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Caracas cielo

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Título: De regreso
Autor: Carlos Eduardo Pérez Robayna

La ataraxia en tiempos de hiperconectividad | Manifiesto GenX

La ataraxia en tiempos de hiperconectividad | Manifiesto GenX

Ay, qué ganas de estar en calma, tranquilidad, impavidez total. No presenciar líos ajenos y que nada nos perturbara los intestinos. Dejar pasar, por ejemplo, la fulana fecha del 1 de agosto como quien ve una crecida de río y sabe que solo tiene que esperar que el sol y la tierra hagan su parte…. nos comenta Florángel Quintana

Sylvia Plath: Unas reflexiones sobre el dolor y la búsqueda de la identidad

Sylvia Plath: Unas reflexiones sobre el dolor y la búsqueda de la identidad

Sylvia era incapaz de estar sola, de permanecer en silencio y ella misma lo admite “Me aturde la posibilidad de no decir una sola cosa por demasiado tiempo. El mundo deja de existir sino no lo describo, desmenuzo, elaboro a través de todo lo que las palabras pueden brindarme” le insistió a su madre dos días después.

Vicente Ulive-Schnell y su novela “Coco Express”

Vicente Ulive-Schnell y su novela “Coco Express”

Vicente Ulive-Schnell es un escritor y artista venezolano que reside en París desde el año 2001. Llegó a Francia para cursar estudios superiores y terminó con un doctorado en filosofía del lenguaje en el 2007. Lleva cinco novelas publicadas entre Venezuela, España y Francia; Perico exprés (título en francés, Coco Express) es su trabajo más reciente.

VOLVER … | (Disertación desesperada para la Venezuela que empieza)

VOLVER … | (Disertación desesperada para la Venezuela que empieza)

Hoy, Venezuela camina sobre una geografía fracturada por los recientes terremotos. La tierra tembló para recordarnos, con la violencia de un eco subterráneo, que nada de lo que creíamos sólido era inmune al colapso. Ante las fachadas caídas, los ascensores clausurados y las calles agrietadas … nos comenta Richard Rey

Metáfora de un país | El pabellón criollo hecho ruina

Metáfora de un país | El pabellón criollo hecho ruina

El Pabellón de Venezuela en la Bienal de Venecia 2026 está cerrado al público ante el riesgo inminente de un colapso estructural. Esta crítica situación impide que la histórica joya arquitectónica diseñada por Carlo Scarpa en los Giardini pueda albergar con normalidad su representación en la 61ª Exposición Internacional de Arte, In Minor Keys.

Levanté la mirada y alcancé a ver sus brazos entre la multitud. Después de muchos años, pude reconocer ―a través de los ventanales― aquellas manos que me despidieron dos décadas atrás. Corrí, arrastrando la maleta, hasta llegar a su lado y fundido en su maternal abrazo, me dejé llevar por el río de emociones que suponía reencontrarnos. Sus ojos, cubiertos de brillo, expresaban una gran alegría. La mirada no le había cambiado. El rostro enjuto y arrugado hablaba del paso del tiempo. 

De nuevo en mi patria, entre los míos.

Salir del aeropuerto me trajo, de nuevo, el calor tropical. Ese calor húmedo que se cuela entre la ropa y la piel. Para los que viven en Venezuela, puede pasar desapercibido, pero de ninguna forma a quien regresa de haber vivido en Alaska. La tarde se entregaba a las sombras y cuando llegamos al estacionamiento, el sol se hincaba en el horizonte, mientras la noche se abotonaba de raso y lentejuelas. 

Al tomar la autopista, en dirección a Caracas, me sorprendió la radiante iluminación, las brillantes barandas de aluminio y el vivo color de las demarcaciones. No se parecía a la autopista que yo recordaba. El denso tráfico emulaba al de la ciudad de Los Ángeles, donde había pasado un par de días en mi ruta de regreso. No podía dar crédito a lo que desfilaba por delante de mis ojos. La urbe lucía vibrante, moderna, llena de vegetación, vallas luminosas y gente en movimiento.

El reluciente aviso de chocolates Savoy, al pasar la Plaza Venezuela, hizo que le quitara la vista al mural de Zapata. No pude menos que soltar un par de lágrimas de emoción, pensando en las veces que acompañó mis madrugadas festivas. 

Conversábamos con prisa. Pretendíamos apretujar en minutos los años de separación. Las horas semanales de encuentros virtuales no reemplazaron la necesidad de tomarnos de manos y acariciar nuestros sentidos. 

Si bien, en muchas ocasiones, me comentaban acerca del gran cambio, siempre me mantuve escéptico con relación a lo que encontraría. Estaba gratamente sorprendido. Esa no era la Caracas que me despidió, apagada y deslucida, llena de miedos y encierros. Me alegró estar equivocado.

La noche se estiró. Rodeado de vecinos, amigos y familiares, fui empujado a comer, desde hallacas descongeladas, hasta un bienmesabe del día. Los olores y sabores se llevan en la memoria y son ellos los que nos hacen evocar el pasado. Al comprar la comida, en Anchorage, revisaba los estantes y las neveras buscando plátanos y queso llanero. Ese olor y sabor, a menudo asaltaba mis sentidos.  Nunca perdí la esperanza de encontrarlos. Mi madre lo sabía y eso fue lo primero que trajo a la mesa. Plátano frito y queso rallado.

Mis primos compartieron, llenos de orgullo, su mejor botella de ron carupanero. Sentí ese calor de gente que uno extraña en otras latitudes y me maravillé del cambio de actitud de algunos vecinos que se habían alejado por diferencias de pensamiento. Gente amable, con sentido del humor, hospitalidad y un vago sentido del valor del  tiempo. 

Vino a mi memoria la nación del siglo pasado, la que construyó el túnel más largo de Sudamérica y le dio la oportunidad de formarse a los mejores profesionales. El maestro Abreu y sus miles de músicos. Recordé también mi época de estudiante y los largos espacios llenos de arte, en la Universidad Central. 

Hice arreglos para que el día siguiente me llevaran a corretear las palomas en la Plaza Bolívar, tal como lo hice de pequeño, cuando confirmaron mi bautismo en La Catedral. 

Venezuela y los venezolanos habían reconstruido un espacio donde sería factible sembrar sueños y cosechar logros.

De regreso, a la Venezuela que también estaba de regreso.

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