
Género: Drama
Creado por: Sam Levinson.}
Guión: Sam Levinson. Basada en la serie homónima israelí creada por Ron Leshem
Producido por: Sam Levinson, Kevin Turen y Ravi Nandan
Temporadas: 3
Episodios: 26
Origen: Estados Unidos
Idioma: Inglés
Lanzamiento: 16/06/2019
Distribución: HBO
“Cada uno de nosotros, es más
que lo peor que hayamos hecho"
Bryan Stevenson.
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Luego de una interminable pausa de cuatro años, pudimos disfrutar de la tercera y última temporada de Euphoria, marcando el cierre de la visión nihilista y cruda de Sam Levinson sobre la juventud contemporánea.

Con un salto temporal de cinco años que sacó a los personajes del entorno escolar para arrojarlos a la brutalidad de la adultez temprana, esta entrega dividió a la crítica, pero consolidó su estatus como fenómeno cultural.
El cierre de la serie, culminado con el devastador episodio final titulado "In God We Trust" (En Dios confiamos), se desmarcó de sus predecesoras al transicionar de un drama psicodélico de excesos a una tragedia moralista con proporciones bíblicas.
En lo personal valoré positivamente el contundente mensaje que deja la serie a una buena parte de la juventud actual que busca en la inmediatez de los tiempos las soluciones y recompensas a sus problemas y anhelos.
Analicemos entonces, lo ocurrido en esta temporada final.
- Euphoria | Temporada 3 - Trailer subtitulado | HBO
» ARGUMENTO (aviso de spoilers)
El guión de Sam Levinson abandonó la estructura coral y fragmentada del instituto para adoptar una narrativa lineal mucho más oscura y asfixiante. Al situar a los personajes en el mundo real, los problemas dejaron de ser dramas de reputación y popularidad, para convertirse en cuestiones de dinero, deudas, desarrollo personal y supervivencia.
Es interesante cómo este salto temporal funciona como una especie de catalizador implacable de cada personaje, además el guión no justifica los cinco años intermedios con largas explicaciones, sino que confía en la inteligencia del espectador para entender que el trauma no se detuvo, sino que ahora estamos ante sus consecuencias.

Por ejemplo: la decisión de convertir a Cassie (Sydney Sweeney) en una creadora de contenido erótico para solventar las deudas de su disfuncional relación con Nate (Jacob Elordi), el declive de Jules (Hunter Schafer) como “sugarbaby” tras abandonar la escuela de arte, y la violenta muerte de Nate en el penúltimo episodio, demuestran un guion que no busca la complacencia, sino el castigo sistemático a los pecados del pasado.
Así tenemos el cierre de la historia de Rue (Zendaya), muriendo por una dosis de analgésicos adulterados con fentanilo provistos por Alamo Brown, y destruyendo así, cualquier atisbo de final hollywoodense.
El guión se ampara en el realismo más agrio: como afirmó el propio Levinson en las entrevistas posteriores al final, "la conclusión honesta es que la gente como Rue a veces no lo logra". En ese mismo sentido, me pareció acertado el sobrio homenaje que le dieron al fallecido actor Angus Cloud (Fezco), reflejando un meta-mensaje narrativo indicando que en este universo no existen las segundas oportunidades.
Ahora bien, si hay algo que marca esta última temporada de Euphoria es la constante simbología teológica que la identifica de principio a fin. Fe, sacrificios y castigos bíblicos están presentes en cada episodio.
En el piloto, por ejemplo, tras huir de la frontera mexicana, Rue tiene un encuentro fortuito con una familia profundamente cristiana. Esta interacción, sumada a la presión de Ali (cuyo trasfondo islámico aporta otra capa de monoteísmo a la narrativa), empuja a Rue a confrontar el "Tercer Paso" de los doce pasos de Alcohólicos Anónimos que habla sobre entregar la voluntad y la vida al cuidado de un Poder Superior. El viaje de la adicción de Rue a lo largo de los ocho episodios ya no se filma como una enfermedad médica, sino como una posesión o un vacío espiritual. Su deambular por el submundo criminal liderado por Alamo Brown funciona como un descenso a los infiernos, donde es tentada y finalmente consumida.
Por otra parte, tenemos la muerte de Nate Jacobs en el séptimo episodio, que adoptó tintes de justicia divina o karma teológico. Diseñado originalmente como el arquetipo del monstruo patriarcal e intocable, la caída económica y moral de Nate lo condujo a un violento final que funcionó como una purga de la narrativa; Levinson utilizó su deceso para señalar que, en este nuevo orden moral de la serie, las acciones tienen consecuencias y el castigo es ineludible.
Todo esto, sin duda, fue una apuesta bastante arriesgada por parte del autor, haciendo que la serie pase de ser una historia sobre la adicción química para convertirse en un ensayo sobre la adicción al pecado, la búsqueda de la redención y el peso del libre albedrío; y aquí puede encontrarse el talón de Aquiles que esgrimen algunos detractores de la serie.

