrió con Mary Jane Jackson, la controvertida Madame Bricktop, que en 1860, desfiguró y mató a cuatro hombres en Nueva Orleans. De nuevo, cundió el asombro y el miedo, pero también la curiosidad sobre sus asesinatos y en la actualidad, la ciudad aún recuerda su historia con vicios de leyenda. Cómo Fisher, Jackson era una mujer de notoria belleza y elegancia, además de ser considerada inteligente y de impecables modales.
Pero eso no impidió que no sólo cometiera asesinatos de enorme crueldad — a una de sus víctimas le arrancó los ojos y la miró desangrarse por horas — sino, sin un motivo claro más allá del deseo de hacerlo. Para los psiquiatras de la época, se trataba de un misterio inexplicable. Se llegó a teorizar que la frialdad de Jackson al asesinar era de hecho, la demostración evidente de “un tipo de locura inexplicable”. Pero Mary Jane insistió siempre que pudo en que se encontraba cuerda y que de hecho, había matado “a placer”.
Con Enriqueta Martí ocurrió otro tanto: La mujer jamás se arrepintió de sus crímenes y de hecho, hasta el día de su muerte aseguró que lo había hecho por “deseos”. Durante buena parte de su vida, Martí se llamó a sí misma “curandera”, por lo que varios de sus crímenes fueron considerados “obra de magia negra y ocultismo”. Pero la gran mayoría, eran producto directo de la crueldad: Martí secuestraba niños a los que rapaba el cabello para luego prostituirlos en su propia casa. También les torturaba privándoles de comida o bebida. Cuando alguno moría, les desmembraba y utilizaba sus huesos para “pócimas” que después vendía a acaudalados enfermos de la ciudad. Al final, los crímenes de Enriqueta Martí no sólo eran fruto de un instinto asesino o un instinto pasional, sino real crueldad.
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Bruja, fotógrafa y escritora.
Columnista en The Wynwood Times:
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