«Me encontraba allí con los brazos extendidos hacia el abismo,
acariciando la idea de arrojarme en él.»
—Johann Wolfgang von Goethe, Las penas del joven Werther

Francia otorga la Orden de las Artes y las Letras en grado de Chevalier a la Ing. María Beatriz Hernández de Vargas
La República Francesa confirió la Orden de las Artes y las Letras en grado de Chevalier a la Ing. María Beatriz Hernández de Vargas por su gestión al frente del Centro Cultural de Arte Moderno (CCAM). La condecoración, entregada por el embajador Emmanuel Pineda, reconoce el fortalecimiento de los lazos culturales bilaterales, la diplomacia feminista y la trayectoria del CCAM como referente artístico en Venezuela.
Salón Jóvenes con FIA vuelve al Centro Cultural UCAB | 2026
El 29 de octubre de 2026, a las 3:00 p.m., será inaugurado el 26º Salón Jóvenes con FIA bajo el concepto La luz que permanece, en el Centro Cultural UCAB, con la exposición de las obras de los artistas participantes e invitados fuera de concurso, y la guía curatorial de los artistas Ricardo Arispe y Juan Toro Diez.
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Séptima Edición de “Adolescentes desde casa”
Toda crisis deja marcas profundas, pero también activa la resiliencia y la capacidad colectiva de sanar. Partiendo de ello y con la consigna «Reconstrucción: testimonios de la solidaridad» la Dirección General de Cultura de la UCAB convocó la séptima edición del concurso de creatividad y expresión «Adolescentes desde casa»
Por Joaquín Ortega.
El título Influencia repica como cuatro golpes de un tambor. Ya, en su propia raíz, es una promesa de un ejército invasor. Del latín influere —«fluir hacia dentro»—, influentia designaba en su origen el efluvio etéreo que las estrellas derramaban sobre el carácter y el destino de los hombres. Con el tiempo la palabra se volvió polisémica: flujo de agua, poder invisible que modifica sin tocar, contagio de estados de ánimo, incluso la embriaguez que altera la voluntad. Rubén Machaen recupera todas esas acepciones y las convierte en el nervio de su texto, a veces poemario a veces diario de una reconstrucción emocional. Aquí la influencia es cicatriz de la pandemia y de los fantasmas privados que también son nuestros.
Desde las primeras páginas, marcadas por el tono de una terapia colectiva, el libro traza una radiografía descarnada de las percepciones al límite: el aislamiento, la claustrofobia, la sombra afilada de la tristeza. Comprender ese dolor no supone buscar soluciones rápidas; el autor se sumerge en el fango de las obviedades para interrogar por qué duele lo que duele o por qué extrañamos lo que en realidad ya no hace falta. Con precisión quirúrgica registra el peso físico de la melancolía —el bloqueo en el esternón, el insomnio perpetuo, el desgaste de la voluntad— y retrata al sujeto elocucionario ya no como un héroe trágico, sino como un náufrago urbano atrapado entre sus pensamientos y la imposibilidad de hallar respuestas definitiva a tanto ahogarse para nunca morirse. Aquí todo vacío se vuelve una pulsión seductora: la atracción persistente hacia el silencio definitivo, una reiteración onírica del gesto que cierra el círculo roto, una invitación del abismo que el texto no rehúye, sino que contempla con una lucidez casi hipnótica y que goza incluso que la muerte no llegue.
Aceptar las propias carencias y dejar de huir de la conciencia es el primer movimiento. Machaen va desarmando los mitos de la redención y de la paz endulzada con Splenda: nadie viene a este mundo a ser feliz por decreto, sino a descubrir aquello que mínimamente lo irá sosteniendo en pie. El texto fragmentado a veces solo funciona como una lámpara mágica que rebota la culpa, los duelos postergados y esa tentación sorda de salir de escena que tiene todo actor principal al que le han asignado un papel de reparto. Será solo en la confrontación con el fondo del vacío cuando se deja la autocompasión para transforma en una navaja de supervivencia. Reconocer el daño y la fragilidad se vuelve el punto indispensable para comenzar a transitar hacia el exterior, pero hay que cortar la mala matriz primero. Hay que ser el agente de su propia cesárea.
La salida que propone Influencia no se consuma en un final feliz ni de cuento de hadas, es más bien la aceptación activa de la existencia a través de la creación y de la capacidad cotidiana de vestirse con el guardarropa que se tiene a mano. Cuando las palabras fallan y los mapas mentales ya no coinciden con el territorio, el autor encuentra en la escritura —y en el acto de «tararear canciones sobre el fin»— una manera de suspender el vértigo y seguir habitando el presente. La vida solo es posible en medio de su propia destrucción y constante transformación, como un profeta terco que se pierde en su propio fin del mundo. Jamás se borrarán las cicatrices del encierro, pero si puede aprender a caminar con ellas, convirtiendo el dolor en testimonio estético y en voluntad de permanecer, escribir y sostenerse cuando mañana vuelva a ser otro día, con todo lo lejos que se vea desde la medianoche.
Más allá de estos temas, mucho de la potencia del texto vive en su estructura formal: un híbrido genérico que bascula fluidamente entre la poesía confesional, la crónica urbana, el ensayo fragmentario y el soliloquio dramático. Machaen organiza la obra mediante piezas que simulan una terapia grupal o voces corales. Esta polifonía refleja una mente directora que dialoga consigo misma y con los vivos menos muertos del entorno. El monólogo interior dota al texto de una urgencia rítmica implacable. Versículos de aliento largo, densos y cargados de sedimentos semánticos, contrastan con ráfagas de prosa poética punzante y directa.

Uno de los aciertos más notables es el ritmo sincopado. La cadencia imita el pulso de la ansiedad y de la dependencia dopamínica: alterna pausas contemplativas —postales del desierto, paisajes nocturnos— con descargas viscerales de lenguaje coloquial, áspero y malhumorado. Encontramos pureza lírica tradicional con jergas urbanas, referencias musicales (Depeche Mode, el blues, el rock) y expresiones crudas, de modo que el andamiaje lingüístico resulta tan corpóreo como resquebrajado.
La metaliteratura opera como un recurso estructural fundamental. El texto reflexiona sin descanso sobre sus propios límites, sobre el acto de escribir y sobre la incapacidad del lenguaje para atrapar la experiencia total. Frases como «leer en vez de escuchar requiere de la misma paciencia que escribir en vez de hablar» o «escribir es inútil cuando reconoces que ningún mapa coincide con el territorio» sitúan al libro en un ejercicio metarreflexivo constante. Influencia se convierte así en una construcción autoconsciente que desconfía de la retórica de autoayuda y opta por una estética de herida tratada apenas con agua y sal.
En definitiva, la forma literaria es un reflejo especular del contenido: un Backrooms literario donde el verso libre, la prosa fragmentaria y el tono confesional se articulan con precisión de relojero astral. Cada signo de puntuación, cada balbuceo y cada pausa funciona como una muralla contra el silencio. Machaen demuestra que la forma poética puede convertirse en el único territorio habitable cuando el mundo exterior se viene encima y nadie quiere mirarnos como reyes de nuestras propias ruinas,
@ortegabrothers
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Nota de prensa