» PRODUCCIÓN
Lo primero a destacar en este aspecto es que visualmente la temporada rompió con la estética que la hizo famosa en las dos primeras entregas. Los planos secuencia imposibles, el maquillaje de glitter y las luces de neón rosa y azul que generaron una suerte de pirotecnia visual, mutaron hacia una atmósfera sucia, desaturada y opresiva, el naturalismo más crudo posible.
La dirección se apoyó fuertemente en el uso del claroscuro y la cámara en mano para capturar la claustrofobia de los personajes. Los espacios abiertos se sienten amenazantes (como el cruce de la frontera con México en el primer episodio), mientras que los interiores (el sofá de Ali donde Rue encuentra la muerte, o el apartamento abandonado de Laurie) se filman con lentes angulares que deforman los bordes, emulando el efecto óptico de una distorsión mental o el síndrome de abstinencia.
En cuanto al ritmo, disminuyó drásticamente en esta etapa, acercándose más al cine negro y al western. El clímax del final, con una duración de corte cinematográfico (más de 85 minutos), alternó secuencias de extrema violencia estática —como el tiroteo en el club o el suicidio de Laurie— con silencios prolongados e incómodos que forzaron al espectador a procesar el horror en tiempo real.
Otro aspecto relevante dentro de la realización de esta temporada son las serpientes. Su presencia recurrente (tanto reales en los entornos marginales de la serie como a través de estampados, sombras y metáforas visuales) sirvió como el conector definitivo entre el drama psicológico de los personajes y la densa simbología teológica de la entrega.
Lejos de ser un mero recurso de choque visual, las serpientes simbolizaron tres conceptos fundamentales dentro del colapso moral de la serie:
- El Engaño Primigenio y la Pérdida de la Inocencia.
En esta temporada, los personajes ya no están en la burbuja protegida del instituto; han sido expulsados al "mundo real" debido a sus propios “pecados originales”.
En la historia de Cassie y Nate: La serpiente aparece de forma sutil en la opulenta pero asfixiante mansión donde Cassie se recluye. Simboliza la tentación y el engaño que la llevaron a destruir sus relaciones en las temporadas pasadas. La serpiente aquí representa el autoengaño: la falsa promesa de que el estatus, el dinero y la belleza le otorgarían la felicidad, cuando en realidad la convirtieron en prisionera de una jaula de oro.

- La Deuda y el Veneno de la Adicción.
En el plano terrenal e hiperrealista de la serie, las serpientes están intrínsecamente ligadas al entorno de Alamo Brown y las deudas pendientes de Rue. Así como el veneno de una víbora destruye el sistema nervioso de su presa en silencio, el fentanilo adulterado y la dependencia económica actúan como el veneno que paraliza a Rue a lo largo de la temporada.
La depredación: Las serpientes mudan de piel, sobreviven en la suciedad y atacan cuando su víctima está acorralada. Visualmente, Levinson encuadra a los traficantes y prestamistas con movimientos de cámara sutiles y reptantes, estableciendo que Rue ya no está lidiando con "amigos de la escuela" (como en su momento lo fue Fezco), sino con depredadores de sangre fría que huelen su vulnerabilidad.
- La Ouroboros: El Ciclo Eterno del Trauma
La Ouroboros es la serpiente mítica que se muerde su propia cola, representando los ciclos eternos. En el contexto de Euphoria, este símbolo teológico y místico representa la imposibilidad de escapar del trauma heredado y de los patrones autodestructivos.
Al final, la serpiente que se muerde la cola simboliza que el destino de Rue estaba sellado desde el principio. El abuso de sustancias comenzó como una vía de escape y terminó devorándola por completo en ese sofá, cerrando un círculo trágico del cual nunca pudo salir.
En resumen, las serpientes en la temporada final funcionaron como la firma visual de la corrupción espiritual. Fueron el recordatorio constante de que, en el universo de la serie, el peligro no siempre es un enemigo externo con un arma, sino la tentación interna que envenena el alma de los personajes hasta destruirlos.
» ACTUACIÓN
Es imposible no destacar que en estos cuatro años que duró el intervalo entre la segunda y tercera temporada, la mayor parte del elenco se convirtió en estrellas de primer nivel en la industria cinematográfica de Hollywood, no obstante, todos se entregaron a interpretaciones desprovistas de cualquier rastro de vanidad, como una forma de agradecer a los personajes que los impulsaron en sus carreras.
Zendaya (Rue Bennett): Logró su interpretación más física y devastadora. La transición de Rue de una adicta cínica a una mujer atrapada por la servidumbre de la deuda con el narcotráfico se sintió en su lenguaje corporal (hombros caídos, mirada opaca y una voz en off que perdió su ironía habitual para convertirse en un susurro fantasmal). Su actuación en los últimos minutos de la serie, imaginando un reencuentro imposible con Fezco antes de expirar, es, sin duda, una cumbre dramática en su carrera.
Sydney Sweeney (Cassie Howard): Llevó el desespero de su personaje a niveles patéticos y perturbadores, desnudando la codependencia absoluta de Cassie tras la muerte de Nate, terminando la temporada completamente sola en una mansión vacía. Particularmente me pareció épico el capítulo donde hace un guiño a la película King-Kong.
Jacob Elordi (Nate Jacobs): Si en las temporadas pasadas Nate operaba desde la impunidad que le otorgaban el privilegio, el físico y los secretos de su padre, en esta entrega final Elordi lo interpreta como un hombre atrapado en una espiral de deudas económicas y morales, y arrastrando a Cassie en su propio descenso. El actor despoja al personaje de su habitual aura de invencibilidad y utiliza su imponente presencia física de una manera brillante, ya no para intimidar desde el poder, sino para mostrar la claustrofobia de quien se sabe atrapado. Su lenguaje corporal se vuelve errático y pesado. En sus escenas compartidas con Cassie, el actor transmite una furia silenciosa y resentida; ya no la domina por placer, sino por la desesperada necesidad de aferrarse a algo mientras todo a su alrededor se derrumba.
Hunter Schafer (Jules Vaughn): El trabajo de Schafer en esta temporada es, probablemente, el más doloroso de observar. Al perder el cobijo de su arte y verse forzada a la cruda realidad financiera que la empuja a ser una sugarbaby, la luminosa androginia y el misticismo que caracterizaban a Jules se quiebran por completo. Schafer utiliza su cuerpo de una manera radicalmente distinta. Su postura, antes etérea y libre, se vuelve rígida, casi robótica, reflejando la cosificación a la que es sometida por sus “benefactores”. Su mirada pierde el brillo utópico de las primeras temporadas y se llena de una sumisión aterrada.
Alexa Demie (Maddy Perez): Si en las temporadas escolares Maddy era el epítome de la explosión emocional, los gritos y la estética hiperfemenina; en esta entrega final Demie realiza un trabajo de absoluta contención y desencanto. Convertida ahora en mánager de talentos, Maddy transita la adultez con la mirada de quien ya lo ha visto todo y no espera nada de nadie. La actriz aborda a Maddy desde una quietud pasmosa. Su voz ahora es más baja; ya no hay espacio para los arranques de furia. El magnetismo de su interpretación radica en cómo clava la mirada en sus escenas con Cassie. Hay una mezcla de lástima profunda y distanciamiento cínico.

Martha Kelly (Laurie): Mantuvo su pavorosa monotonía vocal hasta el último segundo; su escena final, antes de saltar al vacío al verse acorralada por las autoridades federales, reveló de golpe la única grieta de humanidad en su personaje: el terror absoluto a perder su libertad, ironizando su vida dedicada a encadenar a otros a la adicción.

Adewale Akinnuoye-Agbaje (Alamo Brown): La aparición de Akinnuoye-Agbaje como el capo criminal sureño introdujo una energía completamente nueva y amenazante a la serie. Inspirado por las dinámicas del western de Sergio Leone, el actor británico compone a un villano que se aleja del cliché del gángster urbano para convertirse en una fuerza mitológica de la destrucción. Su genialidad interpretativa radica en la calma carismática y casi paternal con la que habla de la explotación, las armas y el adulterar analgésicos con la ligereza de quien discute el "sueño americano". El actor sostiene la tensión de la temporada con una sonrisa cínica, haciendo que el clímax de su tiroteo final con Ali se sienta como el choque inevitable de dos titanes teológicos.
Colman Domingo (Ali Muhammad): En las entregas anteriores, Ali operaba desde los márgenes, actuando como el mentor y patrocinador de Rue en escenas de corte dialéctico e íntimo. En esta temporada final, Domingo asume un rol mucho más activo, físico y trágico. Su interpretación ya no es la de un adicto recuperado que da consejos en una cafetería, sino la de un profeta cansado que lucha cuerpo a cuerpo por salvar el alma de su protegida frente a las garras del submundo de Alamo Brown.
El trabajo de Domingo alcanza cotas magistrales en el tramo final de la temporada. Tras el violento tiroteo en el club y, especialmente, en la devastadora secuencia donde encuentra el cuerpo sin vida de Rue en su sofá, el actor entrega una actuación desgarradora. Desprovisto de palabras, el dolor de Ali se manifiesta en un llanto contenido y en una mirada de absoluta derrota espiritual. Logra que el espectador sienta el fracaso del "Tercer Paso" ante la dolorosa realidad de que, a pesar de haber entregado la voluntad a un Poder Superior, el libre albedrío humano y la oscuridad del mundo terminaron cobrándose su precio más alto.
Para cerrar, Euphoria concluye bajo la premisa de que cuando las instituciones humanas (la familia, la escuela, la ley) fallan por completo, lo único que les queda a los sobrevivientes —como una solitaria Cassie en las ruinas de su realidad— es apelar a la misericordia de un Dios silencioso.

Al final, la tercera temporada de Euphoria se erigió como un monumento a la desilusión de una generación, envolviendo su nihilismo característico en un denso manto de espiritualidad trágica.
Por todo ello a esta serie le doy:
- Argumento 3
- Producción 3
- Actuación 3
Para hacer de la temporada final de Euphoria, una serie de 9 puntos sobre 9.
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Actor y cronista teatral
Columnista en The Wynwood Times:
Textos y guiones











